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«In memoriam Jesús Mosterín (1941-2017)»

Hoy ha muerto Jesús Mosterín, uno de los filósofos analíticos más importantes del mundo de habla hispana, referente indiscutible en el campo de la filosofía de la ciencia, la filosofía del lenguaje, la filosofía de la cultura y la defensa ético-moral de los animales. No fue un pensador especialmente original, escribió muchos libros sobre muy pocos temas (la cultura, la ciencia, la naturaleza), lo que le llevó a repetirse y a convertir sus últimos títulos en actualizaciones bibliográficas de los primeros, pero sabía de lo que hablaba y yo aprendí mucho leyendo Epistemología y racionalidadLa cultura humana y Conceptos y teorías en la ciencia: lecturas altamente recomendables para cualquier estudiante de filosofía que todavía no haya pasado por esa mili del pensamiento que es la filosofía analítica. Mosterín te enseñará a tener siempre listo el arsenal.

Es cierto que los tomos de su Historia del pensamiento parecen copiados y pegados de la Enciclopedia Stanford de Filosofía, pero al menos amplió miras más allá del «área de influencia cultural helénica» y trató a los filósofos indios, chinos y árabes en igualdad de condiciones, aunque para un positivista como Mosterín «igualdad de condiciones» signifique igualdad de ser descalificado como un metafísico a la mínima que uno se despegue de la descripción empírica del mundo.1 Como no podía ser de otro modo, su especialidad en el ámbito de la historia de la filosofía era Aristóteles, con quien compartía una concepción de la ciencia y de la filosofía como términos sinónimos, y de quien reivindicó sus injustamente olvidados tratados de zoología.

1 Curiosamente, después de haber despreciado y descalificado durante toda su vida a la tradición filosófica continental, desde G. W. F. Hegel hasta Jacques Derrida, pasando por Martin Heidegger, Mosterín se permite un gesto de condescendencia poscolonial en el tomo de su Historia del pensamiento dedicado a India y concede, refiriéndose a la escuela filosófica del Advaita Vedanta, que «el pensamiento indio, al menos en sus mejores versiones, parece singularmente preparado para contribuir a la integración de la ciencia actual y la búsqueda espiritual», como si ese pensamiento indio no hubiera sido ya recibido y asimilado en Occidente a manos de esa tradición filosófica continental que él tanto desprecia y descalifica. Never forget Arthur Schopenhauer. (Cfr. Jesús Mosterín, India: Historia del pensamiento, Alianza Editorial, Madrid, pág. 14).

Dentro del movimiento antiespecista, Mosterín tenía mala fama por su posición bienestarista ante el problema del mal animal doméstico. No abogaba por cerrar los mataderos sino por mejorar la calidad de vida del ganado y anestesiar su sacrificio. Tampoco era bien recibida su admiración estética por los grandes depredadores felinos y caninos, al más puro estilo Félix Rodríguez de la Fuente, con quien se hizo una imponente fotografía en mitad de la sabana africana, a finales de la década de 1960, en la cual Rodríguez de la Fuente parece estar dando una clase magistral sobre el arte de lanzar el palillo de dientes. Con todo, ¡Vivan los animales! ha hecho más por extender de la conciencia ético-moral acerca de los animales que la enésima discusión ultratécnica entre igualitaristas, prioritaristas y suficientistas dentro del antiespecismo académico.

Tomás Pollán, el profesor de filosofía más emblemático de la Universidad Autónoma de Madrid, donde yo estudié la licenciatura, criticaba en sus clases de Antropología Filosófica la concepción memética de la cultura que defendía Mosterín, con su reducción de la cultura a mera información extragenética. «Pero la cultura de un partido de fútbol es algo más que la información acerca de su resultado», objetaba Pollán. También ironizaba sobre el neologismo que Mosterín había acuñado para referirse los miembros de la especie homo sapiens sapiens: «humán», en singular; «humanes», en plural. Según Pollán, no tiene ningún sentido usar sustantivos de género neutro salvo que también se reformulen conjuntamente todos los artículos, adjetivos y pronombres del idioma, en la línea de cierta jerigonza feminista («Nosotres, les humanes empoderades», que dicen algunas). Coqueteando con este tipo de excesos, Mosterín propuso una nueva ortografía del castellano, ajustada a su fonética actual, con el fin de facilitar el aprendizaje de la lectoescritura.2 Aunque ya me dirás a mí qué sentido tiene aprender a leer y a escribir si no vas a poder consultar en versión original a ninguno de los clásicos de tu lengua, ni siquiera a los escribieron hace apenas una década, simplemente porque utilizaban otra ortografía. Claro que no sería la primera ni la última vez que se traduce el Cantar del mio Cid al castellano actual. En el fondo, a Mosterín no le movían este tipo de disquisiciones literarias, sino una vocación descriptivista3 de reformar el lenguaje, y por ende el pensamiento, para que este se ajuste mejor a la realidad, en la mejor tradición de René Descartes, Baruch Spinoza o John Locke.  

3 Escribo «descriptivista» refiriéndome a los conflictos que hubo en la lingüística del siglo pasado entre los normativistas, que pensaban que los diccionarios y las academias de la lengua hacen lo correcto al imponer unas normas de buen uso del idioma, y los descriptivistas, que argumentaban que dichas instituciones deberían limitarse a recoger los usos más frecuentes, sin entrar a juzgar su bondad o maldad. No hace falta decir que detrás de ambos bandos lingüísticos había intereses políticos y concepciones ideológicas de todo tipo. La ironía histórica es que el descriptivismo comenzó vagamente vinculado a los nuevos movimientos sociales de izquierda de los años sesenta, que querían romper las normas de las instituciones autoritarias, patriarcales y conservadoras. Medio siglo después nos encontramos con que esos mismos movimientos sociales, convertidos ahora en el discurso de la corrección política, quieren imponer un normativismo lingüístico de izquierdas y se quejan de la Real Academia Española no es lo bastante normativa, que se limita a recoger los usos más frecuentes del idioma, y que entre esos usos se encuentran expresiones como «merienda de negros», «hacer el indio» o «engañar como a un chino». Claro que esta concepción progresista del lenguaje como instrumento del cambio político no es sino la inversión del autoengaño conservador de que los cambios sociales se pueden evitar o retrasar impidiendo que se manifiesten en el lenguaje. En ambos casos, estamos ante un idealismo lingüístico que cree que la sociedad es un epifenómeno de la lengua. Lo cual lastra políticamente a la izquierda, como argumenta David Foster Wallace en su ensayo «La autoridad y el uso del inglés americano»: «los códigos estrictos del eufemismo igualitarista sirven para ocultar la clase de discurso doloroso, feo y a veces ofensivo que en una democracia pluralista llevaría a un cambio político verdadero y no a un simple cambio político simbólico. En otras palabras, el IPC [Inglés Políticamente Correcto] actúa como forma de censura, y la censura siempre está al servicio del estado de las cosas» (David Foster Wallace, Hablemos de langostas, Debolsillo, 2008, pág. 141).

2 Cfr. Jesús Mosterín, Ortografía fonémica del español, Alianza Editorial, Madrid, 1981.

No traté a Mosterín en persona, pero el hecho de que cronometrase el tiempo de sus tutorías con los alumnos de la universidad para «no perder el tiempo», como él mismo se ufanó en una entrevista a El País a mediados de los setenta, no dice nada bueno de él como docente. Pero, ahora que pienso en ello, yo sí que lo traté en persona. Cuando yo estaba investigando para escribir una biografía sobre el etnólogo y abuelo de la teoría queer en España, Alberto Cardín, muerto de SIDA en 1992, me topé con una agenda suya y llamé a todos los números que figuraban en ella. La mayoría de ellos había cambiado, como es natural, de propietario. Mosterín era uno de los pocos que seguía con el mismo número de teléfono. Me sorprendió descolgando el auricular y tomándose varios minutos en detallarme su recuerdo de Cardín. No me acuerdo ahora mismo de lo que me dijo, tendría que rebuscar en las notas de esa biografía que nunca terminaré de escribir, pero básicamente me contó una milonga para comprobar si yo era un bien biógrafo y contrastaba mis fuentes, o por el contrario me tragaba cualquier trola que resultara graciosa o impactante. Resulta que Cardín y Mosterín habían ido juntos al mismo colegio. Según Mosterín, sus compañeros de clase habían compuesta unos cánticos homófobos contra Cardín. Algo así como «Ay, Cardín, ay, Cardín, / cómo te gusta que te den por el culín». Seguramente sea un bulo. Mis fuentes más fiables aseguran que Cardín no tenía una orientación homosexual a esa edad. Pero fue gracioso escuchar a Mosterín tararear esa cancioncilla a través del teléfono.

Recientemente he visto el vídeo de un debate sobre el tema de la inmortalidad en el que Mosterín se enfrenta a un auditorio cautivo, embelesado por los cánticos de sirena del transhumanismo acerca de un alargamiento sin fin de la esperanza de vida. Armado con su cientificismo hedonista ateo, Mosterín desmonta las falsas esperanzas de la peor divulgación científica, que promete la descarga de la conciencia humana en ordenadores sempiternos. El público no da su brazo a torcer. Después de establecer una analogía divertidísima entre una vida infinita y un brazo infinito, ambas cosas evidentemente caracterizadas por su falta de practicidad y de verismo, Mosterín los invita a pensar por cuenta propia con unas palabras que, en fechas como estas, tan marcadas por la patria y la muerte, conviene recordar:

El único mensaje que les quiero dejar es, en primer lugar, que traten de pensar por su cuenta, esto es, que no deleguen nunca la capacidad de pensar en otros, y que traten de pensar, no de cualquier manera, sino con claridad y con precisión, es decir, que traten de ser buenos pensadores […] y que esto lo apliquen a todo, absolutamente a todo, incluido a la patria y a la muerte, y que ustedes afronten su propia muerte con tranquilidad, con racionalidad y, a ser posible, con una sonrisa en los labios y sin ningún tipo de tragedia.4

4 Fundación CajaCanarias, «Jesús Mosterín y Mónica Salomone: Foro Enciende el Cosmos CajaCanarias 2016», YouTube, 03/10/2016.