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Sin Permiso, 17/11/2013.

«Sucinto resumen del cientificismo canallesco: Reseña de Para la tercera cultura, de Francisco Fernández Buey»

… y nada más que la verdad

La muerte de Francisco Fernández Buey hace un año supuso una gran pérdida, un varapalo enorme para cualquier racionalista de izquierdas en España. Basta con recordar el título de una de sus obras, Ideas para un racionalismo bien temperado, para resumir una trayectoria intelectual dedicada a leer a Karl Marx sin cuartel y a estudiar a Antonio Gramsci sin escuela. También a escribir sobre Albert Einstein con sencillez. Este otoño aparece un libro suyo póstumo, Para la tercera cultura, donde Fernández Buey se hace eco del debate actual sobre las cifras y las letras. ¿Cómo tender puentes entre ambas? Fernández Buey responde a esta pregunta dando rienda suelta a sus inclinaciones intelectuales personales, pero sin ignorar nunca las inclinaciones políticas colectivas, a sabiendas de que la apuesta por el conocimiento científico implica una cierta concepción de la política: aquella para la cual la verdad —toda la verdad y nada más que la verdad— es absolutamente revolucionaria.

Tal vez haya cargado yo mucho las tintas en la última frase, presuponiendo a la Ilustración una capacidad redentora que, a todas luces, reclama sin mucho éxito. Además, el propio Fernández Buey comienza su libro con una reflexión sobre los errores que conlleva suponer que los científicos son algo así como faros de verdad en el intercambio razonable de posiciones ideológicas, como si sus ciencias fueran duchas inmediatas contra el sesgo y la mentira, cuando en realidad pueden ser y son discutidas desde múltiples puntos de vista. Como dice el genetista Albert Jacquard: «el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace unos años, yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido. Hoy no pienso así, pues, aunque no haya razas, la existencia del racismo es indudable». En otras palabras: una vez se ha determinado la verdad racional (científica) sobre las razas, todavía se ha de determinar la verdad razonable (política) sobre el racismo.

Es evidente, en suma, que la política tiene compromisos que el compromiso científico ignora. El desafío es hallar un punto de unión entre ambas esferas de actividad humana. Para ayudar en esa tarea, conviene hacer un repaso por algunas de las disputas sobre la tercera cultura que Fernández Buey recoge en su libro; y también por otras disputas que, quizás por ser demasiado recientes, no figuran en sus páginas. Esto no es una crítica frontal a la labor cartográfica de este autor, sobresaliente cuando mapea algunos de los debates científico-ideológicos más importantes de los últimos doscientos años. Esto es más bien un añadido, un complemento, un pegote a la lectura de Para la tercera cultura.1

1 No hace falta recordar que la idea de una tercera cultura que haga de puente entre el mundo de las ciencias naturales y el mundo de las humanidades fue propuesta por Charles Percy Snow en su conferencia del año 1959, «Las dos culturas», donde criticaba la idea de persona cultivada que todavía hoy se tiene, donde cultura es casi siempre sinónimo de artes plásticas, música, literatura y, recientemente, cine y series. Cualquiera que haya frecuentado, aunque sea brevemente y aguantándose las ganas de vomitar, un círculo de esnobs, sabe que para ellos resulta inconcebible o automáticamente descalificador que alguien no conozca —o, mejor dicho, no finja conocer— cierto cuadro, canción, libro o película. Por el contrario, se la trae al pairo que alguien muy leído —o muy oído, o muy visto— no sepa resolver una ecuación de segundo grado. La propuesta de Snow, químico a la par que novelista, era crear una idea de cultura más amplia, que incluyera tanto las letras como las cifras, tanto las ciencias humanas como las naturales. Actualmente, aunque se presenten a sí mismos como una minoría marginada e irredenta, los defensores de esa idea de la tercera cultura son muy estimados y subvencionados por el grueso de los Estados occidentales, los cuales, una vez amortizado su patrimonio artístico bajo la forma del turismo de masas, creen que en un futuro inmediato las ciencias dan más pasta que las artes y las letras. Así de sencillo. De ahí los intentos de convertir la ciencia en algo guay y para toda la familia.

Contra Darwin

Hay una controversia, entre todas las analizadas con detalle por Fernández Buey, que nos permite enlazar con el presente filosófico inmediato. Nos referimos a la crítica que formuló Jakob Johann von Uexküll contra Charles Darwin. Como es sabido, Uexküll tomó los equívocos facilones de la vulgata darwinista —que la naturaleza no puede evolucionar por medio de saltos: un error de bulto refutado por los biólogos de finales del siglo XIX— como acta de defunción de la obra de Darwin, para mayor gloria de una biología holista, organicista y teleológica cuya punta de lanza era, ¡oh, sorpresa!, el propio Uexküll.2 Este salto lógico impropio, saltar de la crítica a los darwinianos a la crítica a Darwin, parece haberse convertido en todo un deporte gremial entre los filósofos analíticos anglosajones desde que Fernández Buey ultimó su manuscrito, hace unos cinco años. Desde entonces han aparecido unos textos antidarwinianos —no antidarwinistas: críticos de Darwin, no del darwinismo— que han puesto entre paréntesis la tradicional afinidad intelectual que hay entre la filosofía analítica y la divulgación científica, algo más o menos fijo desde el Círculo de Viena en adelante.

2 Cfr. Jakob Johann von Uexküll, Ideas para una concepción biológica del mundo, Calpe, Madrid, 1922.

Entre estos ataques descuella ante todo el rechazo de la teoría de la selección natural por parte de Jerry Fodor, célebre filósofo cognitivo, cuya incursión en el campo de la biología fue tomada por algunos de sus colegas de profesión como un intento desesperado de retener una cierta autonomía filosófica en el análisis de la mente: campo de estudio que lleva décadas siendo rodeado y cercado por los neurocientíficos, en detrimento de los filósofos de pipa, butacón y especulaciones lingüísticas a priori. La polémica, acontecida en las páginas de la London Review of Books, junto con la publicación en formato libro de las consideraciones de Fodor,3 es un ejemplo bastante fidedigno de la ilusión óptica que pueden llegar a sufrir quienes reproducen a destiempo un saber científico establecido —en este caso, el darwinismo decimonónico asociado con el autor de El origen de las especies— como si fuera poco menos que la destrucción definitiva, completa y total, del paradigma bajo el cual esos mismos científicos siguen identificándose.4

3 (Las consideraciones de Jerry Fodor y de un neurocientífico italiano que tiene un apellido tan rebuscado y largo que parece un invento del filósofo estadounidense que, viéndose necesitado de un colaborador, tiró del prestigio que para muchos sigue teniendo Italia en términos intelectuales. «Massimo Piattelli-Palmarini» se llama el jambo. ¡Atrévete a decirme que mis dudas no están justificadas! ¡Están massimamente, palmarinescamente justificadas!).

4 Cfr. Jerry Fodor, «Why Pigs Don't Have Wings», London Review of Books, vol. 29, núm. 20, 2007, págs. 19-22; Jerry Fodor y Massimo Piattelli-Palmarini, What Darwin Got Wrong, Farrar, Straus y Giroux, Nueva York, 2010.

Atractores políticos

Como te puedes imaginar, esta suerte de pelea de colegio entre las artes y las ciencias no es para nada. Se remonta como poco a comienzos del siglo XIX, cuando Johann Wolfgang von Goethe dijo que su teoría de los colotes no tenía sentido sin metáforas. Los newtonianos, deudores de una comprensión analítica y mecánica de la luz, contuvieron entonces la risa. Sus homólogos contemporáneos, los físicos con cierta presencia mediática interesados en cuestiones humanísticas, gastan niveles de tolerancia distintos con los mistificadores y metaforólogos de nuestros días. Todos los que estudiamos filosofía hemos oído hablar del «caso Sokal»: ese zas-en-toda-la-boca que le di el físico francés Alan Sokal a la revista Social Text, representante conspicua de una forma de hacer filosofía política estrechamente vinculada con el posmodernismo a la anglosajona (es decir, una abigarrada mezcla de estudios culturales, estudios de género, estudios poscoloniales y todas lo que uno quiera, siempre y cuando vaya acompañado de la palabra «estudio»).

Resumamos el affaire: a mediados de los años noventa, Sokal escribió un artículo de coña, cargado de referencias a todo el panteón de teórico francés, incluido el epic fail lacaniano sobre «el falo = √–1». El resultado fue un texto loquísimo sobre la posibilidad de una «hermenéutica transformadora» en el campo de la física cuántica. El proceso de revisión por pares de Social Text se tragó enterito el fraude. Cuando Sokal reveló la encerrona, la polémica estaba servida en dos frentes: 1) la French theory, ¿vale algo más que un colín?; 2) la peer review ¿hace algo más que reforzar la jerga, los sesgos y la deformación profesional del gremio en que se encuadra la revista?

Actualmente, dos décadas después del caso Sokal, sigue habiendo decenas de revistas posmodernas situadas en los primeros puestos de los índices de impacto de sus respectivas especialidades académicas, pues eso es lo que los «««investigadores»»» —con todas las comillas que se quiera cuando hablamos de disciplinas como la filosofía, donde el estudio debería primar sobre la investigación, pues no hay nada que investigar y sí mucho que estudiar— lo que los «««investigadores»»» leen y citan, aunque sea únicamente para denunciar lo estúpidos e ilegibles que son los artículos que esas revistas publican. Para que te hagas cargo de lo absurdo y corrupto que es el mundo académico actual, si el Mein Kampf fuera una revista indexada y estuviéramos en los años treinta, la propaganda del Partido Nazi estaría en el primer cuartil de las publicaciones periódicas en el campo de las humanidades y Adolf Hitler sería un reputado «««investigador»»» al que todos los centros «««investigadores»»» querrían contratar o becar con tal de poder subvencionar sus prestigiosos y fantabulosos proyectos de «««investigación»»».

Menos conocida que el caso Sokal es la polémica que hubo en España a raíz de la publicación de Caos y orden, el libro en el que Antonio Escohotado pretendía justificar su nueva ideología socioliberal acudiendo a razonamientos pseudocientíficos sacados de la física del caos y la teoría cuántica: una estrategia argumentativa que fue recibida con cajas razonablemente destempladas por la comunidad científica española.5 El físico Antonio Fernandez-Rañada abrió la veda de las reseñas negativas indicando hasta qué punto Escohotado había asumido una concepción trasnochada sobre la evolución del conocimiento, suponiendo que somos incapaces de comparar paradigmas sucesivos de explicación científica: una idea que fue desechada hasta por su ideador original (Thomas S. Kuhn, en La estructura de las revoluciones científicas).6

5 Cfr. Antonio Escohotado, Caos y orden, Espasa, Barcelona, 2000.

6 Cfr. Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1971.

El Kuhn maduro —o «tardío», dependiendo de cómo veamos la edad de cincuenta y pocos años a la que publicó sus «Segundos pensamientos sobre los paradigmas»— suponía que el conocimiento científico es acumulativo, que la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica son plenamente conmensurables y ninguna de las dos niega a la física newtoniana su particular y acotado campo de validez como explicación aproximada de los fenómenos físicos macroscópicos ordinarios.7 «Nada sabemos a ciencia cierta», replicó el Escohotado maduro o tardío, o incluso «madurito», amparándose en la revolución cognoscitiva que supuso el abandono de la mecánica clásica para una visión del mundo, la nuestra, que seguro estará sometida a cambios igual de radicales en un futuro no muy lejano.8 En este último argumento percibía Fernández-Rañada una confusión notable entre «no saber algo» y «no saber nada». Una cosa es la ignorancia relativa y otra la absoluta. Y así concluía el físico español: «Si el autor [Escohotado] quiere decir, como hace en la segunda parte, que el Estado-nación es un atractor político, hágalo así en buena hora. Al fin y al cabo, sólo es otra manera de decir que es una idea política atractiva, pero no añade nada sacar los conceptos de su contexto»9.

7 Thomas S. Kuhn, «Second Thoughts on Paradigms», en Frederick Suppe (comp.), The Essential Tension: Selected Studies in Scientific Tradition and Change, University of Chicago Press, Chicago, 1977, págs. 293-319.

8 Cfr. Antonio Escohotado, «Ciencia y cientismo», Claves de razón práctica, núm. 112, 2001.

9 Antonio Fernández-Radaña, «Del caos posmoderno», Revista de Libros, 01/04/2000.

Meros hechos

Qué duda cabe de que esa polémica entre Escohotado y Fernández-Rañada contiene elementos políticos relevantes, interesantísimos, acerca de lo que deberían ser los programas de I+D+i (de «««investigación»»», desarrollo e innovación). Ahora bien, más allá de esos obvios campos de batalla académica, donde cada hijo de vecino suscribe una noción distinta de cómo debería formarse el personal docente e «««investigador»»», las fronteras políticas e ideológicas se diluyen. No se puede establecer una correlación entre el cientificismo y el apoliticismo como la que postularon los miembros de la Escuela de Fráncfort al afirmar que «una ciencia de meros hechos genera hombres meramente hechos»: burocratillas hiperespecializados, Fachidioten, gente que sabe mucho de una cosa y nada de todo lo demás, baluartes inopinados del statu quo.10 Jean Bricmont, el compinche de Sokal en la redacción de Imposturas intelectuales, mostró cómo —a pesar de su neopositivismo cientificista, o quizás gracias a él— estaba a la izquierda de los posmodernos. Muchos de ellos callaron o ironizaron acerca de las guerras lanzadas por George W. Bush «contra el eje del mal». Bricmont, por el contrario, escribió Imperialismo humanitario: una defensa de los derechos humanos contra los militares que pretendían apropiarse de esta herencia de la Ilustración con fines petrolíferos o geopolíticos en Irak y Afganistán.11

10 Cfr. AA. VV., La disputa del positivismo, Grijalbo, Barcelona, 1972.

11 Cfr. Jean Bricmont, Imperialismo humanitario, El Viejo Topo, Barcelona, 2008.

Pero también hemos visto el fenómeno opuesto: neopositivistas que se encuentran a la derecha de la intelligentsia humanista políticamente comprometida. Se ha criticado, y con razón, el tufillo ordoliberal que destilan las recetas políticas que nos regalan los principales divulgadores de la tercera cultura una vez concluyen los capítulos descriptivos de sus libros y enfilan las conclusiones (las «recetas del experto»). Estos consejos del sabio suelen estar atravesados por el espíritu de la «canalla», que para Karl Marx era cualquiera que buscase acomodar la ciencia a un punto de vista no derivado de sí misma. Sin entrar a valorar si Marx cae dentro de su propia definición, conocidos son los sesgos que lastran a popes actuales como Steven Pinker, cuyo último tocho sobre el descenso de la violencia en nuestras sociedades, Los ángeles que llevamos dentro, entra en conflicto con certezas científicas bien asentadas.

Así, Pinker niega que la bajada en el número de homicidios que tuvo lugar en Estados Unidos durante los años noventa se deba al uso de métodos anticonceptivos introducidos y legalizados varias décadas antes. El consenso establecido es que esa caída del crimen homicida se debe a que a finales de los años setenta nacieron menos hijos indeseados por sus padres biológicos que, con el tiempo, se podrían haber convertido en indeseables para la sociedad en su conjunto. La crítica de Singer a esta hipótesis es que resulta demasiado simple para ser cierta. ¡No me digas! ¿Desde cuándo la simplicidad es un detrimento explicativo en vez de una virtud epistémica? ¿Y cuál es la explicación alternativa que propone Los ángeles que llevamos dentro? En suma: mucha policía = poco criminal. Ahora resulta que, contra la lección intuitiva de The Wire y la explicación estadística manejada de las facultades de ciencias sociales, el Bálsamo de Fierabrás contra el crimen es nada menos que la conversión de la policía en robocop. He aquí las virtudes de esta distorsión ideológica de extremo centro llamada Steven Pinker.12

12 Cfr. Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro, Paidós, Barcelona, 2012.

Camino al nazismo

Vaya esto por los remueveprobetas y rellenaformularios metidos a consejeros de reyes y príncipes. Ahora bien, ¿qué pasa a la inversa? ¿Acaso vemos mejores prácticas cuando estudiamos casos de humanistas travestidos de sabelotodos? Ignoremos por un momento a los figurantes del amateurismo entusiasta rollo Eduard Punset: iluminados de la divulgación científica cuya capacidad para extender la curiosidad acerca de la ciencia entre el gran público es inversamente proporcional a la existencia de un discurso político propio. Los divulgadores científicos, piensa la plebe, deben ser apolíticos. Tomemos, por el contrario, el camino que va desde el irracionalismo y el romanticismo hasta el nazismo, ese Asalto a la razón que escribió György Lukács para denunciar la línea de continuidad que lleva desde el idealismo y el voluntarismo del siglo XIX al totalitarismo made in Germany de los años treinta.13 Ya sabemos que la inmunidad intelectual que muestran muchos filósofos continentales ante las más elementales herramientas del razonamiento lógico tiene su origen último en ciertos filósofos afines al nacionalsocialismo como Ernst Jünger o Martin Heidegger. La pregunta que hay que responder es clara: ¿el irracionalismo filosófico conduce o no a posiciones políticas alocadas. La pregunta inversa también es válida: ¿es Auschwitz el epítome de la metafísica falogocéntrica racionalista tecnificada? Estamos, en el fondo, preguntando por el caso Heidegger.

13 Cfr. György Lukács, El asalto a la razón, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1959.

Sobre Heidegger y hasta qué punto hay una conexión entre la analítica existencial del Dasein y su ideología nazi, Fernández Buey reproduce en su libro unas atinadas palabras de Karl Löwith sobre el famoso discurso del rectorado que dio el autor de Ser y tiempo en 1933, ante el claustro de la Universidad de Friburgo. «El servicio social y el servicio militar se vuelven uno con el servicio del saber», dijo Löwith después de leer la transcripción del discurso de Heidegger, «y al final de la exposición no se sabe si uno debe ir en busca de los presocráticos de Diels o marchar junto a las SA. De ahí que este discurso no pueda ser juzgado de modo puramente político ni filosófico. Políticamente es igual de débil que como tratado». Es decir, que la conexión entre la filosofía y la orientación política de Heidegger es mayor de la que muchos heideggerianos desearían; pero que, también, la influencia que tuvo este pensador en el Tercer Reich fue muchísimo menor de lo que querrían los antiheideggerianos que, movidos por el resentimiento más que por la documentación, se imaginan a Heidegger como ideólogo oficial, como intelectual orgánico del NSDAP.

Frente a estas dos posiciones, la de quienes están totalmente en contra y la de quienes están completamente a favor, la posición de Fernández Buey tiene la virtud del matiz, de ese racionalismo bien temperado que siempre reivindicó, y por ese motivo nos despedimos con sus justas palabras: «entre la formulación filosófica o la invención de la teoría (en sentido amplio) y la decisión práctica de vincularse a una determinada ideología o a una opción política hay siempre demasiadas mediaciones (talante, voluntad, expectativas personales, etnia, clase, tribu, etc.) como para establecer derivaciones fijas. Solo el periodismo sensacionalista opera como si estas no existieran».