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Hermano Cerdo, 07/08/2013.

«In memoriam Anthony Burgess: Reseña de La naranja mecánica»

Para bien o para mal, Anthony Burgess sigue siendo el autor de La naranja mecánica; esta sigue siendo, dos décadas después de su muerte, la única novela suya disponible en las principales librerías españolas. Si exceptuamos Poderes terrenales, las 1000 páginas republicadas con valentía por Aleph Editores y doctamente prologadas —¡que no falte!— por Rodrigo Fresán, la herencia literaria de Burgess parece olvidada, condenada, marcada por un terrible pecado: la prolijidad del escritor mercenario. En un oficio como el narrativo, a caballo entre lo elitista y lo artesano, incurre en un gran error quien mucho engorda el curriculum, quizás buscando el contrapunto de su propia flaqueza (personal o literaria).

Burgess adulteró, hasta los márgenes, la página entera. Como a él, la posteridad termina pasando factura a todos los juntapalabras con treinta o más volúmenes reventando los anaqueles de las bibliotecas. Un servidor se confiesa: fue imposible —al menos para mí— leer todo Burgess. Por el contrario, un historial discreto en libros, una trayectoria exigua en trabajos, una imagen de lánguida indolencia, son las mejores amistades del estudiante universitario; lector cruel de todos ustedes, destino último de los escritores sobrevalorados, que son la mayoría de los autores muertos actuales. Quemar los escritos cosa buena será, pues nos hace parecer más vagos. Tenemos muy trabajada esa vagancia algunos, pero no todos. En los márgenes del canon habitan, mientras tanto, quienes llenaron folios por hambre, ambición o aburrimiento: los tres vicios que Juan Rulfo —par excellence— nunca tuvo.

Burgess fue, según se vea, menos listo o más corajudo. Narrador tardío y avieso en intenciones, se convirtió en un profesional de las letras porque quería dejar algo, pero no un legado, desde luego, para la posteridad y los lectores futuros. Corría el año 1960. Le había diagnosticado una enfermedad mortal. Según los médicos, su esperanza de vida era muy corta. Apenas un año. Terminó viviendo, para riqueza de editores y regocijo de críticos, otros 3,3 décadas extra. Azuzado por una muerte inminente, escribiendo tres libros y medio por año, la facilidad de este cuarentañero, nacido en 1917, ya quisiera tenerla cualquier principiante o pretendiente a narrador. Burgess comienza con esta historia el segundo volumen de sus memorias, contando cómo introdujo la primera cuartilla en la máquina de escribir, cómo inició su andadura literaria, cómo se desvirgó en la narrativa. No tiene el menor interés, por supuesto. Burgess quería dejar los derechos de autor a su viuda. El objetivo era rellenar, mientras estuviera vivito y coleando, cinco folios limpios diarios. Unas 1.000-2.000 palabras. Más prosaico, imposible.

Algunos advenedizos, cabe puntualizar, consideran que este relato de enfermedad y superación es una fábula inventada por alguien con demasiadas historias buenas en la cabeza. ¿El tumor cerebral de Burgess? Un simpático atrezo, nos dicen. Sabemos por el final de Los Soprano que los médicos yerran a posta con sus pronósticos de muerte súbita para que los enfermos puedan colgarse los galones de combatir y eventualmente vencer a su propio destino. Hablo, ¿cómo no?, de Junior Soprano. Pero la longevidad de Anthony (Burgess) se sale de madre. Cosa segura, empero, es que Lynne Burgess, la beneficiaria última de tanto libro juntó, palmó de cirrosis a la década, tras algunas anécdotas graciosas de intento de suicidio, aperturas de cráneo contra el bidé y cosas así, legando a Anthony Burgess una dinámica de trabajo completamente desquiciada. Y muy agradecidos que estamos sus lectores.

La esposa de Burgess es importantísimo, como todo quisqui debe saber, para el planteamiento argumental de La naranja mecánica. Lynne fue asaltada con nocturnidad y alevosía por unos desertores americanos durante los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial. Este suceso decantó la localización espaciotemporal de la novela. Alex y sus «drugos» fueron situados finalmente en un futuro pospunk próximo, en vez de en la Gran Bretaña de Isabel I en la que había pensado inicialmente Burgess. El novelista tenía pendiente un episodio histórico que debía ficcionalizar sí o sí: un levantamiento estudiantil que tuvo lugar a finales del siglo XVI en protesta por la carestía de ciertos productos de consumo de primera necesidad. Parece ser que los teddy boys del momento se dedicaron a apalear a las comerciantes y, en especial, a las polleras que habían subido el precio de los huevos y la mantequilla.

Burgess quería retratar a William Shakespeare y a Christopher Marlowe zascandileando por callejuelas salpicadas de sangre de mujer, arrejuntado con sus cofrades en flagrante delito. Ya tendrá oportunidad de retratar ese ambiente londinense en otras ocasiones: en Un hombre muerto en Deptford, su versión de la muerte de Marlowe; y en Nada como el sol, una biografía de Shakespeare, redactada a toda leche para coincidir con el cuarto centenario del nacimiento del escritor. A falta de isabelinos de 1590, buenos fueron los isabelinos 2.0 de 1960 para la trama de La naranja mecánica, una novela que, entre otras muchas cosas, trata sobre la decadencia de Gran Bretaña tras la pérdida de las colonias de ultramar posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Después de 1945 no hubo conflicto entre Estados Unidos y Gran Bretaña, como profetizó malamente León Trotski; simplemente hubo un traslado de los centros del comercio internacional al otro lado del Atlántico. Buenas fueron desde entonces las special relationships entre estas dos potencias del «mundo libre» una vez Gran Bretaña abandonó la competición por ocupar el primer puesto en la carrera capitalista mundial y aceptó su papel como cabeza de puente de los norteamericanos en Europa. ¡Y pelillos a la mar! Unos estadounidenses violaron a la esposa de Burgess. ¿Y qué hizo él en respuesta? Los convirtió en los protagonistas de su novela más conocida. No hay mal que por bien no venga.

El trasfondo teórico de La naranja mecánica era católico, aunque ello no se mostrase en la película de Stanley Kubrick, todo un especialista en coger grandes novelas y llevarlas al cine cambiando por completo su moraleja: lo había hecho previamente con la Lolita de Vladímir Nabokov y lo volvió a hacer luego con el Barry Lyndon de William Makepeace Thackeray y, en menor medida, con El resplador de Stephen King. Claro que cada país tomó la adaptación cinematográfica de La naranja mecánica a su manera. Los americanos la interpretaron como una apología del salvajismo; los franceses, en cambio, se pusieron a perorar con un libro de Friedrich Nietzsche en una mano, uno de Michel Foucault en la otra mano y alguna cosita de Guy Debord debajo del sobaco. La sociedad del espectáculo… El nihilismo reactivo… Los dispositivos… ¡Burgess pensaba en términos más simples! «Señor, ¡hazme casto…, pero todavía no!», que escribió Agustín de Hipona: esa es el lema moral sobre el que pivota La naranja mecánica.

Como sabe cualquiera que haya leído las Confesiones de Agustín, la vida del santo no tiene nada que envidiar a los malandrines de Burgess o Kubrick. Estamos ante la historia de un católico disoluto, que ha pecado a escroto lleno y luego se ha arrepentido. Ello habilita una interpretación teológica y teleológica de su biografía. Vistos en retrospectiva, los pecados del pasado, hasta parecen tentaciones del Demonio y todo. ¡No fue él, fue Satanás! ¡Sí, claro! Incluso la famosa escena del robo de la fruta, narrada en las primeras páginas de las Confesiones y castigada entonces, en el siglo IV, con la ley del talión, es interpretada por Agustín como una señal de su futura conversión al cristianismo. O, mejor dicho: como el capital salvífico que acumula todo hijo pródigo, como el saldo negativo en la balanza celestial de pagos, como la promesa de felicidad eterna que se le reserva al arrepentido. En su novela, Burgess quería representar las tribulaciones vinculadas necesariamente con el dogma cristiano del libre albedrío, con la capacidad de elegir tanto el bien como el mal: esa dualidad que, según el relato bíblico, persigue a la humanidad desde que Eva se tomó en serio la recomendación dietética de tomar cinco piezas de fruta al día.

La naranja mecánica —la novela, no la película— termina con una redención. Alex, «vuestro humilde narrador», cumple dieciocho años y abandona la ultraviolencia. Se siente atraído por las cafeterías, rollo Starbucks más o menos, donde parejas heteronormativas pasan agradablemente la tarde. Quiere sentar la cabeza. ¿Qué batallas se cuentan en el último capítulo de la novela? Que los jóvenes avanzan en línea recta como juguetitos eléctricos. Que toda generación tiene su cuota de desfase, desenfreno, descontrol. Que eso también pasa, termina, concluye. En el interín, los gustos de Alex se han refinado. Donde otrora estaban las grandes composiciones orquestales con mucho ruido de fondo, muchos tambores y timbales, muchas ganas de invadir Polonia, ahora solo quedan los Lieder y sus románticas guedejas de violines. Por si fuera poco, al protagonista y narrador de la novela le entra el espíritu ahorrador, los planes de jubilación, las inversiones en fondos de pensión, la racanería económica que marca el genuino final de la adolescencia. Ante el pronóstico de tener que invitar a una copa a unas «ptitsas» (palabra que en el argot «nadsat» en el que está escrito todo el libro significa «chica», «muchacha», «chavala»), Alex muestra su nuevo espíritu protestante:

—Ah, al demonio. Que se lo paguen ellas. —No sabía por qué, pero en aquellos últimos tiempos me había vuelto algo tacaño. Se me había metido en la golová [cabeza] el deseo de guardar todos esos preciosos billetes para mí, de atesorarlos por alguna razón.

Ahijada de la necesidad financiera y del virtuosismo literario sin complejos de Burguess, La naranja mecánica mecánica bien podría estar ahora mismo criando malvas. Las partes en las que está dividido el libro revelan las prisas de su confección. La novela consta de tres secciones, con siete capítulos por sección, dando un total de veintiún apartados. Me juego la mano izquierda a que el libro fue escrito en un mes. Ni más ni menos. Tres semanas de escritura, a capítulo por día, y una semana de corrección. Las cuentas salen redondas. Burgess mismo, adversario acérrimo de las mutilaciones literarias, consintió que el último capítulo fuera cercenado en la edición norteamericana del libro a cambio de unos míseros $$$. Entre todas las prostituciones a las que tuvo que decir que sí, esta fue probablemente la peor.

Los lectores de Estados Unidos no llegaron a conocer el cierre original de La naranja mecánica hasta los años ochenta. Ya era demasiado tarde. A partir de 1971, año en que se estrenó la adaptación cinematográfica de Kubrick, la novela original daba lo mismo. Los bibliófilos pueden cerrarle la boca a los cinéfilos, los profesores de literatura pueden elogiar la novela sobre la película, en los cursos de escritura creativa se puede enseñar el estilo experimental de Burgess…; pero, seamos sinceros: si hubiera que decidir el final de La naranja mecánica por votación, ¿cuántos preferirían el cierre católico de Burgess en lugar de esa última nota cínica de Kubrick? ¿Quién elegiría el «Amén» del libro frente al «Sin lugar a dudas, me había curado» del filme? Yo no.