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Cuadernos del IVAM, núm. 15, 2010, pág. 47.

«Zoran Mušič: Enfermo de memoria»

Zoran Mušič tenía esa enfermedad de la mirada que se llama pintura y que le hizo regresar, cincuenta y cuatro años después, a lo que él llamaba, no sin una cierta mueca, su escuela: la «escuela de Dachau» (Dachauschule), un campo de concentración situado en lo que antaño había sido una colonia de pintores preocupados por el paisaje y la melancolía. En el Zoran Mušič del año 1945 ya no hay tiempo ni espacio para la melancolía. Sus paisajes de montañas de cadáveres, una vez pintados, son una especulación acerca de la indigencia. La reflejan tal y como es, como un espejo, en su detalle. Así, la pintura de Zoran Mušič encarna la misma precisión que alcanzaron esos espacios de destrucción masiva, solo que esta vez salvándolos para la memoria. No en balde, Jean Clair nos ha recordado que Zoran Mušič pintaba de la misma manera que los neandertales que dieron origen a la cultura, a saber: utilizando los ocres como medio para exorcizar los cadáveres. En 1998, Zoran Mušič hizo honor a la disolución de la imagen en lo siniestro, al mismo tiempo que encarnó aquel resumen que de nuestros días hizo Ernst Bloch: «el siglo que ha vivido la abstracción es la que ha conocido los campos de concentración». Algo parece conectar irremediablemente estos dos acontecimientos, esto es: la ausencia del cuerpo del delito. Aquí nos encontramos con el mismo pintor, medio siglo más tarde, disolviendo a través de la abstracción los mismos fantasmas que él había traído a la escena, haciendo suyo primero el trabajo de reconocimiento del forense y después el de quien desea olvidar y no lo consigue. La figura que en 1945 mostraba toda su violenta hapticidad se va disolviendo en el ejercicio de la memoria, sedimentando la mirada en el lienzo bajo la forma de los colores difuminados. Finalmente, los cadáveres, como las heridas, regresan, como siempre, al anonimato.