Biblioteca

El Confidencial, 06/11/2017.

«¿Qué es el realismo especulativo? La filosofía que cautivó al mundo y España ignoró»

Las corrientes filosóficas españolas van con quince años de retraso respecto de las corrientes filosóficas internacionales. Recientemente, Judith Butler dio una conferencia en Madrid y durante el turno de preguntas el público le preguntó exclusivamente sobre sus libros de los años noventa y primera mitad de los dos mil. Nadie parecía haber leído ni una sola línea posterior a Deshacer el género (2004). Mientras, en la universidad española, estudiantes de doctorado nacidos en los noventa hacen tesis doctorales sobre filósofos franceses muertos en los ochenta bajo la categoría de «filosofía contemporánea». ¿Contemporánea respecto de quién y para quién? Los filósofos deberían pensar críticamente y no estar al servicio de las corrientes y tendencias del momento, pero si ni siquiera conocen las actuales, aunque sea para criticarlas, lo normal es que estén atrapados por las pasadas.

Esto es lo que sucede con el realismo especulativo, la corriente filosófica internacional más importante de la última década, completamente ignorada por los profesores de filosofía españoles. Los grandes grupos editoriales han dejado escapar la traducción al castellano de clásicos de la filosofía contemporánea como Después de la finitud, de Quentin Meillassoux, El cuádruple objeto, de Graham Harman, o Nihil desencadenado, de Ray Brassier, y solo recientemente pequeñas editoriales como Caja Negra, desde Argentina, Anthropos, desde México, o Materia Oscura, desde España, han empezado a cubrir ese hueco, ahora que la corriente está prácticamente muerta a nivel internacional.

¿Qué es el realismo especulativo? Como el propio nombre indica, es una corriente filosófica comprometida con la existencia de una realidad independiente del ser humano («realismo»); realidad que puede conocerse a través de un medio cognitivo especial («especulación»). Las principales escisiones dentro de la corriente han versado precisamente sobre la definición de ese medio cognitivo a través del cual conocemos la realidad: según Meillassoux, son las matemáticas; según Harman, las artes; según Brassier, las ciencias. Así pues, el realismo especulativo ha roto con el giro lingüístico de la filosofía del siglo XX, que creía que la única forma de conocer la realidad consistía en analizar el lenguaje humano.

El realismo especulativo también ha roto con la subordinación de la filosofía a la política. Algunos realistas especulativos están vinculados con corrientes políticas de izquierdas (como el «aceleracionismo», que promueve la superación del capitalismo a través de la radicalización de sus contradicciones) o de derechas (como la «ilustración oscura», que afirma que el racismo, el sexismo y el clasismo están respaldados por la ciencia), pero muy pocos realistas especulativos han construido su sistema filosófico exprofeso para justificar su identidad o su ideología, a diferencia de lo que sucede con la teoría queer o la izquierda lacaniana.

El realismo especulativo también ha sido una de las primeras corrientes filosóficas nativa de la Web 2.0. El debate acerca de esta corriente filosófica se ha articulado a través de las redes sociales de un conjunto de estudiantes de doctorado y profesores de menos de cincuenta años repartidos por distintos países (Meillassoux da clase en París; Harman, en Los Angeles; Brassier, en Beirut). Ante la inevitable memetización de esta corriente, Brassier, el inventor de la expresión «realismo especulativo», rechazó en 2011 la etiqueta con unas contundentes declaraciones:

El «movimiento del realismo especulativo» solo existe en la imaginación de un grupo de blogueros que promueven una agenda por la cual no tengo ninguna simpatía: la teoría del actor-red pimentada por una metafísica pampsiquista y bocados de la filosofía procesual. No creo que internet sea un medio apropiado para el debate filosófico serio, ni creo que sea aceptable intentar confeccionar un movimiento filosófico digital utilizando los blogs para explotar el entusiasmo desnortado de unos estudiantes impresionables de posgrado. Estoy de acuerdo con la observación de Deleuze de que en última instancia la tarea más básica de la filosofía es impedir la estupidez y, por tanto, veo poco mérito filosófico en un movimiento cuyo logro más señalado hasta ahora es haber generado una orgía digital de estupidez.

Materia Oscura acaba de traducir al castellano la obra magna de Brassier, Nihil desencadenado, donde se argumenta en favor de dos tesis, a saber:

1) «el desencantamiento del mundo, entendido como una consecuencia del proceso por medio del cual la Ilustración hizo añicos “la gran cadena del ser” y desfiguró el “libro del mundo”, es una consecuencia ineludible de la deslumbrante potencia de la razón y, por ello mismo, representa un estimulante vector para el descubrimiento intelectual en lugar de un empobrecimiento catastrófico»;

2) «el nihilismo no es una exacerbación patológica del subjetivismo que lleva a la anulación del mundo y a reducir la realidad a un correlato del ego absoluto, sino, más bien, el corolario inevitable de la convicción realista de que existe una realidad independiente de la mente que, pese a las presunciones del narcisismo humano, se muestra indiferente a nuestra existencia y ajena a los “valores” y “significados” con los que la revestimos para que nos resulte más acogedora».

Partiendo de estas premisas, Brassier se enfrenta por igual a la neurofilosofía de Patricia Churchland y a la hermenéutica de Martin Heidegger, demostrando la posibilidad de un diálogo respetuoso y fructífero entre la filosofía analítica (tradicionalmente orientada a los «problemas científicos») y la filosofía continental (tradicionalmente orientada a los «problemas existenciales»). Algunos capítulos, como los dedicados a Meillassoux o a Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, son magistrales por su capacidad de síntesis y se pueden recomendar como lectura crítica introductoria a la obra de dichos autores, pero otros capítulos, como los dedicados a Alain Badiou o François Laurelle, son impenetrables salvo cuando Brassier impugna por completo su retórica («Laurelle actúa cual ventrílocuo que hace hablar a la filosofía, para acto seguido manifestar el desagrado que le provocan las pretensiones autoritarias que él mismo ha puesto en su boca»).

La estructura argumentativa de Nihil desencadenado no es especialmente original, pues estamos ante la típica recopilación temática de papers previamente publicados en los que el autor intenta desarrollar sus propias tesis a partir del resumen y puntual crítica endógena de un conjunto arbitrario de filósofos canónicos del siglo XIX y XX, y las tesis de Brassier tampoco son originales, pues nada sale de la nada en filosofía, pero lo que sí que es original su particular combinación de racionalismo y nihilismo, alejado por igual del cándido cientificismo y del malditismo anumérico. Estamos, en suma, ante la que probablemente sea la publicación de filosofía más importante de este año.