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en Dulcinea Torres Cámara (comp.), Covidosofía: Reflexiones filosóficas para el mundo pospandemia, Paidós, Barcelona, 2020, págs. 184-197.

«El aplauso sanitario»

Cuando un carpintero está enfermo, pide al médico que le libere de la enfermedad, sea bebiendo alguna poción que lo haga vomitar o evacuar excrementos, sea recurriendo a una cauterización o a un corte con un cuchillo. Pero si se le prescribe un régimen largo, haciéndole ponerse en la cabeza un gorrito de lana, y todo lo que sigue a esto, pronto dirá que no tiene tiempo para estar enfermo ni le es provechoso vivir así, atendiendo a su enfermedad y descuidando el trabajo que le corresponde. Y después de eso se despedirá de ese médico y emprenderá su modo de vida habitual, tras lo cual se sanará y vivirá ejerciendo su oficio; o en caso de que su cuerpo no sea capaz por sí solo de resistir, morirá y quedará liberado de sus preocupaciones.
Platón1

1 Platón, República, 406d.

1.

«La diarrea del sonido»: así definió el filólogo Steve Connor a los aplausos.2 En España, nada más decretarse la cuarentena para minimizar el contagio de la Covid-19, la población hizo acopio de papel higiénico y, poco tiempo después, empezó a aplaudir por sus ventanas y balcones en reconocimiento a la labor de los servicios sanitarios. Aunque correlación no implica causalidad, resulta sospechoso que esta misma coincidencia se haya producido en una treintena larga de países. En Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos, entre otras muchas naciones yuguladas por el coronavirus, hemos visto cómo las tiendas quedaban desabastecidas de este bien básico pocos días antes de que empezaran las pedorretas de las manos. ¿Coincidencia?

2 La definición completa: «Si el sonido distintivo del ser humano es el sonido del lenguaje, entonces el cuasi lenguaje de los sonidos inarticulados, producido por otros sitios distintos de la boca, siempre tiene esa mácula de lo gratuito, lo excesivo o lo proscrito. El aplauso es la benigna superfluidad del cuerpo; es la diarrea del sonido» (Steve Connor, «The Help of Your Good Hands: Reports on Clapping», en Michael Bull y Les Back (comp.), The Auditory Culture Reader, Oxford y Nueva York: Berg, 2003, pág. 70).

Nada más se produjo este fenómeno, el sociólogo y editor Jorge Lago planteó varias conjeturas sobre por qué Renova y Kleenex brillaban por su ausencia en las estanterías del Lidl. Según una primera conjetura, de carácter dizque «materialista», el desabastecimiento se explicaría por el hecho de ser un bien barato, pero que ocupa mucho espacio, y por ende resulta caro de almacenar, motivo por el cual se agota rápido a falta de una reposición constante. «Nada de eso», podría replicar la segunda conjetura, de naturaleza más bien socioevolutiva, «la razón por la cual esta mercancía corre —si no vuela— es porque, en sociedades posmateriales como las nuestras, su consumo nos induce a creer que gozamos de altos niveles de bienestar: tengo papel en casa, no hace falta que me limpie con agua y jabón, ergo el apocalipsis se queda a las puertas de mi (Col)hogar». En una línea parecida, la tercera conjetura postula, acudiendo al psicoanálisis, que el papel del culo es un «objeto contrafóbico» que permite transferir el miedo de la Covid-19 a la mierda: si puedo limpiarme esta, entonces también podré limpiarme aquella. Por último, la cuarta conjetura, que Lago tilda de «funcionalista», comprende esta suerte de «síndrome de Diógenes invertido» apelando a un «efecto contagio»: si no hay cierto bien en el súper, es porque el otro —el Otro con mayúscula: la gente, la sociedad, la masa— lo necesita y, por regla de tres, yo también lo necesito, así que voy a acaparar todas las unidades que pueda antes de que se agoten. Ahora bien, ¿y si hubiera una quinta conjetura? ¿Y si la gente estuviera comprando Scotex como si no hubiera mañana para limpiarse las palmas de las manos después del aplauso sanitario?

Ahora en serio: desde que empezó este fenómeno, ha habido opiniones para todos los gustos, tanto a favor como en contra. A favor del aplauso se ha dicho que es un gesto de reconocimiento, no solo a la labor de las médicas y enfermeras en los hospitales, sino también de las cajeras y reponedoras en los supermercados, así como de las transportistas y basureras en las calles; y, en general, de todas las profesionales que se han puesto en riesgo de contagio para mantener los servicios elementales durante los momentos más duros y dramáticos del estado de alarma. Según las versiones más pedantes y cursis de esta posición, el aplauso sanitario podría compararse con los aplausos en la lengua de signos que se popularizaron durante las acampadas del 15-M. Si entonces, en 2011, se trataba de secundar a quien interviniese en una asamblea, ahora se trataría de reconocer el esfuerzo de quienes «se están dejando la piel en la primera línea de combate contra el coronavirus». Si entonces se trataba de aplaudir silenciosamente para no interrumpir a quien tomase la voz y la vez, ahora se trataría de dar ruidosas palmadas para compensar el mutismo impotente del resto del día. Si entonces hablábamos nosotros, ahora nos hablan los clichés.3

3 Un ejemplo de este tipo de discurso lleno de lugares comunes es el artículo que publicó el filólogo Álvaro López Pajares, administrador de la página de «memes anti-irónicos» Policía del Afecto, interpretando que el aplauso sanitario era una oportunidad de superar la típica actitud crítica y distanciada de la izquierda frente a España. En sus propias palabras: «Pienso en todas esas personas que aplauden a la sanidad pública hoy. En todos esos cuñadetes neoliberales que ahora sí que ven con buenos ojos las políticas intervencionistas del gobierno. Desde ayer hay un murmullo en cada casa que huele a República. España está asomada en los balcones, hablando, haciendo ruido. Nosotros, sin embargo, sólo podemos escuchar al facha que grita “Viva España” entre toda esa multitud. Somos incapaces de sumarnos a esa solidaridad. Una solidaridad llena de contradicciones claro, tan llena de contradicciones como heterogéneo y diverso es el estado español, pero en el fondo una solidaridad sincera ¿Estamos siendo justos en nuestra crítica? ¿Sirve de algo seguir dando patadas al saco roto que es este país desde hace ya varios años?» (Álvaro López Pajares, «La gente aplaude y yo solo puedo escuchar el ¡Viva España!», Mundo Gris, 23/03/2020).

El principal problema de este tipo de lecturas es que interpreta el «combate contra el coronavirus» como si fuera una cuestión político-moral, cuando en verdad se trata de un asunto ético. Aquí estoy manejando la distinción del materialismo filosófico de Gustavo Bueno entre el campo de lo político, que versa acerca de los asuntos relacionados con el Estado; el campo de lo moral, que trata sobre la cohesión de los grupos y de las clases sociales; y el de lo ético, que se preocupa por la supervivencia de los cuerpos singulares, individuales. Según esta distinción, la disciplina ética por excelencia es la medicina.4 Como dijo el aforista Noel Clarasó: «La medicina es el arte de disputar los hombres a la muerte hoy, para cedérselos en mejor estado un poco más tarde»5. Y por mucho que haya exégesis de la Covid-19 en clave ecológica (como un castigo de la Madre Tierra o, más moderadamente, más antrópicamente, como una feliz culpavírica, como un segundo Pecado Original que nos obliga a reducir el consumo de combustibles fósiles); y por mucho que haya sociopatías y misantropías en clave generacional (la pandemia como un rejuvenecimiento palingenésico de las sociedades occidentales, cuya elevada esperanza de vida y bajísima tasa de natalidad entran en contradicción con el sistema de pensiones públicas); lo cierto es que esta es una crisis médica, esto es, una crisis ética. Como nos han recordado machaconamente los medios de comunicación de masas, el principal motivo por el que se ha confinado a todo quisqui ha sido para «aplanar la curva de contagio», es decir, para evitar que el número de enfermos que necesitan ser alojados y tratados en un hospital supere la capacidad de alojamiento y tratamiento del sistema sanitario. En román paladino: la principal razón por la que llevamos más de dos meses en arresto domiciliario —y suma y sigue mientras escribo estas líneas— no es para salvarnos a nosotros mismos, salvo quizás indirectamente, oblicuamente, tangencialmente, salvando primero al sistema sanitario. «Cuidar a los que nos cuidan», que diría el político Íñigo Errejón, planteando remilgadamente, en el plano ético-médico, la aporía clásica del poder: ¿quién vigila a los vigilantes?

4 Cfr. Gustavo Bueno, El sentido de la vida, Oviedo: Pentalfa, 1996.

5 Noel Clarasó, Antología de textos, citas, frases, modismos y decires, Barcelona: Acervo, 1982, pág. 662.

En esta coyuntura, si realmente estamos ante un «combate contra el coronavirus», como insiste reiteradamente el gobierno de España, dicho combate tendrá más bien los rasgos descritos por el poeta Joan Margarit cuando, en un poema titulado «Libertad», define a esta así: «Es morir libre. Son las guerras médicas». Partiendo de esta metáfora, supongo que dentro del gobierno habrá muchos lectores entusiastas de 300, de Frank Miller, o de la Historia de Heródoto; si no, no se explica en qué momento esta guerra médica, esta guerra de los médicos, se convirtió en una Guerra Médica, en una nueva guerra contra los medos, contra los nuevos virus venidos de Oriente, con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado apareciendo todo el día en pantalla, mostrando fehacientemente que sus caudillos no saben hablar en público. «Nosotros estamos trabajando con nuestros especialistas en dos direcciones», declaró el Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, informando acerca de la campaña que acababa de iniciar la Benemérita contra las fake news, «a través de la jefatura de información, con el objetivo de evitar el estrés social que producen toda esta serie de bulos; y otra de las líneas de trabajo es también minimizar ese clima contrario a la gestión de la crisis por parte del gobierno», dando alas con esta última frase a todas las teorías de la conspiración urdidas por esos derechistas desquiciados para quienes cualquier suspensión temporal de las libertades individuales conduce necesariamente a la servidumbre y el totalitarismo. ¡Que les devuelvan ya su derecho a contagiarse!6

6 Claro que probablemente no haya consecuencia más deliciosa de esta crisis que lo rápido que ideólogos ultraliberales como el economista Juan Ramón Rallo han pasado de abogar por la disolución de la sanidad pública a reclamar que el Estado movilice todos sus activos contra la pandemia. Y es que el liberalismo español siempre ha estado dispuesto a gritar «¡Vivan las cadenas!» a poco que le ha visto las orejas al lobo. Uno de los pocos seguidores españoles de la Escuela Austríaca de Economía que ha mantenido la dignidad y los principios durante esta crisis ha sido el politólogo Miguel Anxo Bastos Boubeta. «La culpa de todo esto la tiene Descartes», dijo provocadoramente al inicio de un vídeo sobre la pandemia. A su juicio, la herencia cartesiana se encuentra en las dinámicas centralizadoras y optimizadoras que han fracasado ante el coronavirus: la centralización del poder de mando en el gobierno de España, la optimización del personal y los recursos en los grandes hospitales públicos, etcétera. El objetivo de la política no debería ser construir sistemas sociales óptimos, sino —utilizando la expresión fetiche del matemático Nassim Nicholas Taleb— antifrágiles, es decir, resistentes ante los cambios bruscos e, incluso, aprovechadoras del caos. Según Bastos Boubeta, esto lo hacen peor los Estados que los mercados, con sus competencias, duplicidades y solapamientos. No es mala defensa del anarcocapitalismo, aunque ello implique tirar por la ventana la tesis de que el mercado asigna los recursos económicos de manera óptima, piedra miliar de todas las ideologías liberales, libertarias y libertinas que en el mundo han sido.

La culpa la tiene el gobierno por hablar de primeras y segundas líneas de «combate contra el coronavirus». Durante los primeros días del confinamiento, muchos influencers criticaron lo inapropiado y patriarcal de esta retórica bélica. No estamos luchando contra nadie. No vamos a vencer a nadie. El virus está en nuestros propios cuerpos. Esto no es una guerra. La crítica cultural Susan Sontag ya denunció este discurso «testohistérico» —me acabo de inventar la palabra, perdonen— en su fantástico, a la par que desolador ensayo La enfermedad y sus metáforas.7 Lo que nadie ha criticado ni denunciado son los usos y abusos del vocabulario gregario en los mensajes de ánimo y apoyo que nos hemos mandado durante el confinamiento. Hemos dicho «Juntos se sale de esta», cuando deberíamos haber dicho «Disjuntos se sale de esta». No es un detalle menor. El motivo por el cual este virus resulta tan contagioso es justamente por el carácter social del ser humano. Humanos haciendo cosas = humanos unidos, próximos, acoplados. Juntos. De ahí que sea comprensible, aunque no disculpable, que el vicepresidente Pablo Iglesias se haya saltado sistemáticamente la cuarentena para hacerse la fotito junto a otros políticos, pues no hay nada que transmita más inactividad e impotencia que la imagen de un hombre encerrado en su propia casa.

7 Cfr. Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, Barcelona: Taurus, 1980

No sin motivo, en las primeras semanas de la cuarentena se viralizó en las redes sociales este pasaje de los Pensamientos de Blaise Pascal: «Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación»8. Unos días más tarde, cuando nuestros hogares se convirtieron en una cárcel y en nuestras calles se impuso una ley marcial, delatora y resentida que ya quisiera para sí Corea del Norte, nos dimos cuenta de que la dificultad pascaliana no consistía en permanecer sentados y solos en una habitación, pues muchos de nosotros seguimos teletrabajando desde esa posición. La dificultad consistía en no hacer nada de nada: no recitar poemas a través de YouTube, no iniciar directos desde Instagram, no escribir pajas mentales en Facebook, no difundir bulos por Twitter. No hacer nada de nada. Asumir los postulados taoístas y dontancredianos mucho más de lo que lo hizo nunca el expresidente del gobierno Mariano Rajoy, célebre y celebrado durante el confinamiento por habérselo saltado olímpicamente para salir a correr a la calle. No hacer nada de nada. Il dolce far niente. ¿Cómo salir de esta juntos? Paradójicamente, no estando juntos.

8 Blaise Pascal, Pensamientos, frag. 139.

En esta situación de aislamiento social, el aplauso sanitario surge como una ceremonia soteriológica que permite a los individuos imaginar que no están solos ante la muerte, que participan de una comunidad de voceadores de «Resistiré», del Dúo Dinámico, cuando en realidad no hay experiencia más solitaria, incomunicable e irresistible que la muerte.9 Más de 25.000 muertos por Covid-19 en España. Y subiendo. ¿A eso damos palmas? Seamos sinceros: en última instancia, nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos por la heroicidad culpable y facilona de seguir vivos. Pero esta lectura es demasiado rebuscada, pues la mayoría suele actuar por imitación y vergüenza. La mayoría salimos a aplaudir porque hemos visto que otros lo hacen y para que otros nos vean hacerlo. Como ha expuesto recientemente el erudito José María Bellido Morillas:

9 Cfr. Gustavo Bueno, «Psicoanalistas y epicúreos: Ensayo de introducción del concepto de “heterias soteriológicas”», El Basilisco, núm. 13, 1981, págs. 12-39.

El medalaganismo hispano nace en el materialismo y limita y confina con la vergüenza. Lo hemos visto recientemente con las mascarillas. Cuando las autoridades empezaron a permitir a la prensa hablar en serio del coronavirus, en Andújar mis conciudadanos acapararon masivamente mascarillas, de todo tipo, siguiendo el principio de «todo para mí» y la ley del embudo de la que también habla el gaucho Martín Fierro. Pero no vi a llevarla a ninguno, sin duda para no hacer el ridículo y porque los demás no las llevaban. Si llueve y un español que lleva paraguas ve que otros españoles también con paraguas lo llevan cerrado, lo cerrará también, aunque se empape, para no hacer el ridículo. Un español nunca usará un paraguas para protegerse del sol como un asiático, porque los paraguas son para la lluvia, y preferirá un donoso melanoma a hacer el ridículo y parecer un loco.10

10 José María Bellido Morillas, «De las ofensas (I)», YouTube, 01/05/2020

La razón por la cual el aplauso sanitario no tiene contenido político es porque tampoco tiene adversarios ideológicos, enemici schmittianos contra los cuales establecer una lógica dicotómica de «O con nosotros o con ellos», salvo que tales enemigos teológico-políticos sean quienes se niegan o se cansan de aplaudir todos los días. La escritora Cristina Morales, quien no solo no se ha unido a los palmeros del estado de alarma, sino que además se ha saltado el confinamiento para ir a jugar al parque con sus «amigas ácratas», se ha dado cuenta de que «la hora de los aplausos de Dios (hemos comprobado que cuanto más se endurece el confinamiento, más aplauden —¿pensarán en falos?—) se ha convertido en un toque de queda. Si estás en la calle a partir de las ocho y media de la tarde, eres sospechosa»11. Gracias a Dios o al Diablo, Jacques Rancière nos enseñó a distinguir lo policial de lo político, por mucho que, con Carl Schmitt en la mano, se pueda definir al soberano como aquel capaz de imponer el Estado de las armas y las alarmas.12

11 Cristina Morales, «Primera entrega de mi cuaderno de […]», Revista de la Universidad de México, abril de 2020.

12 Cfr. Jacques Rancière, Política, policía, democracia, Santiago de Chile: Arcis – Lom, 2006; Carl Schmitt, El concepto de lo político, Madrid: Alianza Editorial, 2014.

Por esta, entre otras múltiples razones, no tiene sentido la conducta de quienes se niegan a participar en el aplauso sanitario creyendo que es una señal de apoyo a un Poder Ejecutivo fundamentalmente tiránico e inútil. Y no solo porque cualquier otro partido en el gobierno hubiera sido igual de negligente a la hora de gestionar la pandemia (lo cual queda sobradamente demostrado con la transversalidad ideológica de los dirigentes políticos infectados por el coronavirus: desde Irene Montero y su manifestación del 8-M hasta Javier Ortega Smith y su congreso en Vistalegre, pasando por Quim Torra y su «Tanca, Catalunya»). No solo es eso. Es que, además, todo hijo de vecino interpreta legítimamente el aplauso de las ocho como le da la gana. Unos creen aplaudir únicamente a los sanitarios; otros, también a la policía y el ejército; y otros, a todo el mundo —cajeras, reponedoras, transportistas, basureras— salvo a la policía y el ejército. Y aún hay otros que se abstienen de aplaudir en general, a priori, por principios y desde el principio, porque estiman que se trata de un gesto quintaesencialmente conformista e inoportuno. Esta fue la opinión que expresó el escritor Rafael Sánchez Ferlosio en una columna publicada en el diario El País, en noviembre de 2010, abogando por la prohibición de los aplausos en el Congreso de los Diputados:

El fundamento de mi desazón es bien distinto y bastante más grave. Es la naturaleza de automatismo, de reflejo mecánico, que ha llegado a adquirir en nuestros días el aplauso. En las televisiones se está aplaudiendo constantemente a todo, en todo el día no se hace otra cosa que aplaudir, no se hace cosa de provecho en todo el día. En los entierros el aplauso se ha hecho tan convencional que se mira como una descortesía el no aplaudir. Todavía disuena en los oídos de los mayores, acostumbrados al silencio entre los muertos, pero tal vez no sea ya más que otra convención para los jóvenes, aunque para nosotros tiene la estridente inoportunidad de ser una forma de expresión que comparte con ceremonias y ocasiones alegres y festivas.13

13 Rafael Sánchez Ferlosio, «Aplausos», El País, 29/11/2010.

Esta reflexión de Sánchez Ferlosio remueve muchos asuntos interesantes para nuestro presente coronavírico. Por ejemplo: ¿por qué los minutos de silencio están mejor vistos que los aplausos? Aun cuando estos últimos fueran un gesto de alborozo, ¿acaso no forma parte de nuestro refranero que «El muerto al hoyo y el vivo al bollo»? ¿Por qué nos entristecemos en los funerales y nos alegramos en los cumpleaños, cuando cada uno de estos nos acerca un año más a uno de aquellos? ¿Por qué concebimos la muerte como una interrupción en vez de lo que es: la consumación de una existencia?

Una película en la que se muestra muy bien el cinismo y la hipocresía que puede haber detrás de los minutos de silencio es El eclipse, de Michelangelo Antonioni. La cinta trata acerca de una tal Victoria que acaba de romper con su novio y, después de una serie de planos contemplativos en los que Antonioni se recrea con morosa delectación, principia un extraño amorío con un broker. En un momento del filme, estando Victoria y el broker en la bolsa de valores donde este hace sus apuestas bursátiles, la megafonía del edificio anuncia la muerte de uno de los inversores y decreta un minuto de silencio in memoriam. Allí donde, hasta hace un momento, todo eran gritos y prisas, acciones vendiéndose y comprándose, fortunas y bancarrotas ex nihilo, ahora reina la afasia de los justos. Aprovechando que nadie se está fijando, pues todo el mundo está cabizbajo, con los brazos cruzados por la espalda, mirando las baldosas del suelo, el broker se acerca a Victoria y le susurra al oído: «Aquí cada minuto vale millones de liras». 

¿Qué mejor alegoría que esta para expresar los costes pecuniarios que ha supuesto la aplicación en Occidente de una medida de contención tan burda y primaria como la cuarentena? Mientras que en Corea del Sur se mantenía la actividad productiva, repartiendo toneladas de mascarillas y practicando millones de test a la población, en el Atlántico Norte hemos seguido el modelo chino de obligar a la gente a permanecer varios meses en arresto domiciliario. Hemos destruido la economía global, salvando menos vidas de las que cualquiera hubiera querido y posponiendo el problema del coronavirus ad calendas graecas. Y además hemos tenido que aguantar los minutos de silencio e hipocresía de los políticos. A finales de abril de 2020, en la catedral de la Almudena de Madrid, se celebró una misa por las almas de los fallecidos por la Covid-19 a la que solo asistieron los dirigentes del Partido Popular y la prensa. En mitad de este auto de fe posmoderno, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se echó a llorar delante de las cámaras, permitiendo que las lágrimas corrieran por encima del rímel de los ojos, marcando unos prominentes churretones negros a lo largo de los mofletes. ¿Por qué estas lágrimas y este silencio de cocodrilo debería ser mejor que los aplausos enajenados de nuestros convecinos? La falta de claridad y distinción sobre este punto muestra la necesidad imperiosa que tenemos de una aplausología o teoría general del aplauso.14

14 Un mes antes de que empezara la cuarentena, en el programa de televisión Late Motiv, el escritor Bob Pop hizo unas reflexiones sobre los motivos del aplauso a raíz de los debates que se habían producido a comienzos de año sobre si los nuevos miembros del gobierno del Estado, izquierdistas y republicanos muchos de ellos, debían aplaudir al rey durante el acto de investidura. Yendo más allá de esta polémica de corto alcance, Bob Pop se preguntó lo siguiente, anticipando buena parte de los debates aplausológicos del confinamiento: «¿Aplaudimos para demostrar que seguimos vivos? ¿Que no nos hemos muerto, ni desmayado, ni dormido en el espectáculo o en el mitin? Es una opción. ¿Aplaudimos para recompensar un gran esfuerzo físico con un pequeño esfuerzo físico? Quiero decir: yo estoy aquí sentado; me acaban de hacer un triple salto mortal con tirabuzón delante de mí; y yo digo: “Ay, espera, que yo también puedo hacer algo físico”, y aplaudo para compensar el esfuerzo. Otro pensamiento: ¿aplaudimos como una especie de salario emocional? ¿Tú no te has dado cuenta de que la gente cuando le invitan a un espectáculo suele apagar más que cuando va pagando? Esto pasa: se ríe menos, pero aplaude más. Y luego tengo otra tesis de por qué aplaudimos: aplaudimos para que se callen los que están hablando» (Late Motiv, «Bob Pop: ¿Aplaudimos?», YouTube, 07/02/2020).

2.

Por raro que suene en una universidad tan enrarecida como la nuestra, donde cada año surgen disciplinas académicas a cada cual más abracadabrante, no existe aún una aplausología con sus cátedras, congresos y revistas indexadas que nadie lee.15 Hasta donde yo he leído, esta expresión solo se ha utilizado una vez en nuestro idioma, en febrero de 2006, en el titular de una columna publicada por el narrador Sergi Pàmies en El País, en la cual cuenta su experiencia como aplaudidor en distintas funciones teatrales. La tercera y última de ellas fue una puesta en escena del Otello de Giuseppe Verdi. Pese a lo fastuoso de la ocasión, Pàmies estaba tentado por otro espectáculo más —si se quiere ver así— plebeyo. Ese mismo día, a esa misma hora, se disputaba un partido de la Champions League entre el Arsenal y el Real Madrid. Nuestro escritor se dispuso a escuchar por un oído a Verdi, y por el otro, a través de un pinganillo, a los locutores de fútbol de la radio. «Sí, ya sé que Otello merece más respeto», escribió Pàmies, pícaro y contrito, «pero acudo en calidad de acompañante y, por más que lo intento, no puedo dejar de pensar en aquella frase de Ed Gardner: “Una ópera es donde apuñalan a un tío, y éste, en vez de sangrar, canta”»16. Todo finalizó con un batir de palmas:

15 Bien visto, una teoría general del aplauso sería de mucho provecho para los filósofos, habida cuenta de que una palabra que utilizamos frecuentemente, «plausibilidad», es la sustantivación abstracta del verbo aplaudir. Además, uno de los autores que popularizó el uso de ese término fue nuestro insustituible Baltasar Gracián, en cuya obra se puede ver una evolución del sentido primario de «plausible» como abreviatura de «digno de ser aplaudido» a «plausible» como sinónimo de «verosímil». Así, en El héroe, expresando la concepción típicamente teatral de la hidalguía y la existencia en el barroco español, afirma que «ser eminente en hidalgo asunto expuesto al universal teatro, eso es conseguir augusta plausibilidad». Por el contrario, en el Oráculo manual ya hallamos una definición lógico-formal de lo paradójico como «un cierto engaño plausible a los principios» (Cit. en J. Ignacio Díez Fernández, «Plausibilidad», Conceptos: Revista de Investigación Graciana, núm. 6, 2009, págs. 20 y 21).

16 Sergi Pàmies, «Aplausología», El País, 24/02/2006.

Los habituales del Liceo me cuentan que, comparado con otros, el aplauso de esta noche es rotundo, exitoso, de los buenos. Algunos espectadores lo acompañan con expansivos gritos de «Bravo». Es curioso: los que no gritan miran a los que lo hacen con cierto desprecio, como si consideraran que aplaudir y gritar al mismo tiempo es una forma de hacer trampa, de enfatizar lo que, ya de por sí, expresa el aplauso. Lo dijo Xema Belgasay: «El cantante de ópera es un magnífico pretexto para que los aficionados a ella puedan aplaudir largamente su propia sensibilidad artística».17

17 Ibid.

Tirando de la intuición de Pàmies y de la cita de Belgasay, no resulta extraño que la ovación más larga jamás dada haya sido a un cantante de Otello, el barítono Plácido Domingo, quien tuvo que salir más de cien veces a escena para saludar al público de Viena que en 1990 estuvo la friolera de ochenta minutos aplaudiéndole. ¡Casi una hora y media sacudiéndose las manos!18 Pero tampoco debería extrañar que la ópera goce de tan buenos palmeros. Algunos estudios sociológicos han constatado que existe una correlación positiva entre el precio de un espectáculo y los decibelios de su aplauso. Cuanto más cara la entrada, más ruidosa la aclamación.19 Aplicando las cuatro conjeturas de Jorge Lago a esta situación, la materialista intentaría explicar el estruendo apelando a las propiedades acústicas del recinto; la socioevolutiva replicaría que el aplauso es un signo de estatus; la psicoanalítica postularía que detrás de cada palmada hay una violencia reprimida; y la funcionalista diría que la gente aplaude porque ve y oye a otra gente aplaudir. A esta última conclusión, o a una muy próxima y parecida, fue a la que llegó Marcel, el protagonista de En busca del tiempo perdido, tras asistir a una función de su cantante preferida, una tal Berma, detrás de la cual se encuentra la actriz de cine y teatro Sarah Bernhard, a cuya interpretación en la vida real de Fedra, de Jean Racine, parece ser que Marcel Proust asistió. El resultado fue una decepción completa y total, apenas mitigada por los aplausos de la multitud. Citémosle por extenso:

18 El récord Plácido Domingo solo ha sido superado por un poeta experimental, Dustin Luke Nelson, quien estuvo dos horas aplaudiendo delante de un centro de arte moderno junto con los espontáneos que se sumaron al acto. Pero todo el mundo sabe que en el Libro Guiness de los Récords la perfopoesía no cuenta. Fuera coñas: este happening plantea varias cuestiones valiosas para la aplausología aplicada a las instituciones artísticas. Para empezar, ¿por qué no se puede aplaudir en las salas de exposiciones? Ello tal vez se deba al carácter cuasi sacral, de comunión mística con el ®eino de la ©ultura, que han adquirido en la época contemporánea espacios tales como la biblioteca o el museo, donde se guarda un silencio reverencial ante los objetos de culto y cultivo espiritual. De ello se dio cuenta el dramaturgo Juan Mayorga, y así lo expuso en su discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua: «Hace poco, en el mausoleo de Lenin, observé que los guardias mandaban callar a los visitantes. Unos días después, en el Prado, era un visitante quien reprendía a otros cuyas voces no le dejaban contemplar las pinturas». Y hablando de Mayorga y de los aplausos, recordemos la charla que con él mantuvo el filósofo y teatrero Javier Gomá, en la edición de 2017 del Festival Eñe, en la cual este confesó que se había puesto a escribir teatro porque quería que el público le aplaudiera por su obra, cosa que no sucedía cuando escribía ensayo. Ser aplaudido, afirmó Gomá, «me parece la máxima aspiración, por contraste con esa tristeza del escritor de ensayo que simplemente termina el párrafo y, como mucho, le llaman a poner la mesa. Y había un anhelo por mi parte de tener algún tipo de esa especie de vibración eléctrica, de esa especie de gracia derramada de las musas, que solo comparecen en los actos comunitarios, porque en soledad no» (Instituto Cervantes, «“Pensar en teatro”, con Javier Gomá y Juan Mayorga», YouTube, 26/10/2017; cfr. Juan Mayorga, «Silencio», Madrid: Real Academia Española, 2019, pág. 16).

19 Celia Cardo, El precio de la entrada y los decibelios del aplauso: un enfoque estadístico, tesis doctoral inédita, Universidad Complutense de Madrid, 1990.

Por fin estalló mi primer sentimiento de admiración: fue provocado por los aplausos frenéticos de los espectadores. Uní a ellos los míos tratando de prolongarlos para que, agradecida, la Berma se superase a sí misma, y yo tuviese la certeza de haberla oído en uno de sus mejores días. Es curioso, por lo demás, que el momento en que se desencadenó aquel entusiasmo del público fue, según supe después, aquel en que la Berma logró uno de sus mejores aciertos. Al parecer, ciertas realidades transcendentes emiten a su alrededor rayos a los que la multitud es sensible. Así, por ejemplo, cuando ocurre un suceso, cuando en la frontera hay un ejército en peligro, o ha sido derrotado, o ha salido victorioso, las noticias un tanto oscuras que se reciben y de las que el hombre culto no acierta a sacar gran cosa, provocan en la multitud una emoción que lo sorprende y en la que, una vez que los expertos le han puesto al corriente de la verdadera situación militar, reconoce la percepción por parte del pueblo de esa «aura» que rodea los grandes acontecimientos y que puede ser visible a centenares de kilómetros. Nos enteramos de la victoria, o con retraso cuando la guerra ha terminado, o de inmediato por la alegría del portero. Descubrimos un rasgo genial de la interpretación de la Berma ocho días después de haberla oído, por la crítica, o de inmediato por las aclamaciones del patio de butacas. Pero al estar mezclados ese conocimiento inmediato de la multitud a otros cien, todos ellos erróneos, los aplausos llovían la mayoría de las veces de manera inoportuna, sin contar con que los provocaba de forma mecánica la fuerza de los aplausos anteriores, lo mismo que en una tempestad cuando el mar está tan agitado que sigue creciendo aunque el viento no aumente. Lo cierto es que, a medida que aplaudía, iba pareciéndome que la Berma había recitado mejor.20

20 Marcel Proust, A la busca del tiempo perdido, trad. de Mauro Armiño, Madrid: Valdemar, 2000, vol. I, págs. 402-403.

Paradójicamente, esta también ha sido la tesis que han sostenido algunos de los filósofos que han comentado nuestra situación pandémica y celeste: el pueblo el sabio; los intelectuales no se enteran de la misa la mitad.21 Requeridos por los medios de comunicación como los nuevos sacerdotes laicos, prestos a emitir máximas edificantes y listas de libros para sobrellevar la cuarentena —cuando la sociedad del espectáculo ya no tiene ningún simulacro que ofrecer, saca a su ejército de reserva mediático: los profesores de universidad—, hemos escuchado a multitud de filósofos constatando que la filosofía no sirve para nada. ¿Para qué, si la gente ya posee una intuición intelectual de la verdad? Así, el catedrático de lógica y filosofía de la ciencia de la Universidad de Málaga, Antonio Diéguez Lucena, escribió un artículo en el que, después de ojear lo que habían escrito sobre la Covid-19 sus colegas de profesión, juzgando sumariamente que ninguno de los textos de Slavoj Žižek, Giorgio Agamben o Byung-Chul Han valía un higo, nos dio una confesión kamikaze para su propio oficio y beneficio: «¿Saben qué es lo más filosófico que creo haber hecho estos días? Salir con mi hija a las ocho de la tarde a la terraza a aplaudir junto con buena parte del barrio»22. ¡Normal que los alumnos de filosofía reclamen un apto general y el fin de curso ya! ¿O es que ellos no han estado aplaudiendo notablemente, sobresalientemente por el balcón? Si eso no es evaluación continua, que venga Manuel Castells y lo vea.23

21 Un repaso de todas las bobadas que se han dicho en nombre de la filosofía sobre el coronavirus se puede leer en Ekaitz Ruiz de Vergara, «Filosofía de la pandemia & Pandemias de la filosofía», El Catoblepas, núm. 191, 2020, pág. 9.

22 Antonio Diéguez Lucena, «Una pandemia sin norte: los pensadores no levantan cabeza con el coronavirus», El Confidencial, 20/03/2020.

23 Dicho sea de paso: en mala hora se nombró ministro de Universidades al más tecnófilo y ciberfetichista de nuestros sociólogos. Mientras junto estas letras, pocas semanas antes del fin de curso, Manuel Castells todavía no ha dado unos criterios claros de evaluación a los alumnos de enseñanza superior. Lo único que ha dicho por ahora el autor de La sociedad de la información, contra la tesis de las organizaciones estudiantiles de que no se puede evaluar telemáticamente a los alumnos porque hay una brecha digital que impide el acceso online a buena parte de la población, es que el 91,4% de los hogares españoles tiene un ordenador con internet en casa. Por lo demás, la experiencia de Castells manda un aviso a los intelectuales tentados por el poder: sale mal, primo, mejor quédate en casa.

Más allá de la broma, si queremos elaborar una teoría general del aplauso, la referencia bibliográfica obligada es el ensayo de Steve Connor con el que comenzamos nuestro texto. «La ayuda de tus buenas manos: informe sobre dar palmas», se titula. En ese ensayo, Connor expone detalladamente los fundamentos etológicos y ontológicos del hecho de aplaudir. Desde el punto de vista de la etología, todos los grandes simios dan palmas cuando están contentos o simplemente excitados. En cuanto a la ontología, el aplauso probablemente sea uno de los pocos actos en el que somos a la vez sujetos y objetos de nuestra propia conducta. En palabras de Connor: «Dar una palmada de una mano contra la otra dramatiza el hecho de que simultáneamente eres un sujeto y un objeto, un actuador y un acto; te pliegas a ti mismo sobre ti mismo; formas una interfaz contigo mismo, que se une a la interfaz que tú formas con otros»24. Esto último es crucial: dentro de los grupos humanos, lo normal es el aplauso colectivo, lo raro es la palmada aislada. Muchos animales dan palmas sueltas, pero solo los humanos aplaudimos coordinadamente.25 Tanto es así que podríamos taxonomizarnos como homo applaudens applaudens; con mucha más justicia que sapiens sapiens, por cierto, pues aplaudimos mucho más de lo que pensamos o sabemos, y los aplausos —a diferencia de los saberes y los pensamientos— sí que vienen por pares. No hay aplausos a solas.

24 Steve Connor, «The Help of Your Good Hands: Reports on Claping», op. cit., pág. 72.

25 Junto a este aspecto etológico, la distinción entre la palmada individual y el aplauso colectivo también tiene una carga de profundidad ontológica. Relativa a la filosofía del tiempo, para ser más exactos. A juicio de Connor, «se podría decir que la palmada singular temporaliza el tiempo, toma un espacio sin atributos del tiempo y lo expone a la temporalidad, concentrándolo en un instante instantáneamente difundido, mientras que el aplauso colectivo detiene o arresta el paso del tiempo, convirtiéndolo en una masa o en un volumen durativo. La palma encarna la instantaneidad; el aplauso encarna la extensión» (Ibid., pág. 73).

Ahora comprendemos la profundidad del kōan atribuido a Hakuin Ekaku: «Dos manos aplauden y hay sonido. ¿Cuál es el sonido de una mano?». Como es sabido, los kōan son breves enigmas de la tradición zen que nos permiten aproximarnos a la «iluminación» o «despertar» (satori) por medio del cortocircuito del pensamiento lógico ordinario. Los divulgadores occidentales malinterpretan habitualmente estas adivinanzas al creer que son frases sin sentido ni referencia, cuyo objetivo sería vaciar la mente; sin embargo, los maestros zen suelen exigir a sus alumnos una respuesta para calibrar su grado de iluminación o despertar. En concreto, el kōan del aplauso hace referencia a la doctrina de la no dualidad, según la cual todas las divisiones o dicotomías son puras apariencias. La respuesta correcta a este acertijo es que no hay ninguna diferencia entre aplaudir con una o dos manos, pues la distinción entre ambas es algo aparente, debajo de lo cual subyace una unidad aún más fundamental.26

26 Cfr. Victor Sogen Hori, «Koan and Kensho in the Rinzai Zen Curriculum», en Steven Heine y Dale S. Wright (comp.), The Koan: Texts and Contexts in Zen Buddhism, Londres y Nueva York: Oxford University Press, 2000, pág. 289.

Aunque el objetivo del kōan de Hakuin sea dar una lección de monismo ontológico, los artistas occidentales se han empeñado en multiplicar los entes sin necesidad, produciendo más media docena de obras tituladas El aplauso de una mano. Así se titula una novela de Antony Burgess. Y así también un disco de demos inéditas de Shed Seven. Y así también, una película cómica dirigida por Gert Fredholm. Y así, también, un programa especial de televisión que contó con la participación de los Wings. Y no voy a utilizar más referencias de Wikipedia. De entre todas las obras tituladas tras este kōan, aquí solo nos interesa una —o, mejor dicho, yo conozco con profundidad una—: el videojuego desarrollado por Bad Dream Games.

One Hand Clapping es el título original de este videojuego de plataformas en dos dimensiones, cuya característica distintiva es que fuerza a los jugadores a cantar o, cuando menos, a dar la nota. Literalmente: dependiendo de lo grave o agudo que emita su voz, se formará un tramo de puente más o menos alto, permitiendo al jugador pasar de una plataforma a otra. ¿Y qué relación tiene esto con los aplausos?, te preguntarás. Una tal vez muy rebuscada: uno de los individuos que ha realizado un gameplay de este videojuego, Pew Die Pie, el youtuber con más suscriptores del mundo, tiene una sección en su canal dedicada a la reseña de memes. ¿Y sabes cuál es la cabecilla de entrada a esa sección? Efectivamente: una palmada sobre cada uno de los sustantivos que componen el título «Meme Review». Probablemente pienses que estoy intentando sacar filosofía de donde no la hay, que pretendo ordeñar conceptos estrujando una ubre seca de toda teoría; pero sinceramente pienso que esa doble palmada condensa lo esencial de la ciencia que estamos buscando en este texto. La aplausología como filosofía primera se realiza plenamente en ese gesto por medio del cual Pew Die Pie reseña un meme y lo condena de muerte. Pues ya se sabe que la mejor forma de matar un chiste es explicar su gracia. La memética, como todo lenguaje humorístico semiprivado, carece de memoria histórica. Por ese motivo tenemos que complementar la aplausología (o teoría general del aplauso) con la aplausografía (o historia universal del idem).

3.

La historia universal del aplauso se remonta como pronto a comienzos del siglo V a. C., con las reformas políticas que condujeron a la radicalización de la democracia ateniense, entre las cuales no fue menos relevante la institución del teatro como espectáculo de masas. Fue Clístenes quien dictaminó que en las funciones teatrales se reconociera el buen papel de los actores mediante el aplauso. Hasta entonces, los cánticos corales —que luego evolucionarían en la tragedia— se realizaban entre todos durante los fastos de las Grandes Dionisiacas, en un formato más parecido a la cabalgata de Reyes Magos o al desfile del Orgullo LGBT que a la ópera y al teatro modernos. En este contexto celebratorio, no habiendo una diferenciación entre los actores y el público, pues todo el mundo actuaba a la vez que oía y miraba, no era necesario establecer una forma específica de reconocimiento o de aprobación más allá de unirse a la fiesta. Sin embargo, con la edificación de los primeros anfiteatros, primero de madera y más tarde en piedra, con capacidad para decenas de miles de asistentes (el equivalente griego clásico a lo que actualmente podrían ser los sambódromos en Brasil), hizo falta instituir el aplauso como un sucedáneo a distancia del apretón de manos. En vez de darle la mano individualmente al actor, el público se la daba colectivamente varias veces a sí mismo.

Esta idea —la del aplauso como un modo de dar la mano desde lejos y en bloque— tiene mucho interés para nuestra situación actual, en la que las autoridades nos piden que, por favor, nos lavemos reiteradamente las manos y suprimamos las formas convencionales de saludo (chocar esos cinco con los hombres; besarle las mejillas a las mujeres) y las sustituyamos por pataditas y codazos. La primera vez que me preguntaron públicamente por mi pronóstico acerca de las consecuencias de esta pandemia, respondí que probablemente acontecerá una asiatización generalizada de nuestros hábitos. Ni siquiera descarto que, en un futuro próximo, el modo de saludar mediterráneo, con sus liosas invasiones del espacio vital ajeno, sea sustituido por el modo de saludar asiático: juntar ambas manos en señal de rezo e inclinar levemente la cabeza.

Pero el teatro helénico tiene otro elemento que puede resultar valioso en los que tiempos que estamos atravesando. A saber: uno de los fines principales de la tragedia ática era criticar la «desmesura» (hybris) de los personajes, que actúan y hablan sobre la escena, por contraposición a la «prudencia» (phrónesis) del coro, que canta y baila desde la orquesta. En la obra de Esquilo, Sófocles y Eurípides, el verdadero protagonista es el corifeo, que representa a la «ciudad» (polis) en su conjunto. En la tragedia, por decirlo en una frase, el héroe somos todos o nadie.27 De ahí el vínculo, para nosotros incomprensible, entre la democracia y la tragedia en la Atenas de Pericles. En verdad, dicho vínculo no resulta tan incomprensible a poco que nos paremos a pensar en la función que desempeñan actualmente los medios de comunicación de masas, incluyendo dentro de ellos a la propia pandemia como espectáculo y noticia constante. Como escribió el crítico cultural Walter Benjamin, no por muy citado menos cierto: «La humanidad, que antaño, con Homero, fue objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, ahora ya lo es para sí misma. Su alienación autoinducida alcanza así aquel grado en que vive su propia destrucción cual goce estético de primera clase»28.

27 A todo esto, el aplauso más largo en el que yo he participado fue al estreno en Sevilla de Monte Olimpo, de Jan Fabre: una obra de arte total de veinticuatro horas de duración en la que se sintetiza toda la mitología griega, utilizando registros del performance contemporáneo y del japonés, en lo que puede considerarse sin problemas como la pieza teatral más impresionante de lo que llevamos de siglo XXI. Con muy buen criterio, la función terminaba con una escena en la que una docena de actores se ponían a trotar sobre unas cintas de correr mientras exclamaban en varios idiomas la misma frase: «Soy un héroe. Quiero mi premio». Por toda recompensa, los demás actores les arrojaban pintura y plumas, a la manera de aquella vieja forma de humillación y tortura. Como todas las escenas de Monte Olimpo, esta última duró más de quince minutos. Más de quince minutos de escarnio público a los sedicientes héroes. Creo que no hay mejor representación de la idea de heroicidad que transmite el teatro griego, brevemente resumida en aquella sentencia de la Vida de Galileo, de Bertolt Brecht: «Infeliz es la tierra que necesita héroes». Nosotros mismos hemos experimentado en nuestras carnes lo infeliz que puede llegar a ser aquella tierra en la que, a falta de medios y personal, los sanitarios tienen que ser heroicos en vez de profesionales.

28 Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, en Obras, Madrid: Abada, 2008, lib. I, vol. 2, pág. 85.

Y es que, desde el siglo V a. C. en adelante, el aplauso ha sido siempre un instrumento al servicio del poder. En la Roma clásica tenían la costumbre de mostrar aprobación ante los espectáculos circenses agitando un pañuelo que se llamaba «sudario» justamente porque permitía que los espectadores se secaran el sudor de la frente. Pero esta costumbre, equiparable a nuestras palmadas silenciosas, extraídas a partir de la lengua de signos, convivía con el aplauso de toda la vida de Dios. En su Vida de los doce Césares, Suetonio nos cuenta que Nerón iba acompañado por 5.000 palmeros a sueldo capaces de aplaudirle de tres modos distintos: con zumbidos o bombos (palmas graves y huecas); con tejas o imbrices (palmas planas y agudas); y con ladrillos o testas (un término medio entre los dos anteriores).29 Cómo no recordar las últimas palabras de Octavio Augusto, preguntando a sus amigos si había desempeñado bien su papel en la farsa de la vida y despidiéndose con la fórmula final del teatro romano: «Si  la comedia os ha gustado, concededle vuestro aplauso y, todos a una, despedidnos con alegría»30. Y, volviendo al día de hoy, cómo olvidarse de aquel Pablo Iglesias Out of Context en el que nuestro actual vicepresidente del gobierno salía dando un mitin en medio de un parque. «Me da asco la gente que hace política así, que dice siempre lo que conviene o lo que arranca el aplauso fácil», estaba diciendo el secretario general de Podemos cuando le interrumpió un aplauso, no sabemos si fácil o difícil, o de nivel intermedio, pero desde luego metairónico a más no poder.31

29 Cfr. Suetonio, Vida de los doce Césares, lib. VI, § 20

30 Ibid., lib. II, § 99.

31 Para un análisis de la idea de metaironía, cfr. Ernesto Castro, «Una o dos anécdotas ultrarracionales», en Ismael Crespo Amine y José Carlos Cañizares Gaztelu, Ultrarracionalismo, Salamanca: Delirio, 2019, págs. 341-387.

Inspirado por el modelo de Nerón, el poeta Jean Daurat creó la institución de los claqueurs: grupos de aplaudidores profesionales cuyas manos aseguraban que cualquier obra de teatro pareciera haber obtenido un gran éxito. Aunque el invento es del siglo XVI, no fue hasta la década de 1820 que las claques se volvieron una pieza indispensable de la tramoya teatral francesa. Eran tan requeridos que llegaron a dividirse el trabajo laudatorio en gremios como el de los reidores, los murmuradores, los bisbiseros, los zapateantes o los cosquilleantes. Cada claque tenía su propio jefe de orquesta, a quien se le adelantaba el guion de la obra de teatro o la partitura de la ópera antes del estreno para que pudiera repartir apropiadamente los aplausos, las risas, los bises; e incluso, en operaciones de falsa bandera o agente doble, los abucheos. Pero esta pandemia claqueante no se limitó a Francia, sino que se extendió a otros países; entre ellos, España, donde el poeta Sinesio Delgado compuso el siguiente pareado para mayor gloria del claquero Gonzalo Maestre:

No habría tantos reyes del trimestre
si le cortaran las manos a Maestre.
32

32 Cit. en Augusto Martínez Olmedilla, Los teatros de Madrid, Madrid: José Ruiz Alfonso, 1947, pág. 282.

Lejos de extinguirse, el fenómeno de la claque ha seguido hasta nuestros días bajo la forma de las risas enlatadas y, si me apuran, de los bots programados para apoyar en las redes sociales a tal o cual partido político. Y cuando hablo de «risas enlatadas» no me refiero solo a las carcajadas pregrabadas y reproducidas cada quince segundos, sin las cuales series cómicas del estilo de Cómo conocí a vuestra madre o La teoría del Big Bang serían radicalmente insoportables. Me refiero también a las ovaciones proferidas en vivo y en directo por el público que asiste a los platós de televisión. En este tipo de programas se produce una curiosa duplicación del simulacro, un enlatamiento de segundo orden: el espectáculo consiste en espectar a otros espectadores espectando a su vez un espectáculo. En estos casos, las risas enlatadas no son las que emite el televisor, sino las que se escuchan en nuestros salones y cuartitos de estar, saliendo de nuestras propias bocas. Son nuestras reacciones las que ya están en latas de conserva. Basta con ver alguno de los programas de humor estadounidenses que tan de moda se han puesto durante la presidencia de Donald Trump —actualmente sin público en el estudio a causa de la Covid-19— para darse cuenta de que, sin este enlatamiento de segundo orden, sin esta duplicación del simulacro, John Oliver (Last Week Tonight) o Trevor Noah (The Daily Show) no hacen ni puta gracia. Y es que este tipo de programas de monólogos se basan en una mezcla de información y entretenimiento, lo que se conoce como el infotenimiento, en el que las risas enlatadas sirven como elemento de transición entre los chistes y los datos, generando un alivio humorístico que permite infundir grandes dosis de ideología en el público que ha bajado la guardia cómica. He aquí el último grito de nuestra historia universal de los aplausos. Al final, habrá que terminar este texto por donde empezamos, por Platón, esta vez criticando la mezcla de los géneros literarios —léase: mediáticos— en Las leyes, echando de menos aquella época imaginaria en la que

no había siringa ni gritos incultos de la masa, como ahora, ni aplausos para dar el apoyo, sino que estaba establecido que los que habían completado su educación escucharan en silencio hasta el final, mientras que los niños, sus ayos y la mayoría de la plebe tenían la admonición del bastón que imponía orden. La multitud de los ciudadanos quería que se la gobernara en estos asuntos con ese orden y no osaba juzgar por medio del tumulto. Más tarde, cuando pasó el tiempo, los poetas, aunque naturalmente dotados para la poesía, se convirtieron en los iniciadores de la ilegalidad contra el arte. Ignorantes de la justicia y la legalidad de la Musa, en éxtasis y presas del placer más de lo debido, mezclaron trenos con himnos, peanes con ditirambos e imitaron las canciones para flautas con las que eran para cítara, uniendo todo con todo, porque sin querer, por necedad musical, pretendieron falsamente que la música no tiene ningún tipo de corrección, sino que la forma más correcta de juzgar es el placer del que la goza, sea éste alguien mejor o peor. Al hacer composiciones de ese jaez y proclamar al mismo tiempo teorías por el estilo, instauraron en la plebe la ilegalidad respecto de la música y la osadía de creerse capaces de juzgar. De donde los teatros de silenciosos se volvieron clamorosos, como si conocieran lo bello y lo que no lo es en las artes y una teatrocracia malvada suplantó en la música a la aristocracia. En efecto, si hubiera surgido una democracia de hombres libres sólo en la música, lo sucedido no habría sido en absoluto terrible, pero, entre nosotros, el que todos se creyeran expertos en todo y la ilegalidad comenzaron en realidad a partir de la música y siguió la libertad, pues perdieron el temor, como si supieran, y la carencia de temor engendró la desvergüenza. Pues el no temer por osadía la opinión del mejor es prácticamente la desvergüenza malvada, producida por una cierta libertad demasiado osada.33

33 Platón, Las leyes, lib. III, 700c y ss