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«Llámalo XXX: Así funciona la censura interna en el discurso de Podemos»

Yo soy amigo de Podemos, pero más amigo de la verdad. Y más amigo aún de la discusión. Por ese motivo escribo esta crítica, que pretende ser clara y constructiva, yo, que estoy con un pie dentro y otro fuera del partido, para que quienes están fuera sepan cómo funciona la censura interna en el discurso de Podemos, y para que quienes están dentro entiendan las dudas que genera la creación de eufemismos para una propaganda que no propaga nada; nunca; a nadie.

En una entrevista para la radio del Estado Mental, mi hermana se sorprendía de que la palabra «feminismo» no apareciera ni una sola vez en el programa de Podemos para las últimas elecciones europeas teniendo en cuenta el perfil claramente feminista de algunos de sus puntos, como es el caso del punto 3.8, donde se habla de «despatologizar la transexualidad» y garantizar el derecho a cambiar de sexo «medicamente y/o civilmente».1

1 Cfr. Ernesto Castro, «Entrevista a Elena Castro», Colorín Colorado, 28/07/2014.

Dejemos de lado que puede haber más sexos de los que reconoce esta formulación del «transexual» —mejor «transgénero»— como alguien a medio camino entre dos aceras, que suponemos que por definición serán la acera masculina y la femenina, sin tener en cuenta el interesante espectro genético y anatómico intermedio. Dejemos también de lado que el verdadero problema del cambio de sexo civil no es el sexo que aparece en el DNI, sino que el sexo aparezca en el DNI (que el sexo sea una razón de Estado en España como la raza lo es en la República Dominicana, donde hasta los negros como la noche poseen un documento acreditativo que asegura que son mulatos, no vayan a tomarlos por vagabundos en una sociedad tan racista que oficialmente solo reconoce ese color de piel a un 11% de la población; es evidente que hay muchos más negros en República Dominicana, pero también es vox populi que todos son pobres y viven en Haití).

Dejando de lado estas menudencias, mi hermana parecía conforme con el espíritu del Círculo Feminista de Podemos —a pesar del silencio que hubo sobre el tema de la prostitución y de la autodefensa contra los machirulos, supongo que por razones de agenda política— y pensaba que la ausencia del término «feminismo» en el programa para las últimas elecciones europeas no era algo premeditado.

¡Qué equivocada estaba! La semana pasada asistió a una sesión de la Escuela Itinerante de Verano de Podemos en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid —¡hay que ver cómo les gustan las mayúsculas a estos políticos!— donde Clara Serra y Clara Serrano, miembras las dos del Círculo de Análisis, defendieron que había que eliminar el término «feminismo» del discurso público de Podemos porque es un término perdido que genera muchísimo rechazo. Según las Claras, hay que sustituirlo por la palabra «igualdad». Curiosa forma de renovar el discurso: eliminar una expresión que significa tantas cosas en la historia de las luchas de género, más aún si se escribe «feminismos» en plural —teniendo en cuenta la herencia, pero también la diferencia que media entre Olympe de Gouges y Beatriz Preciado— y sustituirla por la palabra estrella del feminismo liberal: la igualdad.

Una igualdad que puede entenderse como igualdad de oportunidades o como igualdad de resultados, la equality rollo Larry Temkin o la priority al estilo Derek Parfit, aunque dudo mucho que los militantes de Podemos tengan tiempo de meterse en estas honduras filosóficas, tan atareados como están «extendiendo la palabra» en Twitter.2 Una igualdad que no vale nada si no se matiza que vivimos en una sociedad patriarcal donde las violadas «van por ahí provocando», las madres cometen el error profesional de perpetuar la especie y no hay marcha atrás para las preñadas involuntarias. Se tienen que joder. Y para eso vale el feminismo, para darse cuenta de que no queremos la igualdad, sino el trato preferencial a las mujeres, para que puedan llevar con mayor dignidad las putadas del dimorfismo anatómico, que hace que mi hermana sangre una vez al mes.

2 Cfr. Larry Temkin, Inequality, Oxford University Press, Londres y Nueva York, 1993; Derek Parfit, «Equality and Priority», Ratio, núm. 10, vol. 3, 1997, págs. 202-221.

Esto, atareados militantes de Podemos, se llama «prioritarismo». ¿Una palabra demasiado larga y rara como para incluirla en el programa? No lo creo. Allí se habla de «despatologización», que son siete sílabas, y de «transexualidad», que son cinco: en total, dos versos de un haiku. ¿Y qué significa exactamente «despatologización de la transexualidad»? La transexualidad no se puede despatologizar porque ya está despatologizada y el despatologizador que la despatologizó buen despatologizador fue. Léase el DSM-5. ¿El programa electoral de Podemos «puede prometer y promete» cosas que son una realidad ya reconocida por la comunidad médica internacional, y lo promete con palabras propias de un trabalenguas, pero no puede llamar «feminismo» al feminismo porque llamar a las cosas por su nombre genera rechazo? Así cualquiera cumple con las promesas.

Según mi hermana, realizar este juego de manos implica retroceder varias décadas en el proceso de liberación de la mujer como sujeto político que posee una voz propia y ya no depende políticamente de quienes quieran hablar en nombre de ella. Según las Claras, mi hermana es una estalinista. «Es lo mismo que nos dicen los del Partido Comunista. Que los de Podemos no podemos ser marxistas porque no hablamos de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado. Pero es solo una palabra. Lo importante es disputar el sentido común», dicen las Claras. «Sentido común»: ecce lema. Desde los tiempos del empirismo anglosajón ilustrado no se ha visto un culto al common sense como el que profesan los filósofos y politólogos que forman el núcleo duro de Podemos. Cosa rara en una universidad como la Complutense donde el estudio de la filosofía política analítica brilla por su ausencia. Háganme caso, que estoy matriculado en el doctorado.

A diferencia de lo que pasa en la obra de John Rawls, aquí, en Podemos, las intuiciones preteóricas no permiten contrastar los principios morales abstractos con el objetivo alcanzar un equilibrio reflexivo entre las máximas y los casos concretos. No, aquí el sentido común no es el principio corrector de nuestra opinión sobre lo bueno, sino una versión para dummies de los lemas excogitados por los cráneos privilegiados de la cúpula del partido: lo que en la mente de Iñigo Errejón suena como «bloque social-popular hegemónico» y en la de Juan Carlos Monedero como «amor insensato del pueblo». Como dice el capítulo cuarto de la Fenomenología del espíritu de G. W. F. Hegel, sobre la dialéctica entre el amo y el esclavo: los amos piensan en las cosas mientras los esclavos piensan en los amos; los militantes de Podemos piensan en Pablo Iglesias (aka PI, aka π)   mientras PI/π piensa en la realidad política. Lo peor de toda esta operación de embutido ideológico es que se ha realizado citando a Antonio Gramsci, el hada madrina de todos los manipuladores de la comunicación metidos a divulgadores de la tradición marxista; y ello a pesar de que los Cuadernos de la cárcel se pronuncian claramente en contra de conformarse políticamente con el sentido común de la gente:

La filosofía de la práctica no tiende a mantener a los «sencillos» en su filosofía primitiva del sentido común, sino, por el contrario, a llevarlos a una superior concepción de la vida. Afirma la exigencia del contacto entre los intelectuales y los sencillos, pero no para limitar la actividad científica y mantener una unidad al bajo nivel de las masas, sino precisamente para construir un bloque-moral-intelectual que haga políticamente posible un progreso intelectual de masa, y no solo de reducidos grupos intelectuales.3

3 Antonio Gramsci, Antología, Siglo XXI, Ciudad de México, 1974, pág. 372.

La estrategia de utilizar constantemente eufemismos para hablar de las mismas cosas de siempre de la izquierda madrileña, solo que para un público más amplio, me recuerda a aquellos países poscomunistas donde lleva gobernando la misma persona desde 1990 bajo distintas candidaturas electorales. Islom Karmivo, presidente de Uzbekistán durante las últimas dos décadas y media, se ha presentado a las elecciones nacionales con el Partido Comunista, luego con el Partido Democrático Popular, más tarde con el Partido Demócrata Liberal, y ha ganado todas las veces con porcentajes superiores al 85%. ¿Y qué decir del presidente perpetuo de Kazajistán: Nursultán Nazarbayev?

Pero no son siempre los hombres los que se hacen a medida los partidos; a veces son los partidos los que se hacen a la medida de los hombres. PI/π se ha vuelto más moderado desde que es diputado (repasen el momento de la entrevista que me concedió antes de montar Podemos, donde considera la posibilidad de sacar a los tanques a la calle para acojonar a los mercados: ¿suscribiría esas mismas palabras hoy?).4 Pero no todos los eufemismos son gattopardianos. No todo cambia para seguir todo igual. Algo se pierde en el ejercicio de la traducción. Englobar el derecho a abortar bajo la categoría de igualdad supone ignorar que no hay realmente nada que pueda igualarse al hecho de quedarse preñada sin quererlo. La filósofa analítica Judith Jarvis Thomson lo comparó a estar unido a un violinista por un cordón umbilical.5 Pero la analogía falla. Yo no abortaría a la Sarah Chang, una virtuosa con el violín bajo el mentón, y sí a un feto de cuatro semanas. Hablar aquí de igualdad —¿acaso las que no pueden abortar no están igualadas en su impotencia?— es simplificar las palabras sin necesidad.

4 Cfr. Ernesto Castro, «El Hombre Murciélago tiene coleta y barba del chivo: Entrevista a Pablo Iglesias», Castra Castro, 21/11/2013.

5 Cfr. Judith Jarvis Thomson, «A Defense of Abortion», Philosophy and Public Affairs, núm. 1, vol. 1, 1971, págs. 47-66.

Y digo bien: sin necesidad. ¿El feminismo genera rechazo? Decídselo a los cientos de millones de espectadores del show de Beyoncé en la última gala de los Premios MTV, que contemplaron extasiados la palabra «feminist» sobre unas imágenes patéticas de felicidad de su hija con Jay Z. Mi objeción sería justo la contraria: el feminismo genera muchísimas, demasiadas simpatías. Cuando la revista Playground considera que Beatriz Gimeno, Filósofa Frívola y los coños sin depilar de American Apparel son la misma noticia; cuando el feminismo designa cualquier cosa desde el «Anaconda» de Nicky Minaj hasta las brujas de Silvia Federici; cuando la teoría queer carece de teoría del Estado, entonces todo está perdido. O ganado. Sea como fuere, el feminismo no necesita de Podemos, aunque sí viceversa. El espectáculo de caricaturas que dio PI/π cuando asumió la voz de una «treinteañera vital» en el discurso inaugural de un programa de su tertulia televisiva Fort Apache podría evitarse la próxima ocasión si π escuchase otro disco que no fuera Pasión de Talibanes, si viese otra serie que no fuera Juego de Tronos, si leyese otro libro que no fuera Teoría King Kong: el panfleto de género preferido por nuestro Amado Líder, quien debe de pensar que el feminismo consiste en «saber estar (buena)». Como indica en Maquiavelo frente a la gran pantalla:

Lolita, como mito sexual casi universal, ejemplifica la condición de subalternidad de las mujeres, pero también representa una vía de recuperación de la autonomía. […] El personaje de Kubrick, mujer objeto creado por la mirada, es consciente de lo que representa y del deseo que provoca, pero no deja de buscar su autonomía con las armas de que dispone. […] Por eso defenderemos que la Lolita de Kubrick no es el objeto pasivo de las ensoñaciones de un pedófilo, sino una mujer joven que utiliza el único instrumento de poder a su alcance, su belleza, para ganar su libertad de elegir.6

6 Pablo Iglesias Turrión, Maquiavelo ante la gran pantalla: Cine y política, Akal, Madrid, 2013, págs. 103, 105 y 110.

Lo mejor llega cuando π teclea «Lolita» en Google:

Lo que aparece, básicamente, es porno para varones heterosexuales basado en un modelo hipersexualizado de belleza femenina juvenil-adolescente. Las lolitas de nuestra cultura popular que ejemplifica la pornografía son adolescentes sexualmente desarrolladas. Su hipersexualización responde obviamente a la heteronormatividad que se ha hecho hegemónica, pero ello no se debe a Nabokov, sino, como vamos a ver, a la película de Kubrick.7

7 Ibid., pág. 113.

Rebobinemos. Según π, Shasha Grey es un modelo de empoderamiento. Y las niñas bonitas no pagan dinero. Militar en Podemos está bien, pero hacerlo en Pornhub.com mucho mejor. Visto lo visto, ¿soy el único que se pregunta por qué Podemos no defiende los derechos de las obreras sexuales (y de los obreros sexuales también: léase Lolito,de Ben Brooks); no solo los derechos de las estrellas porno, de las que aparecen delante de la cámara, sino también de las que se hacen la calle? ¿O es que la prostitución, igual que Lord Voldemort, la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la palabra «feminismo», mejor ni la nombramos?