Biblioteca

«Navegar es preciso, vivir no lo es: Discurso fúnebre en memoria de Antonio Córdoba Luque»

0. Hola a todos, mi nombre es Ernesto Castro Córdoba. Soy uno de los nietos de Antonio Córdoba Luque y solo quiero decir tres cosas:

1. Lo primero que quiero decir es que yo he querido a Antonio como un padre y como un abuelo. Como un abuelo porque era mi abuelo; y como un padre porque, durante mi infancia, mi padre solía estar de viaje por motivos de trabajo y las dos personas que nos criaron a mí y a mis dos hermanos fueron mi madre y mi abuelo. Como ella se dirigía a él como «papá», nosotros, cuando empezamos a hablar, nos referimos a él también como «papá». Así que eso es lo primero que quisiera decir: que yo he querido a Antonio como un padre y como un abuelo.

1.1. Entre sus múltiples tareas como padre y como abuelo estaba el llevarnos a los tres hermanos al colegio. Era un camino largo, pero a nosotros se nos hacía corto porque íbamos cantando la canción del marinero, cuya letra es improcedente recordar aquí,1 pero que me permite enlazar con el motivo central de mi discurso, a saber, el dicho latino:

1 «Soy capitán / de un barco inglés / y en cada puerto tengo una mujer. / La rubia está / fenomenal / y la morena tampoco está mal. / Si alguna vez / me he de casar, / una española, una nada más. / Adiós, adiós / a mi vida marinera, / adiós, adiooós».

2. Navigare necesse est, vivere non necesse. Esta fue la frase que, según Plutarco, Pompeyo dijo a unos marineros que no se querían embarcar porque le tenían miedo al mar.2 Esta frase ha sido traducida a las lenguas modernas de muchas maneras, pero mi preferida es la de Fernando Pessoa, quien la tradujo de la siguiente forma: «Navegar es preciso, vivir no lo es». Esta frase puede tener dos interpretaciones.

2 Cfr. Plutarco, «Pompeyo», Vidas paralelas, § 50.

2.1. La primera es que hay ciertas cosas por las que merece la pena dar la vida. Si aplicásemos esta primera interpretación a la vida de mi abuelo, llegaríamos a la conclusión de que él se desvivió por su familia y por el bien. Sin embargo, esa no era la concepción de la familia y del bien que tenía mi abuelo. Mi abuelo no tenía una concepción sacrificial de la familia y del bien. Para él, la familia y el bien no eran cosas que estaban por encima de la vida, sino que formaban parte de la vida misma. En ese sentido, quisiera recordar esa anécdota que él tantas veces contó, sobre cómo había dejado un maletín en mitad de la calle con el único fin de ver si alguien se lo robaba, creyendo tal vez el ladrón que se trataba de un maletín lleno de dinero, cuando en verdad solo estaba lleno de excrementos. Esa era la concepción del bien y de la justicia que tenía mi abuelo: algo que se puede realizar con una sonrisa en los labios.

2.2. La segunda interpretación del dicho «Navegar es preciso, vivir no lo es» consiste en reconocer que hay ciertas actividades que requieren de una precisión absoluta; pero la vida no es una de ellas.

2.2.1. El verbo «precisar» viene del latín «praecedo», que significa «cortar antes de tiempo». En este sentido, mi abuelo fue absolutamente preciso. Y no sólo porque fuera escrupulosamente puntual y muy manitas. Antes recordábamos cómo, en la jardinería, que era uno de sus ocios preferidos, mi abuelo tenía la manía de podar y precisar los árboles hasta dejarlos como postes de telégrafo. Aquí yo solo quisiera recordar cómo mi abuelo me precisó a mí mismo.

2.2.2. En sus últimos años, mi abuelo se obsesionó con construir una jaula en la que él pudiera meter un gallo sin los demás supieran cómo lo había metido allí ni mucho menos ser capaces de sacarlo. Lo que no sabía mi abuelo es que él ya había construido esa jaula. Que esa jaula había sido mi cuarto. Que yo había sido —y sigo siendo— ese gallo. El caso es que soy sonámbulo y mi madre siempre ha tenido miedo de que me tire por la ventana en uno de mis escarceos nocturnos. Así que, para que ella estuviera más tranquila y yo más seguro, mi abuelo puso unos barrotes en la ventana de mi cuarto. Pues bien, él, que tanto se enorgullecía de que sus dos hijos y sus tres nietos hubieran ido a la universidad, no sabía que fue entre esos barrotes, como un gallo en su jaula, que yo alcancé mi libertad a través de la lectura y que, como los pajarillos que le acompañaron en su última hora, yo he cantado mejor cuanto más enjaulado me he encontrado.

3. Hay, por lo tanto, ciertas actividades, como la navegación, la jardinería o la albañilería, que requieren de una precisión absoluta; pero la vida no es una de ellas, porque la vida tiene unos límites imprecisos. Se podría decir que ya vivimos antes de nacer, cuando nuestros padres han tomado la decisión de tener un hijo, y que seguimos existiendo después de muertos, siempre y cuando nos recuerden nuestros seres queridos. Los que me conocen saben que yo soy ateo, que no creo ni en Dios ni en el más allá, pero sí que creo en la familia y en el más acá. Sí que creo que uno es inmortal y eterno en la memoria de sus seres queridos. Ese es, a mi juicio, el verdadero cuerpo glorioso de Antonio Córdoba Luque: el recuerdo que ustedes tengan de él.

3.1. Yo, por mi parte, me quedo con el último recuerdo que tengo de él en vida. Fue hace cinco días, el sábado de la semana pasada, justo antes de la comunión de mi prima Victoria. Él ya estaba muy enfermo y no podía vestirse solo, así que tuve que echarle una mano para ponerse la ropa. El traje que le ayudé a ponerse entonces es el traje que hoy lleva puesto. La corbata morada que anuda su cuello y con la cual le entierran es la que yo elegí para él. Así que ese es el recuerdo con el que yo me quedo de mi abuelo: que, después de tantas veces que él me vistió cuando yo era pequeño, tuve la oportunidad de devolverle el favor y vestirle para su última hora.

4. Gracias, abuelo. Gracias, papá. Navegar es preciso, vivir no lo es.