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«Una crítica a la contraposición entre la igualdad de oportunidades y de resultados»

En los debates acerca de la justicia distributiva hay tres grandes temas a discutir: el sujeto de la distribución, el objeto de la distribución y el criterio de la distribución. El sujeto de la distribución se suele presuponer que son los individuos, por una suerte de presunción de individualismo metodológico, pero también pueden ser las familias, las clases, los géneros o las razas. Los que apuestan por estos últimos criterios suelen ser calificados por los liberales de «social justice Warriors». Hay un pleonasmo en esta expresión. Toda justicia es social, no existe la justicia individual. Otra cosa es que la sociedad haya decidido que los individuos sean los sujetos de la justicia distributiva. O, en algunos casos, que también sean sus ejecutores, como sucede con las fetuas en el islam, que pueden ser ejecutadas por cualquier musulmán de a pie.

No obstante, los marxistas, feministas y antirracistas suelen plantear sus reclamaciones en términos de justicia retributiva, como si la sociedad les hubiera arrebatado o expropiado algo que tendría que ser restituido o compensado. Muchas veces tienen razón, pero otras veces simplemente evitan la terminología de la justicia distributiva, no retributiva, porque ello supondría aceptar que se encuentran en una situación de inferioridad, dependencia o vulnerabilidad (algo que chocaría frontalmente con la retórica, hoy tan usual, del empoderamiento de las razas, los géneros y las clases).

¿Qué decir del objeto de distribución? Los utilitaristas decimonónicos, como su nombre indica, creían que el objeto de la distribución debía ser la utilidad, pero las dificultades a la hora de establecer comparaciones interpersonales de utilidad obligaron al abandono o a la matización del utilitarismo. Por no poder, no se pueden establecer ni comparaciones intrapersonales de utilidad. Un individuo no puede establecer una comparación cardinal acerca de la utilidad que le reportan dos bienes, no es capaz de decir que y le reporta diez unidades de placer y x solo cinco. Como mucho, será capaz de establecer una comparación ordinal de utilidad, decir que prefiere y a x, sin especificar exactamente cuánto. La utilidad no es un objeto apropiado de distribución. Por ese motivo, la mayor parte de los teóricos de la justicia distributiva han buscado otros objetos, principalmente bienes de consumo (lo que John Rawls llamaba la «canasta de bienes básicos») o, recientemente, capacidades y oportunidades de realización personal (Amartya Sen). Aquí no tengo espacio para meterme en estos detalles.

Lo que yo quiero discutir es la cuestión del criterio de distribución. La igualdad de oportunidades y la igualdad de resultados se venden como si fueran dos criterios de distribución distintos, pero en verdad son el mismo. Cuando se habla de oportunidades y resultados, se presupone que la vida de un ser humano es una carrera de obstáculos, con una línea de salida, que tiene que ser igual para todos, y una línea de llegada, que cada uno cruza tan desigualmente, tan avanzada o retrasadamente como se lo permitan sus capacidades. Pero esa visión es engañosa, pues la vida no tiene un comienzo y un final claros, salvo el nacimiento y la muerte y lo que en un momento parece un resultado definitivo al siguiente instante se puede convertir en una oportunidad perdida. Incluso si segmentamos la vida de un ser humano en tramos bien definidos, en los que se reconozca claramente un punto de partida y uno de llegada, lo que nos encontramos es que la igualdad de oportunidades en ciertos campos no es posible sin la igualdad de resultados en otros campos. Tomemos el ejemplo de la educación pública, paradigma de la igualdad de oportunidades y de la diferencia de resultados. Pues bien, basta con reflexionar un poco sobre el asunto para darse cuenta de que para obtener la igualdad de oportunidades en campos como las matemáticas se necesita una igualdad de resultados en campos como el número de horas de clase recibidas por cada alumno.

En verdad, la distinción entre igualdad de oportunidades e igualdad de resultados solo tiene sentido en un contexto de competición donde reine el fair play (un partido de fútbol, por ejemplo). Pero ¿en qué sentido se puede hablar de igualdad de oportunidades o de resultados en la sanidad pública? Que la sanidad pública sea igual para todos quiere decir que, si vas a que te operen de apendicitis, obtengas el mismo resultado con independencia de tu raza, clase, género, religión, etc. Por otro lado, si se aplicase la igualdad de oportunidades en el ámbito de la educación pública, se deberían prohibir las academias que imparten clases particulares a cambio de dinero. No se debería permitir la desigualdad de oportunidades que supone el hecho de que unos alumnos reciban n horas de clase y otros n + m, siendo n el número de clases públicas y m el de clases particulares.

En el fondo, los que defienden de boquilla la igualdad de oportunidades, por lo que están abogando en verdad es por lo que en el mundo académico anglosajón se llama «prioritarismo» (que quienes están en peor situación tengan prioridad a la hora de recibir la distribución) o «suficientismo» (que todo el mundo tenga suficiente de todo). Esta última es, de hecho, mi posición. Es una posición que no aboga por la igualdad, a sabiendas de que la aplicación acrítica de este criterio de distribución puede llegar a abogar por la igualdad a la baja. Esta es, de hecho, una de las principales objeciones que se han planteado contra el igualitarismo, a saber: que por principio deberían preferir una situación en la que todo el mundo tuviese diez unidades del objeto de distribución a una situación en la que unos tuvieran veinte y otros treinta. Si la igualdad es lo único que hay que maximizar, entonces no hay ningún problema con la igualdad a la baja. A mí esto me parece una posición muy equivocada. Abandonar el principio de igualdad en favor del prioritarismo o del suficientismo también permite exponer cuales son las razones por las cuales estamos a favor de que las personas en peor situación tengan preferencia a la hora de acceder a ciertos bienes o servicios por encima de los llamados «privilegiados».

Resumiendo: igualdad de oportunidad en ciertos campos = igualdad de resultados en otros campos. Ya puestos a sistematizar nuestras intuiciones sobre la justicia social —la única que hay— en ismos, mejor ser prioritarista o suficientista que igualitarista a la baja.