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«In memoriam Antoni Domènech (1952-2017)»

Hoy ha muerto Antoni Domènech, uno de los mejores marxistas catalanes y mi maestro en todo lo que tiene que ver con la historia de los conceptos. Justo ayer estaba leyendo un artículo de él y de su esposa, María Julia Bertomeu, sobre la importancia de la Escuela de Salamanca en la historia del republicanismo moderno y sobre por qué, siendo el castellano una de las primeras lenguas en sistematizarse, en 1492, con la Gramática de Antonio de Nebrija, la filosofía de nuestro Siglo de Oro no se escribió en lengua vernácula sino en latín. La respuesta es compleja e involucra razones sociopolíticas en las que no podemos detenernos aquí, pero el caso es que la mayoría de los escritores de los siglos XVI y XVII despreciaban a su público («porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto», que escribió Lope de Vega). Una de las excepciones es Miguel de Cervantes, de quien se cita al final del artículo de Bertomeu y Domènech un poema que no tiene nada que ver con el tema del artículo y sí, casualmente, y mucho, con la muerte que le estaba alcanzando a Domènech mientras yo lo estaba leyendo. Dice así el poema:

Busco en la muerte la vida, 
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad, 
en lo cerrado salida 
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido,
que, pues lo imposible pido,
lo posible aún no me den.
1

1 Cit. en María Julia Bertomeu y Antoni Domènech, «Filosofía, lengua castellana y modernidades», Sin Permiso, núm. 3, 2017, pág. 28.

A diferencia de este yo poético de Cervantes, Domènech nunca pidió lo imposible en toda su trayectoria intelectual y política. A pesar de pertenecer generacionalmente a la quinta de los sesentayochistas, era un realista de los pies a la cabeza. Su principal baza filosófica fue el conocimiento exhaustivo de la historia y, durante su primera etapa intelectual, cuando unos treinta y tantos años, la teoría de juegos. Con motivo del cuarenta aniversario de la legalización del Partido Comunista de España, Sin Permiso publicó este año un artículo que Domènech escribió en 1987 sobre la Transición Española como un juego de suma cero entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo. La conclusión es que ambos fueron estratégicamente irracionales: Carrillo no debería haber cedido a las exigencias de la monarquía y Suárez no debería haber legalizado al PCE hasta después de las primeras elecciones.2 Esto no es utopía sino Realpolitik pura y dura.

2 Cfr. Antoni Domènech, «El juego de la “transición democrática”», Sin Permiso, 09/04/2020.

Recuerdo la vez que conocí en persona a Domènech. Fue en el otoño de 2012. Por aquel entonces, mi amigo Antonio J. Rodríguez trabajaba para la editorial Capitán Swing y tenía que grabar unos vídeos para promocionar la reedición de La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E. P. Thompson. Como los dos vivíamos entonces en Barcelona, me propuso que fuéramos los dos juntos a entrevistar a los epígonos o seguidores catalanes de Thompson. A Domènech y Fontana, básicamente.3 Algún día tendré que contar detalladamente la impresión que me provocó la casa de Josep Fontana, llena de pilas de libros que cubrían habitaciones enteras desde el suelo hasta el techo. El historiador abría una puerta y nos indicaba «Esta es la habitación del Trienio Liberal» y yo me preguntaba en silencio «¿Cómo será entonces la habitación de la Década Ominosa?».

3 Cfr. Capitán Swing Libros, «Antoni Domènech – E. P. Thompson y su biografía intelectual 1/4», YouTube, 12/10/2012; «Josep Fontana – La revolución historiográfica de E. P. Thompson 1/4», YouTube, 29/10/2012.

Las entrevistas fueron un desastre. Entre otros motivos, por mi manía de hacer preguntas larguísimas cuyo único propósito es demostrar al entrevistado que al otro lado de la máquina mediática hay alguien leyendo y escuchando. Pero Domènech se tomó mi audacia con buen humor y me invitó a que volviera a verle en otra ocasión. He estado varias veces en su despacho de la universidad, pero la única vez que recuerdo ahora fue antes de las elecciones europeas de 2014. El sol se estaba poniendo y la luz entraba por las franjas de una veneciana de acero, de esas para espiar a la vecina del enfrente bajando disimuladamente una lámina de aluminio con el dedo. Domènech estaba de cara a la puerta y de espaldas a la ventana. Vestía un jersey negro con un cuello de cisne ajustado que contrastaba imponentemente con su barba blanca. Fumaba un cigarrillo cuyo humo componía una aureola profana alrededor de él y cuya ceniza se negaba a desprenderse del filtro. Pensé: «He aquí la auctoritas». Nos pusimos a hablar del entonces recién fundado partido de Podemos, con el cual yo tenía cierto vínculo. Domènech me advirtió: «No se puede improvisar un electorado y una militancia de la nada». Todavía no sé si estaba equivocado o no.  

Domènech tenía una forma muy exagerada de expresarse. Una vez le escuché referirse a su curso de posgrado de análisis del capitalismo como un proyecto «estrechamente vinculado con la clase trabajadora». Me lo imaginé subido encima de una caja de fruta a la puerta de una fábrica hablándole por megáfono a una muchedumbre vestida de mono azul. La realidad superó la fantasía. Las pocas clases a las que asistí de ese curso se celebraron en una de esas casas okupa que los catalanes se empeñan en llamar «ateneos populares» por una querencia novecentista estúpida, con un auditorio compuesto por media docena de estudiantes universitarios (la mayor parte de ellos madrileños becados en Barcelona por la banca o el Estado4), tres o cuatro viejos que no paraban de recordar que ellos habían corrido «delante de los grises» y un inmigrante senegalés que ni siquiera entendía el idioma y se pasaba toda la clase haciendo dibujos de colorines en una hoja. Supongo que a eso ha quedado reducida la clase trabajadora.

4 (a mí me becó La Caixa)

Como Manuel Sacristán, su mentor en tantos campos, Domènech tradujo a un castellano impecable a los grandes de la filosofía política de finales del siglo XX (Jürgen Habermas, John Rawls, John Searle), pero sus preferencias como lector estuvieron siempre del lado de intelectuales de izquierdas menos conocidos, a los que sobrevaloraba por su militancia política. Sin Permiso, la revista que fundó en 2005 con claros fines militantes, tradujo los textos de Yanis Varoufakis —políticamente insustituible, pero intelectualmente muy discreto— mucho antes de que se convirtiera en el ministro de Finanzas griego a comienzos de 2015. Domènech era generosísimo con los autores con los que tenía cierta simpatía personal o ideológica, y ahí está su meticulosa crítica del marxismo analítico para demostrarlo.5 Pero con los que no tenía ninguna simpatía, como eran los posmodernos y los antiilustrados, no se comportaba con tanta ecuanimidad. O bien les daba la callada por respuesta, o bien les descalificaba en la línea de la peor tradición marxista. Contra Louis Althusser nunca le escuché otra cosa salvo que había matado a su esposa. En cierto sentido, creía que un buen pensador no puede ser una mala persona. Tampoco sé si estaba equivocado o no en eso.

5 Cfr. Antoni Domènech, «¿Qué fue del “marxismo analítico”? En la muerte de Gerald Cohen», Sin Permiso, 06/09/2009.

Los dos libros de Domènech están infamemente descatalogados. Yo he leído De la ética a la política por bibliotecas y en más de una feria de segunda mano he visto a grupos de estudiantes preguntando por El eclipse de la fraternidad. Yo encontré mi ejemplar de esa última obra en un VIPS, en la triste compañía de los libros de ocasión de César Vidal.6 La última vez que vi a Domènech me dijo que estaba escribiendo un tocho sobre las experiencias socialistas en el siglo XX. Ojalá le haya dado tiempo a terminarlo y podamos seguir disfrutando de esa erudición y ese estilo tan peculiares. Un estilo que él mismo calificaba de «partisano y republicano». No estoy seguro de si se refería a la Tercera República Española o a la Primera Catalana. Tal vez a ambas.

6 (Lo cual confirma la tesis de Alberto Olmos, «El VIPS es la mejor librería de la ciudad», El Confidencial, 02/03/2017).