Biblioteca

«Tradición-traición-traducción: Sobre “Correspondencias”, de Charles Baudelaire»

Un pequeño apunte a la traducción realizada por Alain Verjat de Las flores del mal. El comienzo del poema «Correspondencias» reza así en francés:

La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles;
L’homme y passe à travers des forêts de symboles
Qui l’observent avec des regards familiers.

Verjat traduce:

La Creación es un templo de pilares vivientes
que a veces salir dejan sus palabras confusas;
el hombre la atraviesa entre bosques de símbolos
que le contemplan con miradas familiares.1

1 Las cursivas son nuestras.

Del todo inacertado encuentro el palabro «Creación», con todas sus connotaciones teológicas, en sustitución de la apelación a la Naturaleza, mucho más propia de un romanticismo, no menos cristiano que melancólico, tecnócrático y helenófilo al mismo tiempo. Recordemos aquí las advocaciones de Friedrich Hölderlin a los «dioses perdidos», así como la contradicción de Novalis: su oficio de ingeniero de minas no le privó de tener una profunda admiración hacia la «Madre Naturaleza». De nuevo, cuánta razón tuvo Machado cuando dijo aquello de que «se canta lo que se pierde».

Baudelaire, esa figura jánica, el último de los clásicos y el primero de los modernos a base de mérito e ingenio propio, supo compaginar plenamente la autodescripción del poeta como ser marginal, testigo de la corrupción (cfr. «La carroña») y un cierto desideratum de clasicismo formal («Albatros», principalmente). Nos viene al paso su famosa definición de la Modernidad: «La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable». ¿Eternidad formal, contingencia temática? Puede ser.

Propongo leer a Baudelaire como gran clásico que afirma el devenir y muestra la necesaria inmutabilidad subyacente, y de nuevo me reafirmo en mi negativa: la «Nature» del original tiene una resonancia romántica y al mismo tiempo nihilista, no recogida en la piadosa traducción «Creación». Nos encontramos nada más y nada menos que en el poema donde Baudelaire expone su famosa teoría marginal de la poesía: la confusión, la novedad y la fugacidad de lo expresado revela, no obstante, una unidad subyacente, una misma pulsión, una determinación natural con concomitancias nietzscheanas. Frente a esta apuntada interpretación de las «correspondencias» en términos de voluntad de poder, también podría pergeñarse una lectura de la Naturaleza como aquella «costumbre que se quedó agusto entre nosotros, se quedó y no se fue» a la que hace referencia Rainer Maria Rilke en su primera elegía a Duino.

Sea como fuere, desde luego no se trata de aquello que parece apuntar el traductor con «Creación». A esta traducción se le podría aplicar el método genealógico a la inversa: en vez de partir de la pregunta «quién dice algo» para dilucidar el «qué se está diciendo», partir del «qué se está diciendo» para dilucidar el «quién dice ese algo». No lo haré por parecerme evidente: la ideología de Baudelaire y la de Verjat difieren profundamente.

Mi traducción, creo, se ajusta mucho mejor a la primera. Como podréis leer subsiguientemente, dejo de lado todo virtuosismo y exhibición de facultades traductoras. A las cosas mismas, se ha dicho. Sin intercalar el infundado hipérbaton «a veces salir dejan» en lo que considero, pese a lo señalado, una gran traducción, la de Verjat. Sin más dilación, mi particular traducción/traición de Baudelaire:

La Naturaleza es un templo donde pilares vivos
dejan salir a veces palabras confusas;
el hombre la atraviesa entre bosques de símbolos
que le observan con miradas familiares.