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«Terror, enfermedad y socialización: Notas sobre la gripe A»

Le pese a quien le pese, los mitos continúan operativos como elemento de clarificación simbólica. El que nos corresponde a nosotros, el de nuestros tiempos, tal vez sea aquel mito griego de Titono, a quien Zeus concedió la inmortalidad, a petición de Eros, quien se olvidó de pedir también la eterna juventud. Así, el viejo Titono suponía en la Antigüedad la figura del inmortal eternamente envejecido que vagaba por la Helade con voz de cigarra (dicen).

El siglo XXI está al borde de su plena realización por medio del constante flujo y reflujo de las epidemias (o pandemias) provocadas y controladas por el mismo gesto farmacéutico que nos promete —y al mismo tiempo condena a— una existencia larga, dolorosa y envejecida. La gripe A, como ya lo fue la gripe aviar, es un ejemplo paradigmático de la capacidad de diseminación de la enfermedad y de su control preceptivo. Aunque estemos al borde de la pandemia el enfermo siempre será algún Otro, normalmente acordonado o enclaustrado, al que somos ajenos, de tal modo que la enfermedad no termine nunca de materializarse en la sociedad, sino tan solo en un grupo reducido de individuos (¿sacrificables?).1

1 Todavía no he visto a ningún alto dirigente ser objetivo de la gripe A, a pesar de que su profesión implique un contacto constante con la población en congregaciones multitudinarias de todos los tipos: inauguraciones, ruedas de prensa, actos públicos, etc.

Las enfermedades de la era posmoderna son el núcleo motriz de la estructura social, que requiere para su vertebración de la existencia de un mal potencial que pueda ser tachado de «enemigo público número uno». La enfermedad, que podría ser controlada de manera total con un solo gesto farmacéutico, como fue realizado en China en tiempos de la gripe aviar, afecta, como he dicho, a un grupo reducido de alteridades, de modo que la sociedad en su conjunto experimenta el mal bajo la máscara potencial del terror hacia la exterioridad de lo social, los límites de la sociedad que tanto tememos. No es casual que niños, ancianos y las clases bajas sean quienes se encuentran en mayor riesgo frente a la enfermedad y al mismo tiempo puedan ser considerados como colectivos «excéntricos» a la lógica del consumo propio de la mediocridad de las clases medias adultas. El terror genera los impulsos consumista y defensivo —la necesidad de avituallamiento de provisiones ante la enfermedad y de aislamiento frente al «Otro-que-vendrá»—, a través del cual la sociedad reescribe sus límites constitutivos, realizando una distinción categórica entre lo interno y externo al propio sistema social, y restablece en el subconsciente colectivo el orden de las prioridades fundamentales para el mantenimiento de su estructura (consumo).

La enfermedad, como forma especializada del terror, provee, en tiempos de crisis como los nuestros, dos elementos fundamentales para la puesta a punto del sistema consumista: 1) un problema alternativo que genere la suficiente expectación popular como para que se produzca una diversificación de los intereses mediáticos y electorales, cuya consecuencia más inmediata sea el sometimiento a una inusual sobrexplotación informativa de los individuos, de tal modo que la capacidad de respuesta y crítica de los individuos se vea reducida conforme aumenta la escala de la información, entre la cual se escabulle el verdadero problema —la crisis económica, en este caso— que debe ser devaluado y reevaluado; 2) un «enemigo público número uno» que —frente a los azotes convencionales del mal, normalmente encarnados en una única figura (el ladrón, el asesino, el violador, el terrorista, etcétera)— tiene la ventaja de ser un mal impersonal.

De manera análoga a la burocracia, que supone el gobierno de todos y de nadie, la enfermedad se experimenta como un error del que son culpables todos —al mismo tiempo ninguno— de los miembros internos de la sociedad, con la ventaja de poder culpabilizar también a la alteridad, esa la exterioridad de lo social que se considera el origen de los males. La enfermedad, en consecuencia, se puede definir como un mal puro que solo se conoce como frontera y como antagonismo. Al no encontrarse personificado de manera individualizada o colectiva, no puede producirse un reconocimiento de los individuos con fines/métodos/motivos a perseguir. No se puede crear un patrón a imitar por seguidores, adscritos al movimiento o contuberniados. En otras palabras: nadie puede estar a favor de la enfermedad y eso convierte al terror por la enfermedad en el instrumento socializador por antonomasia. Este terror es la consecuencia de un error no mensurable, no determinable a la escala de la sociedad o los individuos. Dado que tanto lo interno como lo externo es reconocido como causa y objetivo de la enfermedad, solo queda concluir que todo y nada está enfermo.

No creo que deba eludirse una posible relación entre la enfermedad, concebida como pandemia que un colectivo sufre de forma virtual y terrorífica, y la creación de un impulso de defensa y de replanteamiento de los límites de lo social, implícita en el nacimiento de los Estados modernos en el siglo XIV, que coincide justamente con el fin la que ha sido la mayor epidemia conocida: la de la peste negra. Un posible campo de estudio, que apunto para el futuro, es el sentido de la trama del Decamerón, donde el relato como elemento vertebrador de la sociedad surge, con un cierto afán de escapismo hacia otras realidades, al auspicio de un colectivo de personalidades florentinas conformado —y, en buena medida, delimitado— en medio del bosque, durante la huida de la ciudad, a causa de la peste negra.