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A*Desk, 15/10/2013.

«La complejidad enmascarada: Reseña de El complejo arte-arquitectura, de Hal Foster»

No suele haber mucha variedad estilística en los ensayos acerca de fenómenos artísticos contemporáneos. Invariablemente nos tenemos que calzar o bien volúmenes de teoría en vena, o bien catálogos de curiosidades periodísticas. Paradojas de la vida: mientras los primeros suscitan habitualmente un entusiasmo estudiantil por aquello que nunca se llega del todo a entender, los segundos aburren más que una sesión plenaria del Consejo Europeo. Es algo propio de los libros sobre el presente inmediato el oscilar continuamente entre una descripción actualizada que no aporta nada salvo listas de nombres y una teoría incrustada sub speciae aeternitatis sobre los mismos ejemplos de siempre. Parece que la información novedosa y la capacidad de teorización solo se complementan en las monografías sobre el pasado: ese país lejano donde las restricciones de información y los sesgos culturales hacen que todo nombre en latín se diga siempre como si fuera la primera vez. ¿Estamos condenados entonces a vagar sin rumbo entre El tiburón de 12 millones de dólares, la investigación realizada por John Thompson contra Sothebys, y Ojos abatidos, la lección de jerga y teoría francesa escrita por Martin Jay?

La reciente traducción de El complejo arte-arquitectura permite ver las limitaciones de esta dicotomía, pues el libro de Hal Foster resume y sintetiza los defectos habituales de ambos enfoques sin tener la suerte de heredar también sus virtudes. A primera vista, cualquiera diría que estamos ante un sesudo ensayo teórico, como sugiere el modesto —a la par que selecto— volumen de referencias que maneja Foster: una docena de nombres propios seleccionados a partir de la crème de la crème de la arquitectura y de las artes plásticas del siglo XXI. Según leemos nuestro ejemplar descubrimos que Foster reflexiona sobre cuestiones arquitectónicas mediante un conjunto de artículos desconectados entre sí, cuyo contenido mantiene una relación tremendamente distante con el propósito inicial del autor. Seis de once capítulos se dedican a informar sobre la existencia de figuras individuales que cualquier interesado en el arte actual debería ya conocer a estas alturas del juego. La mitad del libro versa sobre artistas sin conexión evidente con la arquitectura, como son Dan Flavin o Robert McCall. Tampoco contribuye mucho a la causa que Foster mencione el tamaño enorme que requieren sus proyecciones en la oscuridad para justificar la conexión de este último artista con la arquitectura en sentido amplio. Y, por terminar en algún sitio el recuento de los defectos, los únicos apuntes teóricos de todo El complejo arte-arquitectura se encuentran dispersas entre los paréntesis que jalonan el monótono y descriptivo cuerpo de texto de este ensayo («Es un giro curioso que, en tanto que muchos artistas ya no recurren a la naturaleza inspirada del dibujo, muchos arquitectos insisten en hacerlo. Han aprovechado la vieja leyenda del artista como visionario creador de imágenes», señala el ensayista para hablar de la obsesión de Norman Foster por los bocetos manuales).

Siendo justos, es verdad que el término complex que aparece en el título sugiere una lectura política del estrellato arquitectónico contemporáneo que hace aparición unas cuantas veces a lo largo del libro. Véase, por ejemplo, cuando Foster denuncia la equivalencia que establecen los ideólogos de la obscenidad monumental entre, por un lado, la transparencia física de los materiales de construcción (el cristal, sobre todo) y, por el otro, la transparencia informativa de las instituciones que se alojan en su interior. Resumiendo mucho: que el edificio donde se celebran las sesiones del Congreso de los Diputados sea transparente no vuelve menos opacas ni traslúcidas las decisiones políticas que se toman dentro de él. Sobre las cúpulas de Foster —Norman, el arquitecto— escribe en tono irónico: «una reunión política se convierte en una diversión para los espectadores; un distinguido museo en una maravillosa exposición de sí mismo en el British Museum». Resulta curioso, no obstante, que Foster —Hal, el ensayista— nunca vaya más allá de la sátira y la ironía, que no proponga una alternativa intelectual sólida frente a la retórica abultada del mundillo artístico actual; que no analice, por ejemplo, el boom de los museos en todo el mundo acudiendo a conceptos como «gentrificación» o «capital cultural». En El complejo arte-arquitectura, Foster desempeña meramente la función del crítico cultural que regaña a los artistas por su ignorancia abismal y supina, sin ofrecer nunca a cambio el saber y la prudencia que podría mejorar la situación en la que nos hallamos. Una lástima, la verdad, una lástima.