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Quimera: Revista de literatura, núm. 331, 2011, págs. 73-74. 

«Tautología organizada (o ¿el capitalismo nos hace humanos?): Reseña de El mito de la máquina, de Lewis Mumford»

Es fascinante descubrir la existencia de pensadores tan tenaces como Lewis Mumford, que poseen una única idea en la cabeza y la persiguen incansablemente a lo largo de varios miles de páginas, durante décadas. Sus obras completas terminan rellenan varios tomos reiterativos, los cuales no hacen sino ocupar espacio en la estantería. Sus impulsos monomaníacos trascienden la vieja distinción acuñada por Isaiah Berlin entre las zorras y los erizos intelectuales: entre los pensadores que se inmiscuyen en una multiplicidad de problemas y tentativas parciales, sin dar nunca por cerrado su campo de investigación; y aquellos que articulan su percepción de la realidad en torno a un solo principio o problema, estableciendo una jerarquía y un orden exclusivos. Mumford es un erizo con siete colas de zorro. Sus dos tomos sobre El mito de la máquina son una compleja, extensa y organizada tautología en torno a la cual se cristalizan multitud de datos históricos, conjeturas socioculturales y neologismos varios. Mumford escribe alrededor de una sola idea con la circularidad propia de un sistema que quiere engullirlo todo.

La tesis de Mumford es bien sencilla: el desarrollo de la técnica no es un producto autónomo respecto de la iniciativa personal de los seres humanos a lo largo de la historia. Se trata de un subsistema del poder y de la producción que está subordinado a nuestra capacidad simbólica, creativa y cultural, producto a su vez de la plasticidad de la naturaleza humana; en concreto, de nuestro cerebro. La producción tecnocientífica no es ni la cualidad distintiva de nuestra especie ni un fin histórico en sí mismo. El pensamiento tecnocrático que considera que el aumento de la producción es un objetivo valioso por sí mismo comete la subrepción de confundir los medios con los fines, los instrumentos con los valores. Esta forma de pensamiento convierte a la tecnociencia en un objetivo teledirigido por una necesidad histórica perfectamente determinada (sin marcha atrás, sin giros de tuerca, sin cambios de dirección).

Para Mumford, por el contrario, la tecnociencia es un medio para el desarrollo de las capacidades humanas, completamente dependiente de las necesidades materiales y simbólicas del momento. Si pensar es siempre pensar a la contra, hemos de decir que el autor de El mito de la máquina lanza su desafío contra toda clase de determinismo estructural que considere a los sujetos como meras piezas de mecano, inscritas irremediablemente en un vórtice material de desarrollo de las fuerzas productivas, completamente determinado este por poderes externos que escapan al control y la intervención racional de las personas, como si las estructuras poder y sus instrumentos técnicos fueran la condición de posibilidad de toda experiencia humana, a la cual no pueden sustraerse los agentes históricos concretos. Como si no hubiera libertad de elección y a partir de la estructura técnica de poder se derivasen sin solución de continuidad las aspiraciones, los deseos, la moral y la cultura de los individuos. En términos marxistas, Mumford cuestiona que la superestructura ideológica sea simplemente un reflejo de la base económica. Ello le lleva a atribuir una prioridad ontológica a los individuos que, a nuestro juicio, resulta como poco discutible.

Mumford declara en un tono idealista que «el hombre es su propio artefacto supremo». Maneja una terminología confundente cada vez que apela al «espíritu». Cae en una trampa similar a la de Marvin Harris al atribuir una intencionalidad subyacente a las instituciones antropológicas. Habla sin mucho fundamento en términos fines en vez de recurrir a la causalidad material o eficiente. Queriendo huir de un determinismo materialista completamente deleznable para su posición moral humanista, Mumford reconstruye de manera aberrante lo que debieron de pensar nuestros antecesores cuando «inventaron», por ejemplo, la idea de tiempo. Juzga tú mismo si esto es una explicación plausible o una mera ida de olla espiritualista:

Esta idea [de tiempo] tomó cuerpo en la mente humana, sin más instrumentos que el mero ojo que contemplaba los movimientos de los planetas y los calculaba con ayuda de símbolos matemáticos abstractos que, del mismo modo, sólo existían en el espíritu humano.

En esta reseña no voy a poner en tela de juicio las hipótesis históricas de Mumford, pues no considero que sean tales. Simplemente son juicios de valor que pretenden justificar una tesis moral sobre la situación de la técnica en el presente y el futuro inmediato, sobre el cual Mumford lanza vagas recomendaciones prudenciales. La génesis de este proyecto moralizante se remonta varias décadas atrás, a mediados de los años treinta del siglo pasado, cuando Mumford publicó su monumental Técnica y civilización. Ya entonces, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, Mumford ponía sobre aviso a la población acerca del desarrollo desmedido de las fuerzas productivas, cuya orientación irracional hacia la industria armamentística terminaría conduciendo a la debacle de la civilización tal y como la habían conocido hasta entonces los europeos. Con ese objetivo propagandístico en la mente acuñó Mumford su célebre idea de la «megamáquina», tomando como referencia histórica la edificación de las pirámides en el Antiguo Egipto. En El mito de la máquina, compuesto a finales de la década de 1960, Mumford reitera el mismo tópico, solo que esta vez orientado en contra de la destrucción mutua asegurada entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Estamos en plena Guerra Fría, por supuesto, y los juicios de Mumford se han convertido en un lugar común de la opinión pública occidental. La carrera de armamentos nucleares se concibe como la crónica de un suicidio civilizatorio anunciado al que se vería conducida la humanidad si no refrena la hybris del desarrollo técnico, asociado no solo con las bombas nucleares, sino también con la cultura de masas y la alienación de la espontaneidad y naturalidad individual. Resulta divertido encontrar juicios exactamente idénticos en todo el espectro político de la intelligentsia europea durante el periodo de entreguerras. En España tenemos la influyente posición de José Ortega y Gasset, quien elaboró un diagnóstico parecidísimo en La rebelión de las masas y en Meditaciones sobre la técnica. Daremos solo dos nombres más: Martin Heidegger y Theodor W. Adorno. Ambos, desde posiciones políticas e ideológicas opuestas, formularon una condena similar contra la instrumentalización del pensamiento y su conversión en mero dispositivo de cálculo. Cuando el conocimiento adquiere valía por sus funciones de dominio, la razón deviene en un instrumento de control y los conceptos se convierte en las primeras armas para ejercer la violencia, venían a decir tanto Heidegger como Adorno

Abundando en estas consideraciones, hemos de decir que la afinidad entre Mumford y Adorno es mayor de la que se podría pensar si acudimos meramente a las citas que el primero hace del segundo. Los dos comparten la misma desazón ante una sociedad que las instancias de poder manipulan y monitorean (cuando no «monotorean»: la sociedad burlada por el poder como un toro por el capote). Para Mumford, al igual que para Adorno, la tecnología se ha convertido en una fuerza anónima y sin dueño, que aniquila toda posibilidad de resistencia y no deja ningún resquicio para la emergencia de una espontaneidad verdaderamente libre. Adorno habla del «mundo administrado», donde cada sujeto se ve obligado a interiorizar grandes dosis de resignación para preservarse como parte de sistema. Mumford utiliza la expresión de «mundo sin espíritu», en el cual la producción en serie y en masa se sincroniza con la automatización del potencial humano. La diferencia entre estos dos autores estriba en que Adorno considera que el imperio de la ideología, el poder y la no verdad domina desde el interior de los individuos y carece de fronteras, mientras que Mumford atisba un rayo de esperanza en la apropiación selectiva de los medios técnicos que el sistema prodiga en cantidades ingentes. Así pues, el autor de El mito de la máquina percibe la promesa de un futuro distinto en la reapropiación de los medios productivos generados por la propia tecnocracia. Ello, a su juicio, «es mucho más sencillo de lo que los promotores de la sociedad de la abundancia quieren que crean sus dóciles súbditos».

Más allá de sus ingenuidades y de sus paralelismos con otros filósofos previos, la historia de la técnica expuesta en El mito de la máquina tiene a su favor el articular una valiosa crítica al prometeísmo tecnocientífico. A juicio de Mumford, la tecnociencia incurre en una contradicción performativa al pretender expandir infinitamente los medios de producción dentro de un planeta biofísicamente finito. Lo infinito, simple y llanamente, no cabe en lo finito. A modo de crítica, sin embargo, podría objetarse que el Mumford de la década de 1960 mantenía una visión unilateralmente viejuna de la cultura. Seguía pensando la relación de los individuos con las fuerzas de poder tecnológicas y productivas en términos de alienación justo en el momento en que la liberación sexual y el hedonismo individualista contemporáneo estaban empezando a ser impulsados por los medios de comunicación de masas y los movimientos sociales de izquierdas. Para esos pocos privilegiados del Primer Mundo que participaron del espíritu de Mayo del 68, el capitalismo ya no aparecía en el horizonte con el rostro voraz de esfuerzo, el ahorro y la familia, sino todo lo contrario: como una disponibilidad ubicua de productos de consumo para mayor gloria del principio de placer y de la pulsión de repetición de la que hablaba Sigmund Freud. Lo más perverso de esta situación consumista es que resulta perfectamente traducible a la terminología ingenuamente emancipadora de Mumford. Así, podría decirse que el capitalismo nos hace humanos en la medida en que realiza nuestras potencialidades, aumentando nuestros deseos y necesidades. Aquí, mejor que en ningún otro punto, se percibe la ingenuidad y obsolescencia intelectual a la que se ha visto sometida la obra de Mumford.