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Eldiario.es, 22/09/2014.

«Ética para (un) Ángel»

La filosofía moral está hasta en la sopa. Desde la declaración de independencia de una nación hasta los animales que comemos, pasando por el derecho a abortar, la idea de la guerra justa o el planeta que vamos a dejar a las futuras generaciones, todo puede ser objeto de reflexión moral. Pero la ignorancia se interpone en nuestro camino. La mayor parte de la gente piensa que la profesión del filósofo no es otra que aprenderse las ideas de la docena de autores que entran en selectividad como quien se aprende la lista de los reyes visigodos: de memoria y hasta volverte loco. Y tienen razón. La filosofía académica española consiste básicamente en hacerse el listo citando en alemán a Hegel. La primera broma que soltó Ángel Gabilondo cuando volvió del Ministerio de Educación a su cátedra de metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid fue «Tengo que ponerme al día con los descubrimientos realizados últimamente en mi campo de investigación».

Ángel Gabilondo se cree muy gracioso porque piensa que no se ha publicado nada que merezca la pena leer entre 2009 y 2011, mientras él estaba en el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero haciendo no se sabe muy bien qué, y esto puede que sea cierto en su campo de investigación, por llamar de alguna manera a la filosofía entendida como perpetuo trabalenguas parisino, pero en el campo de la filosofía moral analítica —dejo para otra ocasión la polémica entre analíticos y continentales— el siglo XXI ha supuesto un auténtico boom de libros a la altura de los clásicos. Aquí tienen, sin más dilación, una short list de las lecturas filosóficas obligatorias, imperdibles de la última década y media. Aquí tienen mi Ética para (un) Ángel. Y para el común de los mortales. Pendiente de ampliación.

1. Derek Parfit, On What Matters (2011). Derek Parfit cumple todas las condiciones para ser el protagonista de la próxima novela de Javier Marías. Miembro emérito del All Souls College, publica un libro cada cuarto de siglo. Y cada libro es un jodido milagro de 1.000 páginas de extensión. Razones y personas (1984) creó prácticamente de cero la filosofía práctica analítica después de John Rawls. El ataque a la teoría del interés propio, la defensa del utilitarismo bien entendido, la justicia distributiva entre generaciones, los problemas de identidad personal: todo está en ese libro. Razones y personas terminaba diciendo que la identidad personal no importa, por razones que no tengo espacio para resumir aquí, y hete que casi tres décadas después que aparece On What Matters, que trata sobre lo que importa: una teoría moral capaz de reconciliar a Immanuel Kant con Jeremy Bentham, la deontología con el utilitarismo, el du musst con el cui bono. Y yo me pregunto, queridos editores españoles, ¿cómo no se os cae la cara de oprobio por no haber traducido todavía esta teoría moral del todo? Supongo que tendremos que esperar tres lustros, igual que con La casa de hojas, de Mark Z. Danielevski, hasta que alguien descubra, finalmente, el Mediterráneo.

2. Jeff McMahan, Killing in War (2009). Desde su columna en el New York Times, Jeff McMahan ha acercado la opinión pública a muchos debates de la filosofía analítica reciente, como la propuesta de exterminar a todas las especies carnívoras, discutida en el contexto de las luchas fratricidas entre la ética animal y los ecologistas, o las ideas sobre la guerra justa que se remontan a Santo Tomás. El principio del doble efecto, la idea de que hay una diferencia entre el mal intencionado y el meramente previsto, entre bombardear la franja de Gaza con el fin de matar niños y hacerlo sabiendo pero no queriendo matar niños, seguramente te parezca una chorrada digna de curas ebrios en pleno siglo XIII, pero este tipo de distinciones filosóficas son las que utilizaba como excusa Barack Obama cuando recogió el Nobel de la Paz citando pasajes de la Escuela de Salamanca, esto es, a los ideólogos de la conquista de las Indias Orientales por parte de Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pedro de Valdivia y otros tantos prohombres extremeños. Véase Torture, Terror, and Trade-Offs: Philosophy for the White House (2010) de Jeremy Waldron. McMahan y Waldron dan las armas para hacer frente a esa peña en su mismo campo de juego.

3. Matthew Krammer, The Ethics of Capital Punishment (2012). En la memoria histórica audiovisual, que define esa forma de la ideología dominante que llamamos «sentido común», la pena de muerte parece algo demodé, como del siglo pasado, una cosa de la década de los noventa con cara de Sean Penn. Y ello a pesar de la reciente fundación de un Estado Islámico donde tantas cosas son sinónimo de ejecución sumaria. Y ello a pesar de esas pancartas del movimiento antiabortista que equiparan el aborto con la pena capital. Entre filósofos analíticos también se considera que los clásicos acerca de la pena capital salieron hace unos veinte años: los dos tomos del Morality, Mortality (1993-1996) de F. M. Kamm sentaron el debate sobre el aborto, la eutanasia y matar gente en general, partiendo de simples experimentos mentales como el trolley problem, que pone a prueba intuiciones normativas arraigadas y cuya versión 1.0 reza como sigue: «Un tranvía está a punto de atropellar a cinco personas. Tú puedes desviarlo a otra vía donde solo atropellará a una persona. ¿Qué haces?» El libro de Matthew Kramer es de lo mejorcito que se ha escrito dentro de esa tradición.

4. Liam B. Murphy y Thomas Nagel, The Myth of Ownership: Taxes and Justice (2003). Si algo diferencia la filosofía práctica continental de la analítica es la voluntad netamente interdisciplinar de esta última. Comparen la ignorancia que muestran los chamanes de la ontología izquierdista en cuestiones económicas (Alain Badiou, Ernesto Laclau y Jacques Rancière hablan totalmente de oídas) con la discusión sobre la welfare economy que provocó la Teoría de la justicia (1971)de John Rawls entre varios premios Nobel de Economía. El maestro con el pupilo, Toni Negri con Michael Hardt, es el paradigma de colaboración entre filósofos continentales, habituados como están a hacer mala filosofía y peor historia de la filosofía, parasitando hasta jubilarse de las ideas de los muertos (en este caso, las de Gilles Deleuze). La colaboración entre Liam B. Murphy y Thomas Nagel, un jurista experto en impuestos y un filósofo moral de irregular trayectoria, es una asociación simbiótica habitual, por el contrario, dentro de la filosofía analítica, y por eso su libro contra la mitología de la propiedad heredada es tan bueno. Por eso, y porque justifica filosóficamente un impuesto sobre patrimonio que varios economistas (incluido el famoso Thomas Piketty) consideran el bálsamo de Fierabrás que frenará el aumento de la desigualdad y de la opulencia del 1%.