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Quimera: Revista de literatura, núm. 340, 2012, págs. 40-41.

«Cultura, economía y política: Las industrias culturales españolas en un contexto de crisis»

Las relaciones entre cultura, política y economía hace tiempo que son objeto de un debate teórico intenso. Parece que fue ayer cuando los estetas se aproximaban a la cultura con el escalpelo de un pensamiento abstracto que no tenía en consideración ni los circuitos de producción, distribución y consumo de los así llamados «productos magros del espíritu», ni su incidencia en la configuración de un sentido común que articula lo que es susceptible de ser puesto en tela de juicio dentro del espacio público. Parece que fue ayer cuando la reflexión política y el compromiso militante elaboraban su comprensión del mundo y trazaban sus estrategias de intervención en la realidad sin atender al aparato simbólico que posibilita la fijación imaginaria de las aspiraciones colectivas, como si lopolítico constituyera una esfera independiente de acción racional conforme a fines por completo ajenos a consideraciones culturales. Parece que fue ayer cuando el análisis económico desdeñaba la adscripción cultural de los agentes sociales como una mera externalidad sin influencia alguna en la economía real, al mismo tiempo que abstraía la injerencia de la administración pública sobre los mercados como una variable acíclica irrelevante. Parece que fue ayer.

El impulso de una economía de mercado asentada sobre el sector servicios ha trastocado de manera decisiva esta división en compartimentos estancos, hasta el punto de convertir en insostenible cualquier aproximación teórica que tome en consideración uno de estos campos de un modo aislado sin analizar su relación con los campos adyacentes. Nos enfrentamos a un contexto de investigación y crítica que tiene la interdisciplinariedad como bandera. Y es en este horizonte de expectativas donde se enmarca este monográfico, que no tiene otra pretensión que ofrecer una cartografía más o menos exhaustiva de los dispositivos económicos, políticos y culturales que operan en un contexto social como el que estamos atravesando, marcado por el triunfo electoral de la derecha neoconservadora en España (el Partido Popular, en los comicios nacionales de 2011), con la consiguiente unificación de los ministerios de Cultura y Deportes en un mismo paquete listo para los recortes presupuestarios y las injerencias estatales, con un sociólogo a la cabeza de esta funesta arca de Noe, José Ignacio Wert, quien ha declarado que su objetivo es acabar con el sistema de becas ministeriales en vigor, cercenando de este modo la principal fuente de recursos pecuniarios que poseía hasta este momento una escena cultural alternativa como la española, que ha fracasado en la consolidación de mecanismos de financiación alternativos y sostenibles a largo plazo.

Y ustedes se preguntarán qué sentido tiene publicar un dosier centrado en las inflexiones contemporáneas de las industrias culturales, con especial énfasis puesto en la relación que puede haber entre cultura y compromiso militante; qué sentido tiene publicar este dosier en una revista de crítica literaria como Quimera, que no solo no está especializada en este tipo de cuestiones, sino que además se ha visto forzada a iniciar la senda vintage de las publicaciones en blanco y negro, empujada hacia el abismo de una más que probable quiebra económica debido a los recortes presupuestarios que afectan a la adquisición de revistas y periódicos por parte de las bibliotecas públicas españolas. No se pongan nerviosos si les asaltan estas dudas en medio de la noche. No se preocupen. Yo también me pregunto qué sentido tiene lanzar este último ganchodeizquierdas; esta maniobra pírrica, a la vez desesperada y heroica; este gesto noble y patético, ejecutado en el momento preciso en que uno cobra conciencia de que está a punto de perder el combate por KO y que dentro de poco estará mordiendo el polvo, tendido con los brazos en cruz sobre en la lona. En suma, ustedes tienen toda la legitimidad del mundo cuando se preguntan qué sentido tiene interrumpir la melodía que desgrana la orquesta del Titanic. Qué sentido tiene interpelar al capitán del barco por su mala praxis, a sabiendas de que el transatlántico se hunde irremediablemente y que ningún dedo índice acusador, ninguna denuncia impedirá el hecho de que todos nos vamos a pique. Qué sent… ¡Mujeres y niños primero!

(Mejor resumir el contenido de este dosier y apagar la luz antes de salir).

Tomando como punto de partida ciertas tendencias generalizadas en nuestro contexto sociopolítico actual, el artículo de Jaron Rowan analiza la consolidación contemporánea de un individualismo competitivo ligado a la construcción de uno mismo como empresa. Aplicando esta hipótesis de partida al campo de cultura, Rawon diagnostica la aparición del sujeto-marca como emprendedor cultural: un agente social que lucha por alcanzar cierta distinción, maximizando los recursos tanto humanos como culturales que tiene a su disposición en un contexto altamente competitivo, regido por un cálculo racional permanente de costes y beneficios. Su artículo también cuestiona la presunta relación de identidad que habría de existir entre un individualismo de nuevo cuño y un reforzado egoísmo autointeresado, de acuerdo con ciertas lecturas simplistas de capitalismo que no tienen en cuenta la preservación de dinámicas sociales como la solidaridad, la cooperación o el desinterés, que a priori parecen atavismos de un tiempo perdido, totalmente ajeno al ethos capitalista propio de nuestras sociedades postradicionales. En sus conclusiones Rowan apunta —o al menos eso podemos leer entre líneas— hacia una comunidad por venir compuesta por emprendedores culturales que, a modo de gran gremio, conjugue una explotación eficiente de los recursos culturales con una difusión asequible y accesible de los productos resultantes.

En la misma línea de razonamiento se sitúa la breve pero afilada apostilla que cierra este dosier, firmada por Antonio J. Rodríguez. El joven novelista —que ha sufrido la degradación de las condiciones laborales de los emprendedores culturales en sus propias carnes— hace un somero repaso de los procesos de privatización en marcha y de su recepción dentro del circuito literario. Su posición sobre acontecimientos como el cierre de Megaupload o el alunizaje de Amazon en España es tan polémica como contundente. Rodríguez no se corta un pelo y reclama «capitalismo para todos». Bajo este lema provocador nos encontramos una comprensión matizada de la cultura como recurso económico y como derecho inalienable, elaborada por alguien que conoce de primera mano la realidad concreta de la producción cultural, más allá de los grandes lemas y de las consignas grandilocuentes. No es de extrañar, por lo tanto, que ciertos pasajes de este artículo pueden dañar la sensibilidad de algunos miembros acomodados de la izquierda, esos que desdeñan la posesión del vil metal, que prefieren no mancharse las manos trabajando, que no quieren adquirir más bienes materiales, todo ello dicho desde una posición privilegiada de autenticidad y altruismo inmaculados. Ahí queda la advertencia.

Alberto Santamaría también se significa, solo que en un orden de coordenadas completamente distinto: apostando por un análisis de la experiencia social que no eluda los problemas normativos. Se posiciona en favor de una literatura que, lejos de todo estilo panfletario y de toda declaración provocadora, incorpore lopolítico como un elemento constitutivo de la propia narración, de modo que el propio ejercicio de escritura destape el contexto de sentido donde tiene lugar loliterario, así como los elementos que constituyen el ejercicio de construcción simbólica que entraña toda narración. Asimismo, Santamaría destapa el controvertido pasado nazi de Random House Mondadori, y su no menos controvertido presente: con la mitad de las acciones en posesión de Silvio Berlusconi; matizando, por supuesto, que el origen de ciertos recursos financieros no impugna automáticamente la validez de lo que se produzca con ese dinero. Cambiando de tercio, Santamaría desmantela al término de su artículo dos formatos literarios bastante socorridos en el presente: en primer lugar, la novela política que incorpora elcompromiso como un elemento extrínseco al propio ejercicio de escritura; en segundo lugar, la novela fantástica que aboga por la construcción de realidades imaginarias y, de este modo, promueve un escapismo que —a su juicio— hace un flaco favor al compromiso militante.

Por último, cerrando las filas de este dosier, un servidor les recuerda la historia, a la vez trágica y cómica, de los museos de arte contemporáneo. A medio camino entre la marginalidad elitista de las vanguardias históricas y la neutralización sistémica de los últimos creadores plásticos, el arte contemporáneo muestra uno de los ejemplos más acabados de lo que supone incorporar la creatividad personal en un contexto de explotación capitalista desenfrenada. A pocas semanas de la próxima edición de ARCO, epítome castizo del mundo de las ferias de arte plástico, mi artículo tiene como objetivo elaborar una breve reflexión sobre el mercado de bienes artísticos, tomando como punto de partida algunos lugares comunes de la relación entre el objeto artístico y el contexto expositivo. Para terminar, sugiero una reordenación de las prioridades estéticas del consumidor frecuente de productos culturales contemporáneos. No es una lista de los diez consejos que uno debe seguir para convertirse en un connoisseur del arte del siglo XXI, pero tanto da un higo.

En suma, un dosier como Dios manda, que no se achanta, que le mete el dedo en el ojo al actual sistema de producción, distribución y consumo de bienes culturales. Una joya para coleccionistas antisistémicos, que usted no se puede perder bajo ningún pretexto.

(Venga, apaga y vámonos de una vez por todas).