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Sin Permiso, 23/06/2013.

«Ellos ganaron (en teoría): ¿Cómo llevar a la praxis el actual consenso en materias fiscales?»

Entre los motivos que respaldan la indolencia de los intelectuales respecto de la política descuella la constatada desconexión que hay entre la teoría y la praxis en materia económica. Invirtiendo los términos del dictum gramsciano, se ha producido una confrontación histórica durante los últimos sesenta años entre el pesimismo de la voluntad y el optimismo de la razón, entre los economistas serios y audaces, que advierten posibilidades insospechadas donde los políticos solo contemplan intereses ajenos, y los economistas acomodados a los ciclos electorales, que han quedado reducidos a la categoría de «mandaos por el poder», siempre recibiendo y ejecutando órdenes de los de arriba. Y es que también hay posiciones ideológicas hasta en la más técnica de las disputas científicas. Y, ¡mira tú por dónde!, la probidad intelectual suele sentarse en el lado opuesto a don Dinero. Venga de donde venga, siempre frente a la butaca del «poderoso caballero». Es un decir, vaya. Hablamos de la reiterada victoria intelectual de los lumbreras en menesteres macroeconómicos, habitualmente sentados a la izquierda del espectro ideológico y en el centro exacto del espíritu científico, acompañados por la adecuación empírica, la fertilidad predictiva y la prudencia metodológica. Ellos ganaron —en teoría— muchas batallas. Sería el momento de llevarlos a la práctica. Cuanto antes, mejor.

En 1944, John Maynard Keynes fue derrotado en Breton Woods, sentando un precedente de economista de izquierdas inteligente («Sería difícil exagerar el efecto electrizante de sus propuestas, dijo Lionel Robbins, «nunca se había discutido nada tan imaginativo y tan ambicioso») pero también incómodo para los intereses políticos del momento («Hemos sido perfectamente inamovibles en ese punto. Hemos asumido una posición de no rotundo», confesaba Harry Dexter White). Algunos consideran su propuesta más interesante de entonces como una salida endógena del capitalismo, una transición natural hacia el socialismo, en consonancia con el espíritu antifascista de la victoria aliada: la creación de una Unión Monetaria Internacional (UMI) y de una divisa mundial (el bancor). Las instituciones bancarias asociadas a la UMI tendrían la responsabilidad de reciclar los excedentes capitalistas de forma consciente y deliberada, favoreciendo los trasvases de capital desde las regiones con excedentes hasta las regiones deficitarias, liberando de este modo las tensiones causadas por los desequilibrios comerciales entre naciones. En la teoría, este mecanismo político de reciclaje permitiría una mayor estabilidad de precios y una mejor coordinación dentro del comercio internacional, permitiendo la aplicación de políticas contracíclicas mundiales cuando fueran necesarias. Nunca sabremos, por desgracia, como sería en la práctica.

Tras la caída en descrédito de Keynes, las cosas fueron de mal en peor, hasta nuestros días. Como ha subrayado en alguna ocasión Alejandro Nadal, resulta frustrante para quienes seguimos pensando que solo la verdad es revolucionaria que la revolución conservadora tuviera lugar en paralelo a la memorable derrota de los economistas neoclásicos en la polémica Cambridge-Cambridge, donde operaistas como Piero Sraffa, inspirador en el exilio de las luchas sindicales italianas por la subida del salario real, y poskeynesianas como Joan Robinson salieron por la puerta grande de la teoría del crecimiento, mientras el vencido Robert Solow entraba en política económica por la puerta trasera del Consejo de Asesores Económicos (1961-1962) para más tarde trepar hasta la Comisión del Presidente de los Estados Unidos sobre el Mantenimiento de los Ingresos (1968-1970), sentando las bases del desnorte teórico que orienta, comanda y dirige la incompetencia macroeconómica que vivimos desde 1971 (quiebra de Bretton Woods). Y es que, como dijera Walter Benjamin, «ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer». ¿Me lo dices o me lo cuentas, querido Solow?

Una muestra de la divergencia existente entre una teoría adecuada a los hechos y una práctica basada en intenciones se encuentra en los lamentables fracasos predictivos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Olivier Blanchard, economista en jefe del FMI, viene confesando desde octubre de 2012 la metida de pata de sus colegas, quienes minusvaloraron la influencia de los multiplicadores fiscales sobre la actividad económica a corto plazo, pronosticando que cada punto de consolidación presupuestaria —cada subida de impuestos o reducción de gastos— equivale a una caída del Producto Interior Bruto del 0,5%, cuando la realidad del atropello austericida en los países deprimidos del sur de Europa resulta bastante más dramática, estúpida y, como dicen en el Norte, self-defeating. Por cada euro que deja de gastar la Mariano Administration en España, todos juntos nos hundimos un euro y cincuenta céntimos. Las cuentas no salen, ¡claro que no salen! En Grecia, un ajuste del 15% sobre las finanzas del Estado, como el que tuvo lugar entre 2010 y 2012, se ha traducido en un 17% menos de gasto total. Tres veces la cifra sancionada, vaticinada, celebrada por la Troika. ¿La moraleja? «Apretarse el cinturón», «sacrificio colectivo» y «austeridad fiscal» siguen siendo los mantras preferidos por aquellos economistas que vienen a decirnos que las cuentas estales funcionan exactamente igual que la contabilidad de une familia. Nos juran que los gastos y los ingresos del Estado están desconectados entre sí. Se corrigen ipso facto. Nos perjuran que, en el peor de los escenarios, están conectados de manera inversamente proporcional. O sea, que cuanto más gasta, menos ingresa un Estado. ¡Sí, claro! Y vuelven a perjurar: «La culpa de todo la tienen los impuestos». ¡Cómo no!

Sobre este último punto, sobre los tipos impositivos y la relación entre los gastos y los ingresos del Estado, se ha escrito mucho sobre Arthur Laffer. Si seguimos la célebre curva que lleva su nombre, veremos que la relación entre los ingresos fiscales y los tipos impositivos es una función continua, pero no lineal. En román paladino: hay un punto máximo de saturación, entre los impuestos-límite del 0% y del 100%, a partir del cual la recaudación no aumenta sino que disminuye, ya que aniquila las bases imponibles. Como sucede con todos los intentos de matematizar la conducta humana mediante un conjunto finito de axiomas, la cuestión intrincada del asunto consiste en determinar cuáles son los incentivos de los agentes económicos; en este caso, para estafar a Hacienda, para dejar de invertir o para… Pensaba añadir «dejar de trabajar» a la lista, pero viendo cómo está el patio del desempleo en España, con tasas de  paro juvenil que superan el 50%, la idea del desempleo voluntario incentivado por la subida de los impuestos parece como poco irrelevante y como mucho utópica.

De hecho, no podemos encontrar ninguna uniformidad en los motivos que empujan a los individuos a realizar evasiones del Fisco tan distintas como rellenar una factura de fontanería sin IVA y mandar los dividendos del Banco Santander a Suiza. En materia fiscal, ¿qué tienen en común Emilio Botín y un fontanero? Prácticamente nada. El pago riguroso de los impuestos también atiende a razones que la razón ignora, desde el patriotismo financiero —cosa poco vista, pero no imposible— hasta el miedo ante posibles inspecciones fiscales, pasando por la mera inercia económica. En este punto hay que aplicar el principio de caridad interpretativa sobre los ricachones que evaden del Reino de España miles de millones de euros anuales. También habrá, digo yo, millonarios filantrópicos como Bono, el cantante de U2, que desde 2006 declara sus royalties en Holanda.1 En su defecto, ¿quién no tiene familia en Andorra? Si no un abuelo, al menos un nieto gamer

1 Sobre la evasión de impuestos del grupo musical irlandés, así como sobre las amistades peligrosas de Bono con George W. Bush o Jeffrey Sachs, economista del shock donde los haya, se recomienda la lectura de la biografía-denuncia recién escrita por Harry Browne, The Frontman: Bono (In the Name of Power), Verso, Londres, 2013.

Ahora en serio: la Curva de Laffer fue utilizada por Ronald Reagan para justificar la reducción de impuestos que llevaba incluida en su programa electoral de 1980. Ahora, igual que entonces, los neoliberales y neoconservadores asumen que todos los gobiernos están en el lado derecho de la curva, más allá del momentum optimum en términos recaudatorios y que, por lo tanto, hay que bajar la carga impositiva. ¡Qué ven mis ojos! ¿Argumentos liberales en defensa del Fisco? No te equivoques: el fin de esta especie de silogismo práctico no estriba en proponer que se alcance el summum de los ingresos fiscales, sino en sugerir que resulta indecente que haya un tipo impositivo del 60%, por ejemplo, cuando se podría ingresar la misma cantidad con un tipo del 20% y mucha más cantidad con uno del 40%. ¿La conclusión de esta falacia neolib y neocon? ¡Bajemos los impuestos al 20%! La opción de dejarlos al 40% para recaudar más ni siquiera se contempla. En esto consiste, en suma, su laissez faire: en regular siempre a favor del statu quo, en ponerle velitas a la Virgen del Inmaculado Empresario. Por desgracia, esta posición también es la mayoritaria entre la opinión pública española, saqueados como estamos por los sablazos del IVA y el IRPF, extasiados por los «brotes verdes» del último mayo, fascinados por el emprendizaje y las exportaciones, esperando la siguiente tormenta tras la calma chicha de estos días; mientras Cristóbal Montoro declara que la recaudación del año pasado solo cubre el 36,4% del PIB; mientras la presión fiscal media en la Zona Euro es del 46,2%; mientras nuestros gastos estatales totales rondan el 47%…

Mientras… reina la concordia entre las distintas escuelas económicas. Liberales austriacos y presuntos keynesianos se dan la mano. A la derecha del espectro ideológico, Juan Ramón Rallo, presidente del Instituto Juan de Mariana, reconoce que «los escépticos con Laffer sí tienen algo de razón cuando afirman que quienes apelan al economista estadounidense como argumento de autoridad para bajar impuestos asumen que las economías siempre se encuentran a la derecha de la curva, esto es, que siempre nos hallamos en una situación donde una minoración de la carga impositiva aumenta la recaudación», cuando en verdad «nadie debería descartar la posibilidad de que hoy España no esté a la derecha de la curva, sino a la izquierda, a saber, que el gobierno todavía pueda incrementar algo más la recaudación si sigue apretándole las tuercas al sector privado»2. Y por el lado izquierdo, idénticas premisas y distintas conclusiones, tenemos a Vincenç Navarro, quien no para de recordarnos que nuestro fraude fiscal alcanza los noventa billones (un nueve y diez ceros) y que los ciudadanos españoles podríamos ver fácilmente como nuestro Estado se embolsa doscientos billones (un dos y once ceros) por encima de nuestros gastos actuales, con solo tener la misma carga total que Suecia, nosotros que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Claro que para esto último se necesita voluntad política, eutanasia del rentista y cumplimiento de la ley: tres virtudes que brillan por su ausencia entre la casta política que nos gobierna.

2 Juan Ramón Rallo, «Olvídense de Laffer», Vozpópuli, 06/06/2013.