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Culturamas, 03/04/2014.

«La escritora que fregó tu suelo: Reseña de Por cuatro duros, de Barbara Ehrenreich»

Barbara Ehrenreich es algo más que otra feminista de izquierdas recomendada en la solapa de sus libros por Naomi Klein. Es una periodista valiente y necesaria, de la estirpe de los Günther Wallraff. Investigadores de campo, con lecturas y trabajo de archivo a sus espaldas, que prefieren destapar las injusticias del sistema a quedarse muditos, sabiendo que la cruda verdad de los trabajadores mal pagados, de las mujeres estafadas por depredadores sexuales y/o explotadores económicos vende mejor que la salsa rosa de unos pocos escogidos. Por cuatro duros es el libro mejor conocido de Ehrenreich. Su temporada en el infierno. Su descenso al abismo de los curros basura que han de aceptar las mujeres poco cualificadas con tal de ganarse el pan de cada día y obtener «una poquita… una poquita… una poquita libertad» (como reza el estribillo de «Antes muerta que sencilla», la canción de ese juguete roto de la industria musical española llamado Melody).

Para los que aún no hayan leído este clásico del periodismo gonzo, la cara oculta de las payasadas de Hunter S. Thompson en Las Vegas, hay que decir que Por cuatro duros surge como un encargo de la revista Harper’s, que le encargó a Ehrenreich hacerse pasar por dependienta, camarera y empleada del hogar o, mejor dicho, laborar durante un mes en cada uno de estos curros y pagar con sus exiguos ingresos unos gastos mensuales modestos (alquiler, gasolina, comida…).

En suma: sobrevivir a la clase trabajadora para luego contarlo. 

Pero tampoco hay que mistificar la iniciativa de Ehrenreich.1 Su paso por los bajos fondos parece algo casi heroico y ante todo increíble —habrá quien se pellizque para comprobar que no está soñando mientras lee su relato— ahora que los escritores están más lejos que nunca de la calle. Como ha escrito el periodista y narrador catalán Miqui Otero: «el modelo de escritor gafitas que da clases de posgrado y que se permite algún hobby algo excéntrico, como de novela de Chesterton, es el predominante. [...] Actualmente la idea de malditismo en un periodista con vocación literaria pasa por darse de baja de autónomos en meses alternos para poder pagar el alquiler»2. Con todo y con eso, vivir tres meses como proletaria es algo digno de elogio por comparación con las farsas que gastan ciertas cadenas de televisión que envían a supermodelos a pasar una semana en la calle, como si fueran vagabundas sin techo, o peor: como si el público —un carterista, violador o gamberro potencial­— no fuera capaz de reconocer un reality show solo con ver las cámaras que lo acompañan y custodian.

1 Ehrenreich es la primera en quitarse flores de encima. En un momento de Por cuatro duros enumera las diferencias que hay entre ella, una turista de clase, y una trabajadora pobre autóctona y nativa. La diferencia crucial es que, después del encargo de Harper’s, Ehrenreich volvería a su vida de escritora más o menos acomodada; pero hay más: «Si pagaba el alquiler por semana y me quedaba sin dinero, daría el proyecto por terminado; para mí, nada de albergues ni de dormir en el coche. [...] Al acercarse el momento de iniciar el experimento, me prometí que, si las cosas llegaban al extremo de no tener asegurada la comida siguiente, sacaría a relucir mi tarjeta de débito y haría trampa».

2 Miqui Otero, «¿Qué fue de los chicos malos de la literatura?», El País, 04/03/2014.

Ehrenreich es honesta cuando escribe que «no hay manera de aparentar ser camarera: la comida llega o no llega a la mesa. […] En todos los puestos, en todos los lugares donde viví, el trabajo absorbía por completo mis energías y gran parte de mi intelecto. No estaba tonteando». Tampoco está de menos recordar aquellos escritores que, sin necesidad de cambiar de aires o hacerse pasar por otros, retrataron la miseria del trabajo asalariado fabril o manual desde una íntima cotidianeidad con ella. Estoy pensando en Jack London y George Orwell, por supuesto, pero también escritores actuales —quizá menos finos en términos ideológicos y literarios— como el Javier López Menacho de Yo, precario.3

3 Cfr. Javier López Menacho, Yo, precario, Lince, Barcelona, 2013.

A todo esto, cabe citar un párrafo de Por cuatro duros que vale más que mil declaraciones de falsa modestia y que transmite a la perfección el carácter humilde y sencillo que debería atravesarnos cuando nos ponemos a juntar palabras por escrito sin ignorar la realidad que rodea a nuestro escritorio (empiezo a hablar en primera persona del plural y con expresiones normativas: mea culpa). Toda una lección de humildad por parte de Ehrenreich: «Hace años, cuando me casé con mi segundo marido, este dijo muy orgulloso a su tío —por aquel entonces, aparcacoches— que yo era escritora. La respuesta del tío fue: “¿Quién no lo es?”».

De vuelta a su vida de escritora, la pregunta que más le hicieron sus colegas de la jet set literaria fue: «Pero, Bárbara, ¿cómo no se dieron cuenta? ¿Cómo no vieron que era una encerrona?». Pensaban, siguiendo un prejuicio clasista bastante extendido, que a un intelectual se reconoce a la legua. Que sus gafas le delatan. Que esas manos blancas y blandas cantan a la legua. Que no hay forma humana de que un genio de las letras pase medio minuto fregando suelos sin que su lucidez desvele su coartada. Y tenían razón: Ehrenreich era jodidamente inexperta y torpe. Por lo demás, nada permite distinguir a una persona que lleva años desempeñando una profesión mecánica del resto. «Cualquiera que pertenezca a las clases instruidas y crea lo contrario debe ampliar su círculo de amigos». Es un consejo de Barbara Ehrenreich.