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«Perogrulladas y contradicciones de Jordan B. Peterson»

1.

Jordan B. Peterson es un profesor de psicología de la Universidad de Toronto que se hizo famoso a finales de 2016 por criticar una ley canadiense que obliga a los profesores a dirigirse a los estudiantes transgénero por sus pronombres de elección. El argumento de Peterson es básicamente que la libertad de expresión es valiosa porque permite la búsqueda de la verdad y que, por tanto, la autoridad pública tiene legitimidad para prohibir ciertas formas de expresión, como la negación del Holocausto, pero no tiene legitimidad para imponer otras formas de expresión, como el uso de ciertos pronombres.1 El problema de este argumento es que de sus premisas no solo no se deducen sus conclusiones, sino que además se deducen las conclusiones opuestas. Si la libertad de expresión es valiosa porque permite la búsqueda de la verdad, entonces la autoridad pública solo tiene legitimidad para prohibir o imponer expresiones que no pueden ser ni verdaderas ni falsas, que no tienen valor de verdad o falsedad. Ahora bien, los pronombres no tienen valor de verdad o falsedad; solo pueden ser verdaderas o falsas proposiciones del tipo «El Holocausto nunca tuvo lugar». Así pues, de las premisas de Peterson se deduce que la autoridad pública no tiene legitimidad para prohibir el negacionismo del Holocausto y sí que tiene legitimidad para imponer el uso de ciertos pronombres.

1 Cfr. Jordan B. Peterson, «Professor against political correctness», YouTube, 27/09/2016.

La conclusión es que, si verdaderamente valoras la libertad de expresión porque permite la búsqueda de la verdad, entonces no deberías preocuparte porque la autoridad pública te prohíba ciertas palabras irrespetuosas o te imponga ciertas palabras respetuosas, pues las palabras sueltas no pueden ser ni verdaderas ni falsas. El enunciado «Los transgénero son enfermos mentales» tiene el mismo valor de verdad o falsedad que «Los transgénero son neurodivergentes»: la referencia, la extensión, la denotación es la misma, pero el sentido, la intensión, la connotación es distinta. El problema del debate sobre los espacios seguros y la libertad de expresión en Norteamérica es que a ninguno de los dos bandos les importa la verdad: al bando de los espacios seguros solo le importa el deber de decir palabras respetuosas y al bando de la libertad de expresión solo le importa el derecho de decir palabras irrespetuosas. A ninguno de los dos bandos les importa saber si la proposición que subyace a estos dos enunciados es verdadera o falsa.

Si los argumentos de Peterson son tan endebles, ¿por qué motivo tiene tanto público? El propio Peterson ha dicho que «la gente vino por el escándalo y se quedó por la psicología». Probablemente tenga razón. Peterson es el tipo de psicólogo que necesita una generación de tíos blancos heteros que son llamados «privilegiados» por las izquierdas a pesar de que tienen más dificultades para encontrar trabajo o para formar una familia que sus padres. Peterson enseña que hay que decir la verdad aunque duela; que uno tiene que poder cambiarse a sí mismo antes de poder cambiar el mundo; que hay que tratar a las personas como individuos y no como colectivos; que hay que valorar el orden del capitalismo actual por comparación con el caos de los totalitarismos del siglo XX; etcétera. Yo no tendría nada en contra de esta «contracultura de la madurez» si no se sostuviese sobre disciplinas prácticamente pseudocientíficas como el psicoanálisis junguiano, la psicología evolutiva o la autoayuda. Para ser un crítico del posmodernismo y del neomarxismo, Peterson tiene una concepción pragmatista y pseudodarwiniana de la verdad muy próxima a la suya, a saber: es verdadero lo que es útil para mi supervivencia biológica. Por si fuera poco, a la hora de discutir con personas que no piensan como él, Peterson suele utilizar una estrategia retórica muy deshonesta, que consiste en tirar la piedra y esconder la mano, esto es, decir algo y, si su interlocutor intenta cuestionarlo, negarlo o matizarlo hasta que pierda todo sentido. Como ha dicho Nathan J. Robinson en su soberbio repaso del personaje:

La gente puede tener discusiones tan agresivas sobre Peterson, viéndole como cualquier cosa, desde un apologista del fascismo a un liberal ilustrado, porque sus vacuas palabras son una especie de test de Rorschach sobre el que incontables interpretaciones pueden proyectarse.2

2. Nathan J. Robinson, «The Intellectual We Deserve», Current Affairs, 14/03/2018.

Sea como fuere, Peterson y sus seguidores han hecho muy buenas críticas a ciertos excesos de la izquierda. En la ciudad de Madrid, por ejemplo, se ha bajado el nivel de dificultad de la prueba de acceso al cuerpo de bomberos para promover la paridad de género. Esto es ridículo por una sencilla razón: por mucho que se baje el nivel de dificultad, es improbable que el porcentaje de mujeres que se presente a esa prueba de acceso alcance la paridad de género. Se estima que actualmente las mujeres representan menos del 15% de las candidatas al cuerpo de bomberos. Esto se debe a factores culturales, que quizás —ojo: quizás— se pueden cambiar mediante la educación, pero también a factores biológicos, que no se pueden cambiar salvo que nos situemos en un escenario de ciencia ficción poshumanista. Aquí se puede formular una pregunta interesante: ¿son legítimas las disparidades sociales que son fruto de decisiones que los individuos creen que son voluntarias pero que en última instancia están determinadas por factores culturales y biológicos que escapan a su control?

2.

Aunque Peterson tiene una orientación ideológica liberal, su posición política es muy próxima a la de intelectuales conservadores como Ben Shapiro. Shapiro es un judío ortodoxo que afirma que no hay racismo estructural hacia los negros en Estados Unidos porque, entre otras razones, el porcentaje de negros detenidos es menor que el porcentaje de crímenes cometidos por negros. Como dijo en una conferencia en la Universidad Wisconsin-Madison en noviembre de 2016:

En Nueva York, el motivo por el que “detener y cachear” se aplica a las minorías es porque cometen crímenes. Entre enero y junio de 2008, el 98% de todos los asaltantes armados en Nueva York fueron negros o hispanos. Detener y cachear se aplicó en un 86% a negros e hispanos; así que estadísticamente, en realidad, estaban discriminando contra los blancos.3

3 Cfr. Young America’s Foundation, «Ben Shapiro LIVE at University of Wisconsin-Madison», YouTube, 17/11/206.

Pero la discriminación estadística no es una discriminación individual si no se tiene en cuenta el tamaño de la muestra. Si en una sociedad hay 100 crímenes, de los cuales el 90% son cometidos por personas de una cierta raza, y hay 200 detenciones, con un 80% de personas de esa raza detenidas, hay una discriminación estadística a favor de dicha raza, pero una discriminación individual en contra de ella. Estadísticamente, hay menos detenidos que criminales (un 10% menos) pero individualmente hay más detenidos que criminales (160 detenidos frente a 90 criminales). Afirmar que no hay ninguna discriminación porque no hay una discriminación estadística es cometer la llamada «falacia ecológica».4

4 Alguien podría criticar que en mi ejemplo no he tenido en cuenta a la otra raza, que estaría discriminada tanto estadísticamente (un 10% más detenidos que criminales) como individualmente (40 detenidos por 10 criminales), pues la ratio de detenidos/criminales de esta raza (40/10 = 4) es mayor que la de la otra raza (160/90 = 1,7). Mi réplica es que esta crítica malinterpreta el concepto de discriminación individual y vuelve a incurrir en la falacia ecológica. La discriminación individual es el número total de individuos que son tratados inapropiadamente y es una falacia ecológica hablar de ratios cuando estamos hablando de discriminación individual. El número total de individuos de la primera raza que son tratados inapropiadamente (160 - 90 = 70) es mayor que el de la segunda raza (40 - 10 = 30). Dicho sea de paso, resulta paradójico que algunos críticos del colectivismo incurran tan frecuentemente en la falacia ecológica, esto es, que traten a las personas como estadísticas, como colectivos, en vez de como individuos.

Esta es la falacia que también comete Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro cuando afirma que los seres humanos somos cada vez menos violentos porque cada vez muere un porcentaje menor de la población en los conflictos civiles o militares.5 Estadísticamente, en un conflicto paleolítico entre dos tribus cada una de las tribus podía perder más de la mitad de la población, mientras que en la Segunda Guerra Mundial ninguna de los Estados contendientes perdió más de un cuarto de la población. Pero individualmente, en el caso del conflicto paleolítico estamos hablando de unas decenas de personas muertas, mientras que en el caso de la Segunda Guerra Mundial estamos hablando de decenas de millones de personas muertas. Como dijo Mark Twain: hay mentiras, grandes mentiras y luego estadísticas.

5 Cfr. Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro, Paidós, Barcelona, 2012.

3.

Uno de los problemas de Peterson y sus seguidores es su concepción del ser humano como un conjunto de arquetipos junguianos transmitidos desde la Prehistoria a través de los cuentos infantiles y la Biblia. Este problema se manifiesta particularmente en su libro Mapas del significado, donde se pretende explicar el sentido de la vida a partir de la dialéctica entre el caos (lo femenino) y el orden (lo masculino). Esta dialéctica mitológica, que según Peterson lo explica todo, desde el origen de la idea de Dios hasta los totalitarismos del siglo XX, se ilustra con diagramas como estos:

Sin comentarios. Por si fuera poca la pretenciosidad, el epígrafe del libro, la cita con la que comienzan sus páginas es una referencia al Nuevo Testamento que sugiere un paralelismo ridículamente pretencioso entre Peterson y Jesucristo. («Revelaré cosas que han estado ocultas desde la creación del mundo», Mateo 13:35). Por si fuera poco, Mapas del significado incluye una carta de Peterson a su padre6 en la que se muestra abrumado ante la magnitud de su hallazgo:

6 (¿su padre?, ¿qué padre?, ¿Dios Padre?)

No sé, papa, pero creo que he descubierto algo de lo que nadie tiene ninguna idea y no estoy seguro de si puedo hacerle justicia. Su alcance es tan extenso que de una sola vez solo puedo ver claramente algunas partes de ello y cada vez es más difícil ponerse a escribir comprensiblemente [...] Sea como fuere, me alegro de que tú y mamá estéis bien. Gracias por hacerme la declaración de la renta.7

7 Jordan B. Peterson, Maps of Meaning: The Architecture of Belief, Routledge, Londres y Nueva York, 1999, pág. 473.

Hablando de lo divino y de lo humano, otro de los problemas de Peterson y sus seguidores es su tendencia a psicologizar la política. Curiosamente, esta psicologización de la política es un invento del marxismo cultural que los petersonianos dicen combatir. Fueron los miembros de la Escuela de Fráncfort los primeros que intentaron vincular la política y la psicología, primero con los estudios psicoanalíticos de Erich Fromm sobre el miedo a la libertad y el sadomasoquismo de las masas en Alemania, y posteriormente con los estudios de psicología social de Theodor W. Adorno y compañía sobre la personalidad autoritaria en Estados Unidos.8 Con independencia de la verdad o falsedad de estos estudios, el peligro de esta concepción psicologizante de la política es claro y meridiano: si la política se concibe como una lucha entre personalidades, entonces no tiene sentido contrastar opiniones con personas que no piensan como tú, pues la única forma que tienes de hacerles cambiar de opinión es cambiando su personalidad, esto es, reeducándoles, haciendo pedagogía con ellos, obligándoles a que revisen constantemente sus prejuicios. ¿A qué te suena esta retórica? Bingo: al paternalismo —o quizás debería decir al «maternalismo»9— de la parte más autoritaria del feminismo contemporáneo.

8 Cfr. Ernesto Castro, «La psicologización de la política por parte del marxismo cultural», Ética, estética y política, Arpa, Barcelona, 2020, págs. 225-238.

9 Sobre el «maternalismo», en un sentido del término muy distinto del que estamos utilizando aquí, escribió Alberto Cardín unas páginas brillantes que no me resisto a glosar aquí. En ellas no utiliza el término «maternalismo», pero sí que apunta a él cuando habla del «materialismo divinal», que a su juicio es la religión ortodoxa de los españoles. Según Cardín, en España domina una creencia en la divinidad del mundo sensible, una «maternalización» de la materia que la convierte en impensable para la razón. El maternalismo español, presente sobre todo en los místicos y en antitrinitarios, «tiene todos los caracteres de un absorbente amor de madre que no comprende sino aquello que puede incorporar», escribe Cardín. Visto lo visto, al final no va a ser tan distinto este maternalismo del que propugnan tanto los miembros de la Escuela de Fráncfort como los petersonianos. En ambos casos, se trata de una concepción de la política que solo comprende lo que puede incorporar en su propia identidad psicológica. Si dos personas discrepan en política no es porque tengan dos puntos de vista sobre la misma realidad, sino porque ambos pertenecen a dos realidades psicológicas distintas. Las opiniones políticas se conciben como hijos mentales de los individuos. O viceversa: los individuos se conciben como hijos mentales de sus opiniones políticas. Sea como fuere, toda madre tiene derecho a pensar que su hijo es el más guapo y listo y mejor del mundo. (Cfr. Alberto Cardín, «El pájaro en sazón, o el mal en María Zambrano», Cuadernos del Norte, núm. 9, 1981, págs. 20-22).

El problema de esta psicologización de la política es que presupone que la derecha y la izquierda son conceptos unívocos, cuando en verdad son análogos. La izquierda y la derecha se dicen de muchas maneras: no es lo mismo la izquierda socialdemócrata que la izquierda comunista; no es lo mismo la derecha liberal que la derecha conservadora.10 En Norteamérica, donde todos los gobiernos oscilan entre el liberalismo de izquierdas y el conservadurismo de derechas, puede ser cierto que a una persona de izquierdas le gusten las fronteras abiertas y a una persona de derechas le gusten las fronteras cerradas, pero es una generalización etnocéntrica pensar que esto tiene que ser así en todas las partes del mundo.

10 Cfr. Gustavo Bueno, El mito de la Izquierda, Ediciones B, Barcelona, 2003.

Pero el problema principal de esta psicologización de la política es que la mayoría de los estudios psicopolíticos que intentan vincular la política y la psicología se refutan a sí mismos. Un ejemplo de esta autorrefutación es la tesis doctoral de Christine Brophy, dirigida por Jordan B. Peterson y Nicholas Rule, sobre la personalidad de las personas políticamente correctas. El resultado del estudio es que hay dos tipos de personas políticamente correctas, las autoritarias, que valoran el orden y son poco locuaces, y las igualitarias, que no valoran el orden y son muy locuaces. El único factor que tienen en común los autoritarios y los igualitarios es la compasión.11 Llámame exigente, pero si haces un estudio para comprobar si hay una psicología de las personas políticamente correctas y compruebas que solo hay un factor en común y que el resto de factores son contradictorios, quizás deberías concluir que la corrección política no es un fenómeno psicológico.

11 Cfr. Christine Brophy, Political Correctness: Social-fiscal Liberalism and Left-wing Authoritarianism, tesis doctoral inédita, Universidad de Toronto, 2015.

¿Qué es entonces lo políticamente correcto? Yo creo que es imposible ofrecer una definición válida de este fenómeno que vaya más allá de esta definición mínima: lo políticamente correcto para un determinado estrato social = la ideología dominante en ese estrato social. No hay estrato social sin su propia ideología dominante y, por ende, sin su propia corrección política. De hecho, la mayoría de los líderes de la llamada «incorrección política» en Estados Unidos son conservadores que han convertido lemas ideológicos como «aborto = infanticidio» en su propia versión del fenómeno de lo políticamente correcto. O por poner otro ejemplo todavía más polémico: desde la Segunda Guerra Mundial la corrección política en Occidente es que no hay ninguna diferencia cognitiva entre las distintas razas de seres humanos, aunque los científicos sigan discutiendo sobre el tema y no lo tengan tan claro como la opinión pública mayoritaria.12

12 No puedo terminar este breve repaso de las perogrulladas y contradicciones de Jordan B. Peterson sin mencionar el que para la opinión pública internacional parece ser su ejemplo o paralelismo más absurdo: comparar las sociedades humanas con las que componen las langostas. A mí, como antiespecista, no me parece tan risible esta comparación, pues a fin de cuentas presupongo que el ser humano es un animal que ha evolucionado a partir de organismos previos y, por lo tanto, tendrá algún rasgo biológico en común con ellos. No estoy especializado en el tema, así que no se cómo de cerca o de lejos están las líneas evolutivas del ser humano y la langosta, pero, por muy lejanas que fueran, siempre se podría aprender o reflexionar algo acerca de los parecidos entre ambas especies, sean o no una coincidencia biológica. Sin embargo, puedo intuir por qué la mayoría de los que han escuchado esta analogía se han reído en la cara de Peterson. Y es que todas las ideologías dominantes de nuestro tiempo conspiran contra la mera posibilidad de comparar un ser humano con una langosta. La izquierda constructivista cultural no quiere saber nada de la idea de naturaleza y a los derechistas con ecos cristianos, ya sean liberales o conservadores, solo les interesa en la medida en que marque claramente la diferencia entre los seres humanos y el resto de animales. «¡No me compares con una langosta!»: he aquí una corrección política mucho más fuerte y transversal que cualquier ley que imponga el uso de los pronombres neutros.

Tiene gracia que sea un derechista con ecos cristianos como Peterson quien haya formulado este paralelismo entre las langostas y los seres humanos, más que nada por lo mucho que me recuerda a un texto de otro derechista con ecos cristianos como fue David Foster Wallace. ¿Cómo olvidar su artículo sobre el Festival Anual de la Langosta de Maine del año 2004? Dado su perfecto equilibrio entre reportaje irónico, reflexión ética y empatía con el lector, «Hablemos de langostas» probablemente haya convertido a más personas al veganismo que todos los libros juntos de Peter Singer, con esos argumentos tan secos. Bueno, exagero. Pero nadie que haya leído ese artículo puede quedar indiferente a la pregunta que plantea Wallace sobre la industria alimenticia después de haber demostrado fehacientemente la evidencia de que las langostas sufren cuando se las hierve o trocea vivas: «¿es posible que las generaciones futuras contemplen nuestra producción de comida y nuestras prácticas alimentarias en gran medida tal como ahora contemplamos los espectáculos de Nerón o los experimentos de Mengele?». El hecho de que este artículo se publicara originalmente en una revista para gourmets y terminara preguntándole al lector si acaso se había planteado alguna vez la pregunta sobre el sufrimiento animal y, en caso negativo, si ser gourmet no implica ser consciente acerca de lo que uno come, o es que esa conciencia se debe limitar a los fenómenos puramente estéticos; todos estos detalles convierten al artículo de Wallace en una obra maestra y, en el fondo, el único motivo por el que he puesto esta nota a pie de página. (Cfr. David Foster Wallace, Consider the Lobster and Other Essays, Little, Brown and Co., Boston y Nueva York, 2006, págs. 235-254).

4.

Para terminar, quisiera hacer una observación sobre el alarmismo ante la posibilidad de que la dinámica autoritaria de los social justice warriors se exporte de Estados Unidos a Europa. Ignoro el caso de otros países, pero en España esto me parece una clara falsa alarma, pues esa dinámica autoritaria resulta indisociable de los campus universitarios estadounidenses. Dos de los ejemplos que se suelen poner de esa dinámica son los altercados que se produjeron en 2015 en la Universidad de Yale sobre los disfraces de Halloween y los que se produjeron en 2017 en la Universidad de Evergreen sobre el «Día de Ausencia» (una fiesta propia de la universidad). Este tipo de altercados es improbable que se produzcan en las universidades españolas por dos razones. En primer lugar, la mayoría de las universidades europeas no tienen un campus donde convivan profesores y estudiantes y sean necesarias normas de convivencia hasta para las fiestas populares. Yo doy clase en la Universidad Complutense de Madrid y el pasado Halloween fui a clase disfrazado de torero sin que nadie me dijese nada.

En segundo lugar, las principales universidades europeas son públicas y en ellas los profesores titulares son funcionarios. Algunos creen que el posmodernismo es un invento de los profesores de Humanidades y que los posmodernos no quieren competir en el «libre mercado de las ideas», cuando en realidad los profesores de Humanidades ofertan ideas posmodernas en buena medida porque los alumnos las demanda. Pura ley de la oferta y la demanda. Preguntarse por qué los alumnos demandan precisamente las mismas ideas posmodernas que ya formaban parte de los programas de estudio de las universidades antes de que ellos llegaran sería tan desconsiderado e improcedente por nuestra parte como preguntarse si acaso la publicidad influye sobre el consumidor. Por supuesto que le influye, pero ¿acaso no queríais un libre mercado de ideas? ¿Y acaso la publicidad no constituye una parte esencial de cualquier libre mercado? De hecho, se podría decir que todas las guerras culturales que se han producido en los campus norteamericanos durante los últimos años no ha supuesto otra cosa que una tremenda campaña de publicidad negativa para las universidades estadounidenses y canadienses. Por ese motivo, conociendo la universidad española como la conozco, con todas sus virtudes y todos sus defectos, estoy convencido de que aquí no se llegará a los extremos de Estados Unidos y Canadá. Y es que, en una universidad privada, como son las más prestigiosas de esos dos países, el alumno es el cliente y el cliente siempre tiene la razón. Los profesores pueden ser presionados y despedidos porque no son funcionarios. Así de sencillo.

Dicho esto, aunque los social justice warriors probablemente sean los principales responsables del aumento de la conflictividad en los campus norteamericanos, la concepción de la convivencia escolar que tienen sus adversarios ideológicos no es menos inquietante. Véase, por ejemplo, la interpretación de Los Simpsons que ofrece Peterson en 12 reglas para vivir: Un antídoto al caos. Medio en broma, medio en serio, sostiene que es importante y necesario y bueno que en la escuela los afeminados (esto es, el caos) sean mantenidos a raya por los machitos (esto es, el orden). «Sin Nelson, el Rey de los Matones, el colegio pronto se vería desbordado por los resentidos y los quisquillosos como Milhouse, por los narcisistas y los intelectuales como Martin Prince o por los infantiles niños alemanes atiborrados de chocolate como Ralph Wiggums»13, escribe Peterson al final de su regla decimoprimera. Pero la violencia no es solo imprescindible en la enseñanza primaria, tal y como afirmó Peterson en una conversación con Camille Paglia: «Si estás hablando con un hombre con el que no pelearías en ninguna circunstancia, entonces estás hablando con alguien por el que no tienes absolutamente ningún respeto»14. ¿He aquí nuestro «antídoto al caos? Probablemente no sea el que necesitemos, pero sí, desde luego, el que nos merecemos.

13 Cfr. Jordan B. Peterson, 12 Rules for Life: An Antidote to Chaos, Random House, Nueva York, 2018, pág. 310.

14 Jordan B. Peterson, «Modern Times: Camille Paglia & Jordan B. Peterson», YouTube, 03/10/2017.