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El funeral de la filosofía (núm. 1): Incineración en Vegas de Matute y entierro en Morille

1.

Hola a todos.

Estamos aquí reunidos, hoy, 16 de noviembre de 2017, día mundial de la filosofía, en el Bosque del Recuerdo del Parque del Retiro de Madrid, uno de los pocos monumentos funerarios que hay en el centro de la ciudad, delante de este ataúd lleno de clásicos de la filosofía con el objetivo de reflexionar sobre la muerte (o no) de la misma. Un tercio de estos libros va a ser incinerado, otro tercio se va a reciclar para imprimir una tirada limitada de este discurso y del discurso que va a pronunciar Miguel Ballarín después, y el tercio restante va a ser enterrado en el Museo-Mausoleo de Morille, provincia de Salamanca, el único museo del mundo en el que las obras de arte no se exponen sino que se entierran, donde hay obras enterradas de Fernando Arrabal, Isidoro Valcárcel Medina y Esther Ferrer, y donde están enterradas también las cenizas del artista y filósofo Pierre Klossowski.

Las cenizas que genere la incineración de estos libros se guardarán en una urna cuya propiedad compartiremos Miguel Ballarín y un servidor. Una vez al año, con motivo del día mundial de la filosofía, nos reuniremos en algún sitio, preferentemente la tumba de algún filósofo, para volver a reflexionar sobre la muerte (o no) de la filosofía, arrojar parte de las cenizas e intercambiarnos la custodia de la urna. Desde aquí quisiera invitar a todo el mundo a asistir a la segunda edición de este funeral, que, si seguimos vivos para esa fecha, se celebrará el jueves 15 de noviembre de 2018 delante de la tumba de José Ortega y Gasset en el cementerio de La Almudena de Madrid. Así pues, el funeral de la filosofía no será una performance puntual, sino un proceso de señalización de ciertos monumentos funerarios, un compromiso a largo plazo con cierta forma de la amistad y una constatación de nuestro propio envejecimiento y eventual muerte.

Cuando hace unos días anunciamos este acto en las redes sociales, algunas personas intentaron comparar nuestro reciclaje, incineración y enterramiento de clásicos de la filosofía con una serie de quemas que se han realizado a lo largo de la historia: la quema de libros y la sepultura de intelectuales moístas en China por orden del emperador Qin Shi Huang en el 210 a. C.; la quema de libros arrianos en el Imperio Romano por orden de Constantino el Grande después del Concilio de Nicea en el 325 d.C.; la quema de talmudes en París después de la disputa teológica entre judíos y cristianos de 1244; la quema de libros precolombinos en Yucatán por orden del obispo Diego de Landa en 1562; la quema en Alemania de libros considerados anti-germanos por los nazis en 1933, etc. La diferencia entre esos actos y el nuestro es que ellos quemaron todos los ejemplares de ciertos libros con el objetivo de impedir su lectura mientras que nosotros vamos a reciclar, incinerar y enterrar libros cuya lectura recomendamos enfáticamente. Estos son los autores cuyos libros van a ser reciclados, incinerados o enterrados y cuya lectura no podemos sino recomendar:

Heráclito, Parménides, los sofistas, Platón, Aristóteles, los estoicos, Cicerón, Lucrecio, Séneca, Plotino, San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás, Guillermo de Ockham, Nicolás Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam, Nicolás Copérnico, Giordano Bruno, Francis Bacon, René Descartes, Thomas Hobbes, Blaise Pascal, Baruch Spinoza, John Locke, Gottfried Leibniz, Giambattista Vico, David Hume, Voltaire, Jean-Jacques Rousseau, Immanuel Kant, Johann Gottlieb Fichte, Friedrich Schelling, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Arthur Schopenhauer, Ludwig Feuerbach, Alexis de Tocqueville, Soren Kierkegaard, John Stuart Mill, Karl Marx, Friedrich Nietzsche, William James, Sigmund Freud, Edmund Husserl, Henri Bergson, Miguel de Unamuno, Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger, José Ortega y Gasset, Thedor Wissengrund Adorno, Jean Paul Sartre y Fernando Savater.

Si tanto recomendamos la lectura de estos autores, ¿por qué no regalamos sus libros en lugar de reciclarlos, incinerarlos y enterrarlos? Porque, en la situación actual, no es necesario ni suficiente regalar libros de filosofía para que estos sean leídos. No es necesario porque todos los libros que vamos a reciclar, incinerar y enterrar están libres de derechos de autor y se pueden leer gratuitamente en internet. Y no es suficiente porque para la mayoría de la población estos libros son más un castigo que un regalo. En 2015, según los datos del CIS, el 40% de la población española no leyó ningún libro, el 57% no acudió a ninguna librería y el 75% no pisó ninguna biblioteca. Con estas cifras en la mano, la pregunta que habría que hacerse no es por qué motivo nosotros no regalamos estos libros sino por qué motivo no se han reciclado, incinerado y enterrado previamente a sabiendas de lo socialmente muertos que están estos libros.

¿Pero es que acaso la filosofía académica no ha sido siempre una disciplina ejercitada exclusivamente por una minoría, que en ocasiones ha estado perseguida? Efectivamente. Ahí tenemos la pena de muerte a Sócrates en el 399 a. C., la condena por herejía a Guillermo de Ockham en el 1326, la quema de Giordano Bruno en el 1600, los exilios de René Descartes en 1641 y 1643, la excomunión de Spinoza en el 1656 o el suicidio de Walter Benjamin en 1940.

Pero no podemos ignorar los argumentos que se han ofrecido a lo largo del siglo XX acerca del final de la filosofía. Estos argumentos han sido expuestos recientemente por Isabelle Thomas-Fogiel en su libro La muerte de la filosofía: referencia y autorreferencia en el pensamiento contemporáneo, donde se discuten las tesis de Heidegger, Quine, Habermas, Levinas y Rorty. Aquí vamos a centrarnos en la posición de Heidegger, que sintetiza a todas las demás.

En «El final de la filosofía y la tarea del pensar», Heidegger afirma que nos encontramos en la época del acabamiento de la metafísica. Por metafísica Heidegger entiende platonismo. Nietzsche sería un platónico invertido y después de las Tesis sobre Feuerbach de Marx solo podría haber «una variedad de renacimientos epigonales». Este acabamiento no debería entenderse como una culminación, pues no habría progreso histórico en filosofía y el pensamiento de Hegel no sería mejor que el de Kant. El acabamiento de la metafísica consistiría en la reducción de la filosofía a la condición de «ciencia empírica del hombre» en el contexto de un conjunto de ciencias y técnicas que manipulan el mundo, la primera entre las cuales sería la cibernética. Paradójicamente, el final de la filosofía sería el comienzo de una civilización mundial fundada en el pensamiento europeo-occidental. ¿Cuál sería entonces la tarea del pensar, como algo distinto de la filosofía, en la época del acabamiento de la metafísica? Superar los conceptos filosóficos tradicionales (sujeto, sustancia, método, idea, etc.) y atender a la iluminación (Lichtung) y a la verdad como no-ocultamiento (aletheia).

En este punto se pregunta Heidegger: «¿no es todo esto mística sin fundamento, inclusive mala mitología o, en todo caso, un irracionalismo funesto, la negación de la Ratio?». Efectivamente. Pero no por ello deja de plantear adecuadamente el problema de la situación de la filosofía en nuestro tiempo. La posición de Heidegger sobre la relación entre la filosofía y la ciencia no se diferencia mucho de la posición del físico Stephen Hawking, cuando en 2010 afirmó que la filosofía ha muerto porque es incapaz de responder a preguntas del tipo «¿De dónde venimos y a dónde vamos?» y que los científicos se han convertido en «los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento». En ambos casos se presupone que la filosofía ocupaba previamente el campo de las ciencias y que el desarrollo de estas ha reducido a aquella a una suerte de religión secular.

Ahora bien, Heidegger reconoce que «ya en la época de la filosofía griega, apareció un rasgo determinante de la Filosofía: la formación de ciencias dentro del horizonte que la Filosofía abría» y que «ya en Homero, la palabra alethés se usa siempre para los verba dicendi, los enunciados, y, por consiguiente, en el sentido de exactitud y fiabilidad, y no en el de no-ocultamiento». Así que, una de dos: o bien la filosofía ya estaba muerta desde sus orígenes (que es en el fondo la tesis de Heidegger) o bien hay que abandonar la concepción de la filosofía como madre sobreprotectora de las ciencias y la concepción de las ciencias como hijas matricidas de la filosofía.

No voy a exponer detalladamente mi concepción de la filosofía porque ya la he expuesto en muchas ocasiones y ni siquiera es una concepción original mía, sino que la he tomado de Gustavo Bueno. Básicamente consiste en concebir a la filosofía como un saber de segundo grado que se apoya sobre saberes primarios como los científicos o los técnicos. Así pues, la ciencia no sería la madre de las ciencias, las técnicas y las artes, sino su hija o, mejor dicho, su sobrina, pues no hay una relación de filiación directa entre ciertas ciencias, ciertas técnicas y ciertas artes con ciertas filosofías, sino más bien oblicua. La mecánica cuántica, por ejemplo, no tiene una sola interpretación filosófica (una sola hija) que haya surgido directamente de ella, sino múltiples interpretaciones filosóficas (múltiples sobrinas) con orígenes claramente independientes.

Según esta concepción de la filosofía, no deberíamos encontrarnos en la época del final de la filosofía, en singular, sino en la época del comienzo de múltiples filosofías, en plural, pues nunca como hoy ha habido tantos saberes primarios que pueden servir como base para la construcción de nuevas filosofías. Y, sin embargo, cuando miramos la filosofía que se practica dentro y fuera de la Academia no podemos sino deprimirnos profundamente. Dentro de la Academia, la situación actual de la filosofía analítica y continental recuerda a la situación de la escolástica nominalista y realista durante la primera mitad del siglo XVI, engolfada en el comentario onanista de los clásicos y en detallismos puramente nominales en una época de profundas revoluciones sociales, científicas y técnicas (el descubrimiento y conquista de América, la formación de los Estados modernos, los orígenes de la cosmología moderna, etc.).

Fuera de la Academia nos encontramos con que la palabra «filosofía» se ha convertido en un término corriente para referirse a la táctica y estrategia de instituciones como los equipos de fútbol (la filosofía del «partido a partido» del Atlético de Madrid), los youtubers (la filosofía de Dalas Review, compuesta por «todas mis experiencias presentadas a modo de instrucciones simples») o los bancos (la digilosofía del Santander, que en sus anuncios promete el milagro de la bilocalización: «saber cómo llevar tu negocio allí sin tener que salir de aquí»). En 2015, en un discurso sobre «El papel de la filosofía en el conjunto del saber y del hacer» dado en la calle con motivo del día mundial de la filosofía, pronostiqué que, si la situación sigue así durante unas décadas, con unos filósofos académicos despreocupados ante la degeneración semántica de su profesión, la palabra «filosofía» sufrirá el mismo cambio de significado que sufrió la palabra «ideología», que a finales del siglo XVIII refería a la disciplina ocupada del estudio de las ideas, y desde mediados del siglo XIX refiere a la falsa conciencia de la realidad, funcional para cierta clase social.

Si los filósofos no hacemos nada para impedir la degeneración semántica de nuestra profesión, se nos podrá aplicar el aforismo 125 de La gaya ciencia, de Nietzsche, uno de los libros que vamos a reciclar, incinerar o enterrar, solo que cambiando la muerte de Dios por la muerte de la filosofía. Diría así el pasaje central del aforismo:

[Leer directamente del libro].

¡La filosofía ha muerto! ¡La filosofía sigue muerta! ¡Y nosotros la hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos los asesinos de todos los asesinos? Lo más sagrado y lo más poderoso que hasta ahora poseía el mundo, sangra bajo nuestros cuchillos —¿quién nos enjugará esta sangre? ¿Con qué agua lustral podremos limpiarnos? ¿Qué fiestas expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en filósofos, solo para estar a su altura?

[Arrancar la hoja del libro, hacer una bola de papel y tirarla al suelo].

¿Por qué resulta tan ofensivo la destrucción de un libro? A los que habéis leído o pensáis leer este libro, ¿acaso no sabéis que hay otros ejemplares, algunos de ellos disponibles gratuitamente en internet, y que lo único que se está aquí destruyendo es cartón, tinta y papel? Y a los que no habéis leído y no pensáis leer este libro, ¿cómo tenéis la cara dura de ofenderos, vosotros, para quienes todos y cada uno los ejemplares de este libro son únicamente cartón, tinta y papel?

Hoy, Miguel Ballarín y un servidor estamos haciendo un doble sacrificio. El sacrificio, en primer lugar, de los libros que hemos comprado con el dinero de nuestro bolsillo y que nos encantaría regalarlos si no supiéramos que regalar un libro sin haber creado previamente el contexto social que permita su lectura es como dar un pez en lugar de enseñar a pescar: pan para hoy, hambre para mañana. Y el sacrificio, en segundo lugar, de nuestra reputación ante aquellas personas que, por ignorancia o por mala fe, quieran equiparar este funeral a una quema de libros: nosotros no vamos a reciclar, incinerar y enterrar estos libros porque queramos impedir su lectura, sino porque queremos representar apotropaicamente la amenaza que suponen para nuestra profesión el engolfamiento de la filosofía académica y la degeneración semántica de la filosofía mundana. Si la filosofía sigue por este camino, en unas décadas no hará falta que nadie destruya ninguno de estos libros, porque ya habrán perdido todo sentido.

2.

Hola a todos.

Estamos aquí reunidos, hoy, 15 de enero de 2018, en el Museo-Mausoleo de Morille (Salamanca), para enterrar este ataúd lleno de libros de filosofía. En primer lugar, quiero dar las gracias a Domingo Sánchez Blanco, el enterrador en jefe de este cementerio, y al alcalde de Morille, que ha puesto en el mapa del arte contemporáneo y de la filosofía un pueblo de 260 habitantes, por invitarnos a realizar este acto. Este enterramiento es el acto final de un funeral que comenzó la víspera del día mundial de la filosofía, el pasado 16 de noviembre de 2017, cuando Miguel Ballarín y un servidor fuimos a la Cuesta de Moyano de Madrid a adquirir al menos un libro de segunda mano de cada uno de los principales filósofos occidentales. La mayoría de las ediciones que compramos eran malas y baratas, pero también nos gastamos la pasta en una edición en latín, tapa dura y cinco tomos de la Suma teológica y otra, también en tapa dura y tres tomos, de El capital. No sé si Miguel Ballarín, pero yo, como diría Indalecio Prieto, me considero tomista a fuer de marxista.

Ese día nos compramos por Wallapop un ataúd de Halloween de tamaño infantil —que es el que hoy enterramos— y un día después presentamos en sociedad los libros dentro del ataúd; aunque hablar de «presentación en sociedad» suena presuntuoso si tenemos en cuenta que durante la mayor parte del acto hubo tantos oyentes como ponentes. Lo hicimos en el Bosque del Recuerdo, el monumento a las víctimas del atentado de 11M que hay dentro del Parque del Retiro. Para evitar cualquier malentendido, quiero aclarar que nuestro acto no tuvo la menor intención ofender —ni, por tal caso, agradar— a las víctimas del terrorismo. Lo hicimos allí simplemente porque es uno de los pocos monumentos funerarios en el centro de la ciudad. Por hacer este funeral nos han acusado de muchas cosas, pero, curiosamente, no nos han acusado todavía de ofender a las víctimas del terrorismo, que son las únicas que pueden legítimamente sentirse ofendidas, pues a fin de cuentas invadimos su espacio para hacer una cosa que a ellas ni les va ni les viene. Nos han acusado de destruir libros en vez de regalarlos. Nos han acusado de asesinar a la filosofía cuyo funeral celebramos. A esas acusaciones ya respondí en el discurso que pronuncié en el Bosque del Recuerdo; aquí solo quisiera insistir en que los asesinos potenciales de la filosofía somos todos y que el objetivo de este funeral no es darla por muerta sino llamar la atención sobre los peligros mortales que la acechan.

Como ya anuncié en el discurso del Bosque del Recuerdo, un tercio de los libros que habíamos comprado Miguel Ballarín y un servidor estaba destinado a ser incinerado, otro tercio a ser enterrado y el último tercio a ser reciclado para imprimir una tirada limitada de estos discursos. De este modo, a la manera del ave fénix, estos libros realizarán el ciclo de la muerte y la resurrección, resurgiendo de sus cenizas bajo la forma de nuestros discursos y de la reacción del público ante ellos o ante la situación de la filosofía que pretenden denunciar. Como ha dicho un amigo menos encomiástico sobre este funeral: «Esta performance me causa la misma incomodidad y el mismo rechazo que cuando la profesora de manualidades recortaba una página de un cómic de Mortadelo para hacer una billetera plastificada de mierda». Lo que no sabe este amigo es que esa incomodidad y ese rechazo forman una parte esencial de esta performance.

Hace unas semanas, el 8 de diciembre de 2017, incineramos en el huerto de la casa de mis padres en Vegas de Matute (Segovia) el tercio correspondiente de los libros. Para facilitar la labor al fuego, decidimos incinerar los libros más finos, los de tapa blanda y —para qué ocultarlo— los que menos nos interesaban, reservando los más gruesos y los de tapa dura para ser reciclados y los que más nos interesan para ser enterrados y conservados a posteridad. Esta es la lista de los libros que incineramos:

1] Miguel Unamuno: Amor y pedagogía — Nada menos que un hombre. [2] Sören Kierkegaard: Mi punto de vista. [3] Giambattista Vico: Ciencia nueva. [4] Ludwig Feuerbach: Tesis provisionales para la reforma de la filosofía — Principios de filosofía del futuro. [5] Nicolás Oresme: Tratado de la primera invención de las monedas — Nicolás Copérnico: Tratado de la moneda. [6] Pascal: Pensamientos. [7] Jean-Paul Sartre: La náusea. [8] Voltaire: Cándido o el optimismo. [9] John Stuart Mill: Sobre la libertad. [10] Fernando Savater: Ética para Amador. [11] San Agustín: Las confesiones. [12] José Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía? [13] Henri Bergson: La evolución creadora. [14] G. W. Leibniz: Discurso de metafísica. [15] Theodor W. Adorno: Actualidad de la filosofía. [16] David Hume: Ensayos políticos. [17] Francis Bacon: Novum Organum. [18] AA. VV.: Goliat.  

De estos 17 libros solo sobrevivieron sin quemarse unas pocas hojas del Novum Organum. Resulta curioso que sea precisamente la obra que pretendía inaugurar la modernidad filosófica la única que haya pasado esta especie de ordalía medieval. Algunos de los fragmentos que han resistido a esta prueba de fuego rezan como sigue:

[Leer algún fragmento].

La incineración se ha grabado y en el vídeo se puede ver cómo sopla el viento en el huerto de la casa de mis padres y cómo las cenizas de los libros salen volando y nos rodean como si fueran el Espíritu Santo. También se puede ver cómo mi padre, que presume de haber estado en los Boy Scoutsy de saber cómo hacer un fuego, empieza a echar las cenizas en una olla exprés hasta que mi madre nos trae una vasija de cerámica. Allí descansarán las cenizas, en mi posesión, hasta el día mundial de la filosofía de este año, el 15 de noviembre de 2018, en el que Miguel Ballarín y un servidor nos reuniremos ante la tumba de un filósofo, como planeamos hacer durante los próximos años, con el objetivo de intercambiar la posesión de la vasija y plantear de nuevo la pregunta sobre la muerte de la filosofía (este año, ante la tumba de José Ortega y Gasset). 

Lo que no se puede ver, porque no se ha grabado, es el proceso del reciclaje, en parte porque ninguna de las empresas papeleras con las que hemos contactado nos ha permitido acceder a sus instalaciones, en parte porque queríamos dejar un resquicio de esperanza a todos esos amigos que nos han pedido insistentemente el «indulto» para alguno de estos libros. Como no hay ningún documento que constate fehacientemente que hayamos reciclado un tercio de los libros, más allá de la futura edición de estos discursos en papel reciclado, esos amigos pueden a partir de ahora fantasear con que no los hemos reciclado, sino que nos los hemos quedado vilmente. Por supuesto que no lo hemos hecho, pero, si lo hubiéramos hecho, tampoco lo reconoceríamos. Esta es la lista, por lo tanto, de los libros de paradero desconocido:

1] Immanuel Kant: Crítica de la razón pura. [2] Arthur Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación. [3] G. W. F. Hegel: Diferencia entre los sistemas de filosofía de Fichte y Schelling — Lecciones de la filosofía de la historia. [4] Friedrich Schelling: Sistema del idealismo trascendental — Las edades del mundo. [5] Porfirio: Vida de Plotino — Plotino: Enéadas I-III. [6] Nicolás Maquiavelo: El príncipe — Discursos sobre la primera década de Tito Livio. [7] Baruch Spinoza: Ética. [8] Thomas Hobbes: Leviatán. [9] Jean-Jacques Rousseau: Emilio. [10] Sigmund Freud: Estudios sobre la histeria. [11] J. G. Fichte, Discursos a la nación alemana. [12] Giordano Bruno: La cena de las cenizas. [13] Lucrecio: De la naturaleza de las cosas. [14] Séneca: Epístolas morales a Lucilio. [15] Sofistas: Testimonios y fragmentos. [16] Platón: Diálogos I. [17] Aristóteles: Metafísica. [18] Los estoicos antiguos: Obras.

Así pues, estamos aquí reunidos, en el Museo-Mausoleo de Morille, para enterrar el tercio restante de los libros. Para quien no conozca este lugar diré que es el único museo del mundo en el que las obras de arte no se exponen, sino que se entierran, y que su idea se inspira en el comienzo del ensayo de Theodor W. Adorno, «Museo Valéry Proust», donde dice el francfurtiano:

El museo y el mausoleo no están unidos sólo por una asociación fonética. Los museos son como panteones de obras de arte. Dan testimonio de la neutralización de la cultura. Los tesoros artísticos están depositados en ellos: el valor de mercado desbanca a la dicha de la contemplación.

Entre las obras de arte que están aquí enterradas, quisiera destacar la versión que hizo Fernando Arrabal de la Ethica more geometrico demonstrata, aduciendo que Baruch Spinoza había nacido en la frontera de Salamanca con Portugal. Todavía recuerdo la cara que se le puso a Domingo Sánchez Blanco, que ese día iba vestido de templario con un traje de felpa rojo y blanco que le hacía parecerse a Papa Noel, cuando Fernando Arrabal dijo que su versión de la Ética era un libro de dibujos y poemas, impreso en una limitadísima tirada de tres ejemplares, uno de los cuales se encuentra en la Biblioteca Nacional Francesa, otro en la Biblioteca Nacional Española y el último, aquí, en Morille. «Esto va a desenterrarlo alguien», pensamos todos, como ya había desenterrado alguien la pepita de oro que enterró del V Virrey de Sicilia, con la mala pata de que ni él era virrey ni ella era pepita, sino un guijarro envuelto en papel de aluminio. El problema de los desenterramientos furtivos se solucionó expeditivamente poniendo una pesada lápida sobre cada sepulcro.

La lápida que hemos elegido para nuestro sepulcro tiene grabada una frase en griego, que dice lo siguiente en la traducción más convencional en castellano: «De donde las cosas tienen su origen, hacia allí deben sucumbir también, según necesidad; pues tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo». Esta pasa por ser la frase escrita más antigua de la que se tiene constancia en la historia de la filosofía occidental, atribuida por Simplicio a Anaximandro, el primer filósofo griego que escribió en prosa. Esta cita se puede interpretar de muchas maneras. Se puede interpretar de manera ingenua, tomando las palabras por lo que significan usualmente e ignorando el contexto histórico y filosófico en el que se produjeron. Según esta interpretación, Anaximandro estaría hablando, en la primera parte de la frase, de la relación circular que hay entre el nacimiento y la muerte, y en la segunda parte, de la resolución temporal de las injusticias. Esta es la interpretación que da Friedrich Nietzsche de esta cita en su obra de juventud, La filosofía en la época de los griegos, donde equipara a Anaximandro con Arthur Schopenhauer como dos moralistas y pesimistas que habrían compartido la convicción antinatalista de que, por decirlo con Calderón de la Barca, «el mayor pecado del hombre es haber nacido». En palabras de Nietzsche:

Anaximandro huyó de este mundo de injusticia, de la impúdica pérdida de la unidad originaria de las cosas hacia una fortaleza metafísica, desde la que se asoma ahora dejando vagar la mirada a lo lejos, y, finalmente, después de un silencio reflexivo, les dirige a todos los seres la pregunta: ¿Qué valor tiene vuestra existencia? Y si no tiene valor, ¿para qué existís? Me doy cuenta de que es por vuestra culpa por lo que os mantenéis en la existencia. Tenéis que expiar esta culpa con la muerte.

Además de esta interpretación ingenua, también se puede hacer una interpretación erudita de la cita que sospeche del significado usual de las palabras y tenga en cuenta el contexto histórico y filosófico en el que se produjeron. Martin Heidegger ha llevado este tipo de interpretación a su reducción al absurdo en su ensayo «La sentencia de Anaximandro», donde retuerce hasta tal punto la cita para que encaje en su doctrina del olvido del ser que finalmente termina diciendo algo ininteligible: «a lo largo del uso; en efecto, dejan que tenga lugar acuerdo y atención mutua (en la reparación) del des-acuerdo». Como todos los textos del segundo Heidegger, después de la Kehre, este ensayo es un conjunto de eufonías delirantes en alemán y de etimologías inventadas en griego, con grandes momentos de autorretrato cómico involuntario, como cuando dice que «sólo puede convertirse en pastor del ser desde el momento en que sigue siendo lugarteniente de la nada». Lugarteniente de la nada: no se me ocurre mejor puesto en la historia de la filosofía para el segundo Heidegger. En este funeral, lo único que merece la pena ser citado de ese ensayo es cuando se pregunta por la relación que tenemos los filósofos contemporáneos con los clásicos que hoy vamos a enterrar:

Pero ¿de qué autoridad está revestido lo primigenio para dirigirse a nosotros, que pasamos por ser los últimos epígonos de la filosofía? ¿Somos los epígonos de una historia que ahora se encamina rápidamente hacia su final y que acaba con todo en un orden más estéril e uniforme? [...] ¿Qué nos importan todas las filosofías de la historia únicamente historicistas, si lo único que hacen es deslumbrar con el buen ordenamiento de la materia histórica dada, si explican la historia sin pensar jamás los fundamentos de sus principios de explicación a partir de la esencia de la historia y a ésta sin tener en cuenta al propio ser? ¿Sómos los epígonos que somos?

Mi interpretación de la cita no es ninguna de las precedentes. Hay que señalar que Anaximandro pasa por ser el primer filósofo en utilizar el término «ἀρχή» o «primer principio», el principio de la pluralidad y del cambio, probablemente para reflexionar críticamente sobre las doctrinas de su maestro: Tales de Mileto. Frente a Tales, que pensaba que el primer principio es el agua, un elemento que estaría presente en todas las cosas y que sería la fuente de la vida, Anaximandro se percató de que hay elementos contrarios (el agua y el fuego, el frío y el calor, lo húmedo y lo seco, etc.) y de que no se puede elevar uno de ellos a la condición de primer principio sin suprimir —sin cometer una injusticia, en palabras de nuestro fragmento— a todos los demás. Dada esta irreductibilidad de los elementos, el primer principio no puede ser algo definido, limitado o determinado —pues, como dirá Spinoza, «toda determinación es negación»— sino lo indefinido, lo ilimitado, lo indeterminado: el ἄπειρον. El ἄπειρον no solo media entre los elementos contrarios, posibilitando de este modo la pluralidad y el cambio, sino que también envuelve espacial y temporalmente al κόσμος, esto es, al mundo como orden. Anaximandro no solo creía que el mundo era finito espacialmente —fue el primer filósofo en dibujar un mapa mundi y creía que la Tierra tenía la forma de un cilindro y los astros, de aberturas en grandísimos arcos de fuego— sino también finito temporalmente. ¿Cómo compatibiliza Anaximandro la finitud temporal del mundo con la eternidad de la realidad, esto es, con la imposibilidad de la creatio ex nihilo, que todos los filósofos griegos daban por sentado? Con su doctrina de la pluralidad de los mundos, que no debe entenderse como una pluralidad actual de mundos coetáneos, lo que violaría el monismo Anaximandro, sino como una pluralidad potencial de mundos sucesivos, mediados por el ἄπειρον. El ἄπειρον es, por lo tanto, como dice la cita, «donde las cosas tienen su origen» y «donde deben sucumbir también».

La filosofía también está hoy ante el ἄπειρον, ante las amenazas de la indefinición y de la indeterminación que representan el engolfamiento de la filosofía académica y la degeneración semántica de la filosofía mundana, pero también ante la oportunidad de lo ilimitado que representan los nuevos fenómenos artísticos y científicos que pueden ser estudiados filosóficamente, como ya dije en mi discurso del Bosque del Recuerdo. Pero antes de nada tenemos que juzgar y expiar las injusticias que ha cometido la filosofía según el orden del tiempo. Eso es precisamante lo que estamos haciendo.

Muchas gracias,