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Port, núm. 5, 2018.

«Matar al padre también es una forma de pactar con él»

Nadie dijo que el diálogo intergeneracional fuera sencillo. Personas de distintas generaciones no solo pueden tener distintos puntos de vista acerca de la realidad, sino que también pueden formular esos puntos de vista en lenguajes mutuamente incomprensibles. Lo que para una generación es una jerga atractiva y puntera, para otra puede ser un lenguaje de carcamales. Sin embargo, solo a través de esta confrontación de puntos de vista somos conscientes de la existencia de las diferencias generacionales. La pertenencia a una generación se experimenta en primera instancia como la toma de conciencia acerca de la diferencia de puntos de vista de personas de distintas edades. En verdad, cualquier concepción no esencialista de las generaciones no puede ir más allá de este aspecto dialéctico. Las personas que pertenecen a una generación no se reconocen como tales sino por contraste con las personas que pertenecen a otras generaciones. El diálogo no tiene por qué ser siempre pacífico, también puede expresarse por medios violentos. Quizás la metáfora más poderosa del diálogo intergeneracional que tenemos en Occidente es la del asesinato del padre por una banda de hermanos que a partir de entonces se reconocen como iguales. La fraternidad, esa idea republicana, y la sororidad feminista parten de esta experiencia esencialmente antipatriarcal que, según Sigmund Freud, está a la base de nuestra neurosis cultural.

No en balde, el diálogo entre padre e hijo se ha considerado tradicionalmente como el paradigma del diálogo intergeneracional. En una viñeta a cuatro manos justamente titulada «Diálogo intergeneracional», los dibujantes Forges y Fraguas, padre e hijo respectivamente, intercambian puntos de vista acerca de la evolución de la sociedad española desde la muerte del dictador Francisco Franco. El hijo se queja de que «En el pasado estaba muy claro quién era el mal. Con oponerse a él [Francisco Franco], uno se convertía en un héroe. Hoy, en cambio, ¿cómo lidiar con esa masa informe [bancos, mercado, corporaciones, lobbies, etc.]». Y el padre responde: «Te confundes, Flanagham: Nosotr@s teníamos todo lo que hay ahora más: una dictadura fachenda, una Iglesia mandando a tope, un ejército “vigía de Occidente”. Y sin democracia, sin sanidad universal y con una tasa de analfabetismo del 50%». Fraguas insiste: «No sé si vosotros, con nuestro panorama, os hubieseis atrevido a tener hijos». Y Forges vuelve a replicar: «Nosotr@s lo teníamos asaz chungo: sin anticonceptivos, haciendo el método ogino (por el cual estáis muc@s de vosotr@s aquí), con los curas amenazando, los guardias multando a los casados por besarse en la calle… ¿creéis que teníamos tiempo de pensar en algo que no fuera que no nos pillaran». Y concluye: «Pues eso, que aquí siempre estaremos quejándonos de todo y por todo, pero a la hora de unirnos para arreglarlo, tod@s tenemos cosas más importantes que hacer. Por cierto, que a las 19h tengo clase de feng shui de escroto en prevención de próstata brava. Te dejo, besos». Es curioso y digno de destacar el hecho de que en este diálogo entre padre e hijo sea el padre el que utilice el lenguaje inclusivo de la arroba. En ocasiones, no hay nada más moderno que un clásico.

Un diálogo intergeneracional que a mí me hubiera gustado organizar habría sido entre el ya fallecido Paco Fernández Buey y su hijo Eloy Fernández Porta. Por un lado, tenemos a uno de los máximos expertos acerca de Antonio Gramsci en España, y por el otro, a uno de los teóricos más vibrantes del contexto posmoderno en el mundo de habla hispana. Cuando entrevisté a Fernández Porta hace un año, me comentó que una vez los invitaron a hablar a ambos sobre el marxismo cultural y entonces, solo entonces, se dieron cuenta de lo que verdaderamente los unía: la pulsión por llevar perfectamente preparadas las intervenciones orales. El coloquio iba a ser algo improvisado, pero al final cada uno se personó allí con su taco de folios. De este modo, al final se demostró que el rigor y el compromiso intelectual con el discurso bien hecho superaba las discrepancias que pudiera haber sobre la concepción y valoración de la cultura capitalista actual.

Otro diálogo intergeneracional que me muero de ganas de ver es el que podría llegar a producirse entre Fernando Savater y Amador Fernández-Savater. Fernando Savater fue un anarquista de pro en su juventud, próximo a posiciones como las que hoy asume su hijo. Un diálogo entre ambos no solo sería una bonita ejemplificación del dicho latino «De te fabula narratur» («La historia trata sobre ti»), sino que también sería una constatación del hecho de que, al final, todo diálogo comienza con uno mismo. La evolución que en España sufrieron los jóvenes intelectuales de izquierdas durante la Transición, desde las posiciones anarquistas o comunistas a la defensa férrea de la unidad del Estado nación, más o menos combinada con posiciones económicas liberales, es similar a la que se produjo por las mismas fechas en Francia, donde los antiguos sesentayochistas forman hoy una de las castas intelectuales más reaccionarias que uno puede imaginarse. En este contexto, el francés, se ha producido un debate generacional similar al que nosotros imaginamos entre Savater senior y junior: el libro escrito a cuatro manos entre André Glucksmann y Raphäel Glucksmann sobre mayo del 68, una revisión del fenómeno sociopolítico que ha marcado los últimos cinco años de la historia de Francia. En el fondo, todo diálogo intergeneracional se articula necesariamente bajo la forma de lo que Harold Bloom llamó célebremente la «angustia de las influencias». Por mucho que esté comprobado empíricamente que la influencia de los padres sobre la personalidad de sus hijos es mínima comparada con la presión que ejercen sus pares generacionales, nuestra identidad colectiva y grupal no deja de definirse por contraposición con otros grupos y colectivos, entre los cuales se encuentran nuestros mayores y nuestros jóvenes, aquellos que nos preceden y nos suceden, con independencia de cual sea nuestro campo de trabajo o especialidad. La influencia puede ser más o menos indirecta, pero siempre está presente. De este modo, incluso el silencio, la incomprensión más radical y la no comunicación son formas del diálogo intergeneracional. Un padre y un hijo viendo en silencio la televisión, o comunicándose exclusivamente por WhatsApp a pesar de vivir en el mismo piso, seguramente nos ofrezca una imagen mucho más clarividente y ajustada de lo que es el diálogo intergeneracional en una sociedad mediatizada como la nuestra. También hay un diálogo generacional, ¿quién lo duda?, en el uso de las redes sociales: Instagram como red social joven, Facebook como red social adulta y Twitter como trinchera de todas las guerras habidas y por haber.