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«El retraso de Lena Dunham: Crónica de Tiny Furniture»

¿Se han fijado? Las sesiones de los indie festivals nunca comienzan a la hora. He ahí su independencia respecto del horario comercial. Una rigurosa falta de puntualidad es el remedio de la abuela contra la falta de anunciantes. A falta del pan financiero, buenas son las colas de espera.

Celebrado entre el 25/04 y el 03/05 de 2013, el Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona iba a ser para menos. Mi economía política doméstica no me permite comprar muchas entradas a 6 € y 50 cents., descuento de estudiante incluido, pero todas las sesiones que visioné con mis propios ojos, cuya cantidad podemos enumerar con los dedos de la mano, contaron con la presencia de algún benévolo proyector que tuvo a bien el conceder a sus retrasados espectadores los cinco, diez, quince y hasta veinte minutos de justicia impuestos por los cánones de la cortesía española.

Como retrasado con conciencia de estirpe que soy, ese ademán liberal, ese gesto de magnificencia, esa holgura con los tiempos no supuso ningún alivio para mí. Yo llegaba tarde y corriendo, como siempre, a los cuarteles del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Mi reloj de bolsillo indicaba las 19:50. La película empezaba, según la parrilla de horarios del festival, a las 19:45. La common law del lugar me daba todavía unos minutos extra. Estaba perdido, sin embargo. Yo suelo llegar cuando las cosas ya han empezado. ¿Qué hace la gente con su tiempo libre en una sala de cine?

Las palomitas y la Coca-Cola estaban verboten para mí. Ya había probado el experimento hace unos años, en los Cines Renoir de Madrid, durante el estreno de La cinta blanca, de Michael Haneke, y no quería volver a experimentar el nazismo cultural en mis carnes. Los hípsters no soportan las palomitas y la Coca-Cola en boca ajena. Ojos en llamas tras las gafas de pasta. La realidad puede llegar a ser más violenta que cualquier película de Haneke. Da igual que la película sea una comedia de costumbres neoyorquina o un drama campesino mitteleuropeo: que verla con los brazos cruzados y las piernas cruzadas y el ánimo cruzado, o con las palmas de las manos bocarriba, plácidamente posadas sobre las rodillas. Esas son las dos opciones toleradas por el hipsterismo.

En cuanto a las risas enlatadas, siempre serán recibidas con los brazos abiertos en estos ámbitos, pues incorporan un distanciamiento brechtiano respecto de la contemplación estetizante de la burguesía, y ya es costumbre entre los burgueses el mofarse a mandíbula batiente ante un Samuel Beckett o ante un David Lynch o, incluso, ante un Marcel Duchamp. Esto lo pude comprobar una semana antes, en el hilarante estreno de Los ilusos, de Jonás Trueba, dentro del renovado y hipsterizado Matadero de Madrid, donde todas las señoras y señoritas de la sala se partieron la caja.

(El nivel de aquellas risas me suscita, de hecho, una pregunta: ¿Cuántas primas hermanas tiene Jonás para componer tamaña coreografía de dientes y labios y lenguas? nunca llegaremos a saber la cifra exacta, me temo).

Como decía, a diferencia del ha-ha-ha de la carcajada limpia, siempre bien recibido en ambientes hípsters, el fru-fru de la pajita del refresco y el glub-glub de nuestras tráqueas animales, por no hablar del crunch-crunch de los maxilares inferiores, introducen un ruido de fondo estomacal plebeyo y fuera de tono. Yo veo series en mi casa mientras cocino, así que, por mi parte, pelillos a la mar y larga vida al Tupperware. Pero hemos venido a contemplar cinéma d’auteur. Toca sentarse a esperar y aburrirse; por añadidura, un poquito más.

Ya empieza el asunto. Lucía Lijtmaer —la presentadora de la sesión— nos recuerda que Tiny Furniture —la película que estamos a punto de ver— no es Girls —la serie que todos hemos visto—. Ver para creer. Mismo reparto de actores, idéntico escenario existencial, trama narrativa similar. ¿Qué diferencias respaldan el enunciado de Lijtmaer? Para empezar, Dunham ha simplificado el planteamiento narrativo, introduciendo el componente familiar. Allí donde la serie presenta un ambiente de fraternidad universitaria o, mejor dicho, los restos de amistad adolescente que la precariedad del capitalismo aún no ha apisonado, la película simplifica el entramado de personajes, dejando de lado algunas figuras prescindibles del reparto original.

En cuanto a la temática sociopolítica, sin novedades en el frente. Ante la fiereza del mercado de trabajo, una veinteañera obsesionada con las enfermedades de transmisión sexual, recién licenciada de alguna carísima universidad americana, tiene que comerse su orgullo social de clase media, con guarnición de títulos, diplomas y certificados, y rebajar las aspiraciones intelectuales del cognitariado que ella cree encarnar a la miserable altura de una restaurant hostess (un trabajo que consiste básicamente en apuntar las reservas de un restaurante en una libreta de pedidos).

¡Menuda tragedia!, exclamas.

¡Menuda repetición!, replico.

Vamos, que el argumento de Tiny Furniture está calcado de Girls.Más interesante que la trama son las cuestiones generacionales planteadas por los 98 mins. del film. Frente a la confrontación antagónica entre progenitores y progenie, entre los boomers y los millennials que presenciamos en la serie, donde los nacidos en la década de los ochenta aparecen como unos sacamantecas mimados y dependientes de la generación anterior, incapaces de encontrar una profesión a largo plazo, la película sitúa esta dicotomía en perspectiva, incorporando la figura de la hermana adolescente y de la madre soltera (una vieja hippie). De este modo, Tiny Furniture traslada las complicadas relaciones de amistad a la estructura familiar y muestra los conflictos que ya tiene la generación de Dunham con la camada inmediatamente posterior, la de los nacidos en los noventa, quienes, puestos sobre aviso por las redes sociales, ya han incorporado la ética protestante a su vida cotidiana.

Sea como fuere, son las 19:55 y todavía no ha empezado la proyección. Lijtmaer nos recuerda por segunda ocasión que no estamos ante Girls. En la cinta que vamos a ver solo hay «some girls», nos recuerda por tercera vez. Tiradas en la cuneta se encuentran Allison Williams, quien en la serie interpreta a la morenaza Marnie Michaels, en el papel de veinteañera ordenada, con la vida planificada por completo, que termina perdiendo el Norte. También se ha sacrificado al personaje de Shoshanna Shapiro, la versión más inocente del consumismo norteamericano, que Sexo en Nueva York representa en sus mejores momentos pornográficos, rozando la cuarentena recién cumplida, y que la actriz Zosia Mamet encarna en Girls mientras se atreve a dar sus primeros pasos, llenos de inocencia, credulidad y palabrería.

La única actriz/personaje que queda de la serie original en la película es Jemima Kirke/Jessa Johansson. En efecto, amigos, hablamos de la hípster con acento británico que durante la primera temporada de Girls maquina la formación de un sindicato de babysitters, descuidando la atención de la muchachada que tiene a su cargo, para más tarde follarse al padre de las criaturas y protagonizar una de las escenas lésbicas más entrañables de la serie, donde es llamada «Mary Poppins»… y no sigo espoileando. Sí, amigos, la misma Jemima Kirke/Jessa Johansson que, en la segunda temporada de la serie, en un capítulo que nadie puede espoilear porque es una gema contenida en sí misma, sin relación alguna con el resto de la trama, acompaña a la protagonista de la serie, a la mismísima Hannah Horvath, a las profundidades de la América Rural, con erre mayúscula de «Rodeo», donde el acento sureño se confunde con los dejes de Newcastle, las mujeres pueden mear detrás de un seto y hasta el más pringao tiene derecho a echarse una canita al aire, en pleno bosque, junto a las tumbas del cementerio.

Resumiendo: gran acierto de Dunham el mantener a Jemima Kirke/Jessa Johansson. Su sex appeal un tanto yonqui, en la línea de la «Máquina Kate Moss» de la que habló Christian Salmon, salva alguna que otra escena de la película que, sin su presencia, habría tenido que descender a los abismos de la sitcom gag para arrancar todos los hahahahahahahahas del público.

Como contrapeso, tenemos a Alex Karpovsky. Yo pensaba para mis adentros «¡Recórcholis! ¡He aquí un buen actor!» mientras los tramoyistas pasaban la película y el público rumiaba sus palomitas imaginarias. Karpovsky tiene todos los atributos requeridos para triunfar en el celuloide: mucha frente, mucha nariz, poca boca. Tiene un mentón imponente. Tiene una mirada de órdago. Tiene una entonación buena. Pero en Tiny Furniture, al igual que en Girls, interpreta el papel del petao. A diferencia de Jemima Kirke/Jessa Johansson, el personaje de Karpovsky carece de todo sex appeal. Se acuesta desnudo con mujeres, pero solo piensa en cómo sudan en la cama. A pesar de su pecho de lobo, es un cordero sin gracia. Su relación con la protagonista es un chico-conoce-a-chica fallido. El chico solo quiere alojamiento gratis.

Huelga decir que los problemas sexuales abarcan bastantes metros en las cintas que ha grabado Dunham a lo largo de su trayectoria cinematográfica. En los primeros capítulos Girls despunta una sexualidad mortecina, rutinaria, muy poco divertida, que contrasta fuertemente con la representación eufórica, falofórica y en ocasiones carnavalesca que hallamos en series como Californication, donde un escritor traumatizado llega a tener, solo en el episodio piloto, hasta cuatro lances sexuales: una felación para despertarse en el desayuno, una mujer desnuda en la cama a mediodía, un poco de rollo sado durante la siesta y algo de coitus interruptus tras la cena. ¡Así cualquiera se pone a escribir!

Tiny Furniture es la «culminación» de este planteamiento sexual, en varios sentidos de la palabra. Culminación como no va más: la escena de sexo en el interior de una tubería con el guaperas de turno sintetiza la ambivalencia emocional de esa convención heterosexual que llamamos penetración vaginal. Pero también culminación como finiquito. En la galería del erotismo occidental, Dunham es una invitada rolliza y tatuada, cuyos escarceos con los caballeros de Brooklyn tienen o bien un carácter mesiánico, o bien un aspecto bufonesco. Tertium quid non datur. El episodio quinto de la segunda temporada de Girls apuesta por la utopía: veinticuatro horas de romance ininterrumpido con un adinerado y cariñoso médico divorciado. ¿Quién pide más? Tiny Furniture, por el contrario, prefiere la broma fácil. He aquí una conversación entre una madre y una hija de manual de primero de carrera de Comunicación Audiovisual:

«¿Habéis tenido relaciones sexuales?» «Sí». «¿En tu casa?» «No». «¿En su casa?» «No». «¿Entonces dónde?» «En otro sitio». «¿En un hotel?» «En otro sitio». «Madre mía, ¿en la calle?» «Peor que eso». «¿Qué hay peor que la calle?» «Una tubería industrial sobre la calle».

Y los asientos del cine, por detrás y por delante, por todas partes, estallan en un hahahahahahahaha rutinario. Y yo no paro de preguntarme: «¿En qué viajes, bajo qué climas, con qué gentes, durante qué aventuras habrá adquirido el público de Tiny Furniture esa maldita risa con hache aspirada?»