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Quimera: Revista de literatura, núm. 334, 2011, pág. 73.

«Un esfuerzo más para ser lacaniano: Reseña de En defensa de causas perdidas, de Slavoj Žižek»

En defensa de las causas perdidas es una lectura crítica de la tradición revolucionaria, desde los jacobinos hasta el populismo de nuestros días, pasando por las experiencias totalitarias del siglo XX. En este libro, Žižek recupera estas experiencias del pasado como los «mejores fracasos» de un mismo ideal emancipatorio, un ideal transhistórico que se perfila en cuatro principios: 1) estricta justicia igualitaria; 2) terror de Estado (con severas restricciones a las libertades individuales abogadas por el liberalismo); 3) voluntarismo democrático (el mecanismo de toma de decisiones políticas debe ser global, a juicio del esloveno, para ser una verdadera democracia); y, last but not least, 4) confianza absoluto en el pueblo. Este horizonte programático es un claro ajuste de cuentas con el enfoque posmoderno, que privilegia los conflictos a pequeña escala, asume la existencia de una pluralidad de formas de subjetivación, reivindica la tolerancia como virtud ética suprema y es reacio a tomar el poder bajo la forma política del partido jerarquizado. Léase, a este respecto, el libro de John Holloway, naífmente titulado Cambiar el mundo sin tomar el poder. Por el contrario, Žižek apuesta por una iniciativa global, insiste en que la economía es la piedra de toque de la política, reivindica la «violencia sagrada» como palanca de cambio, es bastante favorable a la formación política de partidos y uno de sus libros se titula Contra la tolerancia.

Žižek considera que 300, la adaptación cinematográfica del cómic de Frank Miller sobre la Batalla de las Termópilas, es una de las películas más de izquierdas de nuestro tiempo. La lectura que ofrece el esloveno de esta cinta comercial deja clara la raíz medio autoritaria, medio irónica de su pensamiento. A juicio de Žižek, los hoplitas espartanos constituyen un proletariado libre y disciplinado que se enfrenta con abnegación a la horda multicultural y hedonista del capitalismo contemporáneo, representado en la película por Persia. La libertad de Lacedemonio no es gratis et amore, sino que exige un alto coste en vidas. Žižek reivindica este espíritu laconio de autocontrol y sacrificio por «la Causa» —cualquiera que esta sea— frente al paradigma hedonista, desregulado y buenrollete de Mayo del 68 y sus hijastros. Frente a la revolución como fiesta creativa de la imaginación sin restricciones, la postura del esloveno puede ser muchas cosas, pero desde luego no es utópica, sino bien realista. Tras la crisis de 2008, con el horizonte histórico del colapso climático a las puertas del siglo XXI, las restricciones sociales serán más necesarias que nunca. The game is over, kids. Hay que meter en cintura a una izquierda imbuida en el pathos de la liberación sexual y el paraíso interseccional sobre la Tierra. De ahora en adelante, la disciplina, la responsabilidad y el autocontrol serán los valores de cualquier pensamiento alternativo que se tome en serio la situación.

¿Ello quiere decir que Žižek es un apologeta del totalitarismo? Yo no iría tan lejos. Es cierto que sus cuatro principios están contaminados por cierta retórica jacobina («El terror, sin virtud, es desastroso; la virtud, sin terror, es impotente», que dijo Maximilien Robespierre). Con todo, Žižek acepta que la democracia liberal es el más psicoanalítico de los regímenes —el sistema electoral presupone el sujeto barrado, las votaciones institucionalizan la inexistencia del Otro—, pero le falta un esfuerzo más para ser lacaniano. El fallo de las democracias liberales radica en que, inevitablemente, su democratismo degenera en tecnocracia nada más aparecen los «expertos». El experto encarna la figura lacaniana del «sujeto supuesto de saber»: una persona que toma decisiones en nombre del pueblo ignorante. Decisiones que supuestamente carecen de ideología. Políticamente neutras. De este modo, saint-simonianamente, la política pasa de ser el gobierno de las personas a convertirse en la gestión de las cosas. La pospolítica tecnocrática impone como un hecho bruto el libre mercado.

¿Acaso es el populismo bolivariano ese plus democrático que necesitan las democracias liberales occidentales? Žižek vacila. En la práctica, Hugo Chávez le parece la única alternativa política contundente a la gestión tecnocrática, neoliberal y posmoderna de las cosas. En un párrafo, el esloveno califica al venezolano como «la versión más perfecta del dictador proletario»; pero, a renglón, seguido, le rebaja al rango de ser un mero «Fidel Castro con petróleo». En teoría, sin embargo, el populismo no es suficiente para Žižek. La razón populista, de Ernesto Laclau, ignora por completo los análisis económicos más elementales. En vez de afrontar las contradicciones del sistema capitalista, las externaliza en una oposición simbólica y maniquea (el pueblo bueno versus las élites malas). Žižek está en un brete. No tiene ninguna alternativa al bolivarianismo. Su propuesta es atrayente, pero también ecléctica, confusa e incompleta. Lo esencial, a nuestro juicio, es la importancia preferencial que le concede a la economía política en un tiempo como el nuestro, que tan necesitado está de una refundación de la sociedad sobre bases económicas más justas. Lo que no está claro es que para ello haya que tomar el camino de Caracas.