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Port, núm. 4, 2018, págs. 151-153.

«Tengo veintisiete años y estoy harto de que me llamen “joven filósofo”»

¿Por qué me interrogas sobre mi origen? Las generaciones de los hombres son como las de las hojas. El viento esparce las hojas por el suelo, pero el fecundo bosque da nacimiento a otras, y así vuelve la primavera; de igual modo la raza humana nace y pasa.
Homero, Iliada, VI

La primera vez que le entrevisté, en 2013, César Rendueles me dijo: «Estoy harto de que me llamen “joven filósofo”. Tengo 38 años y dos hijos. En otra época yo sería un anciano». Tenía toda la razón. Hace un siglo, cuando la esperanza de vida rondaba los cuarenta años, la edad adulta llegaba antes que la menstruación. Hoy, con la esperanza de vida por encima de los ochenta, la juventud es un estado de ánimo. A diferencia de Rendueles, yo no tengo hijos y apenas he cumplido veintisiete años, pero también estoy harto de que me llamen «joven filósofo» (más por lo de «joven» que por lo de «filósofo»). Hace cuatro años que doy clase en la universidad, pero para los sociólogos y periodistas de brocha gorda pertenezco a la misma generación que mis alumnos: los millennials.

Pero ¿qué demonios es una generación? Según los sociólogos cuantitativos, se trata de un grupo de personas nacidas durante un periodo de aproximadamente treinta años. En los manuales de sociología al uso se dice que la justificación de esta periodización es económica: una persona entra al mercado laboral con unos treinta años y se jubila hacia con unos sesenta, siendo coetánea con quienes comparte esas tres décadas de vida profesional. El problema de esta justificación es que durante casi toda la historia de la humanidad no ha existido un sistema público de pensiones y los miembros de la clase trabajadora siempre han empezado a trabajar mucho antes de los treinta años y, en caso de llegar a los sesenta, han seguido trabajando mucho después. Pero el verdadero problema de esta periodización es dónde situar la mediana de esta serie de edades. Dependiendo de dónde se sitúe la mediana de mi generación, yo, que he nacido en 1990, puedo ser coetáneo de mis padres, que nacieron en 1964 (hace menos de treinta años que yo) o de los que vayan a nacer de hoy a 2020 (treinta años después que yo).

Como el concepto de generación se creó precisamente para diferenciar sociológicamente a los padres de los hijos, lo normal es solucionar este problema situando la mediana de cada generación en el año en que nació uno mismo. Pero entonces habría tantas generaciones como años y la coetaneidad no tendría por qué ser una propiedad transitiva; en román paladino: los coetáneos de mis coetáneos no tendrían por qué ser mis coetáneos. J. K. Rowling (nacida en 1965) sería coetánea de Angela Merkel (nacida en 1954) y de Kim Kardashian (nacida en 1980), pero estas dos no serían coetáneas entre sí. Cabe preguntarse entonces cuál es la pertinencia sociológica de una definición de generación que agrupa a personas de distintas nacionalidades y vocaciones según un criterio tan arbitrario como la fecha de nacimiento, en el que cada persona constituye su propia unidad de medida y excepción. ¿Qué diantres tienen en común una escritora británica, una política alemana y una modelo estadounidense? Suena a chiste.

Para evitarse estos problemas, los sociólogos cualitativos no definen las generaciones según la fecha de nacimiento de sus miembros, sino según los eventos históricos que más influyen sobre ellos. Las generaciones del 98 y del 27 no se llaman así porque sus miembros naciesen en tales fechas, sino porque en esos años España perdió sus últimas colonias y se celebró el tricentenario de la muerte de Luis de Góngora. El problema de esta definición es que los eventos genuinamente históricos siguen influyendo a largo plazo. El desastre de 1898 seguramente tenga más influencia sobre la España actual que cualquiera de los eventos históricos que yo he presenciado en mi vida, pero eso no me convierte en coetáneo de Miguel de Unamuno.

La definición no mejora si limitamos el rango de influencia a los eventos que uno ha presenciado. Yo tenía un año cuando se disolvió la Unión Soviética, once cuando se derrumbaron las Torres Gemelas y dieciocho cuando quebró Lehman Brothers. ¿Cuál de estos eventos históricos me ha influido más? Depende del aspecto de mi personalidad que destaque el sociólogo: en tanto que socialista, la disolución de la Unión Soviética; en tanto que ateo, el derrumbe de las Torres Gemelas; en tanto que mileurista, la quiebra de Lehman Brothers. ¿Eso quiere decir que quien sea liberal, creyente y millonario por motivos vagamente conectados con estos tres eventos históricos no pertenece a mi generación? ¿Cómo discriminar las características personales generacionalmente correctas o incorrectas ante determinados eventos históricos?

En otras palabras, ¿para constituir una generación es necesario algo más que un conjunto de características personales correlacionadas con un conjunto de eventos históricos? Por supuesto que sí. Es además necesario que ese conjunto de características personales sea distintivo de esa generación, si no en términos absolutos, sí en términos relativos, por contraposición a otras generaciones contemporáneas. De no ser así, todos los individuos que viven en un determinado periodo pertenecerían a la misma generación al verse influidos de distintas maneras por los mismos eventos. Véase la generación de Mayo del 68. No fue necesario que fuese la primera generación hedonista y anarquista de la historia para conformarse como tal. Fue suficiente con que se reconociese como más hedonista y anarquista que la generación inmediatamente precedente. Lo cual implica que las generaciones se definen por medio del reconocimiento intersubjetivo, que siempre tiene que haber dos o más generaciones en contraposición y que puede haber gente que, al no reconocerse como parte de ninguna generación, realmente no participe de ninguna.

Con todo en esta vida, el reconocimiento intersubjetivo tiene sus particularidades. Yo puedo formar parte de una asociación en la que no me reconozco y reconocerme en una asociación de la que no formo parte. Uno no deja de formar parte de su familia por mucho que no se reconozca en ella y, según algunas feministas, un varón no puede formar parte del feminismo por mucho que se reconozca en él. Las familias son asociaciones de adscripción forzosa y los movimientos sociales, como el feminismo, asociaciones de adscripción voluntaria; de las primeras no puedes salir por mucho que quieras y en las segundas no puedes entrar si los demás miembros no quieren. ¿En qué lado de esta dicotomía situar a las generaciones? Según la sociología cuantitativa, son asociaciones de adscripción forzosa; según la sociología cualitativa, asociaciones de adscripción voluntaria. El uso cotidiano del término «generación» combina estas dos definiciones al suponer que las personas que han nacido en el mismo periodo se han visto influidas por los mismos eventos históricos y, por ende, comparten determinadas características personales. Este supuesto ha generado muchos malentendidos, como se puede ver en el caso de mi generación, los millennials, que a mi juicio sencillamente no existe.

Para empezar, no hay consenso entre los demógrafos sobre cuando empiezan y cuando terminan las fechas de nacimiento de los millennials. La mayoría afirma que empiezan en 1980 y terminan en 1995, pero los creadores del término «millennial», William Strauss y Neil Howe, afirman que empiezan en 1982 y terminan en 2004. Pero ¿no hemos dicho que las generaciones duran unos treinta años? No es de extrañar que los demógrafos discrepen sobre la duración de las generaciones, teniendo en cuenta que actualmente se producen dos fenómenos opuestos, uno de los cuales debería acelerar y el otro decelerar el ritmo de cambio generacional. El primer fenómeno, que debería acelerarlo, es el desarrollo económico y tecnológico; el segundo, que debería decelerarlo, es el aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Hoy la economía y la tecnología avanzan a pasos agigantados, pero los jóvenes son una fuerza de cambio social menguante y, como las personas viven más, tienen más tiempo para adaptarse a los cambios.

La combinación del desarrollo económico y tecnológico, del aumento de la esperanza de vida y del descenso de la natalidad ha hecho que la sociedad entre en una especie de velocidad límite generacional donde una misma persona puede pasar por varias generaciones a lo largo de su vida. El cambio generacional ha dejado de ser un paso del testigo interpersonal para convertirse en un rito de paso intrapersonal. Ello se muestra en los cambios a la hora de bautizar a las distintas generaciones. Además de «millennial», mi generación ha sido llamada «Generación Y« o «Generation Next» (cuando sus características personales eran una incógnita), «Net Generation» (cuando la incógnita se despejó como el uso de las redes sociales), «Me Generation» (cuando se descubrió que las redes sociales fomentan el egocentrismo) y «We Generation» (cuando se descubrió que también fomentan el compromiso social). Por este motivo los debates sobre la brecha generacional están llenos de tópicos. Las características personales que se han atribuido a los millennials no son distintivas de ellos, sino que se han popularizado y en ciertos casos han caducado. El abuso a la vez egocéntrico y socialmente comprometido de las nuevas tecnologías de comunicación no es exclusivo de los menores de treinta y cinco años; es la sociedad en su conjunto la que parece haber entrado en un estado de adolescencia permanente a medio camino entre los sueños de rebeldía y el primer amor.