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Revista de Occidente, núm. 364, 2011, págs. 105-119.

+ Javier Lareu, «La gota que colma el vaso: Entrevista a Zygmunt Bauman»

Ernesto Castro, «¿Desbordamiento de la Modernidad Líquida?»

¿Modernidad líquida? ¿Otra vez con esto? En efecto queridos amigos, Zygmunt Bauman regresa a la carga de nuevo. En esta entrevista que ahora le presentamos, concedida en el madrileño Instituto Polaco de Cultura a finales del año pasado, el aclamado sociólogo nacido en Polonia y naturalizado en Leeds se anima a hablarnos de algunos temas clásicos de su producción (flujos migratorios, turismo, utopía, experiencia de la temporalidad), así como de algunas cuestiones no tan habituales (redes sociales, arte monumental). Enardecidos por el vodka que nos sirvieron las amables gestoras del espacio entramos en diálogo con Bauman; tuvimos el placer de asistir al espectáculo que constituye ver un pensamiento concretándose en directo por boca de uno de los autores más influyentes hoy día. A través de unas cejas canosas y bien pobladas, casi medio siglo de sociología nos contemplaba. Una imagen totémica: dos ojos vidriosos y de un brillo seductor debajo de los cuales se encontraba, humeante, su omnipresente y característica pipa de fumar.

Llevamos disfrutando de los textos de Bauman durante los últimos 30 años y leyéndole con fervor especialmente la última década desde que, allá por 2000, se decidiera a inaugurar el mileno con su Liquid Modernity. Sin embargo, tal vez sea precisamente ahora cuando se produzcan los síntomas de su definitiva inserción en el canon. Si hablamos de número de lectores y reconocimiento por parte de la Academia, el punto de inflexión fue el año pasado –al menos en lo que a la sociología española concierne- cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias ex aequo con el sociólogo francés Alain Touraine. Sin embargo, hace tiempo que el Imperio Bauman se consolidó en el terreno de las ciencias sociales y algunas de sus expresiones son lugares comunes de la tratadística sobre el presente. Ahora que las instituciones dan su brazo a torcer con este autor y comienzan a posar sus garras sobre los lomos de sus libros, recae en las nuevas generaciones situar en qué consiste exactamente la aportación y vigencia de sus teorías para análisis del presente inmediato. Ya se sabe que reconocimiento y debilitamiento suelen ir paradójicamente de la mano; tras el cenit suele esperar el olvido a la vuelta de la esquina; cuanto más alto se llega mayor será la caída. Bauman está, no obstante, asegurado a prueba de golpes para cuando llegue el momento fatídico. Veamos algunas de las claves de este pensador que, quien lo duda, ha hecho historia.

En primer lugar está el concepto de Modernidad Líquida utilizado para designar las sociedades abiertas de nuestros días donde las instituciones, los lazos y las identidades adquieren un carácter bastante más difuso y etéreo. El lema de nuestros tiempos sería aquél que Marx y Engels popularizaran en su Manifiesto Comunista:  “todo lo sólido se disuelve en el aire, todo lo sagrado es profanado.” Con este concepto, Bauman recoge su propia versión sociológica de una serie de evidencias que son, cuanto menos, inapelables: ya no estamos en el contexto de una sociedad guiada por la ideología bienpensante, progresista y liberal de la burguesía; el ethos de la sociedad global no se articula en torno a una ética del trabajo y el ahorro de cuño protestante; se rige más bien por un consumismo circular y omnímodo potenciado por la obsolescencia programada de las mercancías. Como sintetizara brillantemente Daniel Bell, vivimos en una sociedad compuesta por individuos que compatibilizan la responsabilidad por la mañana en sus trabajos y la juerga irresponsable por la noche. Este ocio noctámbulo – alguien podría objetar- siguen siendo una forma más de trabajo diferido a través del consumo. Bauman señala: el sistema no puede prescindir de la función que realiza el individuo en tanto consumidor. Es en este campo donde cada quien ejerce su irremplazable labor para la comunidad, éste es su trabajo en última instancia: el ocio como plusvalía del trabajador contemporáneo.

Modernidad líquida. Como se puede observar en el término mismo, Bauman considera que las dinámicas sociales de nuestros días no suponen un corte tajante respecto del periodo moderno, ni siquiera una superación dialéctica de su estructura, no hablemos ya de un repliegue perverso sobre sí mismo, sino en todo caso una  continuidad en el recrudecimiento de algunas tendencias ya presentes in nuce en la Modernidad, con la inclusión -tan importante- del factor líquido. Aquí se encuentra la principal diferencia con los teóricos de la postmodernidad: François Lyotard y Frederic Jameson, fundamentalmente. Ahora bien, dado que los elaboran una exégesis del presente partiendo de su oposición diferencial respecto de la Modernidad, buena parte  de la discusión se solventa precisando sencillamente a qué Modernidad se refiere cada quien y qué entiende por la Überwindung del periodo moderno (término que se puede traducir indistintamente como superación, debordamiento o consumación). Así pues, esta diferencia de posiciones, no es tanto una oposición como una alternativa, dos aportaciones que en la práctica tienden a solaparse y poseen gran afinidad entre sí. La postmodernidad en su versión jamesoniana se contrapone al Modernismo estético, y en la versión de Lyotard a la era de los Grandes Relatos, mientras que Bauman hace un uso más amplio y vago del término: su Modernidad está marcada por el equilibrio entre el proyecto humanista y las dinámicas individualistas; una balanza que termina inclinándose en nuestros tiempos en favor del individualismo y en detrimento del proyecto ilustrado. Buena parte de la apuesta ética de Bauman, presentada en consiste precisamente en apelar a ese espíritu humanista perdido a modo de resistencia frente a las dinámicas asociales puestas en marcha por la circulación del capital. En su libro Mundo Consumo, Bauman vincula su apuesta ética con el reconocimiento del otro en tanto Otro, una forma de la alteridad popularizada por Emmanuel Levinas que me impele a actuar en respuesta a su demanda. Dos objeciones se plantean a este planteamiento, como a cualquier otro que quiera pensar la ética en términos de reconocimiento de diferencias: a) El soporte de la ética capitalista no es otro la fascinación genuinamente turística por el otro en su exotismo, en su alteridad radical; el sistema de mercado no tiende a la homogeneidad sino a la reproducción ad infinitud de las diferencias en un sistema de competencia donde todo, a priori, está legitimado; en resumen, el multiculturalismo encubierto de Bauman es, como objeta Badiou a Levinas, una herencia del colonialismo fundada en “la fascinación verdaderamente turística por  la multiplicidad de los usos, de las costumbres, de las creencias” y “se sostiene en una sociología vulgar, heredera del asombro colonial ante los salvajes”. b) Como bien ha señalado Eloy Fernández Porta, estas propuestas a contracorriente de la sociedad de consumo tienden a recaer en un esencialismo blockbuster: el uso publicitario de criterios y valores humanistas en el contexto de una estrategia competitiva entre mercancías culturales. Apelar a la resistencia, la oposición y la denuncia del sistema establecido – habitualmente identificado con el capitalismo en términos absolutos y abstractos- es uno de los dispositivos simbólicos más requeridos a la hora de legitimar un producto cultural dado. “Intentar vender un libro sin contar con ese argumento es jugar con fuego”, dice Fdz Porta.

Según Bauman, uno de los prototipos de la Modernidad Líquida es el nómada, el desarraigado, el eterno caminante sin destino fijo ni residencia conocida. En su doble vertiente: tanto el turista que viaja por placer como el inmigrante que lo hace por necesidad son piezas intercambiables de una sociedad sometida a constantes flujos migratorios. Ello codifica una nueva experiencia de la especialidad. La rapidez a la que se transmite la información a través de los media y la velocidad a la que se desplazan millones de pasajeros sobre la superficie del planeta habrían de abolir las distancias entre un lugar y otro, alcanzando la configuración de un continuo espacio-temporal globalizado. Sin embargo, esto es sólo una verdad parcial. Si bien es cierto que los hipermodernos sistemas de comunicación parecen abolir las distancias en una inmediatez ubicua en que todas las cosas son reproducidas mediáticamente en todas partes, configurando de este modo un continuo espacio-temporal que la ideología al uso presenta como perfectamente transparente, accesible, sin exterioridad, ni limitación estructural alguna; no menos cierto es que nuestra existencia se configura entorno a importantes lapsos de tiempo donde simplemente se espera, rompiendo con la lógica de la velocidad y el movimiento que Paul Virilio adscribe unívocamente a nuestros días.  No solo se trata de que, como dice Bauman, un 80% de la población muera en un radio de 15 kilómetros del lugar de su nacimiento; la experiencia de aquellos que sí que viajan está determinada específicamente por fenómenos vinculados al emplazamiento, a la localización y, en última instancia, la espera: atascos, cancelaciones y retrasos de vuelos, colas de pasajeros en el aeropuerto para pasar por el control de metales, etc. Es más, estos mismos síntomas de retardo y dilatamiento del tiempo están presentes tanto en la entrega sin reparos al consumismo como en la resistencia al poder establecido: por un lado la cola de espera para pagar en caja en el supermercado, por otro la manifestación pública, en que la densidad asistentes es, las más de las veces, una forma del atasco político.

El objetivo de esta entrevista es muy sencillo: preguntar a Bauman por la posibilidad de articular en los márgenes de lo social formas de existencia distintas a aquellas que él había diagnosticado detalladamente en sus escritos; es más: proponer ejemplos de fenómenos mayoritarios en la cultura actual que parecen dirigirse en otra dirección a la que, en principio, podría deducirse de su perspectiva. En una de nuestras preguntas  llega  incluso a  deslizarse una de las expresiones tabú de nuestros días: eternidad. ¿Se puede pensar en una forma mediatizada, institucionalizada o consumista de una forma de temporalidad no-efímera? Así pues, cumplimos con el papel que nos correspondía: ejercer de parricidas no tanto empuñando contra el maestro objeciones afiladas cuanto haciéndole al mismo desnudarse por un momento y mostrar las fallas de su propio discurso. También formaba parte de la puesta en práctica de esta representación el que Bauman fagocitara con ingenio las objeciones formuladas, bien incluyéndolas dentro de su postura al tratarlas como corolarios adyacentes a su teoría, bien excluyéndolas como fenómenos subsidiarios de una tendencia general que claramente conduce al Homo Surfer como paradigma contemporáneo de la Modernidad Líquida. A lo largo de la entrevista se da cierta inconmesurabilidad entre las preguntas planteadas y las respuestas aducidas. El lector podrá obtener a través de estos intersticios una lectura propia basada tanto en lo dicho como en lo inconscientemente olvidado o secretamente reprimido. El amplio espectro de ideas que fue capaz de exhibir Bauman aquella tarde de diciembre de 2010 y la liberalidad con la dio cuenta de las dificultades inherentes a su postura, negándose a abandonar ciertas premisas básicas de la misma, habría de ofrecer una advertencia para los detractores.

Se han planteado algunas objeciones a Bauman que refieren a la obsolescencia de aquellas teorías como las de Bauman que quieren pensar nuestros tiempos en términos de una Überwindung de la Modernidad. Algunos detractores acusan las limitaciones de la Modernidad Líquida, restringiendo su validez de aplicación al periodo inmediatamente posterior a la caída del Muro. Se dice de Bauman, Baudrillard, Jameson y Virilio –por señalar los más destacados- que no poseen las herramientas analíticas necesarias para llevar a cabo una exégesis de las estructuras sociosimbólicas que pone en juego las sociedades actuales. Tres frentes abiertos:

(i) El debate acerca de la memoria colectiva en relación con la experiencia traumática del terrorismo y la emergencia de un arte monumental que parece haber llegado para quedarse, ajeno a la temporalidad de lo efímero. Si aceptamos, como afirma Baudrillard, que el 11-S se inscribe dentro de la lógica del simulacro –un pseudoacontecimiento producido con el único objetivo de ser reproducido urbi et orbe y en directo- qué diremos de los atentados en Atocha y posteriormente en Londres, donde el espectáculo de la catástrofe se mostró en diferido, eliminando los restos rápidamente. Otras preguntas: ¿acaso la guerra del Golfo no ha tenido lugar?, ¿qué decir de la Crisis Financiera?, ¿y la crisis energética/ ecológica? En resumen: ¿no nos basta con las bofetadas que nos ha dado la Realidad® para despertar de la amnesia postmoderna?, ¿cuántos muertos cuesta salir de la sociedad del espectáculo?

(ii) La polémica acerca del estatuto de Internet en relación con la construcción identitaria de los llamados nativos digitales: aquellos individuos que habiendo crecido a la par del desarrollo los nuevos de comunicación, y habiendo construyendo sus afinidades e identificaciones a partir de ellos, no perciben en la Web 2.0 una amenaza para su identidad, sino su fundamento más firme. En las redes sociales no están formadas por usuarios anónimos que juegan con máscaras prestadas de identidad variable, sino con sujetos unívocamente definidos, personalidades nítidamente recortadas en virtud de un perfil exhaustivo que contiene todo lo que siempre quisiste saber y nunca te atreviste a preguntar de tus amigos más cercanos, al igual que los más ajenos. En palabras de Fdz Porta: “Los ciudadanos que se formaron durante el postmodernismo vivieron bajo la égida de una idea muy extendida: “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Creo que el auge de la época digital, aunque también trae consigo sus disoluciones y sus disipaciones, nos enfrenta con una condición distinta, contrapuesta: “todo lo etéreo se consolida en la red”. Cosas etéreas: amistades, vínculos, deseos: factores que adquieren en la web una dimensión contractual –y se articula en estructuras con frecuencia bien visibles-.”

(iii) La cuestión candente de la utopía. Una vez que la Tesis de Yukuyama sobre el fin de la Historia tras la caída del Muro se ha visto sometida a mofa y escarnio por parte de todos los intelectuales relevantes de nuestro tiempo, ¿cabe repensar el futuro desde la perspectiva de la emancipación y la utopía o, como dijera Fernando Arrabal en uno de sus momentos estelares, habremos de tomar conciencia que el milenarismo va a llegaaarrr? A mi juicio, para este último debate habrá de tomarse como horizonte teórico las revueltas recientes en Oriente Próximo en nombre de la democracia y los derechos constitucionales.

Resumiendo: el debate acerca del presente (redes de comunicación), el pasado (memoria) y el futuro (utopía) es el amplio marco donde se inscribe esta entrevista. Eso es decir poco. Y lo demás, bueno, lo demás ya lo pueden leer ustedes mismos.

Ernesto Castro y Javier Lareu, «Disquisiciones en torno al homo surfer: Entrevista a Zygmunt Bauman»

Javier Lareu [JL]: Atendiendo a nuestro “mundo líquido”: a su sucesión de nuevos comienzos, de cambios constantes, al movimiento permanente... ¿Ve usted algún contexto social relevante donde pueda existir una experiencia temporal diferente en nuestros días?

Zygmunt Bauman [ZB]: Bien: lo cierto es que en el moderno mundo líquido uno puede no salir nunca de su casa y, sin embargo, ya está viajando. Incluso sin moverse una pulgada. Este es precisamente el problema que nos encontramos en la moderna sociedad líquida. Uno puede estar ligado a una zona en concreto de Madrid, digamos; incluso al bloque de pisos donde nació y pasó toda su vida. Sin embargo, las instituciones que hicieron posible esa vida, aquellas donde uno encontró empleo, antes o después habrán desaparecido, se habrán desplazado a otro sitio, se habrán alejado no ya sólo de esa zona de Madrid, sino acaso de España o hasta de Europa, marchándose a Asia o a cualquier otro lugar. Al mismo tiempo las relaciones y asociaciones personales habrán cambiado un buen número de veces. Probablemente los promotores  inmobiliarios habrán acudido a la zona y habrán modificado el entorno por completo. De modo que uno sigue viviendo allí, pero ya no se trata del mismo lugar.

Me estoy refiriendo a todas estas circunstancias porque, en la vida de nuestros días, en el moderno mundo líquido, el efecto psicológico más importante para la experiencia individual es precisamente lo que podríamos llamar la “premonición de la incertidumbre”. La conciencia de que uno no podrá realmente prever, anticipar, intuir o adivinar siquiera con algún tino qué es lo que va a ocurrir, cuál será el siguiente reto, cuál será la situación. Uno no se siente con el control de su propia vida. Es más: uno se siente impotente. Bajo condiciones de incertidumbre crónica, el individuo se siente incapacitado para impedir que esto o aquello ocurra. Se carece de las herramientas, de los recursos que permitirían incidir sobre los acontecimientos en beneficio propio. Y  esta combinación de incertidumbre e impotencia, o no tanto genuina impotencia cuanto sensación de impotencia, es la que resulta en el síndrome psicológico característico de la vida en nuestra moderna sociedad líquida.

No obstante, habiendo señalado esto, trazado este panorama general válido para todos los casos, ya se traslade uno o permanezca en casa, ya disfrute viajando o por el contrario  lo aborrezca, debemos hacer esta importante  distinción. En uno de mis trabajos, en efecto, he tratado de distinguir dos figuras básicas en la moderna sociedad líquida: una es la del turista y la otra es la del vagabundo. Las dos están estrechamente conectadas. El turista es un vagabundo voluntario, mientras que el vagabundo es un turista involuntario u obligado a moverse contra su voluntad. La diferencia entre ambos puede plantearse así pues, principalmente, como una diferencia psicológica.

No obstante, una segunda distinción necesaria aquí alude al hecho de que los parámetros de la moderna sociedad líquida dividen, de forma decisiva, la composición de la sociedad. La gente queda dividida entre aquellos que gozan de flexibilidad, que se pueden mover a voluntad allá donde piensen que la hierba crece más verde, que las oportunidades son mayores, que la vida es más placentera, con menor número de aspectos enojosos; y, por otro lado, el grupo extremadamente más grande de gente que está atada a su localidad, que no puede moverse fácilmente. Si, por ejemplo, una gran compañía industrial cierra y transfiere su capital a un país lejano, los encargados, los jefes, los dueños del capital, se mueven fácilmente juntos allá donde va el capital. Pero la gente que se ganaba la vida trabajando para esa compañía es reemplazada; ellos no pueden moverse fácilmente, y si lo intentan, como es sabido, según las prácticas que restringen la migración contemporánea, serán detenidos en la frontera más cercana y enviados de vuelta a casa, pues en otros lugares no son bienvenidos. Cuando uno  transita a menudo por aeropuertos, es fácil ver que la gente recibe un trato muy diferente al atravesar los controles de inmigración y de pasaportes. Unos son recibidos  con mucho agrado, y a otros se les detiene para someterles a un trato especial. De manera que se trata de una división muy pronunciada.

En realidad, de hecho, de acuerdo con algunos cálculos algo así como el 80 o hasta el 85 % de la población del planeta no se desplaza a ningún sitio. Muere en el mismo lugar donde nació, o en un radio de 10 o 15 kilómetros. Así que la impresión de que todo el mundo está en movimiento es ciertamente engañosa, eso ha de quedar claro. Pero, como dije al principio, incluso si uno no viaja está expuesto a esta liquidez de la sociedad moderna. Si uno no cambia, entonces el cambio acudirá hasta uno. Sin pedirle permiso. 

Ernesto Castro [EC]: En este sentido, abundando en la búsqueda de una posible alternativa: ¿cree usted que existe alguna oportunidad para una experiencia temporal diferente en el arte, en el arte monumental? Por ejemplo, pensemos en el monumento al Holocausto en Berlín. ¿Cree que esta forma de arte supone una oportunidad para la memoria, para una experiencia vital que pudiera plantearse aún en términos de una cierta eternidad?

ZB: No lo sé. Lo cierto es que no se puede suprimir la posibilidad definitivamente. Siempre resulta posible que un factor así comience a jugar un papel importante en el comportamiento de la gente, en su forma de pensar el mundo. Pero  todo parece apuntar en contra. La cultura contemporánea en la que vivimos hoy, la que es dominante y nos conforma desde la edad más temprana, no es una cultura del aprendizaje sino del olvido. Y los acontecimientos o episodios se suceden pisándose los talones unos a otros a velocidad de vértigo. Muy raramente tenemos la oportunidad de detenernos para reflexionar de manera honda y asimilar qué es lo que está ocurriendo realmente, yendo a las mismísimas profundidades de nuestros asuntos. Actualmente, la expresión más popular no dice ya que vamos “nadando”, sino “surfeando” a lo largo de nuestra vida. Y surfear significa desplazarse sobre alguna clase de tabla, mientras que cuando uno nada al menos se moja y luego ha de detenerse y hacerse con una toalla para secarse con ella; pero cuando se es un buen surfista, uno nunca se moja, y puede seguir surfeando indefinidamente sin sospechar siquiera lo que hay abajo, más abajo de la tabla y de la superficie sobre la que se desliza.

Esa es la tendencia. ¿Cuánto tiempo se prolongará? No podemos saberlo. Quiero ser muy cauto a la hora de comprometerme con esa clase de predicciones a largo plazo, porque a lo largo de mi vida imperdonablemente larga -85 años, qué cosa tan terrible- he pasado por un cementerio de promesas que nunca se cumplieron, de esperanzas que nunca se hicieron realidad, de nuevas modas que eran fascinantes y con las que la gente estaba emocionada pero que de pronto se difuminaron y se evaporaron y ya nadie las recuerda.

La cuestión del monumento, la cuestión de la memoria histórica en general, es muy complicada. Hoy día, es cada vez más usada, podríamos decir, para jugar juegos a corto plazo, juegos políticos, más que para promover una cierta determinación a partir de un cierto curso histórico.

JL: Continuando de alguna forma con la búsqueda de oportunidades o alternativas: en algunos de sus libros ha escrito usted sobre las redes sociales surgidas en Internet, especialmente en relación con el contexto del mundo de consumo. ¿Ve en estas redes algún resquicio para una relevante construcción de relaciones humanas, para el desarrollo y afianzamiento de lazos, más allá de esa tendencia que prima el desprenderse, el deshacerse de cuanto sea necesario para poder renacer o empezar de cero?

ZB: Esa es una gran preocupación, y me agrada mucho que llame usted la atención sobre ello. Veamos: es muy difícil estar absolutamente seguro de lo que ocurrirá. Pero lo que puede sospecharse, o yo al menos sospecho, es que el aspecto decisivo del atractivo que presentan estas redes, que implican el uso de aparatos electrónicos y el uso de Internet, conlleva una gran diferencia con respecto a las comunidades tradicionales, más exigentes, más severas, que ponían a prueba a sus miembros y los vigilaban, como una suerte de Gran Hermano, supervisando su comportamiento y sus posibles desvíos de las pautas a seguir, desvíos por los cuales serían castigados o que incluso podrían acabar con la exclusión. Y todos sabemos lo que significaba ser excluido de la comunidad. Sócrates prefirió incluso beber su veneno  antes que ser expulsado de Atenas. Fuera de la comunidad, como escribió Aristóteles, sólo las bestias y los ángeles pueden vivir. Y ni siquiera Sócrates era un ángel, y no quería ser una bestia, de modo que la única tercera vía era beber el veneno. Tal era el problema entonces. Las redes sociales, sin embargo, son muy  cómodas. Son inofensivas. Vienen acompañadas de un trato incluido en el propio “pack”: tan fácil es unirse a ellas, como salirse de ellas. Es todo, de nuevo, como surfear: eminentemente superficial. Uno puede pertenecer a un gran número de redes a la vez, incluso asumir diferentes identidades en las distintas redes. Así, éstas son atractivas precisamente porque no fuerzan a adoptar obligaciones a largo plazo. Uno puede siempre cortar:  existe un botón que dice “borrar”, uno hace clic sobre él, y fin de la historia.

Por lo demás, no se trata sólo de las redes. Tomemos, por ejemplo, la popularidad de las citas por Internet, que es otro fenómeno cultural muy interesante. Frente a ellas, hasta los pubs para solteros, creados especialmente para gente en busca de compañía, para que pudieran acudir allí sabiendo que los demás también la buscaban, de modo que eso pudiese animar incluso a los más tímidos; hasta estos lugares, decía, están ahora en crisis y quiebran uno detrás de otro. La gente prefiere las citas por Internet. ¿Por qué? Bueno: si uno quiere romper una relación en la vida real, se encuentra en dificultades. Tiene que inventar todo tipo de excusas, tiene que mentir, explicar por qué cambió de idea, por qué no se mantiene en contacto, por qué no llama, por qué no quiere que queden ya, que se toquen. En Internet es mucho más fácil. Uno deja de mandar mensajes, deja de contestar mensajes. De este modo, el individuo se asegura contra la auténtica dificultad de la convivencia humana. Porque esta es un asunto muy difícil, no hay duda de ello. Un asunto de mucha responsabilidad, que requiere negociación constante, compromisos constantes, sacrificios constantes y esfuerzos de este tipo, de los que la relación social a través de Internet está libre. Que uno pueda construir sobre ella una estructura estable es sumamente dudoso. Puesto que todo allí, todo el atractivo de estas redes, reside precisamente en el hecho de que suprimen y liberan de las obligaciones o compromisos a largo plazo. Uno puede en todo momento llevar adelante las cosas sólo “hasta próximo aviso”. Simplemente probar, ver cómo va, y si se da fácilmente, de acuerdo, se continúa. Si no, a la primera dificultad que uno encuentre, siempre se puede marchar a otra parte. Ahora bien: no se puede construir una comunidad real sobre esta base.

EC: Sin embargo, usted ha hablado también sobre la burocracia. En relación con el modelo que esta supone: ¿no cree que, al mismo tiempo que actúan del modo que usted describe, Internet y todas estas redes sociales vienen a facilitar el control y la vigilancia de la gente, en la medida en que todo lo que tiene lugar allí queda grabado y expuesto para cualquiera que desee acceder a ello?

ZB: Bueno, vamos a ver. Por decirlo de manera demasiado simplificada, como soy consciente de estar haciendo aquí ante todas estas preguntas de  gran importancia que requerirían una atención más prolongada y profunda... Por decirlo de manera simplificada, como decía: no se puede contrarrestar la tendencia hacia la liquidez añadiendo más agua. Reitero que los lazos, las conexiones creadas en Internet son realmente virtuales, electrónicas, no son lazos reales. Pueden ser rotas fácilmente, lo cual las hace absolutamente diferentes de los verdaderos lazos humanos, que no pueden ser rotos con facilidad, esa es su característica clave: trabajan por estabilizar, por asentar el movimiento, por dar reposo al cambio. Gran parte de la historia moderna se desarrolló bajo la consideración del cambio como una molestia temporal: el cambio era necesario “por el momento”, hasta que, por ejemplo, satisficiéramos todas las necesidades humanas. Las necesidades humanas eran consideradas estables, constantes; uno podía realmente coger un pedazo de papel y lápiz y calcular cuánto tenía que producir para satisfacer todas las necesidades humanas, y una vez se lograse esto, el cambio habría de detenerse, no sería necesario. Las mentes más poderosas entre los economistas del siglo XIX consideraban incluso el crecimiento económico como un fenómeno temporal. Este debía darse hasta que por fin estabilizase su vuelo una economía capaz de cubrir las necesidades de todos. Una vez se lograra esto, no haría falta más crecimiento, ¿para qué? El esfuerzo extra ya no sería exigido. Uno se podría limitar, la sociedad se podría limitar, a la monótona repetición de lo mismo, año tras año, y la energía sobrante podría ser dedicada al desarrollo de las artes, de la filosofía, de lo que fuera. El fin del cuento sería, así pues, esta sociedad perfecta. ¿Y sabe cuál es la definición de una condición perfecta, de un estado perfecto? Un estado perfecto es aquel en el que todo cambio adicional sólo podría ser para peor. Lo que significa que, una vez se ha alcanzado la perfección, no sólo no se necesita cambiar más, sino que no se debería procurar hacerlo pues se arruinaría la cosa, porque ya no se puede mejorar.

Pero esa idea está, se mire como se mire, muerta a día de hoy. Y el sentimiento  contrario que prevalece, lo que supone la pesadilla contemporánea, es justamente el pavor de que todo posible cambio se suspenda o detenga. Que, de aquí en adelante, todo vaya a ser igual. Esa es la pesadilla. Lo que resulta realmente interesante es que, como escribió Blaise Pascal hace mucho tiempo, lo que realmente mantiene viva a la gente es cazar, no matar a la presa. Una vez que se la ha matado, no es más que un cadáver, está muerta, y no hay placer alguno en ello. Pero estar cazando la presa, eso sí es un placer, algo que le mantiene a uno ocupado, activo...

De modo que esta es la tendencia actual. Pero seamos cautos. He enseñado sociología durante 60 años, o algo más de 60 años, y he tenido que cambiar muchas veces a la hora de hablar de la “tendencia actual”. He tenido que modificar mis apreciaciones una y otra vez. Y no puedo decir, no estoy en posición de afirmar, si la actual tendencia de trocear la vida en episodios independientes y aislados, de puntuarla de nuevos comienzos, cada año o cada dos años, empezando de nuevo, reencarnándose; no puedo afirmar con certeza si esta tendencia durará o no. Por el momento, sin embargo, la gente no está preocupada tanto por estabilizar una identidad, un sitio en la sociedad, cuanto por mantenerlo abierto, de modo que las nuevas oportunidades puedan ser atrapadas en caso de que se presenten. Creo que es mucho más acertado hoy en día hablar, no de procesos de identificación, sino de procesos de “reinvención”. Predigo, esto sí creo poder predecirlo, que en su vida usted tendrá que reinventarse a sí mismo una serie veces, no pocas. Por tanto, las cosas no son como en mi generación, cuando estábamos impresionados por Jean Paul Sartre, que nos enseñó que el secreto de la vida buena, decente o digna residía en producir lo que él llamó “project de la vie”, un proyecto de vida. Usted habría de imaginar cómo sería a mi edad, por ejemplo. El proyecto de vida traería consigo un conjunto de recetas para saber exactamente qué hacer para consumarlo, y el resto de la vida no sería sino el duro y constante trabajo de lograr hacer realidad esa idea de uno mismo. No sé si los jóvenes contemporáneos son capaces de planificar sus vidas más allá del año siguiente. ¿Sería capaz de darme una descripción de su “project de la vie”? No estoy seguro de que la vean como una idea válida, como una idea atractiva. ¿Quién sabe lo que el futuro deparará?; eso es lo que se pregunta todo el mundo. Quizá lo que parecía atractivo en un momento dado se nos mostrará luego como un paso criminal. Así, hoy día, buena parte de los jóvenes ambiciosos sueñan con acudir a esa meca contemporánea de los universitarios brillantes que es Sillicon Valley, en California. Ese es el logro más alto que puedan soñar. Sin embargo, la duración media del empleo en Sillicon Valley es de ocho meses. Así es como se confrontan hoy los sueños con la habilidad de hacerlos realidad.

JL: Por último, señor Bauman: en su libro Vida líquida, usted afirma que no hay atajos hasta la utopía; y se pregunta, siguiendo a Adorno y Hannah Arendt, cómo puede plantearse la tarea del pensar. En este sentido, usted recupera la noción de “mensaje en una botella” propuesta por Adorno. ¿Cuál es nuestro mensaje en una botella, señor Bauman? ¿Cuál podría ser en nuestro tiempo, si es que encuentra alguno, ese mensaje en una botella?

ZB: La idea del “mensaje en una botella” es en efecto una idea muy poderosa. Adorno tuvo la sensación, y a veces comparto su punto de vista, de que si uno mira en torno descubrirá que, en realidad, no hay fuerzas sociales visibles, de carácter político, que puedan llevar a cabo esos altos ideales que se propuso la Ilustración. La de la Ilustración fue una bella idea: la visión de una clase de sociedad diferente, noble, que asegurase a todo el mundo una vida digna, coronada por el respeto y autoestima, y donde cada persona encontraría su lugar adecuado en la sociedad, un sitio propio en el que encajar. Ahora bien, este testamento de la Ilustración está lejos de hallarse  cumplido. Y aquí, el elemento adicional aportado por Adorno fue la afirmación de que, en la sociedad contemporánea, a quien había que acusar era a la cultura de masas, a la comercialización de la cultura, como causante y culpable de esta situación en la que no habría ninguna instancia visible que pudiera ejecutar el necesario desarrollo social. Y mucho me temo que nosotros estamos aún en la misma situación, en el sentido de que,  si bien hace 50 años la gente estaba preocupada con el problema de “¿qué ha de hacerse?”, hoy la gran pregunta, la más difícil de todas, no es ya esta -qué ha de hacerse es ahora la parte más fácil del problema: más o menos somos capaces de sentarnos en torno a una mesa y hallarnos de acuerdo en los puntos importantes-; la verdadera dificultad reside hoy en la pregunta: “¿quién va a hacerlo?”. Aun existiendo iniciativas, aun existiendo movimientos sociales, lo que ocurre es que se caracterizan eminentemente por su fugacidad, por su incapacidad de descifrar profundamente las cosas. Normalmente se desmoronan bien antes, no ya de que su propósito esté cumplido, sino mucho antes incluso de que se halle remotamente cerca de estarlo.

Así, ¿qué nos dice la metáfora de “mensaje en una botella”? Aquí Adorno fue más lejos de lo que a mí me gustaría ir, porque afirmó que la forma más noble y racional de compromiso, en estas circunstancias, es justamente la falta o ausencia de compromiso. Mantenerse apartado, no dejarse absorber por estas tendencias que predominan hoy. Mantenerse distante y continuar hablando, escribiendo sobre aquellas esperanzas cruciales, sobre aquellas posibilidades aún incumplidas, que siguen en suspenso pero no destruidas, pues no se puede destruir la esperanza definitivamente, no se puede destruir de manera definitiva lo posible, aunque sí se pueda dejar al margen, olvidarlo y no hacer nada por ello. De manera que, como tarea del pensar, tendríamos que seguir recordando esto; y ello es como introducir un mensaje en una botella. Luego uno lanza la botella al mar. Y entonces solo queda esperar que pase un barco cerca y que haya un marinero que vea la botella. Quizá este marinero sentirá tanto interés por el contenido de la botella que efectivamente se lanzará a un pequeño bote y se acercará para recogerla del mar. Y entonces, quizá, se sentirá tan interesado como para forcejear con el corcho e intentar deshacerse de él para descubrir lo que hay dentro. Y, quizá, este marinero en concreto estará versado en el idioma y será capaz de leer el pedazo de papel que ha encontrado;  y, quizá, será lo suficientemente razonable como para encontrar sentido en él. Y, quizá, incluso, estará lleno de vitalidad hasta el punto de agarrar este trozo de papel e intentar convertirlo en realidad, convertir el verbo en carne... De modo que: ¿ve cuántos  “quizás” hay en el camino?

Se trata, en efecto, de una esperanza muy remota. Pero, en el caso de Adorno, estamos ante un hombre muy frustrado, muy decepcionado, especialmente después de su experiencia americana. Él pensó que esta era la única actitud honesta que uno podía mantener. No hay alternativa. Si uno intenta jugar al juego al que se juega hoy, no  notará siquiera cuán fácilmente es absorbido hasta olvidar su mensaje original y el propósito que lo llevó a jugar. Tal es el destino aun de los partidos políticos más idealistas, que, como sabemos demasiado bien, se transforman más allá de toda medida una vez que alcanzan el poder

Javier Lareu, «Apostilla: Volver a construir»

Hace años se publicó en estas mismas páginas, o en sus ya lejanas predecesoras, un artículo único al que no sucederían otros con igual firma. En él se retomaba la noción de “estructura” propuesta por Zygmunt Bauman como ámbito de libertad, como matriz ordenadora producida a partir de objetos y acontecimientos previos y siempre capaz de promover nuevas combinaciones o sistemas. El artículo recuperaba en ese sentido la figura del bricoleur, heredada de Levi Strauss, para reconvertirla en emblema principal de quien se afana en ir recogiendo materiales diversos y procura ensamblarlos, en vista de sus propias peculiaridades, a través de las articulaciones de la estructura. Esta, abierta siempre a nuevas ordenaciones y hallazgos, solo podría ofrecer una consistencia provisional. Pero ello estaba lejos de minar los afanes del bricoleur. De hecho, solo los hacía inacabables, constantes.

Digamos que no iba con el estilo del bricoleur querer “terminar de una vez”. Tampoco pretender “empezar de cero”. Ni lo uno ni lo otro casaban en mayor medida con el autor de aquel único artículo. En realidad, su texto no tuvo otro origen que una intervención oral transcrita y publicada sin apenas conocimiento de quien la pronunció. Tanto estaba ya escrito. ¿Para qué sumarse a la desvergüenza de refreír y refreír? Más valía discutir de viva voz sobre lo que se terciara, llevarlo ese año a las aulas, debatirlo con conocidos o amigos que seguramente acabarían por publicar. Y sin embargo, al menos pasivamente, parece que en aquella ocasión también el profesor Tomás Pollán se dejó fijar un poco. Dejó que alguien diese a sus palabras un lugar más o menos sólido, que se hiciera de ellas una serie de muescas sobre papel. Nada desde luego monumental y definitivo. Pero sí algo insertado en un cierto hilo de la continuidad del que aún forman parte, salvando insalvables distancias, estas páginas.

Tampoco es que se haya de tejer más que un hilo bien tenue, mantenido en precaria tensión. Fácilmente puede quebrarse o desaparecer. Quizá justamente por eso, su solidez relativa se deja tolerar. Ya no es cuestión de hallar un tejido férreo destinado a cubrirlo y atraparlo todo hasta anudar las trazas del mañana. Se trata más bien de un delgado hilo cargado con realizaciones, historias o conceptos que volver a retomar. Una vez más; otra vez. Con el esfuerzo moderado pero incesante de aquellos para quienes no termina de darse una estructura sólida en cuyo seno hallar descanso. Aquellos que han de seguir reconstruyendo, y que para hacerlo con algún norte no buscan procurarse un solar, sino asumir justamente los retos de las ruinas y los fragmentos heredados. Pero siempre parece más fácil volver a empezar. Diseñar desde cero y a voluntad, sin el lastre de pasados residuos o manchas.

Y a fin de lograrlo: borrar, eliminar, suprimir. O bien ignorar y suplantar. En cualquier caso, mantener el panorama despejado de escombros y elementos ajados. Disolver la consistencia de cualquier vieja huella o estructura, de manera que todo pase a ser nuevamente posible. Sumar cada día nuevos “eventos” de modo que apenas cuenten los ya sepultados. Añadir cada día nuevos “contactos” de modo que cuenten mucho menos los que se hayan de perder. Tales serían, efectivamente, algunos trazos del mundo líquido y reino del consumo descrito y revisitado en sus muchas páginas por Zymunt Bauman. “Consumiendo la vida” ofrecería una traducción más literal de su Consuming life aparecido en nuestra lengua como Vida de consumo. Vida consumida y acelerada que se antojaría como la única alternativa de nuestro tiempo. Pero las más de ocho décadas de vida del profesor Bauman le han permitido ver y estudiar algo más,  más allá de los sucios pañales de nuestra época, como escribiera Walter Benjamin. Los viejos anhelos de solidez y persistencia regresan en los textos del sociólogo polaco  como reliquias ya polvorientas que no obstante nos vuelven a apelar. Por debajo de la espuma y el estruendo de las corrientes de nuestra escurridiza modernidad, resuena todavía con fuerza la vieja búsqueda de asideros y cauces perdurables. La cuestión es, quizá, si habrá hoy entre quienes aún oyen bricoleurs capaces de asumir el reto de construir y reconstruir, ingeniosa y renovadamente, una solidez moderada.

Pues lo que parece claro es que, para bien y para mal, el tenue hilo de la continuidad ha de repetirse, volver a poner en juego su verdad. Ya sea desde la mayor fijeza de la letra impresa (por lo demás, cada vez más virtual y menguante) o por medio de discusiones universitarias o amistosas de viva voz, los posibles tesoros del pensamiento y la experiencia solo pueden ser rescatados una y otra vez, buscándolos e izándolos de nuevo de entre la chatarra y las tinieblas del olvido para situarlos, una vez más, ante la vista y la consideración ingeniosa del bricoleur, y a fin de cuentas entre sus experimentadas manos. Eso a cada momento, en cada nueva oportunidad. Y sin embargo, a pesar de todo, casi podría distinguirse cualquier cosa antes que cansancio en el profesor Tomás Pollán, quizá menos que nunca cuando aún acude a un antiguo café de Madrid y desenvuelve el afilado privilegio de su charla. Y lo mismo podría decirse del emérito profesor Bauman. Sus palabras que a esto anteceden, aquí más calladas pero fijas, llegaron al final de un día agotador. Aun así fueron pronunciadas con guiños y  más de una chispa de entusiasmo en los ojos, con énfasis oportunos y crecientes, con reposada pero pujante convicción. Reflexiones pausadamente trabajadas y visiblemente incorporadas: casi se diría que palabra encarnada, hecha músculo por tantos años de esfuerzo e indagación. Construcciones del pensamiento, de todos modos, más bien fruto de una atenta y cautelosa reconstrucción. Y esta nunca se acaba.