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Quimera: Revista de literatura, núm. 325, 2010, págs. 28-29. 

«La poesía como debate vital: Entrevista a Julieta Valero»

 24/01/2018: Pasando mi curriculum al formato oficial del Ministerio de Educación y Cultura (algún día habrá que cronometrar cuanto tiempo invertimos los profesores de universidad en acreditar lo que hemos trabajado; probablemente más que en trabajarlo. Lleva menos tiempo hacer algo que demostrar que se ha hecho), me he encontrado con la primera entrevista que hice en mi vida. Fue a la poeta Julieta Valero, cuyo libro Autoría (Barcelona: DVD, 2010) había sido reconocido como uno de los diez mejores de ese año por el consejo de redacción de Quimera: revista de literatura. Yo había empezado a colaborar con esa revistaapenas un mes antes de la entrevista; en septiembre de 2010 les había mandado una crítica de un libro de conversaciones entre David Sánchez Usanos y Fredric Jameson (Reflexiones sobre la postmodernidad, Madrid: Abada, 2010); crítica que con el paso del tiempo se convirtió en la semilla de mi ensayo Contra la postmodernidad (Barcelona: Alpha Decay, 2011); crítica que gustó en el consejo de redacción de la revista porque, como me dijo Roberto Valencia, entonces coordinador de la sección de reseñas de Quimera, estaban faltos de reseñistas de ensayo (y de poesía, lo que yo entonces leía y escribía abundantemente). Por ese motivo, supongo, me encomendaron entrevistar a —valga la redundancia— la autora de Autoría, un poemario que se deja leer como un ensayo; y por ese motivo yo le plantee a Valero una entrevista tan filosófica como esta. Todavía recuerdo cómo resopló y se sonrió cuando le pregunté por Gilles Deleuze y Félix Guattari. “Nunca me habían entrevistado así”, me dijo. “Esta también es mi primera vez”, le dije. A nuestro alrededor se ponía el sol y se caían las hojas; era una tarde de otoño en la terraza de un bar de Madrid. Yo acababa de cumplir veinte años y ella se acababa de casar. La crisis económica y política española no había hecho nada más que empezar.


Ernesto Castro: Empecemos por el título de tu último poemario: Autoría (Barcelona: DVD, 2010). ¿Cuál crees que es, a día de hoy, la relación entre el escritor de poesía y los discursos de legitimación autoral que concurren en la construcción de su figura pública?

Julieta Valero: Es un hecho. Desde el Renacimiento ningún creador, de ningún género, se zafa de ellos. Más que un cuestionamiento genérico, el título del libro apela a un cuestionamiento identitario a nivel interno (no estrictamente mío, aunque lo personal se encuentre bajo cualquier movimiento creativo, siempre metabolizado). En dos sentidos de la “autoría”. El primero de ellos —ontológico— es una negativa a asumir identidades prestadas. Es preferible —creo— escribir con una identidad inconsistente, movible, flexible, consciente de que su matización es tan radical, tan atomizada, que a duras apenas se sostiene, antes que asumir identidades prestadas (poeta, feminista, nazi, de Puerto Llano, las que sean); quiero decir prestadas por unidireccionales. No se trata de negar la particularidad, sino de asumir la multiplicidad del sujeto (la suma de cosas que somos). El otro sentido —literario— responde a un concepto de lo poético, hacia el cual yo me he dirigido, que se levanta sobre la negativa a creer que se puede representar la realidad, mimética, completamente; nada nuevo, por otra parte. De ahí el no elaborar poéticas que transmitan significados cerrados, redondos, tranquilizadores... Ello tiene un correlato directo en la forma de escribir: no traicionar el proceso según el cual se produce la percepción (el tópico del fragmento, tan actual, claro). Ahora bien, que pretenda referir la realidad, más que representarla, no significa que una no pueda comprometerse desde la identidad con el trabajo de la escritura.

EC: ¿Te hallarías, entonces, cerca de una defensa de la identidad múltiple? Recordemos aquella famosa definición de Camilo José Cela, que consideraba la identidad de un sujeto no como un plano sino como un poliedro de múltiples caras —y también la defensa de la esquizofrenia por parte de Gilles Deleuze y Félix Guattari en el Anti-Edipo.

JV: Sí. Y respecto de la escritura, en una constatación de la propia perturbación y de la del lector (más allá de toda provocación impostadamente vanguardista). Si está bien hecho, todo texto que yo escriba debería existir como espacio o lo que es lo mismo: ser penetrable pero a la vez llevar a quien se introduzca en el libro por caminos distintos al original que yo hubiese trazado. De ahí también la asunción de lo múltiple y lo rizomático.

EC: ¿Consideras, por tanto, homologable el discurso de la muerte del autor a un género como la poesía, históricamente asociado al culto egotista del yo?

JV: Los últimos 150 años de poesía (la que a mi más me interesa al menos) son intentos de romper con ese egotismo, de trascender lo meramente confesional (desde Browning y la lírica posromántica inglesa). Incluso a nivel ideológico, me enfrento a cualquier forma de estar en el mundo que no contemple esa sustancia pequeñez de todo lo que uno es, esa especie de humildad sentida e, incluso, teorizable… Es difícil de explicar. Pongamos: si uno escribe desde una instancia potentísima —en mi caso, que se llama “Julieta Valero”—, ¿qué sentido puede tener para mí misma y para un sujeto externo? El resultado es algo inane. Si uno parte de una intención más permeable y abierta, yo creo que a nivel personal se es menos imbécil cuando se muere. El egoísmo y el narcisismo, especialmente éste último, son las dos lacras de las que yo más aborrezco. Que mis textos le valgan en algún momento a alguien es todo lo más a lo que puedo aspirar.

EC: Reformulemos, pues, la pregunta hölderliniana: ¿para qué poetas en tiempos de crisis? ¿Se puede replantear el papel del poeta en el contexto público de referencias compartidas, espacio de fricción y de juego?

JV: El lenguaje, aquello tan consustancial al ser humano, aquello que tenemos para comunicarnos, siempre ha sido una baza a favor de la poesía, género, por otro lado, intrínsecamente minoritario. Pero no más ahora que en tiempos pasados. Es minoritario no por una cuestión de elitismo, sino porque el lenguaje en función poética no es un lenguaje fácil ni interesante para todo el mundo. Es una cuestión de interés. Uno no tiene porqué entrar, pero si entras es un entrar para no salir. No hay nada más fiel que un lector de poesía. Puede tratarse de un modo de mirar. La pregunta de Hölderlin, sí, se puede y debe plantearse, más allá de esta de hoy día y más allá de aquella del 29. Más allá de cualquier crisis por venir, la poesía tiene una doble garantía al respecto. Primero de supervivencia, dado que, para mí, pertenece a una de las formas creativas más primaras, por tanto de mayor persistencia histórica. Por otro lado, su resistencia a su publicidad y su infrecuencia.

EC: ¿Cómo afrontar entonces desde un género como la poesía la irrupción de las dinámicas capitalistas en los diferentes géneros literarios? Estoy pensando en Álvaro Valverde, quien recientemente afirmó que los poetas son unos de los pocos gremios artísticos que no denominan a sus obras con el término “producto”.

JV: Mientras que escritores de otros géneros pueden haber denominado sus obras como “productos de consumo”, los poetas tienden históricamente a transformarse a sí mismos en “productos de la eternidad”, que es la moneda de cambio frente a todo aquello de lo carece la poesía: número de lectores y de ventas, prevendas vitales como vivir de su trabajo, etc. Yo no entiendo por capitalismo lo estrictamente mercantil, sino valores que van más allá de lo económico. ¿Qué papel desempeñar ante ello? Voy caer en tópicos: el pensamiento crítico, la resistencia, etc. Ahí se debe situar uno: optimizando en términos capitalistas, contra el propio capital, las armas situadas en los márgenes. Situarse en los laterales.

EC: Una pregunta convencional: ¿hay una relación entre obra y vida, entre experiencia y creación?

JV: Una respuesta convencional: la hay toda. Gloriosa o miserablemente uno escribe desde su individualidad, pero(y a partir de este pero estará mi respuesta) es una relación vacía porque uno no se expresa directamente. Lo confesional es estrictamente protopoético. Ahora bien: requiere ser metabolizado dentro de un aparato más complejo y trascendental.

EC: En Autoría manejas dos conceptos clásicos de la estética contemporánea: lo bello y lo sublime. Por un lado, invitas “a entender la belleza como una forma de reducción” (p. 37) y más tarde afirmas que “lo sublime es una membrana entre las palabras y la multiplicidad del Bazar” (p. 48), en relación con la poesía de John Ashbery.

JV: En realidad, ese poema es un extenso diálogo con un texto de Alberto Santamaría, quien ha reflexionado, como ensayista, sobre todas estas cuestiones. Hace tiempo que se trabaja sobre estos dos conceptos. En ese poema también me planteo hasta que punto la contrasublimidad puede constituirse en otro género de servidumbre. Es una dialéctica un poco en el aire. Literalmente: un poema escrito en un avión.

EC: Otro tema bastante sugerente es la aparición de la “segunda edad” en el poema “Melancolía”(p. 45), que más tarde “presenta su concepto de belleza” (p. 57) ¿Cómo caracterizarías esa belleza de la segunda edad, a medio camino entre, por un lado, el paradigma atlético de la primera edad —en buena medida deconstruido por la estética yonki (Cristiano Ronaldo vs Pete Doherty)— y, por el otro, la belleza melancólica o madura de la tercera edad? Dime dónde se sitúa esa segunda edad y si se corresponde a un segundo mundo.

JV: Para mi estaría en “Ojos sin párpado”. Tiene que ver con una cierta lucidez. Aquella misma que sirve para soportar la imagen de uno mismo en el espejo sin atribuirse identidades prestadas. Es esta misma que contempla lo relativizable de la belleza que uno ama o busca. Cierta vocación de permanencia, de ya-no-sustitución. Esto tiene que ver con lo erótico y el enamoramiento, tiene que ver con una realidad: si uno no modifica el paradigma de la primera edad, te pasas la vida sustituyendo. En realidad, muy en el sentido de un curso CCC de psicología, estoy calmando una ansiedad interna. Apelo a una belleza, en un sentido más encarnado y humano, que tendría que ver con una vocación de permanencia en lo que uno ama. Porque, permanecer, esa es la verdadera aventura a partir de los treintayalgo. Lo otro, a esta edad, ya es… un coñazo. Me acabo de casar; qué quieres que te diga.

EC: ¿Crees que hay un lugar para la segunda edad en la sociedad de consumo (de usar y tirar)? ¿Contra Houellebecq, quien asegura que “el hombre es un adolescente disminuido”?

JV: Más le gustaría a él. Claro que hay sitio para la segunda edad, que es, precisamente, la edad de quienes detentan —o detentamos— el poder. La edad de detentar. Pero es también la edad en la que te juegas tu personal eternidad. A partir de aquí las elecciones o renuncias mal elegidas, en ambos casos, te conducen a una senectud incómoda. Y yo me quiero morir en paz. Como todo el mundo, me imagino.

EC: Creo que un problema transversal a tu obra es el enfrentamiento enfermedad (especialmente en “Heridos Graves”). Lo cual me parece un tema recurrente de la poesía actual: el replanteamiento del encuentro con el otro desde el punto de vista del posible contagio.

JV: Por supuesto, noto una enfermedad literal, como una suerte esponjosidad, en mi generación. Se trata de comprender que la superficie es tan honda como el sustrato. Los fenómenos se expresan con una transversalidad que va de fuera adentro y de dentro afuera. Debemos comprender que la superficie es tan honda como el sustrato y que esta dicotomía es, desde luego, tan falsa como otras (forma/contenido, por ejemplo). Lo enfermo no es sólo Werther matándose (supuestamente) por amor. La enfermedad está transversalmente atravesándolo todo, por todas partes. Y hay salud en la enfermedad. En la reflexión, incluso en la forma misma de irse de un moribundo puede haber una enorme, luminosa y vertical salud hacia las cosas; mientras que en el éxito social de un futbolista, de un empresario o de un literato puede haber un grado de autodestrucción brutal. Se trata de ser un poco transversal/ancho, inteligente. No ir al fenómeno por su denominación, sino por su halo, por sus efectos, por su olor.

EC: Dices en un determinado momento de Autoría: “Tampoco el sufrimiento está autorizado a emitir documentos de autoridad”. ¿Podrías comentar más al respecto?

JV: Me parece que conecta con todo lo que estamos hablando. El dolor puede convertirse en una piel muy cómoda. Dado que todos sufrimos antes o después, pero que también inevitablemente trascendemos esa capacidad reductora del dolor, el sufrimiento no tendría por qué convertirse en una identidad. Aunque tampoco quisiera ponerme à la Schopenhauer afirmando una ética de la Voluntad, diría que la pulsión de vida a la larga parece más fuerte que todo esto.

EC: ¿Crees que es posible reconstruir una poesía de la afirmación? ¿Se puede recuperar ese sustrato hímnico y elegíaco que se encuentra en el origen de la versificación, en contra de la cosmovisión que asocia este género con la expresión de un pathos de carácter melancólico? ¿Se puede actualizar la oda, el panegírico, el epitalamio?

JV: Absolutamente. Pero ya está recuperado. Lo que sucede es que el formato en que se expresa ese elemento asertivo de la poesía épica no es ya el del Poema del Mío Cid. Tampoco la poesía melancólica se reduce al spleen baudelaireano. Hay a día de hoy una poesía muy contundente… en la afirmación de la fragmentariedad, si quieres.

EC: ¿En quién estás pensando?

JV: Estoy pensando en Mariano Peyrou, en María F. Salgado, en Sandra Santana, Patricia Esteban, Jordi Doce, Ada Salas, Marta Agudo, Carlos Pardo, Andrés Navarro, Alberto Santamaría, muchos más. Hay bastante gente que, afirmando desde cierto temblor, posee una fuerza que ya quisieran muchos romances epigonales en su tiempo. Por ejemplo, decía Wallace Stevens que “lo romántico en poesía debe ser algo constantemente nuevo, y por tanto exactamente lo contrario de lo que la gente entiende por romántico”. El formato en que hace setenta años la poesía perturbaba, producía movimiento y significado en el lector, es un formato más que trillado. Fórmulas anacrónicas, perfectamente codificadas. Ya está sucediendo la actualización que reclamas. Lo que se requiere es una mirada nueva para percibirlo. Hay, no cabe la menor duda, un momento muy rico en la poesía española.

EC: ¿Te atreverías a elaborar un diagnóstico acerca de la poesía actual?

JV: No soy la Sibila de la Historia, ni quiero serlo, así que no me atrevo a afirmar el camino por el que debe avanzar la poesía actual. Sí pienso que nos hallamos en un momento más heterodoxo, interesante y rico que el anterior, con poéticas muy diversas. Un momento que, además, desde el punto de vista generacional no presenta la clásica pulsión percusionadamente parricida, aunque eso ponga las cosas más difíciles para las clasificaciones. Ahora bien, creo que esto tampoco implica un relativismo omnívoro ni una negación de las fisuras intergeneracionales, que las hay, por supuesto. Personalmente, a pesar de que existan poéticas de las cuales yo me desmarco desde el primer verso que escribí en mi vida (¿cómo podría ser de otra forma? La diversidad es saludable) no entiendo que eso implique, en principio, un enfrentamiento personal; espero que la movilización de mis instintos y energía vital tenga causas más cabales (la desigualdad social, las perversiones del capitalismo, hay tantas…). Además, lo deseable es que cada generación establezca sus propias dialécticas, en vez de heredarlas. Y hablando de mi generación, creo que hay un interés común en asumir el matiz, lo interrelacionado que está todo, lo imposible de aprehender una realidad a la que tenemos, se supone, un acceso enciclopédico; lo difícil que es dar una respuesta mínimamente integradora e identitaria. No se puede hacer partiendo de un realismo en el sentido histórico. Por esta razón la poesía se entiende en muchos casos como la oportunidad de, forzando, aventurándose desde el lenguaje, referir ese debate vital. En resumidas cuentas: hay muy buenos escritores… y muy buenas escritoras. Por cierto, he estado a punto de no hacer esa distinción. Insisto en ella no porque sea relevante a nivel literario, sino porque todavía se dan antologías con una desproporción brutal entre hombres y mujeres. El día que no suceda eso podremos hablar de genuina igualdad; no es el caso por el momento…