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Quimera: Revista de literatura, núm. 336, 2011.

«Sobre los adoquines están los argumentos: Reseña de Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs, y El espacio público como ideología, de Manuel Delgado»

De acuerdo con el esquema tripartito propuesto por Foucault en su seminario Seguridad, territorio, población, la soberanía se ejerce sobre los límites de un territorio; la disciplina, sobre el cuerpo de los individuos; y la seguridad, sobre el conjunto de la población. En el punto de entrecruzamiento entre estos tres dispositivos de poder se encuentra la ciudad como espacio de socialización y modelo organizativo: una concentración de población dentro de un pequeño territorio. En este microcosmos el juego espacial se vuelve mucho más complejo. A medida que aumentan los posibles encuentros entre individuos, hasta el punto de volverse prácticamente ilimitado el número de permutaciones posibles, se incrementa proporcionalmente la inseguridad, el anonimato y la indiferencia mutua. Junto con el debilitamiento de los lazos de proximidad moral y familiar, sobre los cuales se asientan las sociedades tribales, surgen las condiciones propicias para la emergencia de lo político. La categoría de ciudadano se antepone a la condición de prójimo o hermano. Las relaciones contractuales se imponen sobre los lazos de sangre. Se constituye un espacio público basado en la libre confrontación de opiniones. De este modo, las pasiones cálidas de la moral dejan lugar a la meticulosa racionalidad política: el arte de la mediación, de la medida y, en última instancia, de los medios. En la balanza de medios y fines, la cohesión interna de la ciudad es un fin en sí mismo. La gran incógnita del pensamiento político ciudadanista es cómo garantizar el correcto funcionamiento de la ciudad en torno a redes de asociación espontáneas que respeten los principios ya señalados (libre confrontación de opiniones en una relación entre iguales, principalmente).

La ciudad se caracteriza por la diversidad y la pluralidad pero también por la inestabilidad de las relaciones. La inseguridad es consustancial a un espacio público sometido a la afluencia constante de desconocidos. De ahí la necesidad de multiplicar los mecanismos de fijación y control. No es de extrañar, por lo tanto, que la ciudad sea el objeto preferido de las proyecciones utópicas. La utopía refleja un estadio de ordenación policial perfecta. En ella se realiza la ensoñación burocrática: cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. La distribución de los cuerpos sobre el espacio es armónica. El control sobre las eventualidades, absoluto. No hay lugar para lo inesperado en la ciudad de nuestros sueños. La felicidad se desparrama sobre los objetos con la condición de que no se modifique un ápice el estado de cosas existente. Desde la Calípolis de Platón a la Ciudad Radiante de Le Corbusier, pasando por la Utopía de Tomás Moro, las concentraciones urbanas han sido sometidas a un sin fin de proyecciones imaginarias por parte de filósofos, arquitectos y ensoñadores. Visibilidad, accesibilidad y armonía han sido las ideas más recurrentes de estos pensadores, obsesionados como estaban por la construcción de una sociedad sobre bases nuevas, de acuerdo a las directrices de la «Razón» con mayúscula. La ciudad ideal encarna en el espacio el principio de ordenación racional, controlado desde un órgano central que lo planifica todo con la meticulosidad de un geómetra. Un lugar común dentro del pensamiento urbanístico ha sido la preferencia por los asentamientos de escaso tamaño, donde el conocimiento mutuo hace las veces de vigilancia policial. Esta es una constante de las ciudades ideales proyectadas a lo largo de la tradición occidental, desde la República y Las leyes —la Calípolis platónica estaría habitada por unas 5.000 personas— hasta el nuevo urbanismo de Andrés Duany. No en balde, el republicanismo clásico consideraba que la gestión de los bienes públicos a través de la democracia directa solo es posible dentro de comunidades reducidas, que el ciudadano capaz de ejercer con plena libertad sus funciones sociales debe habitar dentro de una pequeña comunidad de iguales asociados contractualmente.

Si algo tienen en común Vida y muerte de las grandes ciudades, de Jane Jacobs, y El espacio público como ideología, de Manuel Delgado, consiste en que ambos autores ponen en entredicho los axiomas principales del urbanismo utópico que acabamos de delinear. Jacobs desmantela el racionalismo a priori de los modelos de planificación central en favor de un urbanismo respetuoso con las experiencias concretas de autogestión por parte de la comunidad de vecinos. Frente a los macroproyectos de reconstrucción urbana puestos en marcha por la imaginación utópica, apuesta por una sensibilidad hacia lo ya existente, todavía funcional y aun concreto. En la línea de Ernst Friedrich Schumacher, Jacobs proclama con total sinceridad que «lo pequeño es hermoso». Es reacia a pensar que en materia de urbanismo haya fórmulas mágicas para todo tiempo y lugar. Su libro es todo un aldabonazo contra la escuela arquitectónica moderna, el famoso «estilo internacional» que fue aplicado en Nueva York por arquitectos como Robert Moses. Vida y muerte de las grandes ciudades es un texto incendiario que tiene el vicio de reestablecer un utopismo negativo. Jacobs termina cayendo en una idolatría del barrio orgánico como espacio espontáneo de asociación. Como le reprochó con más razón que un santo el sociólogo Richard Sennet, el aparato de vigilancia informal que ella considera tan benévolo puede volverse opresivo y degradante para el conjunto del vecindario. ¿Tú qué prefieres? ¿Unos vecinos atosigantes y cotillas, o unos que te dejen vivir en paz?

Por su parte, el libro de Delgado se detiene a determinar las contradicciones ideológicas que subyacen al concepto de ciudadanía, los conflictos de intereses que laceran los principios idealizados de la acción comunicativa, la lucha de clases acallada por la retórica del liberal de «los individuos libres que acceden a ponerse de acuerdo mediante la práctica del contrato social». A parte de su contenido, El espacio público como ideología tiene el valor añadido del contexto de su publicación, apenas unas semanas antes de la aparición del movimiento de los indignados en España. Algunos pasajes del capítulo dedicado a las «trampas de la negociación» resultan proféticos de cara a lo sucedido en nuestro país desde el 15-M. Para empezar, la descripción que ofrece de los movimientos sociales en «huelga de identidad permanente» coincide punto por punto con las señas de identidad y los defectos más notables de este proceso destituyente abierto por las acampadas y las asambleas populares desde abajo. Los indignados, podríamos decir con las palabras de Delgado, «no dejan de revitalizar el viejo humanismo subjetivista, pero aportan como relativa novedad su predilección por un particularismo o circunstancialismo militante, ejercido por individuos o colectivos que se reúnen y actúan al servicio de causas hiperconcretas […] renunciando a toda organicidad o estructuración duradera, a toda adscripción doctrinal clara y a cualquier cosa que se parezca a un proyecto de transformación o emancipación social que vaya más allá de un vitalismo más bien borroso».

En última instancia, tanto Jacobs como Delgado asumen una posición metodológica común: no existe un punto de vista único en la construcción de lo civil. No hay un órgano central de planificación urbana o ciudadana, sino una pluralidad de intereses en conflicto. Para estos dos autores, la cohesión interna de la ciudad es el producto precario de un equilibrio no consensuado. Ahora bien, cuando penetramos con más profundidad en sus respectivos libros, las divergencias entre ambos saltan a la vista. Jacobs aborda el espacio público desde una óptica netamente liberal, como la libre concurrencia de intereses, gustos y necesidades diversos. Vida y muerte de las grandes ciudades apuesta por una gestión privada de los lugares comunes, frente a la razón de Estado decidida desde los altos niveles de la burocracia. Delgado, en cambio, objeta que el espacio común ya está siempre viciado por los intereses de la «clase dominante»: una expresión cuyo origen marxista no se le escapa a nadie. Según El espacio público como ideología, dicha clase dominante instrumentaliza a su favor la confusión entre sus intereses particulares y los de todos para promocionar una serie de prácticas y modos de vida beneficiosas para ellos. Aquí encontramos, pues, la línea ideológica que separa a nuestros dos autores. Jacobs subraya la espontaneidad de las prácticas vecinales, con independencia de la extracción u origen de clase de la comunidad de vecinos. Por su parte, Delgado, con una terminología deudora del marxismo estructuralista de Louis Althusser, afirma que los individuos reproducen inconscientemente ciertos patrones de conducta que vienen dados por su posición dentro de una sociedad que todavía sigue, y siempre seguirá, siendo clasista. Con quien de los dos nos quedemos, si con Jacobs o con Delgado, depende de muchos factores, dentro de los cuales no es menor la adscripción política a la izquierda o a la derecha del espectro ideológico. Ello muestra cómo lo que parece más apolítico, la disposición de nuestras plazas, parques y calles, está atravesado por ideologías de toda clase y condición.