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El Cotidiano, 20/03/2014.

«Si odias a tu suegra o a la democracia, no culpes al inconsciente freudiano: Reseña de El mundo de Atenas, de Luciano Canfora, y Sexo y represión en la sociedad salvaje, de Bronisław Malinowski»

UNO. De los creadores de La historia falsa y otros escritos —el volumen de artículos de Luciano Canfora editado por Capitán Swing sobre el secuestro de Antonio Gramsci, Gramsci a manos de los fascistas (¿quién tuvo la culpa dentro del Partido Comunista?), sobre cartas inventadas que presuntamente se mandaron figuras notables de la Antigüedad (Cicerón y Bruto, principalmente) y sobre la recepción del testamento de Lenin— llega ahora a sus mejores librerías El mundo de Atenas, cortesía de Anagrama: una continuación por otras sendas de las obsesiones principales de este historiador italiano.

Miento. Las sendas son las mismas de siempre: cómo la reconstrucción historiográfica de los hechos acontecidos en el pasado es siempre una operación ficcional que pretende legitimar una opción política en disputa por el sentido del presente. Lo que resulta fresco de El mundo de Atenas es el método. Canfora es un comparatista, y las abundantes notas que pone a pie de página dan cuenta de su celo y denuedo investigador, pero sus libros se leen como blockbusters policiacos. Tanto monta que el marco temporal sea el siglo IV a. C. y que los protagonistas de la narración sean atenienses de mano suelta y túnica holgada, pues leemos sus páginas con el entusiasmo de aprender cuándo y cómo queda sedimentado para consumo de futuros demócratas y demagogos el timo de Atenas: el mito de una ciudad-Estado absolutamente igualitaria y plebiscitaria en sus métodos de decisión política. ¡Tararí que te vi, Pericles!

Hablando de Pericles, hay que recordar que su siglo estuvo marcado por el chovinismo y la expansión imperial de los atenienses. Incapaz de solventar los conflictos entre la clase alta y la baja, Atenas recurría a la fundación de nuevas colonias y al sometimiento de otras ciudades como válvula de escape de la población sobrante o incómoda. La visión que tenían el ateniense medio de su ciudad probablemente no distaba mucho de los panegíricos etnocéntricos que se han elaborado posteriormente, cantando las glorias de la Grecia clásica, aunque obras de teatro como Los persas, de Esquilo, nos llevan a pensar que la capacidad que tenían los antiguos de ponerse en el lugar de los vencidos era mayor de la que se sospecha. En el campo dramático, nadie ha bramado tanto contra el imperialismo ateniense como Aristófanes, de conocida orientación política conservadora. Como buen conservador que era, este comediógrafo estaba en contra de los conatos de Estado de bienestar que ensayaron los demócratas radicales. Las avispas, por ejemplo, muestra como el mantenimiento de los individuos a costa del Estado es indisoluble de la política expansionista diseñada por las élites atenienses. Así, le increpa Aristófanes al subvencionado y militarizado pueblo de Atenas:

Tú, que imperas sobre mil ciudades desde la Cerdeña al Ponto, solo disfrutas del miserable sueldo que te dan, y aun eso te lo pagan poco a poco, gota a gota, como aceite que se exprime de un vellón de lana; en fin, lo preciso para que no te mueras de hambre. Quieren que seas pobre, y te diré la razón: para que, reconociéndoles por tus bienhechores, estés dispuesto, a la menor instigación, a lanzarte como un perro furioso sobre cualquiera de tus enemigos.

Lo dicho: próximamente —en realidad, desde febrero; llevamos un mes de retraso— en sus mejores librerías.

DOS. Bronisław Malinowski es un clásico indiscutible, un padre fundador de la antropología. Si la antropología fuese una verdadera ciencia, el valor científico de las obras de Malinowski debería decrecer año tras año, conforme nuevos antropólogos fueran contrastando y superando sus investigaciones. Pero, como la antropología no es una verdadera ciencia, sino un agregado de perroflautas y locos de las lenguas, a Malinowski se le sigue leyendo tanto por su valor científico como su calidad literaria. El problema del estatus pseudocientífico y criptoliterario que tienen las obras de este antropólogo de origen polaco es que se convierten en pasto de los filósofos, que conforman la peor de las especies académicas. Una puta plaga de pedantes papagayos. Aunque hay que decir que Malinowski se lo ganó a pulso al decir en el prólogo de Sexo y represión en la sociedad salvaje que «la pedantería siempre será mi principal pasión».

Cumpliendo las funciones de una señora de la limpieza, la editorial Errata Naturae ha desempolvado este Sexo y represión…, añadiendo un «Edipo destronado» donde antes solo estaba el rutinario título original. Más de un aplauso merece este ejercicio de rotulación creativa, pues ajusta muy bien las expectativas del lector a lo escrito mismamente por el antropólogo desde las islas Trobiand. Malinowski no solo se quedó una larga temporada en el archipiélago —principalmente, porque la Primera Guerra Mundial frustró sus tentativas de regreso a Europa— sino que, desde la aparición póstuma de sus cuadernos de campo, donde el fundador de la etnografía moderna detalla sus verdaderas preocupaciones, gravita sobre su figura la sombra del modelo a no seguir. Estamos ante un vagabundo polaco que aguarda impacientemente que la corona británica le conceda el título de sir mientras se pone cachondo mirando con lascivia los «cuerpos animalescos» de las trobiandesas.

En este contexto, recuperar al Malinowski matizador de Sigmund Freud —otro cadáver exquisito de la ciencia actual— tiene su valor. Puede servir como excusa para recordar la peculiar dualidad trobiandesa entre autoridad familiar (encarnada por el tío materno o kada) y paternidad xenofílica: el padre biológico no forma parte de la veyola o tribu propia. Compárese al paterfamilias occidental, que sintetiza en una misma figura la autoridad familiar y la paternidad biológica, con el padre típico de las islas Trobiand, tal y como lo describe Malinowski:

El resultado suele ser una amalgama: es el ser perfecto y hay que hacer cualquier cosa por obtener su beneplácito, y al mismo tiempo es el «ogro» al que hay que temer y para cuya comodidad—y el niño pronto se da cuenta—se organiza todo el hogar. El padre cariñoso y comprensivo no tardará en asumir el papel de semidiós, mientras que el padre pomposo, rígido y falto de tacto se granjeará pronto el recelo e incluso el odio del pequeño. 

Valiosas lecciones xenofílicas en un contexto como el actual, en el que las fronteras se yerguen cada vez más alto y la posibilidad de tener un padre extraño o extranjero es cada vez más remota.

¿En serio?