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El Confidencial, 30/11/2015.

«La filosofía, ese invento del franquismo»

Homo Velamine, un colectivo ultrarracionalista especialmente conocido por la pancarta que desplegaron en la plaza 2 de Mayo de Madrid durante la alcaldía de Ana Botella con el lema "A cada Botella le llega su 2 de Mayo", organizó este último sábado una quedada para reconstruir una escena de El último caballo (Edgar Neville, 1950) donde varios borrachos y un caballo cortan la Gran Vía al grito de: “¡Abajo la vida moderna! ¡Abajo los camiones!”. En un centro de Madrid paranoicamente militarizado tras los recientes atentados yihadistas en París, no habían pasado ni los 15 segundos que se tarda en cruzar de acerca con un disfraz de caballo para que aparecieran una ambulancia y tres furgones de policía para fiscalizar a los ultrarracionalistas.

Unas pocas horas después, demostrando que no toda reunión de más de 15 personas tiene por qué ser una amenaza para el orden social, comenzaba una jornada de clases en la calle organizada por los alumnos de filosofía de la Universidad Complutense en protesta por la reforma de la educación que el gobierno de Mariano Rajoy ha implementado este año, la LOMCE, que ha eliminado las asignaturas de Educación para la ciudadanía (2º de la ESO) y Ética (4º de la ESO) y ha convertido la Historia de la filosofía (2º de bachillerato) de una asignatura obligatoria para todos los itinerarios como era antes en una optativa solo para el de Humanidades. A cambio, la LOMCE ha aumentado en una hora la carga semanal de las asignaturas que han sobrevivido en el bachillerato y les ha asignado a los departamentos de filosofía la docencia por defecto de Valores éticos, una alternativa a la Religión perfectamente evaluable a efectos de expediente que está en toda la secundaria hasta 1º de bachillerato.

A pesar de que a uno le terminan saliendo las cuentas si se pone a calcular el número de horas que tenían asignados los departamentos de filosofía antes y después de la reforma, el hecho de que su principal sustento docente sea una alternativa a la Religión, una asignatura impartida por delegados del Episcopado que no han aprobado ninguna oposición publica, probablemente incentivará a que los profesores de filosofía rebajen competitivamente sus exigencias en la calificación de los alumnos para adecuarse a la oferta de notas que suelen poner los teólogos, en una búsqueda incesante de “fieles” que justifiquen su presencia en los instituto, dando como fruto la “maría” más chupada jamás saltada por novillero alguno.

Sea como fuere, la LOMCE ha reforzado la idea de la filosofía como complemento de la teología (ancilla theologiae), una idea que, paradójicamente, está en los orígenes mismos de la existencia de la filosofía como una asignatura autónoma dentro de los planes de estudio de secundaria en España. Hay que recordar que hasta el plan de educación elaborado por Pedro Sainz Rodríguez en 1938 para el bando nacional o sublevado en la guerra civil la filosofía no había sido reconocida como una asignatura sui generis en ningún programa educativo previo. Es cierto que durante la II República, Marcelino Domingo (7 de octubre de 1931) estableció una asignatura titulada “Psicología y Lógica” y otra bautizada “Ética y Rudimentos del Derecho” en quinto y sexto curso de bachiller, y Filiberto Villalobos (29 de agosto de 1934) hizo lo propio con “Filosofía y Ciencias Sociales” en sexto y séptimo. Pero, como tal, con ese nombre, la filosofía como asignatura independiente en secundaria, es un invento del franquismo.

No en balde, los 200 catedráticos de filosofía que más o menos había en los institutos del franquismo tenían el privilegio (o la obligación) de pronunciar un discurso anual delante del cuerpo de profesores y de alumnos el día de Santo Tomás, el único día festivo del año dedicado a una disciplina del saber. Durante el franquismo los profesores de filosofía daban tres horas de clase semanales en los tres últimos cursos de bachillerato, lo que les ahorraba tener que lidiar con los “mocosos” de los primeros tramos de la educación secundaria, un estatus que encuentra su justificación en la propia tradición filosófica (Platón decía que no convenía enseñar dialéctica a los menores de 30 años). La ferrea censura que hubo durante el franquismo sobre los contenidos de la asignatura de filosofía (Gustavo Bueno ha contado cómo tuvo que firmar sus manuales de los años 50 con su tío, que era cura, para que pudieran pasar el nihil obstat) lejos de ser una humillación era un gesto de reconocimiento. El régimen consideraba demasiado importante a la filosofía como para que su enseñanza no estuviera doctrinalmente supervisada.

Esta peculiar autonomía auxiliar de la filosofía se mantiene en la Constitución de 1978, cuyo artículo 27.2 estipula que "la educación tendrá como objetivo el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales", un artículo de contenido puramente desiderativo o predictivo, cuyo poder legal es el mismo que el de la Constitución de Cádiz de 1812 cuando dijo que los españoles serán justos, benévolos y patriotas, pero que no obstante sienta las bases de la psicopedagogía actual como el fomento de la realización individual a través la expresión de opiniones propias que deben ser respetadas por gratuitas o desinformadas que sean. En este contexto de convivencia democrática entendida como tolerancia de la gilipollez ajena, la filosofía es "una reflexión radical y crítica sobre los problemas fundamentales a los que se enfrenta el ser humano", por decirlo con las palabras del Real Decreto que firmó Alfredo Pérez Rubalcaba el 2 de octubre de 1992.

Durante las últimas dos semanas he participado en varios eventos de defensa del papel de la filosofía, desde la celebración del día mundial de la filosofía (que por cierto comparte fecha con el día mundial del retrete) en la Universidad Autónoma de Madrid hasta la jornada de clases en la calle el pasado sábado, pasando por mofarse de la “kantada” de Albert Rivera y Pablo Iglesias desde el Círculo Podemos Epistemología Naturalizada, una página de humor filosófico en Facebook, y en todas estas ocasiones he escuchado a alguien que repetía la expresión del “negro” de Pérez Rubalcaba (“la filosofía es una reflexión radical y crítica”) junto con otros topicazos sobre la materia (“la filosofía es el arte de hacer buenas preguntas”) como si el saber acumulado desde Platón hasta Derek Parfit no estuviera organizado en tradiciones y sistemas, la mayor parte de ellas muy poco radicales y críticas, y como si lo único que hubieran hecho los filósofos durante los últimos 25 siglos hubiera sido formular preguntas impertinentes e irresolubles en lugar de ofrecer respuestas tan precisas como lo permitía la lógica del momento.

Ahora bien, frente a la concepción de la historia de los sistemas filosóficos como un catálogo de “pajas mentales” que hay que aprenderse de memoria como se aprende uno la lista de los reyes visigodos, he intentado defender durante estas dos últimas semanas una idea de filosofía académica como saber de segundo grado indisociable de saberes primarios ya dados por la ciencia, la cultura, la política, etc.; una idea de filosofía académica como tercera cultura entre las letras y las cifras donde no se puede estudiar a Leibniz sin saber cálculo diferencial, ni a Nietzsche sin musicología wagneriana, etc.; una idea de filosofía académica que reclama reformar su enseñanza universitaria hasta el punto de ponderar la propuesta sesentayochista de Manuel Sacristán de cerrar todas las facultades de filosofía de España porque en ninguna de ellas se cumple la prueba de acceso de Platón: que no entre aquí quien no sepa matemáticas (o filología, o derecho, o un saber primario relativamente cerrado).

Esta idea de la filosofía académica es la que está en peligro de extinción, pero no por la reforma de la LOMCE, ni por el proyecto Bolonia implantado en España por un profesor de metafísica, Ángel Gabilondo, ni tampoco por los recortes en el presupuesto de las universidades destinado a la creación de nuevas plazas para profesores (¿tengo que recordar que prácticamente todos los grandes filósofos, salvo los escolásticos y los alemanes del siglo XVIII en adelante, trabajaron de espaldas a la universidad y en algunos casos, como el de Spinoza, contra ella?). Si la filosofía académica está en peligro ello se debe en todo caso a la fagocitación semántica de la palabra “filosofía” por parte de su sentido estrictamente mundano, el sentido en el que se dice que la filosofía del Cholo Simeone es el “partido a partido”. Cabe recordar que el término “ideología” lo acuñó Desttut de Tracy en 1796 para referirse al estudio científico de la relación entre ideas y signos (una disciplina hoy englobada por la semántica y la semiótica) y que fue por una fagocitación de la acepción mundana sobre la académica que se consolidó el significado que actualmente atribuimos a la palabra. Del mismo modo, quizás haya que preservar asignaturas, grados, másteres, doctorados y lo que sea que se titule ahora mismo “filosofía”, por mucho que lo único filosófico de tales instituciones sea el nombre; todo sea por recordar cómo se llamaban a sí mismos algunos tipos ilustres del pasado.