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«Un día en la República Cuántica de Cataluña»

Madrid. Martes, 10 de octubre de 2017. 07:30 a. m.

Me levanto con un margen de tiempo prudencial para pillar el AVE a Barcelona de las 08:20, pero me enredo con mi madre a discutir la ropa que voy a llevar hoy, día de la Declaración Unilateral de Independencia de Cataluña. Muy poca gente sabe que mi madre me sigue dictando el vestuario. De ella provienen las ideas más radicales en esta materia, como el mankini/disfraz-de-la-Navaja-de-Ockham que llevé en la fiesta del Círculo de Podemos Filosofía Analítica del año pasado. Esta vez, mi madre me calza un ajustado abrigo de plumas falsas —al más puro estilo de la Camorra: negro por fuera y naranja fosforito por dentro— y me paso el resto del día sudando como un idiota. Pierdo por unos pocos minutos el tren. Por suerte, todavía quedan asientos libres en el próximo AVE, el de las 08:30. Puedo cambiar gratis el billete. Tres horas después, llego a la estación de Sants. Por megafonía suena premonitoriamente la banda sonora de El Padrino. En la estación me recogen los chavales de la asociación estudiantil La Trivial. Me han invitado a la Universitat Autònoma de Barcelona a hablar sobre «El derecho a la autodeterminación de los pueblos desde un punto de vista soviético» con motivo del centenario de la revolución de 1917. El aula de la conferencia está a petar. Comienzo con una broma que el público se toma con buen humor:

Yo pensaba que el pleno del Parlament en el que decidiría si se declaraba unilateralmente o no la independencia se celebraría antes —o, como muy tarde, durante— mi conferencia. Así que traigo dos finales distintos para mi conferencia. Dependiendo del resultado del pleno, tenía pensado proclamar o bien «¡Viva la República!», o bien «¡Viva el Rey!». Pero ¿ahora qué hago? ¿«¡Viva le Republey!»?

En la ronda de preguntas interviene Víctor Núñez Díaz, un amigo de Burgos que se ha ido a estudiar a Barcelona. Volvemos en Cercanías al centro de la ciudad hablando sobre su reclusión veraniega en el monasterio de Silos. Tengo que entrevistar a Eloy Fernández Porta en su casa a las 16:30. Son las 16:00 y todavía no sé qué voy a preguntarle. Me siento en la plaza del MACBA. Bajo el sonido de los skates y de los helicópteros de la policía, preparo la entrevista. Fernández Porta me influyó muchísimo en 2011, el año en que leí todos sus ensayos de cabo a rabo. Los libros que llevo en la mochila, su obra completa, dan fe de esa influencia. Hay algunos capítulos de Homo Sampler que están subrayados desde la primera hasta la última palabra. La entrevista va de puta madre, Eloy está tan agudo como siempre, pero me sorprende con unas afirmaciones sobre su padre, el marxiano —sin ismos— Paco Fernández Buey: ninguneado en vida por una izquierda española que, según Eloy, entiende que vivir en Madrid es condición necesaria para ser de izquierdas. El sonido de los helicópteros se cuela en la entrevista y terminamos hablando sobre el tema del día. Eloy me pregunta qué pienso del Procés. Le expongo mi opinión de que, hasta dentro de veinticinco años —cuando se revelen los secretos de Estado de Rusia y Alemania, entre otras muchas potencias que puedan tener intereses en juego con la independencia de Cataluña— no sabremos exactamente qué está pasando.

Salgo corriendo a ser entrevistado por Miguel Castejón para el próximo número de Ajoblanco en la sede central de la Universitat de Barcelona. Me hace unas fotos para la revista. Al fin le saco partido a mi estética sudorosa camorrista. La noche se cierne sobre nosotros. Se ve obligado a leer sus últimas preguntas con una linterna. De esa entrevista solo recuerdo haber calificado a Instagram de «Arcadia donde no existe ni la enfermedad ni la muerte» y a Tinder de «república independiente de las esperanzas infundadas». Justo en ese momento, Carles Puigdemont está dando una clase magistral sobre la teoría de los actos de habla ilocutivos y perlocutivos según la escuela del lenguaje ordinario de Oxford, o cómo proclamar y suspender la independencia de una república en menos de diez segundos.

El AVE de vuelta a Madrid sale a las 21:15. Son las 21:11 y todavía sigo en la cola de un restaurante de comida rápida esperando a que me sirvan el único plato vegano que he encontrado en la estación de Sants. Vuelvo a perder el tren. Esta vez me cambian el billete por uno a las 05:50. Tierra, trágame. Todavía hay tiempo para conceder otra entrevista, ahora por teléfono, sobre mi participación en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), que este año tiene como región invitada a la ciudad de Madrid. Me preguntan: ¿qué les puede interesar a los mexicanos, que han tenido una historia reciente tan accidentada (la guerra del narco, Donald Trump, los terremotos, etcétera), de los problemas primermundistas que tenemos en España? ¿Qué pueden aportar a la cultura mexicana la Movida y el 15-M, los dos ejes temáticos principales de la comitiva madrileña en Guadalajara? Le respondo que cuando hice mi gira filosófica mexicana en febrero de este año no había ciudad donde no me preguntaran por los debates entre pablistas y errejonistas cara al segundo congreso general de Podemos en Vistalegre. Que el único hotel del mundo en el que he escuchado a Mecano como hilo musical de un ascensor ha sido en uno de la ciudad de León (Guanajuato). Que para mí México es la punta de lanza de la Hispanidad. Que yo no vuelvo a Guadalajara tanto para enseñar como para aprender.  

Me quedo a dormir en casa de Víctor Núñez Díaz, que vive en la segunda planta de un bloque de apartamentos en Gràcia. Mientras subo las escaleras de su portal me olvido de que en Barcelona los pisos de los edificios se empiezan a contar a partir de la planta cero, que ellos llaman «principal», y me meto por error en la puerta entornada del apartamento de abajo. No hay nadie en el salón, de fondo se oye el sonido del agua escurriéndose en la ducha y el suelo está salpicado de lencería femenina. Pienso: «¡Hay que ver lo que le ha cambiado Barcelona a Víctor! ¿Dónde quedó la reclusión veraniega en el monasterio de Silos? ¡Válgame Dios! ¡A esto lo llamo yo «teología queer» y no a lo de Teresa Forcades!». Me doy cuenta de mi error y lo corrijo inmediatamente, antes de que la vecina de abajo salga de la ducha y se encuentre a un desconocido camorrista sudoroso en su salón, contemplando con circunspección sus bragas y sujetadores. Subo corriendo a la casa de Víctor. Uno de sus compañeros de piso es de Melilla. Nos enzarzamos a hablar sobre Fernando Arrabal, melillense universal. En la tele están echando Master Chef Celebrity 2. Ello me da una gran paz mental. Caigo muerto en la cama, no sin antes pontificar sobre el giro de la estética española hacia la preocupación por el arte contemporáneo: «José María Valverde es al Col·legi de Filosofia (Xavier Rubert de Ventos, Eugenio Trías, Rafael Argullol) como Juan Ramón Jiménez a la generación del 27», le explico a Víctor. Ahí queda.

Duermo como el culo. Me levanto a las 04:00 con la intención de ir andando hasta la estación de Sants, pero a medio camino, después de ver a un borracho lanzándose sobre el capó de un taxi, decido pillar uno. El conductor es un paraguayo que lleva trece años viviendo en Barcelona. No le sienta nada bien cuando le digo que ya es un catalán de pura cepa. «Yo prefiero mil veces España a Cataluña», me replica. Hablamos sobre la política lingüística catalana. Sobre cómo en el examen para sacarse la licencia de taxista todas las preguntas, salvo dos, están formuladas en catalán sin opción de traducción al castellano. Hablamos sobre lo ridículo que resulta para un latinoamericano que Cataluña se defina como una nación oprimida. Hablamos sobre la dictadura de Alfredo Stroessner y sobre los nazis que emigraron al Cono Sur después de la Segunda Guerra Mundial. Hablamos sobre Ernesto Giménez Caballero, el vanguardista que le propuso a Joseph Goebbels que Adolf Hitler se casase con Pilar Primo de Rivera. El objetivo: fundar una dinastía austro-hispana que gobernase el Reich de los 1.000 años. Le cuento al taxista que Giménez Caballero fue embajador de España en Paraguay y que, con motivo de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona en 1939, escribió un texto en el que decía: «Cataluña, si te maté es porque eras mía». El taxista me dice que él cree que Hitler no murió en Berlín. Que siguió viviendo en algún país de América Latina. Me viene a la cabeza una cursilería antifascista: «Hitler sigue vivo dentro de nosotros. La lucha contra nuestro Hitler interior continúa».