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 Quimera: Revista de literatura, núm. 325, 2010, pág. 111.

«Mitteleuropa bajo las sombras del capitalismo: Reseña de Alfabetos, de Claudio Magris»

A lo largo de los artículos previamente publicados en el Corriere della Sera y recientemente recopilados en Alfabetos, Claudio Magris configura su autorretrato intelectual, como hiciera aquel personaje de Jorge Luis Borges que descubre su rostro a medida que dibuja un mapa. Su mapa, en este caso, es el de la mitteleuropäische Weltanschauung (el de la «cosmovisión mesoeuropea», que diríamos en nuestro idioma). Un espacio geopolítico descentrado. Un continente literario apoyado sobre sus márgenes (República Checa, Hungría y los Balcanes, principalmente). Un autorretrato residual, en definitiva, a la manera benjaminiana: «a través de las cosas y las figuras del mundo, que el curso de la historia, individual y colectiva —el progreso— hace pedazos», como escribe Magris. Al igual que para Walter Benjamin, para Magris el mundo se puede resumir en una ciudad: Viena. Viena como «estación metereológica del fin del mundo», que diría Karl Rkraus. Capital de una literatura de ficción anticapitalista, al igual que de una bibliografía económica marcadamente capitalista, por no hablar del positivismo lógico en filosofía, Viena es el lugar donde la inexorable circulación de los productos de consumo encarnados en el vaquero-más-rápido-del-Oeste se contrapone a la figura por antonomasia del decadentismo austriaco: el burócrata que cortocircuita la fluidez del intercambio. En este sentido, los escritores del área de influencia austriaca (Franz Kafka, Robert Musil, etcétera) constituyen el paradigma del individuo desclasado que, tanto en su vida como a través de sus escritos, reivindica su propia reificación como ente revolucionario. Estamos ante personajes cuyas identidades pétreas aducen una falta total de valor, tanto de uso como de cambio. Productos puros. Sin atributos. Sin mercado. Sujetos trasvalorados.  

Según Magris, esta asociación entre la novela y el capitalismo es consustancial a un género literario como este, que marca una distancia entre los valores subjetivos y la realidad objetiva que se narra. De este modo, el italiano complementa la tesis de Benjamin sobre el origen del género novelesco. Según ambos, su origen se encontraría en la alienación de la experiencia cotidiana a partir de la degradación del relato de aventuras compartido como modelo de transmisión de los metarrelatos que configuran la herencia moral de un colectivo dado. Praga es otra ciudad crucial dentro de este panorama mesoeuropeo, cuyo artificial imaginario gótico es denunciado por Magris. Estamos ante un mito que constituye su propia doblez ficcional, paradigma de la poesía sentimental tal y como nos la describe Friedrich Schiller, esto es: como un mito que es autoconsciente acerca de ese origen que él mismo invoca melancólicamente. La Praga literaria es, según Magris, «nostalgia de la nostalgia, lamento en papel por la imagen de papel, ahora desmembrada por la historia, de la propia realidad nunca poseída».

También es cierto que Magris puede exponer su faz más conservadora y reduccionista en el momento en que, ante la expectativa de la transformación biotecnológica del hombre en cíborg, nuestro pensador se resiste a abandonar lo que, a su juicio, constituye la esencia de la vida, a saber: «nacer, casarse y morir». Claro que esta carcamalada no resta valor a un análisis literario de hondas resonancias ético-políticas, que básicamente discurren por dos hilos conductores de pensamiento. El primero es la herencia evangélica, centrada —gracias al estudio de Novalis y de Iván Turguénev, entre otros— en la fragmentación de la familia burguesa («Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa», que dice Jesucristo en Mt 10:35-36). En segundo lugar tenemos la herencia del marxismo estructuralista francés, que se deja ver en las mejores páginas de Magris, quien analiza la figura de Robinson Crusoe como adalid de la expansión colonial de Occidente, modelo del empresario-aventurero-de-sí-mismoque «vive la isla al principio como un exilio de la civilización y después la goza casi como una colonia». Nos hallamos, por tanto, ante una forma de crítica que concibe el compromiso literario más allá del género panfletario, ahondando, como insiste Magris en el artículo que cierra esta compilación, en el carácter democrático de la identificación con el otro a la que la literatura te convoca a ti —sí, a ti— como lector. Se trata de una llamada al análisis interdisciplinar, al pensamiento fronterizo, en una era que declara el «fracaso de la sociedad multicultural» (Angela Merkel dixit).