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Quimera: Revista de literatura, núm. 348, 2012.

«La historia según los galoliberales: Reseña de La sociedad de los iguales, de Pierre Rosanvallon»

Desde que tenemos uso de razón, el pensamiento francés contemporáneo ha gozado de un prestigio desbordante, solo justificado por la gesticulante posición de superioridad que detenta su camarilla parisina. Escribir filosofía continental desde la perspectiva de una región europea como la Península Ibérica, intelectualmente dependiente de los productos filosóficos importados, consiste principalmente en escribir citando a intelectuales que desarrollan su actividad académica de los Pirineos para arriba. Echando un vistazo a las novedades de no ficción en nuestra lengua, resulta difícil encontrar alguna publicación que no esté marcada por ese complejo de inferioridad intelectual, reforzado por la obsesión metarreferencial de buena parte del mundo académico, incapaz de escribir una página sin citar la reflexión de turno de Michel Foucault, Jacques Derrida o Gilles Deleuze, en un círculo citacionista vicioso y sin fin. Por ese motivo, la traducción de la penúltima publicación del penúltimo heredero de los salvajes pensadores galos es una fiesta nacional indescriptible, con independencia de su contenido.

Hablamos de Pierre Rosanvallon, un hombre de singular trayectoria. Durante su juventud participó en la Confederación Francesa Democrática del Trabajo, el principal sindicato católico en Francia, donde se dedicó a escribir los discursos del liberado sindical Edmond Maire, centrados principal sobre el concepto de autogestión, principio medular de la izquierda cristiana que estaban intentando articular entonces. Una vez alcanzada su madurez, Rosanvallon encontró un puesto en la Fundación Saint-Simon, el caballo de batalla del liberalismo de extremo centro, convirtiéndose en el secretario del historiador revisionista François Furet, con quien publicó años más tarde La república del centro, un ensayo sobre «el fin de la excepción francesa» una vez proclamada la Quinta República sobre el Hexágono. Desde hace unas décadas, Rosanvallon secunda el proyecto genealógico —taaaaan francés— de elaborar una historia de los conceptos políticos, sin mucha investigación empírica y con bastante exhibición filosófica. Esta aproximación a la realidad histórica, sin necesidad de abandonar los despachos del Colegio de Francia, cuenta con el apoyo de la nueva historiografía francesa, que desde la década de 1970 nos recuerda con creciente insistencia que los fenómenos políticos, como la Revolución Francesa o la Primera Guerra Mundial, son solo una cuestión de lenguaje, de retórica, de imaginario, de mentalidades…

Este verbalismo obsesionado con los avatares de la representación atraviesa por completo la trilogía iniciada por Rosanvallon en 2006 con La contrademocracia, continuada en 2008 con La legitimidad democrática y concluida en 2011 con La sociedad de los iguales, que es la obra en la que nos vamos a centrar. Dividida en cinco partes, esta apretada síntesis histórica delimita tres principios presuntamente necesarios para la consecución de la igualdad moderna: la similitud, la independencia y la ciudadanía, asociadas respectivamente con la Revolución Francesa, la Revolución Estadounidense y la tradición constitucional. En sus líneas generales, este esquema reproduce las consideraciones de Alexis de Toqueville en La democracia en América, el manual, el libro de texto para liberales franceses que quieran informarse sobre las transformaciones sociales que tuvieron lugar finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Una corriente ideológica, la del liberalismo francés, que ignora u olvida la importancia que tuvo la tradición del republicanismo en el renacimiento de las demandas democráticas en Occidente. Unos liberales, los galos, que miran para otro lado cuando les hablan de la fraternidad francesa de 1793, de la seguridad y la propiedad venezolanas de 1810 o de la comunidad o, por dejarnos de eufemismos, de la Comuna de París en 1871.

Aunque la reconstrucción histórica de Rosanvallon no sea demasiado original, las consideraciones melancólicas sobre la Revolución Industrial sí son reveladoras. De forma bastante certera, este liberal francés localiza la disolución de la igualdad revolucionaria en la consolidación del capitalismo. Sin embargo, se equivoca en situar este fenómeno en 1820. La expropiación material del campesinado se produce con los cercamientos del Antiguo Régimen, y la subyugación de las clases subalternas, con el triunfo de la reacción liberal de la que Rosanvallon, en la longue durée, forma parte. Sea como fuere, estas precisiones históricas no desmejoran el potente alegato contra el capitalismo que ocupa buena parte de La sociedad de los iguales y que apunta a una posible confluencia futura entre diferencias posiciones del espectro ideológico actual. El liberalismo de izquierdas: ¿será posible, en pleno siglo XXI, el renacimiento de ese cadáver?