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«El día en que Cristina Morales me cantó Las 40»

El miércoles de esta semana terminó la gira de presentación de mi libro sobre el trap. El último de los encuentros fue en Barcelona, con Max Besora y Borja Bagunyà, los autores de Trapologia, como presentadores. Quedé con ambos una hora antes del evento, delante de la Casa del Libro de Gracia, y nos fuimos a tomar unas cañas a un bar próximo y carísimo. Hablando del mundillo literario, fue inevitable que saliera el nombre de Cristina Morales. Max me dijo que era su amiga y que quizás asistiría a la presentación. Me empecé a poner nervioso. Yo había devorado con mucho gusto cada una de las páginas de Lectura fácil y había celebrado que le dieran el Premio Nacional de Narrativa de este año leyendo en voz alta, en una retransmisión en directo a través de mi canal de YouTube, el pasaje de la novela en el que se critica la represión sexual en los espacios okupados.

Este pasaje:

Estos okupas criminalizan la pulsión sexual del mismo modo que el código penal los criminaliza a ellos por vivir sin pagar el alquiler. Criminalizan la pulsión sexual desde el punto y hora en que entienden que cualquiera que te mire, que se te acerque o que te toque, quiere abusar de ti. Nos animan a nosotras, mujeres, a decir que no. Quieren enseñarnos a nosotras, mujeres, a emborracharnos y a hacer pogos y a fumar porros y a encapucharnos, como siempre han hecho los varones. Sin embargo, no quieren enseñarnos otra cosa que también han hecho siempre los varones: expresar el deseo sexual y culminarlo», dice Nati, el personaje de Lectura fácil que padece un ficticio «síndrome de las compuertas» que la lleva a lanzar brillantes invectivas contra todas las posiciones políticas. Para Nati, todas son puro fascismo, machismo y neoliberalismo.

Solo de acordarme de esta cita ya me puse totalmente nervioso. A mí me gustaba —discursivamente hablando, valga la redundancia— Cristina Morales, pero no sabía si yo le iba a gustar —discursivamente hablando— a ella. O, mejor dicho: a mí me gustaba —discursivamente hablando— Cristina Morales porque estaba seguro de que yo no le iba a gustar —discursivamente hablando— a ella. Groucho Marx: «Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera como miembro a alguien como yo».

Y así fue.

Al inicio de la presentación comprobé, con una mezcla de alivio y tristeza, que Cristina Morales no estaba presente. Qué se le iba a hacer. Durante la hora y pico que duró el acto, Max, Borja y yo estuvimos hablando menos de mi libro que de la industria del libro. Aprovechamos que nos encontrábamos en el centro del capitalismo editorial patrio, la Casa del Libro, para hacer una modesta versión letraherida del famoso debate que tuvieron Bad Gyal, C. Tangana y Yung Beef en el festival Primavera Sound del año pasado. Si los artistas urbanos habían debatido ante los micrófonos sobre los pros y los contras de publicar con este o aquel sello, ¿por qué no íbamos los escritores a hacer lo mismo? ¿Por qué razón, me preguntaba yo en mi libro, prácticamente ningún lector tacha a su escritor underground preferido de «vendido al sistema» cuando este deja de autoeditarse o de publicar con sellos independientes para hacerlo con Planeta o Penguin Random House (los equivalentes a Sony y Universal en el mundo libresco)? Porque, escribo al final del capítulo noveno, «se presupone que los ensayistas y los narradores —no digamos ya los poetas— son unos muertos de hambre a quienes los editores están haciendo un favor al publicar sus pajas mentales y darles un 10% de los beneficios obtenidos a cambio».

Hablando sobre las penas y las glorias de los juntaletras, fue nuevamente inevitable que saliera el nombre de Cristina Morales, una autora curiosamente ultracondecorada —le han concedido el Certamen Andaluz de Escritores Noveles en la categoría de relato (2002) y de novela corta (2006), la Beca en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2007), la Beca Injuve de Novela por Los combatientes (2013), el Premio Herralde de Novela (2018) y el Premio Nacional de Narrativa (2019) por Lectura fácil— y, al mismo tiempo, paradójicamente, megacensurada —Seix Barral le puso como condición sine qua non para publicar Lectura fácil que censurase un pasaje del libro en el que se califica a Juan Soto Ivars de «facho macho neoliberal» y, según la jerga del propio Juan Soto Ivars, el gobierno de España habría «poscensurado» a Cristina Morales al recriminarle sus recientes declaraciones en favor de los disturbios en Cataluña—.

Total, que Max, Borja y yo terminamos de hablar sobre la reina de Roma cuando, a diez minutos del final de la presentación, hete aquí que por la puerta asoma. Cristina Morales entra in da house y se sienta en la tercera fila del auditorio. En ese momento, yo estoy respondiendo a una pregunta acerca de los orígenes de El trap. «El libro surge como un encargo por parte de una editorial de Barcelona», empiezo a responder, «que inicialmente quería que yo escribiera un libro de 100 páginas, facilito, para que las señoras de 40 años…». Justo entonces se oye el vozarrón de Cristina Morales: «¿Y QUÉ PASA CON LAS SEÑORAS DE 40 AÑOS?».

Me quedo helado. O caliente. No estoy seguro. Me acaba de pillar una compuerta. De eso sí que estoy seguro. Me acaba de rechazar el único club al que yo aceptaría pertenecer. Eso también seguro. Soy un facho macho neoliberal y, como el facho macho neoliberal que soy, intento retractarme y pedir perdón, pero en el proceso de retracción y petición de perdón la cago todavía más. Facheo y macheo y neoliberaleo todavía más. Le quiero decir a Cristina Morales que ella me impone muchísimo respeto y que me parece fantástico, deliciosamente subversivo que me increpe; pero los nervios hacen que me trague el prefijo y el complemento directo del verbo «imponer», y que me salte un tic consistente en hacerme círculos en el pecho con la mano; de modo que lo que el público ve y oye no es una retracción y petición de perdón, sino a un facho macho neoliberal que se frota los pezones al mismo tiempo que le espeta a la última Premio Nacional de Narrativa: «Es que me pones demasiado. Esto ha sido muy… muy subversivo».

No sé si es cierto lo que dice Nati sobre que los varones culminan su deseo sexual, pero expresarlo, lo que se dice expresarlo, discursivamente hablando, lo expresan incluso cuando quieren expresar otra cosa.

Menos mal que Cristina Morales tiene mucho sentido del humor.