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en Fredric Jameson, Representing Capital, Lengua de Trapo, Madrid 2012, págs. 1-5 (con cambios en Ética, estética y política, op. cit., págs. 220-224).

«Prólogo: La economía política del parado»

I.

Para algunos, este libro constituye una singular excepción dentro de la trayectoria intelectual de Fredric Jameson, vinculado —en principio— al Paraíso de la crítica literaria, el análisis cinematográfico y la especulación filosófica y, por tanto, alejado del Purgatorio donde se debaten los exegetas de das Kapital y die Grundrisse entre turbaciones, desengaños y puñaladas, por no hablar del Infierno donde se consumen los nostálgicos de la economía política clásica. Para otros, esta monografía sobre el Tomo I de El capital constata con rotundidad aquella intuición, formulada por Perry Anderson en Los orígenes del posmodernismo, sobre la posición ambivalente que detenta Jameson entre los nietos de Marx y los hijos de Coca-Cola, entre la crítica de la economía política y la crítica cultural del capitalismo o, para ser más exactos, entre El capitalismo tardío de Ernest Mandel y la Teoría estética de Theodor W. Adorno.1 Ciertamente, sus publicaciones responden mejor a las exigencias estilísticas impuestas por el marxismo occidental para el estudio de los fenómenos culturales que a las exigencias metodológicas requeridas por los economistas de inspiración marxista (ya sean analíticos, como John Roemer, o historicistas, como Robert Brenner) para el análisis de las turbulencias económicas. Sin embargo, Jameson siempre ha buscado espacios de reconciliación y puntos de confluencia entre estas dos corrientes intelectuales que compiten por la preservación de cierto compromiso histórico entre teoría y praxis, discurriendo por trayectorias independientes desde mediados del siglo XX. En este sentido, Representing Capital propone un armisticio metodológico relativo a la composición de El capital, subrayando la pertinencia del sistema de representación marxiano, que procede a la definición de los términos singulares y a la comprensión de los fenómenos sociales mediante sucesivas aproximaciones a la realidad desde la perspectiva del capitalismo como rompecabezas estructural o totalidad inconclusa. De este modo, Jameson reivindica una representación dialéctica del capitalismo capaz de comprender sus contradicciones internas en términos holistas y dinámicos.

1 Cfr. Perry Anderson, Los orígenes del posmodernismo, Anagrama, Barcelona, 2000, págs. 92-107.

Ya desde la «Introducción», Jameson propone una interpretación con profundas resonancias políticas, aventurando que el desempleo es la cuestión central de El capital y que, por tanto, el fundamento último de la crítica de la economía política es la ley general absoluta expuesta en el capítulo XXIII, donde Marx especifica que el incremento estructural de las fuerzas productivas está vinculado —de un modo intrínseco— con el crecimiento exponencial de los porcentajes de desempleo. Ello conduce a la formación de un ejército de reserva de trabajadores que, a pesar de no desempeñar ninguna función económica, su ausencia que cumple un papel fundamental en la perpetuación de las condiciones socioeconómicas favorables a la revalorización constante del capital invertido. La presencia espectral del desempleado en los centros de trabajo permite a los empresarios manipular a placer las condiciones laborales de sus asalariados y reprimir cualquier atisbo de rebeldía, apelando al sano sentido común del parado que —como el fantasma de los difuntos ancestros— exige la observancia del derecho privado y el cumplimiento de las obligaciones paternofiliales o, en este caso, la obediencia debida por los empleados al patrón. Bajo la coartada de fomentar el acceso a un empleo remunerado mediante la rotación de los trabajadores, los contratantes justifican el abaratamiento del despido y la supresión de los convenios colectivos. Ante la amenaza fantasma de la economía sumergida, los derechos laborales se perciben como impedimentos a la contratación que desincentivan la actividad emprendedora, las asociaciones sindicales, como estructuras autoritarias impuestas por la fracción dominante de la clase trabajadora, y la organización política, como una fuente innecesaria de problemas.2

2 Para una actualización de esta hipótesis en términos globales cfr. John Bellamy Foster, Robert W. McChesney y Jamil Jonna, «The Global Reserve Army of Labor and the New Imperialism», Monthly Review, vol. 63, núm. 6, 2011, págs.  1-31.

Basta con ojear los manuales de economía al uso para constatar los mecanismos específicos a los que recurre esta racionalidad pragmática, que instrumentaliza la pobreza como incentivo al trabajo. El abaratamiento del despido bajo el imperativo de la flexibilidad, la supresión de los controles administrativos sobre la gestión empresarial, el retroceso de la homogeneidad contractual en provecho de las negociaciones interpersonal, las revisiones (a la baja) de los derechos laborales, la reducción de los mecanismos de representación asociativa, la derogación del empleo de duración indeterminada, el fomento del trabajo a tiempo parcial o intermitente son —entre otras muchas— eficaces tácticas empresariales para asegurar la impunidad jurídica en la supresión de puestos de trabajo y, de manera indirecta, asegurar la fidelidad de los asalariados mediante una economía de la inseguridad basada en promesas, esperanzas e hipótesis a futuro.3 En este contexto económico, la tendencia de los trabajadores desempleados hacia posiciones conservadoras no debería achacarse —bajo pena de caer en una paranoia elitista insostenible— ni a la manipulación mediática, ni a la enajenación psicológica, ni a la disposición traicionera de algunos grupúsculos subalternos, sino que debemos remitir esos factores sociales a una coyuntura ideológica más amplia. A pesar de todo, Jameson considera en sus «Conclusionespolíticas» que la categoría de desempleado no solo describe de facto una nueva composición de clase, que englobaría al conjunto de individuos que comparten su carencia de trabajo; sino que también esconde en su interior —o debería esconder— una promesa de antagonismo social y de oposición política al sistema económico vigente.

3 Muy recomendable y sintomático de las estructuras conceptuales y de las prioridades normativas del liberalismo es, en este sentido, la introducción de Henry Hazlitt, La economía en una lección, Unión Editorial, Madrid, 1973.

II.

Los capítulos 4 y 5, dedicados a la extinción y a la separación como principios moduladores del tiempo y el espacio capitalista, reformulan algunas de las aportaciones filosóficas más brillantes de este pensador, ya expuestas en algunas publicaciones previas, entre las cuales destaca el artículo «¿“Fin del arte” o “Fin de la Historia”?», donde Jameson reformula la conocida proclamación de Francis Fukuyama desde los parámetros de un renovado materialismo histórico, geográfico y ambiental que, además de tomar en consideración los factores sociales que determinan el desenvolvimiento de la Historia, tiene también en cuenta la incidencia de los límites espaciales sobre la actividad humana, así como la interacción entre los agentes naturales y los agentes culturales.4 Gracias a este utillaje conceptual Jameson tradujo la tesis del fin de la Historia (el triunfo definitivo del liberalismo como ideología universal sobre la competencia marxista) en la tesis del fin de la Geografía (la consolidación de un sistema de producción, intercambio y consumo de mercancías de proporciones planetarias).5

4 Cfr. Fredric Jameson, «¿“Fin del arte” o “Fin de la Historia”?», en El giro cultural, Manantial, Buenos Aires, 1999, págs.  105-129.

5 Para una reconstrucción de las consecuencias que se derivan de esta inversión cfr. David Sánchez Usanos, «La última frontera», en Félix Duque y Valerio Rocco (comp.), Filosofía del imperio, Abada, Madrid, 2011, págs.  285-312.

Ya en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels sugieren que la lógica expansiva del mercado capitalista está íntimamente ligada a su potencial destructivo de riqueza y que las crisis estructurales del sistema económico constituyen un mecanismo de expansión a nuevos mercados. «¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?  De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistando nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.  Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas»6. Como puntualizará más tarde Marx en un pasaje de El capital (comentado con detalle por Jameson), la lógica competitiva que rige el sistema capitalista fuerza a que los agentes económicos «no desarrollen la técnica y combinación del proceso social de producción, sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador»7, mediante la explotación de los recursos económicos de acuerdo a criterios de eficiencia que no tienen en cuenta la sostenibilidad estructural del sistema a largo plazo, sino que se centran en la revalorización del capital y la extracción del beneficio a corto plazo. Como es bien sabido, el capital destruye todas las fronteras que sean necesarias con tal de asegurar la circulación del capital, del mismo modo que se asegura de la inmovilidad del factor trabajo a través de una serie de medidas judiciales que imposibilitan la libre circulación de personas.

6 Karl Marx y Frederic Engels, Manifiesto del Partido Comunista, marxist.org.

7 Karl Marx, El capital, Siglo XXI, Ciudad de México, 1975, tom. I, págs. 612-613.

En caso de crisis sistémica —y recordemos que desde esta perspectiva las crisis son una consecuencia estructural del propio sistema—, el capitalismo carece de las herramientas como para solventar sus problemas económicos dentro de sus propias fronteras porque ha dilapidado hasta la extenuación los recursos naturales de su matriz ecológica de origen.8 De este modo, la diversificación de la producción a través nuevos mercados no es el resultado contingente de la libre espontaneidad creativa de los empresarios capitalistas, sino que su búsqueda de una revalorización del capital invertido está determinada por la tendencia general del capital a la expansión geográfica y a la destrucción ecológica. A modo de solución parcial de las crisis estructurales del sistema, los agentes económicos se ven forzados a ampliar el campo de batalla en la explotación de los recursos económicos, transgrediendo sus propios límites estructurales como si fueran barreras contingentes. La existencia de límites temporales, espaciales y ambientales que transgredir en un futuro próximo es un seguro de vida que garantiza la viabilidad del capitalismo, el único modo de producción que tiende de un modo inevitable hacia un horizonte económico global, y cuyas contradicciones destructoras de riqueza son un factor expansivo.

8 El capitalismo, como Atila el Huno, donde ha pisado no crece nunca más la hierba.

Hasta hace bien poco, el capitalismo ha recurrido a la trasgresión de los límites espaciales (mediante el desplazamiento de masas de población hacia espacios aún sin explotar) y a la trasgresión de los límites ambientales (mediante la extracción de recursos en zonas ignotas del planeta). Así, la opulencia económica de Occidente se ha sostenido sobre una precaria barrera entre el Norte y el Sur que ha posibilitado el expolio de los recursos naturales y la segregación de las poblaciones. El éxodo masivo y la subordinación colonial fue la solución a la que recurrieron las naciones occidentales en proceso de industrialización como válvula de escape a los periodos de recesión económica. Sin embargo, esta opción deja de ser viable en el momento en que la totalidad del globo se encuentra saturada por la inversión capitalista, cuando ya no hay ningún horizonte geográfico u ambiental que subvertir, porque el mercado de bienes adquiere una genuina dimensión planetaria y la huella ecológica de la producción humana supera los límites biofísicos de la Tierra. En un planeta lleno, la solución a las crisis estructurales del sistema capitalista no puede recurrir a los desplazamientos espaciales y se ve obligado a recurrir a los aplazamientos temporales. A falta de nuevos horizontes geográficos y a falta de nuevos recursos naturales, nuestro sistema económico comienza a hipotecar el tiempo futuro: el actual tren de producción y consumo se mantiene gracias al crecimiento exponencial de una deuda financiera y ambiental que habrán de pagar las generaciones futuras. Asistimos a una guerra civil del presente contra el resto de los tiempos que se desarrolla en dos campos de batalla: el consumo del pasado y la hipoteca del futuro.

Estos capítulos intermedios de Representing Capital reconstruyen, por tanto, las intuiciones fenomenológicas que sustentan este renovado materialismo, derivado de la experiencia cotidiana de la clase trabajadora, sometida a condiciones laborales de explotación, cuya percepción del tiempo se encuentra atravesada por la lógica frenética del horario profesional (que pretende maximizar la producción mediante la depuración de los tiempos muertos) y cuya percepción del espacio está determinada por el confinamiento en las ciudades, fruto de la compartimentación del territorio (cercamientos y fronteras), y por la cuádruple alienación del trabajador —gracias a la división técnica y social del trabajo— respecto de su actividad profesional, del producto de su esfuerzo, de los medios de producción y de sus compañeros de trabajo.

III.

Sea como fuere, la lectura de este ejemplar no dejará indiferentes a los cómplices del paradigma posmoderno, apoltronados hasta el momento en un modelo de interpretación heredero de la deconstrucción, la semiótica y la hermenéutica, obsesionados por el descubrimiento de analogías formales (entre el arranque espectral de Hamlet y del Manifiesto comunista, por ejemplo)9 y despreocupados por la intelección del contenido inscrito en el documento o, lo que es lo mismo, entretenidos en exhibir su conocimiento erudito y su capacidad asociativa, con independencia de la dudosa coherencia —e incluso dudosa inteligibilidad— del resultado. A diferencia de anteriores aproximaciones a la obra de Marx, en esta ocasión Jameson abandona los subterfugios estilísticos, los pretextos literarios y las filigranas ontológicas, abordando el asunto en cuestión (la crítica de la economía política), sin necesidad de apoquinar los aranceles humanistas impuestos por György Lukács sobre «La mercancía» (capítulo primero).10 De hecho, resulta encomiable la autocrítica que formula Jameson contra la teoría posmoderna y la crítica cultural cuando despacha —en apenas un párrafo— el fetichismo de la mercancía y la reificación del sujeto, reconociendo que estas cuestiones solo resultan interesantes para aquellos marxistas que no han comprendido El capital; diría más: que apenas han hojeado el primer capítulo.

9 Cfr. Jacques Derrida, Espectros de Marx, Trotta, Madrid, 1995

10 Para una interpretación (de Jameson) de la interpretación (de Derrida) de la interpretación (de Marx) de la figura del espectro, en relación con la lectura (de Lacan) de La carta robada de Edgar Allan Poe, cfr. Fredric Jameson, «Marx’s Purloined Letter», en Valences of Dialectic, Verso, Londres, 2009, págs.  127-180.

Madrid
5 de mayo de 2012