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El Cultural, 16/09/2019.

«El trap, ¿inmoral y apolítico?»

Se dice que el trap no es música. Que es inmoral, que es apolítico. ¿Cómo responder a estas críticas? Para empezar, ya nadie llama «trap» al trap en España. Ahora se llama «música urbana» y engloba todo tipo de géneros o estilos musicales, desde el reguetón de Ms Nina al flamencamp de Rosalía, pasando por el dancehall de Bad Gyal. Este rebautismo lo promovió el cantante C. Tangana a mediados de 2017, cuando descubrió que los medios de comunicación estaban calificando al trap como «el rap de los ninis». El trap, en puridad, es la música del trapicheo de drogas. En el sur de Estados Unidos, a las casas en las que se trafica con sustancias ilegales se las llama «casas de la trampa» (trap houses) y de ahí el nombre.

¿Cuál es entonces la diferencia entre el trap y el gangsta rap? Hay mucha controversia sobre este tema. Algunos de los raperos más importantes del mundo, como Gucci Mane, dicen que son lo mismo, que el trap es al siglo XXI lo que el gangsta rap fue a la década de los noventa. Pero a mi juicio hay una diferencia crucial entre ambos subgéneros: el gangsta rap suele cantar a la droga desde el punto de vista del traficante, mientras que el trap lo suele hacer desde el punto de vista de consumidor. Antes de que el lector me venga con sus contraejemplos, tengo que puntualizar que no pretendo que esta característica distintiva esté presente en todos los cantantes de trap, mucho menos en todas las canciones de trap. Simplemente estoy apuntando a un parecido de familia, a un espíritu de época que quizás no era tan importante en los orígenes del trap estadounidense, allá por la década de los 2000, pero que ahora, con la crisis de los opiáceos en ese país y la consolidación del trap sad and emo, amén de la muerte por sobredosis de Lil Peep, es una evidencia.

Al igual que en Estados Unidos, en España el trap es hijo del gangsta rap. C. Tangana ha homenajeado en varias canciones a Chirie Vegas. Pero entre el momento de esplendor del primero y del segundo hay un acontecimiento sociopolítico que explica la popularidad del uno y no del otro: la crisis económica española. Con crisis o sin ella, el trap probablemente hubiera llegado a España de todas formas —con quince años de retraso, como marca nuestro atraso secular—, pero no lo hubiera hecho con la pregnancia con la que lo ha hecho. En 2013, el año en que comienza a despegar el trap en España, más de la mitad de los menores de veinticinco años de este país estaba en paro.

Sin tener en cuenta este dato, no se puede responder a las críticas que se han formulado al comienzo de este artículo. Taquigráficamente (y tratando de usted al lector, como se merece): ¿que el trap no es música? Dígame entonces qué elevado estándar musical maneja usted para estipular lo que es y no es música. ¿Que el trap es inmoral? Tal vez lo que pasa es que versa sobre una moral o unas costumbres —mores, en latín— de un estrato poblacional al que usted no pertenece o con el cual no se solidariza. ¿Que el trap es apolítico? Quizás. No hay espacio para más.