Biblioteca

El Estado Mental, 13/10/2014. 

«Métete con alguien de tu tamaño: Respuesta al animalismo de Juan Soto Ivars»

Juan Soto Ivars seguramente sea el narrador y el reportero más importante de nuestra generación. El reportaje que apareció en el segundo número de El Estado Mental sobre la precarización y externalización de la industria murciana es —a mi juicio— de lo mejor que se ha publicado en la revista hasta la fecha. Pero como columnista tiene un problema: cuando escribe contra la opinión pública mayoritaria del momento tiene la manía de hablar de oídas y pocas veces se toma en serio a sus adversarios, como si por el hecho de ser muchos fueran todos tontos por definición. «Contra el animalismo», el artículo de opinión que ha escrito a raíz de las protestas en contra del sacrificio del perro Excalibur, es una muestra de la ignorancia que suele respaldar el juicio de Soto Ivars cuando aborda temas de filosofía moral aplicada, y como yo soy otro buen samaritano sin trabajo, quisiera invertir parte de mi tiempo en informarle sobre el tema para que esta joven promesa, mi escritor preferido de los nacidos entre 1985 y 1990, no vuelva a dar semejante espectáculo de vergüenza ajena.

El caso es que columnistas como Soto Ivars tienen una tribuna y razones más que suficientes los trescientos sesenta y cinco días del año para llamar la atención sobre la indiferencia que muestra la mayor parte de la gente hacia el sufrimiento ajeno, tenga lugar este en Gabón o en el matadero; pero curiosamente suelen escoger el día en que la opinión pública se posiciona en contra o a favor del matadero para acordarse de Gabón, y utilizar una causa para desprestigiar otra igual de noble; lo que nos lleva a sospechar que en realidad ninguno de los dos problemas quita el sueño a esta casta de todólogos, tertulianos y opinadores, sino que solo quieren agitar el candelero y hacerse los indepes, o como diría la gemela mala de Rosa Luxemburgo: siempre contra el pueblo mal que tenga la razón.

Esta gente se comporta con los movimientos sociales como los connoisseurs con los grupos de música indie. Todos son muy buenos hasta que dejan de sonar en el sótano de su adosado. Aunque Soto Ivars era un don nadie por aquel entonces, sus columnas heredan el espíritu de los liberales que se preguntaban por qué la gente no se echaba a la calle en 2010, con la que estaba cayendo, y cuando la gente les hizo caso en mayo de 2011, se apresuraron en aclarar que no se referían a cualquier calle, sino en concreto a la calle Ferraz (sede del PSOE). Puestos a pedir, yo quiero pedirle a Soto Ivars que deje de incurrir en la falacia del espantapájaros, que consiste en caricaturizar la posición del adversario hasta que esta parezca tan indefendible como irreconocible, y que a poder ser se meta con gente de su tamaño, que aplique el criterio de caridad interpretativa, entendiendo que los lemas de los manifestantes son una exageración de razones más profundas con fines de movilización y concienciación, en lugar de escribir artículos como hace ahora para machacar los comentarios en mayúsculas de los haters que proliferan, con toda la razón del mundo, en su muro de Facebook.

Pero vayamos a los argumentos.

Soto Ivars sospecha que los defensores de los derechos animales incurren en la paradoja de proyectar cualidades humanas sobre los animales. Si esta joven promesa hubiera estudiado algo de lógica sabría que eso no se llama paradoja, que en griego significa «lo opuesto al sentido común» (parece que estamos de acuerdo en que la mayor parte de la gente, eso que llaman el sentido común, cree que su perro piensa más de lo que de hecho lo hace). Pero no hay nada aparentemente contradictorio en creer que las fábulas de Esopo son literales. Eso es una creencia falsa, no una paradoja. Y es falso que el movimiento animalista atribuya cualidades según criterios estéticos, de pertenencia o hasta ecológicos. Ningún defensor de los derechos animales considera que un perro tenga más derechos que un zorro o viceversa, por mucho que una especie esté en peligro de extinción y la otra no, por mucho que el primero ataque a las gallinas y el segundo las defienda, por mucho que uno sea salvaje y el otro doméstico.

Soto Ivars cree que los defensores de los derechos animales ignoran a Darwin porque han visto demasiadas películas de Disney. Por desgracia, esta joven promesa sabe tan poco de biología como de dibujos animales. Llama «generación Disney» a los nacidos a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, como si Bambi no fuera de 1922, Dumbo de 1941, La dama y el vagabundo de 1955, 101 dálmatas de 1961, Los aristogatos de 1970 y un largo etcétera de películas pleistocénicas. Si Soto Ivars hubiera tecleado «ética animal» en la Enciclopedia Stanford de Filosofía (claro que para eso hay que tener noticia de su existencia) sabría que el animalismo fue primero una cuestión académica y luego un movimiento militante, que empieza como mucho con Peter Singer en 1973. Y si nuestro narrador acudiera a las librerías para otra cosa que no fuera presentar sus propios libros sabría que Singer es el autor de un libro titulado Una izquierda darwiniana.

La visión que tiene el movimiento animalista sobre el estado natural es, de hecho, absolutamente darwiniana y radicalmente opuesta a la que tiene Disney. Justamente porque la naturaleza es una lucha sin cuartel de todos contra todos, justamente porque el último problema de la madre de Bambi son los cazadores furtivos, por detrás del clima, el hambre y los parásitos, tenemos que intervenir en el estado natural para mejorar la vida de quienes sienten y padecen como tú y como yo. Si Soto Ivars hubiera leído las dos primeras páginas del prólogo de la primera edición de Liberación animal, el pistoletazo de salida del movimiento antiespecista, conocería el malentendido que tuvo Singer con una loca de los gatos que pensaba que lo del sensocentrismo consistía en querer mucho a tus mascotas. Cuál sería su sorpresa (y la de Soto Ivars) al descubrir que Singer no tenía ni tiene mascotas:

Este libro no trata de mascotas. Es probable que su lectura no resulte agradable a quienes piensan que el amor por los animales no requiere más que acariciar un gato o echar de comer a los pájaros en el jardín. Más bien, se dirige a la gente que desea poner fin a la opresión y a la explotación dondequiera que ocurran y que considera que el principio moral básico de tener la misma consideración hacia los intereses de todos no se restringe arbitrariamente a los miembros de nuestra propia especie. Suponer que para interesarse por este tipo de cuestiones hay que ser «un amante de los animales» es un síntoma de que no se tiene la más ligera sospecha de que los estándares que nos aplicamos a nosotros mismos se podrían aplicar a otros animales. Nadie, salvo un racista que calificase a sus oponentes de «amantes de los negratas», sugeriría que para interesarse por la igualdad de las minorías raciales oprimidas hay que amar a esas minorías, o considerarlas una monada y una lindeza.

Soto Ivars quiere mostrar al mundo lo buen escritor que es mediante rebuscadas analogías con la guerra de Irak para atacar la máxima de que hemos que ser nosotros quienes protejan los intereses de los animales, ya que ellos mismos no pueden hacerlo. Pero se trata de un corolario elemental de la teoría de juegos aplicada a individuos sin capacidad de raciocinio y con intereses en completar su ciclo vital: si la competencia conduce a un resultado subóptimo para todas las partes, como es el caso del estado natural, donde casi todos los individuos mueren antes de haberse reproducido, a todos los participantes les conviene que una autoridad superior garantice la posibilidad de la cooperación; y como en el caso de los animales esa autoridad no puede emerger del pacto, como pasa en el contrato original de Hobbes, tenemos que ser nosotros, los alienígenas de Soto Ivars, los que impongamos criterios de civilización sobre la naturaleza (incluida la naturaleza de nuestra joven promesa a ignorar todo lo que no se expresa en su muro de Facebook).

¿Y cómo sabemos que estos son los criterios de civilización adecuados? Mediante una estimación que, dependiendo de la complejidad del caso, puede requerir de conocimientos avanzados en dinámica de poblaciones. Como no hay formahumanadesaber las preferencias de los animales; como no podemos preguntarles si prefieren que les tratemos como simple y barato mobiliario, que es como les trata ahora mismo la legislación española; como no podemos determinar si Excalibur se hubiera sacrificado motu proprio por Ana Mato y por el Rey, por el orden y la ley, tenemos suponer que todo ser vivo tiene un interés en seguir vivo. Vamos, que me parece de coña tener que discutir si un perro con ébola tiene un interés objetivo sobre su propia existencia teniendo en cuenta que los perros son asintomáticos respecto de esa enfermedad, no les produce síntomas, y eventualmente pueden quedar libres de ella. Esto no lo digo yo, sino la tan sobada investigación publicada por Eric M. Leroy et al. en Emerging Infectious Diseases.

Aunque Soto Ivars no ha leído a Kant, suscribe una versión del respeto como indicador de dignidad que el filósofo de Königsberg profesaba hacia los animales (y hacia los españoles, por cierto, pues pensaba que el trato que mostramos con los seres inferiores demuestra el tipo de personas que somos, como si el hecho de abstenerse de participar en las salvajadas de Tordesillas fuera una prueba de nobleza de espíritu). Me parece genial que la moral de Soto Ivars consista en sentirse superior a los maltratadores de animales, a los violadores de mujeres y a todos los malos ejemplos que no sigue esta joven promesa, pero mucho me temo que para hablar de dignidad hay que comprar el paquete kantiano completo y actuar siguiendo máximas que todo el mundo pueda seguir y, lo más importante, que quieras que todos sigan. Soto Ivars pertenece a una generación de kantianos hípsters, que actúan como deben, pero se la sopla si los demás somos unos nazis, y hasta diría que lo prefieren para así tener alguien contra quien escribir los viernes.

En cuanto a la maniobra savateriana de apuntar que los animales carecen de derechos porque no tienen de obligaciones, como la mayor parte de la gente que utiliza este lenguaje aparentemente jurídico no tiene ni idea de lo que se enseña en la carrera de derecho —incluidos, por supuesto, la mayoría de los manifestantes a favor y en contra de la ejecución de Excalibur— quisiera preguntarle a Soto Ivars de qué tipo de derechos habla (políticos, morales o de otro tipo), qué justificación filosófica aduce en su defensa (iusnaturalista, positivista o de otro tipo) y si cree que los discapacitados mentales carecen de derechos por la misma razón que los animales; o mejor aún, si deberían tener las mismas obligaciones que los cuerdos, definidos en sentido amplio, y ser condenados a la misma pena que nosotros en el hipotético caso de cometer crímenes de los que no son conscientes ni, por tanto, moralmente responsables.

A ver si se luce esa promesa en la respuesta.

Las palabras que queramos ponerle a la protección jurídica que merecen los animales es lo de menos. Al fin y al cabo todos estamos de acuerdo, ya sea por amor a las mascotas, ya por sentido de la justicia o de la dignidad, en que no había ninguna razón moral para sacrificar a Excalibur, sino como mucho una coartada técnica, un subterfugio económico, que tiene que ver con la falta de medios actualmente disponibles para analizar y tratar a todos los animales, tanto humanos como no humanos, con independencia del continente en que vivan, que están ahora mismo en riesgo de contagio o directamente contagiados. Como decían los clásicos: primum vivere deinde philosophari