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A*Desk, 30/11/2013.

«Infancia y postureo: Crónica de Room Art Fair»

Mucho se ha dicho sobre Room Art Fair, la feria madrileña de arte joven. Que sigue teniendo un modelo expositivo rompedor tres años después de su primera edición, por ejemplo. Y es cierto. Tal vez no sea ya nada nuevo salir de la white box (otros hicieron antes del hotel un espacio para las exposiciones artísticas); tal vez los pasillos angostos, cubiertos hasta el techo por motivos castizos, solo sirvan para asfixiar al público (nada que ver con movidas modernas ulteriores); tal vez las camas dobles que ocupan la mayor parte del espacio, volviendo imposible que en una sala haya más de cinco personas, sean un guiño a cierta pieza de Tracey Emin, o tal vez refieran al carácter arropadito y acomodado que caracteriza a la mayoría de nuestros artistas emergentes. ¡Quién sabe! El hecho es que Room Art Fair conjuga la interioridad con la precocidad. Hay mucho artista imberbe por ahí. Se genera una sensación de cercanía horizontal. Las relaciones personales sustituyen al contenido artístico. Ora ves a una galerista recostada sobre un butacón orejero haciendo punto de cruz, ora saludas a una novísima promesa artística por las escaleras, ora quedas convidado a tomarte una fotito en el cuarto de baño.

Poca broma con las fotos, por cierto, son una maldita pandemia. El photocall es una posibilidad constante en todas las galerías donde el alcanfor huele por su ausencia, esto es, en todos los espacios modernos que se acaban de presentar en sociedad o en suciedad, capean la crisis como pueden o están dirigidos por hípsters con barbas y gafas de pasta reglamentarias. Porque en Room Art Fair también hay mucha galería de pintura realista chapada a la antigua, mucho Salón de los Rechazados 1863, donde la pincelada y el impresionismo siguen siendo el horizonte insuperable de unos artistas que ya están muertos pero aún no se han enterado. En cuanto a las cámaras, el absurdo, la paradoja, la parajoda llega cuando, en un stand donde se anuncia otra feria madrileña («bastante similar a Room Art Fair, solo que sobre fotos»), yo me sorprendo a mí mismo ofreciéndome voluntario para fotografiar a la anunciante tumbada, despatarrada, posando para mí sobre la cama. El triunfo del paradigma relacional, supongo.

Pero tanta relación estrecha y tanto vínculo personal termina abrumando a un público yo, habituado a disfrutar estéticamente si y solo si dicho disfrute va acompañado de reflexión filosófica o aprendizaje historiográfico. Para que te hagas a la idea de mis gustos, la misma tarde que visité Room Art Fair pasé por El espejismo exótico, la última exposición de Casa Sin Fin, donde el galerista, Julián Rodríguez, editor también —y de vanguardia— en Periférica, desplegó una chapa teórica salvaje sobre el pensamiento decolonial avant la lettre de diversos intelectuales franceses de entreguerras. Yo tomaba apuntes. Copiaba la palabra del maestro. Y claro, cuando la maestría se desdibuja, cuando el networking, la formación de comunidades, el espíritu hogareño asume el mando, entonces una persona interesada en aprender sobre arte contemporáneo tiene que aceptar el intercambio de tarjetas de visita en Room Art Fair como sucedáneo.

Pero aquí hemos venido a otra cosa. Recordemos que la función principal de las ferias —de arte contemporáneo, de embutidos ibéricos o de electrodomésticos de última generación— es exhibir el género: anunciarlo, mercadearlo, transarlo. Dicho esto, ¿cuáles son las piezas de ganado que tienen mejor pinta en Room Art Fair? Un ejemplar especialmente suculento es Face 2 Face, de Mario Bastian, en el espacio In-Sonora. Esta instalación realiza una suerte de mapa sonoro de tu cara cuando entras en el baño del espacio. Estamos ante una versión hi-fi de la mirada de la Gorgona, del paso del tiempo que todos constatamos ante el espejo, una vez por la mañana, todos los días de nuestra vida. Cada vez única, el fin del mundo, como tituló Jacques Derrida un libro de discursos fúnebres a sus amigos recién muertos. Tú eres tu propio amigo recién muerto. Volviendo a la vida, volviendo a Room Art Fair, muy golosa y tentadora me resultó la SC Gallery, cuyo catálogo de artistas urbanos (Boris Hooper, Vinz, El Tono, Western Collective…) destaca sobre el resto de propuestas similares. Tampoco está mal la Factoría de Arte y Desarrollo, donde descubrí a Jorge de la Cruz, un dibujante excelente cuyo imaginario animalista y cuyas obsesiones sociales sobrecogieron. De la Cruz ha dibujado, por ejemplo, sobre las luchas entre las mafias que copan el sector de los peluches de tamaño humano. Me refiero a esos sudamericanos que están sudando, a las cuatro de la tarde, en pleno agosto, dentro de disfraces completos de la saga Disney o de los Looney Tunes. Ahora que hablo de ellos, me acuerdo de cómo hace poco vi cómo, en mitad de la Puerta del Sol, dando muy mal ejemplo a los niños, se pelearon Bob Esponja y Hello Kitty, que pertenecían a dos mafias del peluche distintas. Allí estuvo también De la Cruz trabajando la dimensión estética del mundo infantil convertido en un cuadrilátero de wrestling. Como la vida misma.

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