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Sigue Leyendo, 19/06/2013.

«Realismo mágico desde Arganzuela: Reseña de The Wanderers, de Richard Price»

En mi distrito madrileño la muchachada se pega —como siempre, como en todos lados— por pura pereza. Las mujeres y el territorio, los principales detonantes del conflicto entre machitos, llevan mucho tiempo siendo subterfugios. Y es que resulta más sencillo matarse a palos en mitad de Extremadura por un conflicto de lindes, como hiciera cierto antepasado campesino mío, que ponerse a pensar, en plan burgués académico, sobre el origen de las fronteras terrestres. ¡Maldito Jean-Jacques Rousseau! ¡Nunca estás cuando más se te necesita!

Así, sin pensárselo demasiado, se han rajado los jóvenes las vestiduras a navaja, se han tentado algunos órganos internos, se han saldado las noches con una buena guarnición de cadáveres; como he visto yo suceder en Arganzuela, el barrio mío de mis amores, durante el periodo del conflicto incipiente entre los Ñetas y los Latin Kings en España (años 2003-2006). Entonces, los hijos de Cronos se devoraban entre sí. ¿Cómo no iban a hacerlo, si unos se saludaban haciendo el tridente (los Latin Kings), mientras los otros preferían el cruzamiento del índice y el anular (los Ñetas)? Razones adicionales para hacerse la vida más difícil, si uno las busca con tanto ahínco, las encuentra rapidísimo.

En medio de aquel desaguisado entre segundas generaciones de inmigrantes latinoamericanos estábamos nosotros, españolitos del montón. Llevábamos la ropa ancha, pero era distinto. Montábamos en monopatín, pero era distinto. Algunos, como un servidor, nunca entramos en el juego de las hostias a medio consagrar. En mi caso, bastaron, para perder todo pundonor, unas amenazas de Joaquín «el Negro». No era el único negro del instituto, pero todos le llamaban así. ¿Andaba yo enredado con su novia? No recuerdo bien el lance. ¡Pillastre de mí!… ¡Amante bandido!… ¡Asaltalcobas!… Nunca más, tras las amenazas de Joaquín. Entonces no teníamos noticia de quién era Arquíloco, pero ya andaba yo emulando la escoria, la vergüenza del ejército griego, saliendo de rositas de un duelo como aquel, sin quebranto ni defensa por mi parte; como escribió el poeta lírico griego:

Un sayo ostenta hoy el brillante escudo
que abandoné a pesar mío junto a un florecido arbusto.
Pero salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo?
Peor para él. Uno mejor me consigo.

He de confesar que yo no conseguí un mejor escudo. Bea, si estás leyendo esto: ¡te quiero! No, es broma, mujer; pero ¡si hace siete años que nos vemos! Un saludo también para ti, Joaquín, que sé que me estás leyendo. Nunca se me ocurriría ligar con tu novia, jamás de los jamases, ni siquiera ahora. Esta no es una indirecta a Bea, no la estoy sugiriendo que lea entre líneas y busque mi dirección de correo componiendo un acróstico con las palabras de este párrafo. No es eso, ni mucho menos, lo que estoy haciendo.com

Cambiemos de tercio. Si hay que hablar de mitos del barrio, hay que hablar de Jarabo, armado hasta los dientes, con un cuchillo jamonero atado al muslo, como si fuera un pirata con pata de palo, mientras atracaba a los pijos del centro. Entonces, a mediados de la década de los 2000, yo estaba vinculado con la mejor generación de escritores —quiero decir, de grafiteros— que han visto los muros madrileños entre el Manzanares y la Puerta de Toledo. En mi barrio, los pintamuros siempre fueron huevito en las peleas y los atracos, nadie se metía con ellos, así que yo no sufrí a Jarabo en mis carnes. Luego me enteré de que este armisticio del crimen adolescente que teníamos montado alrededor de los botes de pintura emulaba y seguía una tradición de pacifismo tribal neoyorquino, tan antigua como extraña. Entonces no teníamos ni zorra.

Menos mal que vino Capitán Swing a ilustrar nuestras andanzas. En 2012, esa editorial publicó Hacerse ver, de Craig Castleman, una crónica sobre los inicios del grafiti en Nueva York, que tiene como protagonistas a los Fab Five, el segundo grupo de grafiteros que pintaron un tren entero: diez vagones de arriba abajo. Corría el año 1972. Este libro —que no es sino la repesca de una traducción de los años ochenta: las expresiones que utiliza la traductora, Pilar Vázquez Álvarez, no han envejecido muy bien— describe con detalle el carácter político, la apertura de miras que suponía para ciertos chavales de Harlem o del Bronx salir de su barrio, cruzar calles y puentes con el único fin, aparentemente ingenuo, de pintar paredes.

Entre las mil batallas relatadas por Castleman destaca el momento de la asunción hegeliana —es una forma de decir; es una deformación profesional— de los Vandals. A pesar de su nombre, esta banda de grafiteros no tiene ni una pizca de vandalismo; cuando se topan con otro grupo de chavales, tienen miedo de que les peguen; por suerte, una parte del otro grupo les ha visto pintando en el metro; eso les salva de una paliza segura por meterse en barrio ajeno; los grafiteros —y los raperos; y, en general, los practicantes de cualquiera de los cinco elementos de la cultura hip-hop que entonces estaba naciendo en Estados Unidos— tienen patente de corso para ir y venir, para entrar y salir de los barrios más conflictivos; su arte les abre las puertas de otros grupos de chavales de modo no violento; de hecho, el grafiti —y el rap; y, en menor el resto de los cinco elementos del hip-hop— se pueden considerar una sublimación artística de la violencia, que en vez de proyectarse sobre la carne lo hace sobre la voz y las paredes. En las palabras de los Vandals transcritas por Castleman, así es como suena el relato de este momento de asunción hegeliana:

Nos paramos en seco; no dimos ni un paso más. «¿Qué va a pasar?» La gente nos miraba intentando adivinar lo que iba a suceder. Pero delante de todos estaba la división que habíamos visto en el metro, y, bueno, no te puedes imaginar qué alivio sentimos al verlos. «¿Qué pasa, troncos? ¿Cómo os lo estáis haciendo?» Con esto distendimos un poco el ambiente, porque en el metro ellos nos habían preguntado de qué íbamos, si nos peleábamos con las otras bandas o qué. Pero nosotros les habíamos explicado que éramos sólo una banda de escritores de grafiti, que lo nuestro era pintar nuestro nombre y el de la banda por todas partes y que no buscábamos pelea. Nos llevó algún tiempo explicárselo, pero ahora veíamos que había valido la pena.

El mismo truco, por desgracia, no les funcionó a los Wanderers. La opera prima de Richard Price, posterior guionista de The Wire, comienza con un recuento de tropas para la batalla. No en balde, el conflicto ha sido suscitado por un grafiti. «Los negratas apestan, [firmado por] Richie Gennaro», reza la pintada de la discordia. De un lado tenemos a los italianos, a los polacos y a los irlandeses; del otro, a los negros —o a las «personas de color», o a los «afrodescendientes», o a los «racializados»; nosotros no podemos permitirnos la canallada de reproducir la palabra que empieza por ene—, quienes han recibido el inesperado apoyo de una temible agrupación china: portadores todos ellos del apellido Wong, caminantes uniformados por los pasillos del instituto, presuntos expertos en artes marciales… ¡Todo un espectáculo! Sobre el fin de esa pelea, mejor no digo nada. Tiene su miga y no merece el espoiler.

Una historia que, por el contrario, sí amerita ser contada, pues contiene la esencia del orgullo pandillero y su peculiar relación con las fuerzas de seguridad y orden del Estado, está hacia el final del libro, donde nos narran una violación en tercera persona, desde el punto de vista del novio de violada, quien tiene que decidir en cuestión de segundos si llama a la policía o defiende personalmente a su ser querido. Habiendo optado por la primera opción, dentro del marco de la legalidad y del Estado de derecho, siguiendo una interpretación no privada de la violencia, cuyo detentor legítimo en última instancia son ellos, los hombres de uniforme, Eugene Caputo, nuestro protagonista, se retuerce de culpabilidad y remordimientos. Gracias a su cobardía, Nina, su novia, está viva; y él también. El asaltante en fuga, perseguido por las sirenas de la policía, no podía demorarse en degollarlos. Pero, según el código de honor del barrio, más vale la deontología del outsider violento y vengativo que el consecuencialismo del ciudadano responsable y pacífico. Es decir, que no por mucho salvar vidas deja uno de no tener huevos o de ser una gallina (perdón por el conflicto de metáforas entre la imagen de «no tener huevos» y la de «ser una gallina»; no es mi culpa que los insultos heteropatriarcales se contradigan entre sí). Más sencillo, como le dice a Eugene su madre:

—Algún día, hijo mío, aprenderás que los dos mayores goces de ser hombre son darle una buena paliza a alguien y recibir una paliza de alguien. Buenas noches.

En su reseña de The Wanderers, Kiko Amat sitúa este libro dentro de la categoría de «realismo emocional» o «novelas vivenciales». Price definió los rasgos estilísticos de este género o subgénero literario al afirmar que los elementos o ingredientes que siempre aparecen en sus novelas son «la reminiscencia deformada por el alcohol, el realismo mágico [sic], la nostalgia, el pasado reinventado. Ese tipo de magia [sic] todavía perdura en mis libros, pero creo que se muestra exclusivamente mediante el lenguaje. En todo lo demás, me concentro en lo que de veras [sic] está sucediendo». A falta de un conocimiento mayor de la obra de Price, estas declaraciones no pueden sino indignarme y ofenderme en mi conciencia de barroco sin causa, especialmente cuando dice que somos-escritores-realistas-mágicos y hablamos-de-cosas-que-no-están-pasando.

O sea, que The Wanderers, una narración sin frases subordinadas sobre los jóvenes del Bronx, cuyos apuntes estilísticos más destacados son cuatro descripciones psicológicas puramente folletinescas, resulta ser un libro que no se atiene a los hechos y practica el «««realismo mágico»»» (con todas las comillas que uno quiera). Ya me imagino el cartel promocional de este libro: «Donde esté The Wanderers, que se quite Cien años de soledad». ¡Ay, qué calvario! Afortunadamente, providencialmente, Amat conoce la obra de Price mejor que el autor que la parió; en su reseña de The Wanderers, encarrila la procesión del realismo mágico hacia la parroquia del «bendito atraso». La expresión es de Amat. Da título a su blog y a su estilo literario (en narrativa, no cuando se gana la vida y se desmelena escribiendo periodismo; a mi juicio, con una calidad infinitamente superior; pero esa es otra batalla, y ya está perdida: que la literatura de no ficción tenga la misma estima social y gremial que la de sí ficción). A lo que íbamos: los feligreses de esta religión del bendito atraso, entre los cuales está Price, suscriben el dogma estilístico del sujeto-verbo-predicado y el credo argumental de la presentación-nudo-desenlace. ¿Su santoral? Según Amat, «sencillez, excitación, mito, épica, ruido, contención, arrebato». Amén a Amat y punto en boca.