Biblioteca

«Una demolición necesaria: Respuesta a José Luis Pardo acerca de Slavoj Žižek»

El artículo de José Luis Pardo contra Slavoj Žižek que se ha publicado recientemente en el diario El País me ha dejado estupefacto.1 Žižek tampoco es santo de mi devoción, pero de ahí a afirmar que es un invento de las redes sociales supone equivocarse de fechas. Facebook, Twitter y YouTube nacieron a mediados de la década de los 2000. Žižek publicó su primer libro en 1972, y desde entonces ha escrito un centenar de ellos. Por ese motivo parece tan filistea la autocalificación de Pardo como un «intelectual que se rebela contra esta situación y se empeña en seguir escribiendo libros». Lo más objetable de Žižek —y de cierta intelectualidad española encastillada en su columna de opinión— es precisamente que se empeñen en seguir escribiendo cuando no tienen nada que añadir y solo les queda autoplagiarse.

1 Cfr. José Luis Pardo, «Desmontando a Žižek», El País, 30/06/2017.

Pero el autoplagio no está reñido con la originalidad. Žižek tiene un puñado de obras maestras que han revolucionado la filosofía continental de los últimos treinta años. El sujeto espinoso es una atrevida reivindicación de la subjetividad cartesiana frente a la teoría deleuziana del cuerpo-máquina. Siendo Pardo uno de los más notables receptores de Gilles Deleuze en castellano, es una cobardía que, en lugar de confrontar sus ideas, se escude en Noam Chomsky, quien afirmó de pasada que Žižek no hace teoría. Como buen filósofo analítico, Chomsky entiende por «teoría» un conjunto de proposiciones nomotéticas empíricamente contrastadas. En esta categoría no entran las reflexiones de Zizek, pero tampoco las de Pardo.

Y es que Pardo ha abandonado en los últimos años la filosofía seria para embarcarse en una diatriba departamental cuya última expresión es Estudios del malestar, Premio Anagrama de Ensayo del año 2016. En este libro Pardo se despacha de un plumazo a la izquierda lacaniana (Badiou, Žižek, Laclau, etc.) con un avieso juicio político: básicamente les tacha —a ellos y, sin nombrarlos, a sus adláteres en la Universidad Complutense de Madrid— de apologetas del totalitarismo. ¿Acaso Platón, Hobbes y Heidegger no lo fueron? En el artículo que estamos comentando, Pardo se incluye entre los pensadores que «seguían condenando el totalitarismo, apoyaban a [Hilary] Clinton o censuraban el Gulag», como si eso tuviese algún mérito en 2017. ¿Cómo explicarle a un intelectual orgánico del Régimen del 78 que, mientras él disfrutaba de la Movida madrileña, a Žižek le asaltaban físicamente tanto los nacionalistas como los comunistas por participar en organizaciones como el Comité de Defensa de los Derechos Humanos que abogaban por la democratización de Yugoslavia en los años ochenta?

Pardo acusa a Žižek de construir «una “filosofía” que es como una cinta sin fin de tuits embutidos en la metafísica de Hegel y sabiamente aderezados con consignas comunistas, chistes, escenas de películas y herméticos apotegmas lacanianos». Y tiene razón, pero es una crítica meramente formal y retórica. Cualquiera podría decir que Pardo es un diletante cuyo pensamiento político-cultural se resume en la cartera de valores del Grupo Prisa y una portada de los Beatles. Pero lo que debería hacer un filósofo serio es intentar penetrar en las razones detrás de los argumentos o, al menos, no contribuir deliberadamente a la tuiterización del pensamiento sacando de contexto las afirmaciones más escandalosas del adversario.

Bajo el clickbait de «Desmontando a Žižek», Pardo cita pero no explica las siguientes frases del esloveno (entre paréntesis mi modesta explicación): «El problema de Hitler no es que fuese muy violento sino muy poco» (porque violentó a los judíos, gitanos y homosexuales cuando lo que tendría que haber violentado para ser un verdadero revolucionario es la economía capitalista); «Si yo fuese estadounidense votaría a Donald Trump» (porque Hilary Clinton es una hipócrita, terriblemente agresiva en política exterior, y «Contra Trump se vivirá mejor», esto es, una izquierda genuinamente socialista se reorganizará en Estados Unidos contra él). Para estar en desacuerdo con alguien primero hay que esforzarse caritativamente en comprender lo que ha querido decir. Según Pardo, las «estructuras institucionales de la ilustración» están «en trance de demolición»; suena jeremiada generacional extrapolada a partir del estado del columnismo español. Žižek no solo ha obtenido «el reconocimiento científico, filosófico o artístico por parte de sus pares», sino que además hay una revista académica internacional dedicada exclusivamente a su obra. Lo que está en trance de demolición, como se ha podido comprobar con la reacción a la columna de Antonio Navalón en El País sobre los millennials, es la capacidad de los líderes tradicionales de opinión para imponer su visión del mundo sobre los más jóvenes.2 Para bien o para mal, el carisma de Žižek, con 68 años, sigue intacto entre las nuevas generaciones.

2 Cfr. Antonio Navalón, «Millennials: dueños de la nada», El País, 13/06/2017.