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Letra internacional, núm. 119, 2014, págs. 137-141. 

«Ficción y aflicción: Reseña de Niveles de vida, de Julian Barnes»

Julian Barnes ha escrito una novela que pasará a la historia como uno de los clásicos de la literatura sobre el duelo junto con Una pena en observación de C. S. Lewis y El año del pensamiento mágico de Jean Didion, entre otras cimas de ese género a caballo entre la autobiografía y la imaginación que se viene llamando autoficción, que en este caso también tiene mucho de autoflicción, la capacidad que caracteriza a la escritura en tanto que provocación a provocación de emociones se refiere. Niveles de vida no es un título más dentro de la dilatada trayectoria novelística de Julian Barnes, un título menor, pensarán los que hayan leído la solapa, a juzgar por su extensión, su temática y los premios que ha recibido, que por el momento son cero. Todo lo contrario: es justamente la falta de reconocimiento oficial, la extensión comedida y la temática absolutamente personal, casi intransferible, lo que hace de este texto el más personal de los que ha escrito Julian Barnes. Todo lo demás, los galardones y la presentación en sociedad, es puramente contextual, como aclara cuando habla de la caída de Lehman Brothers:

Decían que todo el sistema financiero quizá estuviese a punto de desplomarse y arder, pero no me inquietó. Si el dinero no había podido salvar a mi mujer, ¿para qué servía y qué sentido tenía salvarle el pellejo al sistema? Decían que el clima del planeta estaba alcanzando un punto sin retorno, pero si por mí fuese bien podía llegar a ese punto y sobrepasarlo.

Y es que Niveles de vida versa en realidad sobre la muerte de la esposa de Julian Barnes. La composición deslavazada de la novela revela que estamos ante un Frankenstein sentimental compuesto a partir de una confesión muy íntima sobre lo que supone perder a un ser querido. Es la tercera parte de la novela la que contiene el cogollo de la cuestión. Las reflexiones previas, sobre ir en globo, Nadar, Victor Hugo y la lucha del hombre contra el principio de gravedad, no hacen sino anticipar metafóricamente el abismo (la gravedad emocional) que se abre bajo los pies del protagonista en las últimas cincuenta páginas del relato. Si la pregunta principal de la posmodernidad, según Jean Baudrillard, era ¿qué hacer después de la fiesta?, la pregunta que gravita sobre Julian Barnes es ¿qué hacer después de la muerte? Huelga decir que la muerte es siempre la muerte del otro. La imposibilidad ontológica de vivir la muerte en carne propia es un tema que se remonta hasta Epicuro. Derrida ha dedicado sus mejores páginas, las escritas con motivo de la muerte de sus amigos, a demostrar —por decirlo en palabras de Protágoras— que nada muerto nos es ajeno. Uno de los engorros de tener conciencia de la identidad personal a través del tiempo es la observación de cómo desaparecen todas las cosas. La ausencia del presente y la presencia de lo ausente se llama, hasta donde uno alcanza, el recordar y tener memoria. No hace falta acudir al verso de Rilke sobre el oído como el templo de los muertos para saberlo.

La aproximación de Julian Barnes es más intuitiva y seguramente genial. “Entonces, ¿cómo te sientes? Como si te hubieras caído desde una altura de sesenta metros, consciente en todo momento, y hubieras aterrizado con los pies por delante en un arriate de rosas, con un impacto tan fuerte que te ha clavado en la tierra hasta las rodillas, y una conmoción que te ha reventado los órganos internos y los ha proyectado fuera de tu cuerpo. Así se siente uno, ¿y por qué debería parecer otra cosa?” A partir de este párrafo cobran sentido las conversaciones ingeniosas de la segunda parte con Madame Sarah como protagonista, una exhibición de la agilidad wildeana que caracteriza a Julian Barnes. Madame Sarah es una globonoica. Literalmente vive en las nubes. Quiere cumplir el sueño de Victor Hugo y François Aragó: alcanzar la democracia a través de la ingravidad, un viejo sueño de la izquierda. No hace falta recordar las palabras de José Luis Rodríguez Zapatero en la cumbre de Copenhague de 2010 para recordar que la Tierra carece de dueño; como mucho será cosa del viento. Esto engarza con el aristotelismo que contienen las abuelas: toda entidad sublunar está sometida a la corrupción y eventualmente a la muerte por culpa del tiempo. La vida son dos días, vaya.

Julian Barnes tiene un sentido del tiempo revolucionario. Sitúa el año cero de su novela en el momento de la pérdida. Su poética, en último término, es la de Machado: se canta lo que se pierde, no tanto porque se quiera su retorno, sino más bien porque "la naturaleza es tan precisa, duele exactamente como el valor de la pérdida, así que en cieto modo disfrutas del dolor, creo". Estas son las palabras de un persona que quisiera emular Orfeo, cuya hazaña no consiste en bajar a las moradas de los dioses ctónicos o persuadirles de que liberen a Eurídice, cuanto echar a perder todo lo conseguido por un momento de duda. Es esa entrega incondicional a la duda, bastante próxima filosóficamente al absurdo de Kierkegaard (recordemos que Abraham confía en el absurdo mandato de sacrificar a Isaac como un cordero), la que está detrás de la posición existencial del personaje principal de esta novela.

A diferencia de lo que sucede en Una pena en observación, la magistral descripción de la relación que tuvieron C. S. Lewis y Helen Joy Davidson Gresham, en Niveles de vida no cumple ningún papel Dios. Si aquella era una relación típica de la década de los 50s, donde la religión tenía una presencia relativamente importante, ésta, la relación entre Julian Barnes, él mismo y su versión novelada, es radicalmente agnóstica en cuanto a supuestos trascendentes se refiere. Aquí aparece finalmente la dimensión sociológica del relato, por qué Niveles de vida tiene interés como diagnóstico de la secularización que han atravesado las sociedades complejas, especialmente las europeas. El cambio es drástico. Las metáforas de C. S. Lewis son bíblicas; las de Julian Barnes paganas. Allí donde estaba la figura del patriarca envejeciendo junto a la prole tenemos ahora una metáfora claramente apolínea: el problema del amor consiste en elevarse y casi tocar el cielo. Como Ícaro y sus alas de cera, mayor será la caida cuanto más alto hayas llegado. Pero de fondo está la misma pregunta: ¿por qué quienes vivieron juntos han de morir por separado? Romeo y Julieta ofrecieron una alternativa, no demasiado esperanzadora, a este dilema. La novelización de la pena, la conversión del duelo en tema de escritura, es la alternativa a la que recurre Julian Barnes, con bastante éxito por cierto.

Igual que sucede en El año del pensamiento mágico, el libro que Joan Didion dedica a la muerte de los miembros de su familiar nuclear, su marido John Gregory Dunne y su hija Quintana, el tema principal de Niveles de vida no es sino la dependencia como categoría antropológica ineludible. Allí donde la Ilustración y el nacionalismo enarbola la bandera de la independencia como ideal regulativo, ya sea bajo la forma del individuo autónomo que se atreve a pensar, ya sea bajo la forma del Estado soberano, la microhistoria de Joan Didion y Julian Barnes apunta en el sentido contrario: la dependencia es ineludible en tanto estamos unidos por lazos de solidaridad mecánica (que diría Durkheim) que hacen imposible la vida digna, la vida buena sin cooperación. Este meme se puede aplicar a todos los niveles: el libro que estoy leyendo ni lo he escrito, ni lo he editado, ni lo he traducido yo. Dependo de mis iguales a través del mercado igual que dependo, en un nivel más profundo, emocionalmente de mis allegados. Como tantas otras cosas, también la relación que existe entre vida personal y profesional es objeto de reflexión en esta Summa de la aflicción que es el libro de Julian Barnes: “Los que lloran al amado son autónomos. Me pregunto si los que lo son realmente se las arreglan mejor con el luto que los que van a trabajar a una oficina o a una fábrica. Quizá también haya estadísticas sobre esto”. Seguramente las haya, pero hay que recordar, antes de consultarlas, la profunda lección de Julian Barnes, deudor sin saberlo de las coplas de Jorge Manrique: la existencia del ser humano no puede agotarse en términos puramente cuantitativos, en términos de una fecha de nacimiento y otra de muerte, porque los muertos siguen presentes, aunque sea en la memoria de los que quedan. Lejos de los debates sobre la esperanza de vida y la calidad de vida, estos son los distintos niveles de los que quiere hablar Julian Barnes, pues parece la muerte, desde el punto de vista de los que se quedan, no es cuestión de todo o nada.