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Quimera: Revista de literatura, núm. 330, 2011, pág. 73. 

«Un silencio vale más que mil palabras: Reseña de “Esa mala fama…”, de Guy Debord»

A veces los dichos populares se equivocan. Quien calla no siempre otorga. Más bien sucede al contrario. La historia demuestra que, en lo que a polémicas entre intelectuales se refiere, un silencio estoico e indiferente tiene un efecto devastador, implacable, incontestable. Los argumentos del crítico que no suscitan la más mínima reacción se convierten automáticamente en pasto del olvido. Incluso se podría decir que la superioridad intelectual consiste básicamente en una cierta irresponsabilidad. En no tener que responder a las increpaciones intempestivas. En relación con el aprendiz impertinente, el maestro tiene el derecho —y casi el deber— de guardar silencio. Un caballero andante no se rebaja a batirse a batirse en duelo con un miembro de la plebe. La obsesión por decir la última palabra es un síntoma de inferioridad. Quien necesita hacerse notar a toda costa es, por ese mismo motivo, aquel a quien nadie presta atención. En el plano estrictamente textual, citar al oponente no es siempre la mejor idea, sobre todo si el objetivo último del texto no es la dialéctica o la polémica sino la exhibición de atrocidades, esto es: la mofa, el escarnio, la denigración del otro. El uso de las comillas implica reconocer la legitimidad del debate, dotar de igualdad al interlocutor, permitir el derecho a réplica. Se puede convertir incluso en una forma de publicidad de las obras ajenas.

Los irónicos cauces de la historia han permitido que el pensamiento de Heráclito se haya salvado del fuego y del olvido, al menos por ahora, gracias a un mártir cristiano del siglo III llamado Hipólito de Roma, quien citó con profusión la obra heraclítea en un libro paradójicamente titulado Refutación de todas las herejías. Y es que quien refuta a sus adversarios intelectuales, en vez de ignorarlos o suprimir sus obras, vincula su supervivencia intelectual a la ajena. El 70% de los fragmentos de Heráclito de los que disponemos en la actualidad provienen de dicha refutación. Movido por el objetivo de hacer patente lo despreciable de sus doctrinas, Hipólito se convirtió en el mártir ambivalente de esta causa presocrática. No es de extrañar, por tanto, que en la Antigua Grecia lo sagrado y lo abyecto recibieran el mismo (mal)trato: el pacto de silencio, la callada por respuesta, la «condena de la memoria» (damnatio memoriae). No hablar de alguien era entonces, y sigue siendo ahora, la expresión más patente del desprecio, hasta el punto de convertirse casi en una exaltación silente, en una puesta en valor por medio de la ausencia. en una valoración por medio de la ausencia. En todos los diálogos de Platón no encontramos ni una sola referencia al atomismo de Demócrito y Leucipo, cuando son ellos, y no los sofistas, los directos competidores del idealismo platónico. Más vale no mentar la soga en la casa del ahorcado. Nadie en su sano juicio, se nos recuerda en la «Carta séptima», pondría por escrito lo que piensa. Menos aún lo que piensa el adversario.

Al parecer, Guy Debord no suscribía nuestra tesis. En 1993 escribió “Esa mala fama…”, un texto de combate donde se detiene a refutar por extenso todas y cada una de las opiniones que se habían emitido en la prensa entre 1988 y 1992 acerca de su persona, de sus publicaciones y del movimiento situacionista. Movido por un egotismo desbordante y haciendo uso de una prosa deliciosa, propia de un moralista francés del siglo XVIII, Debord no entra al trapo en cuestiones argumentativas, sino que prefiere denigrar a sus críticos, deslizarse entre sus objeciones con un aire de superioridad moral e intelectual que nunca demuestra. De tanto en cuando suelta alguna lindeza que nos recuerda a La sociedad del espectáculo, lo único que escribió con un interés más allá de lo puramente estilístico, pero el resto del tiempo nos aburrimos con un tipo excesivamente pagado de sí mismo.

Los temas son aburridos y recurrentes: su participación en Mayo del 68, su decisión de disolver la Internacional Situacionista, la polémica publicación de sus obras completas en Gallimard… Tan antisistema que era, negándose a aparecer en los medios de comunicación, defendiendo su derecho a no trabajar, exiliándose voluntariamente de su país, y al final terminó publicando sus obras completas en la editorial más sistémica y prestigiosa de Francia. La imagen que ofrece este libro de Debord es atroz: un personaje envidioso y resentido, con la cabeza metida en el culo, obsesionado por su imagen mediática, preocupado por demostrar su superioridad intelectual y moral sobre una panda de tuercebotas del periodismo que, a pesar de todo, algo de razón tienen cuando critican al padre del detournement. Estamos ante un libro muy recomendable para aquellos que quieran deconstruir ese paradigma teórico-práctico que nace en La sociedad del espectáculo y viene a parar recientemente en la teoría del simulacro de Jean Baudrillard y en la estética relacional de Nicolas Bourriaud. Huelga decir que, en estas páginas, Debord se pasea desnudo.