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en Jon I. García, Historia del trap en España, Bilbao, 2018, págs. 6-8.

«Prólogo: La muerte del trap»

A los filósofos nos gusta mucho esa cita del prólogo a los Fundamentos de la filosofía del derecho de G. W. F. Hegel en la que se dice que el búho de Minerva solo echa el vuelo al anochecer. La idea es que no se empieza a teorizar en serio sobre algo hasta que ese algo está muerto, en parte, presumiblemente, por la influencia de la teoría. Se puede discutir si esto es cierto en el caso del trap. El primer congreso sobre la historia del trap en España se celebró en La Haya en 2016, un año después de que grupo Pxxr Gvng publicase su disco Los Pobres y un año antes de que el término «trap» cayese en desuso entre los que a partir de entonces pasaron a llamarse «artistas urbanos». ¿Hasta qué punto fue responsable la teoría de la muerte del trap como etiqueta?

En no poca medida. Yo he participado en esa teorización, he sido cómplice de ese asesinato, y tengo que decir que el trap era más divertido cuando no pensábamos en ello. Soy consciente de que el principal interés que tienen mis entrevistas a «traperos» como Yung Beef —motivo por el cual se me ha calificado como el «filósofo del trap», a pesar de que, desde un punto de vista filosófico, a mí el trap no me interesa más que la reproducción de los insectos— es el placer de ver cómo un chaval de la calle le cierra la boca a un niñato con estudios. He dicho varias veces que «El trapero es una síntesis hegeliana entre el choni y el hípster». Y es cierto, pero suena muy rebuscado. El motivo por el cual muchos nos sentíamos atraídos por el trap en España era, si se me permite decir una palabra tabú, porque nos permitía evadirnos de la realidad. No obstante, aquí estamos, juntando letras en vistas a prologar una historia del trap.

«Toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida». Pero no permitas que esta perogrullada te arruine la lectura del libro que tienes por delante. La historia de Jon I. García está perfectamente documentada y sabiamente escrita, y de ella se pueden sacar valiosas moralejas, no solo en el campo de la música. El capítulo sobre la distinción entre el trap y el gangsta rap, por ejemplo, revela algunos datos sobre la cultura del crimen en España poco conocidos. No en balde, el trap ha sido la expresión musical más acabada de la crisis económica y social por la que transita este país desde 2008. Incluso se puede sugerir la siguiente correspondencia entre el gangsta rap y el trap: ambos géneros musicales le cantan a la droga, pero uno lo hace desde el punto de vista del vendedor, y el otro, desde el punto de vista del consumidor; o, lo que es lo mismo, desde el punto de vista de la mercancía. Pues, como dijo William Burroughs:

La droga es el producto ideal… la mercancía definitiva. No hace falta literatura para vender. El cliente se arrastrará por una alcantarilla para suplicar que le vendan… El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente. Paga a sus empleados en droga.

De nuevo, es una exageración. Por ese motivo son valiosos libros como este de Jon I. García que nos bajen los humos teóricos, sin por ello apagar los fuegos del placer posadolescentemente inarticulado. En esta Historia del trap en España se encuentran las claves culturales para interpretar a toda una generación sumida en la esperanza de vivir peor que sus padres. El trap fue probablemente un fenómeno pasajero, pero las causas por las que apareció tan rápido como luego mutó en otra cosa aún operan. Y seguirán operando durante los próximos años. Así que siéntate a leer el relato de un pasado reciente que bien puede convertirse en tu futuro no muy lejano.

Vegas de Matute
14 de mayo de 2018