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A*Desk, 20/12/2013.

«Mucha policía, mucha colección: Crónica de Casa Arte»

Es habitual equiparar el ocio de Madrid con el de Mordor. Los analistas culturales suelen situar nuestra capital en una pendiente deslizante que conduce desde una Transición y una Movida fantabulosas hasta el proyecto de Eurovegas, saludado en primera instancia por Hermann Tertsch como la redención económica que necesitan los españoles, y más tarde descalificado como ponzoña viciosa nefanda por ese mismo Hermann Tertsch, el mismísimo que viste y calza. A ambos lados del espectro político deslumbra por su ausencia la coherencia argumental, todo sea dicho. Si el discurso de derechas maneja con soltura los arcanos de la alquimia narrativa, y en el decurso de unas pocas horas convierte el chanchulleo legislativo y la inversión extranjera en la fuente de todos los males del Reino, cuando hasta entonces eran la panacea y la sal de la tierra, la izquierda oficialista adolece también de similares o análogas incongruencias.

Cuadrar el círculo es señalar Madrid como una ciudad decadente donde campa a sus anchas la filosofía del «relaxing cup of café con leche» de Ana Botella mientras a los curiosos les faltan dedos en la mano para enumerar la cantidad de eventos culturales de asistencia obligatoria que tiene lugar año tras año. En las artes plásticas, resulta incluso preocupante la tendencia contraria a la indicada por los agoreros. La concentración del entramado galerístico en la calle Doctor Fourquet, en los alrededores del Museo Nacional Reina Sofía, pronostica malos tiempos para las demás ciudades. Si el mercado artístico español es un juego de suma cero, dada cierta clase restringida de consumidores potenciales, las de ganar las lleva por ahora cierto lugar de La Mancha.

Así pues, ¿cuántas ferias anuales son precisas para satisfacer la demanda de los coleccionistas madrileños? ¿Cuánto tiempo podremos mantener en paralelo la enésima llamada a circunvalar el Congreso de los Diputados por un lado y, por el otro, el bienalismo trasnochado para mayor disfrute de ancianas abrigadas a base de chinchilla desollada? Mis sesos volvían sobre estos temas mientras admiraba, sonriendo entre dientes, el cordón policial montado en torno a Casa Arte: la cuarta o quinta mejor feria en Madrid del año, bajo la custodia de los perros del Estado, ante la amenaza de un eventual sabotaje indignado con motivo del 14-D (una jornada de lucha, otra más para la saca, esta vez contra la reforma del Código Penal). Tengo que decir que hubiera donado mi hígado a la ciencia con tal de haber visto el encuentro milagroso entre las mencionadas coleccionistas enfundadas en bichitos en peligro de extinción y las activistas haciendo topless (la imagen del día, otra vez para Femen). El milagro —para desgracia del voyeurismo y del contribuyente que subvenciona religiosamente con sus impuestos los escarceos represivos de las unidades policiales del Estado, cuyas leyes ahora están blindadas contra unas mayorías que son silenciosas porque previamente fueron silenciadas— no tuvo lugar.

Nosotros, a lo nuestro. ¿Qué merece la pena destacar en Casa Arte? En Invaliden, una galería de Berlín, llamaron mi atención los dibujos de Inken Reinert sobre los parecidos que hay entre las señales de un electrocardiograma y ciertos trazos de tinta que simulan figuras naturales. Esta superposición comprende la hoja en blanco como una partitura cultural ya cargada de estructura y significado, en lugar de como una tabula rasa lista para ser colmada de subjetividad. También me fascinó la naturaleza reticular de las superficies engarzadas por María García Ibáñez para AJG Contemporánea. En una feria llena hasta las trancas de reflexiones geométricas, el tratamiento colorista del espacio que realiza García Ibáñez —nodos fractales conectados entre sí como una red de arcoíris— destaca por su belleza dentro del conjunto. Las fotografías de Tania Parceros en Blanca Berlín también destacan, no solo por su calidad intrínseca, sino además porque buenas fotos suele haber las justas en una feria como esta, orientada principalmente a los coleccionistas particulares que no han tenido suficiente con el resto de ferias de 2013, ya sea porque carezcan del dinero suficiente como para comprar en ARCO y sus esquejes, ya porque sean unos consumistas manirrotos, pendencieros y reincidentes, ya porque tengan que hacer la declaración de la renta pronto y quieran atenerse a las exenciones fiscales propias de los mecenas. El caso es que el consumidor prototípico de Casa Arte prefiere las manualidades singulares e irrepetibles, preferentemente pictóricas.

En este contexto, la propuesta artística con mayor potencial simbólico de toda la feria se encuentra en la galería de Blanca Soto, quien nos ofrece una intervención site specific sobre las guerrillas colombianas. Financiada por Intermon Oxfam, Menú, obra de Manuel Barrero, plantea una reflexión sobre la mercantilización de los bienes comunes, sobre la conversión del civismo en moneda de cambio, sobre el momento en que se remunera aquello que hasta entonces se consideraba actividad social espontánea. Hablamos de la denuncia pública como instrumento democrático que permite implicar a la ciudadanía en la regulación normativa de la sociedad. En otras palabras: ¿hasta qué punto destruye la confianza y la solidaridad entre individuos el hecho de que las autoridades estatales financien y protejan a los chivatos y delatores? Insistamos en que esta reflexión se plantea para el caso particular de Colombia, donde la identificación de los enemigos de la sociedad y la razón (o las razones) de Estado son muy problemáticas.

Si me permites la anécdota personal: en el año 2009, en un curso de verano organizado por la Universidad Autónoma de Madrid sobre el tema de la filosofía del terrorismo —sobre el cual no tenían ni idea ninguno de los ponentes, por cierto— conocí a un oficial de las fuerzas antiterroristas colombianas. Asistía como alumno, igual que yo, pese a tener más que decir sobre el terrorismo que todos los ponentes del curso juntos. Al parecer, para promocionar al siguiente escalafón como oficial del ejército tenía que cursar estudios superiores en una universidad extranjera, preferentemente europea. Al alto mando colombiano no le parecía importar que dichos estudios fueran de Filosofía y no de armamento. El buen hombre se pasó todo el curso mostrando al resto de alumnos fotos que él mismo había tomado con su móvil de guerrilleros abatidos en mitad de la selva. No quisimos preguntar quién los había abatido. El (¿buen?) hombre nos contó que, cuando estaba de servicio en mitad de la selva, le obligaban a declarar su posición por radio cada quince minutos para evitar falsas atribuciones. En el pasado, no habían sido pocos los campesinos que habían sido ejecutados por las fuerzas paramilitares de extrema derecha, o por los propios soldados regulares del ejército de Colombia, atribuyendo más tarde, falsamente, dichas masacres a los guerrilleros de las FARC o del M-19.

Esa es la cruda y sangrienta realidad sobre la que versa Menú: una instalación que entiende que las leyes introducidas en 2005 por el gobierno colombiano para perseguir los restos de las guerrillas comunistas, pagando en metálico a los delatores que ayudasen a desmantelar ciertas células o ciertos comandos, se ha convertido en un menú de sangre y vísceras que, a largo plazo, solo podrá zanjarse mediante una justicia sostenida sobre la verdad. La verdad: esa es la solución que propone Barrero para Colombia. Por desgracia, auctoritas non veritas facit legem.