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Quimera: Revista de literatura, núm. 324, 2010, págs. 78-79. 

«Como ser marxista —y tal vez posmoderno— desde Connecticut: Reseña de Reflexiones sobre la postmodernidad, de Fredric Jameson y David Sánchez Usanos»

Cuando Fredric Jameson se define a sí mismo como marxista desde Killingworth (Connecticut) o se pronuncia sobre la situación actual en términos de «indistinción entre alta y baja cultura», y sus palabras se publican inmediatamente —bien en la New Left Review, bien en la editorial Abada: canales de producción que se caracterizan precisamente por establecer una genuina diferenciacióncultural entre Homo academicus y el resto de los mortales— es entonces cuando me pregunto, en primer lugar, si todo esto de la posmodernidad es una broma. Tanto más posmoderno si lo fuera. Inmediatamente después me surge una sospecha: ¿es la teoría crítica inmune a ese proceso contaminación cultural postuladamente generalizado, o tal vez el proceso de indistinción entre alta y baja cultura no es tan efectivo como como apocalípticamente —o utópicamente— nos gustaría pensar?

Treinta años después de la publicación de La condición posmoderna de Jean-François Lyotard, el público castellanoparlante parece asistir en los últimos meses a una intensa revisión del posmodernismo. Sobre la cultura de masas apareció recientemente, en el número 320/321 de la revista Quimera, una extensa conversación entre José Luis Pardo y Eloy Fernández Porta, el último de los cuales aseguraba que «a una sociedad y a una economía en la cual la diferencia de clases, de poder adquisitivo y de jerarquía se vuelve cada vez más radical, parece corresponderle un discurso sobre la estética y sobre las artes que postula la anarquía». El análisis de Porta sitúa en un peliagudo y ambivalente, quizá cínico lugar la posición social de Jameson a la que ya nos hemos referido. A este pensador tuvimos la oportunidad de escucharle recientemente en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y ahora le disfrutamos por escrito, en ambos casos de la mano de David Sánchez Usanos.

Lo primero que hay que subrayar de estas conversaciones es que ambos pensadores, a pesar de ocuparse explícitamente de la posmodernidad, no son posmodernos. La lógica del capitalismo cultural, hibrida y ficcional por definición, es exógena a su discurso, no se encuentra inscrita formalmente en los caracteres por medio de los cuales se expresa un pensamiento sobre la posmodernidad que recurre a las viejas categorías marxistas para criticar la «ausencia de alternativas teóricas al capitalismo». Cuando Sánchez Usanos declara que nos encontramos en «una situación un tanto triste», acepta un análisis que reduce la realidad del capitalismo global a sus elementos estrictamente formales («la lógica de mercado», si se prefiere el eufemismo).

Que a día de hoy toda actividad humana se encuentre formalmente determinada como producto de consumo no disuelve el potencial transformador de los valores eventualmente vehiculados por esas actividades. La asociación convencional entre determinados productos culturales y la experiencia crasamente consumista no elimina el contenido político de esos productos (como podría ser el caso de la serie The Wire, todo un éxito comercial del que se declaran seguidores tanto Jameson como Sánchez Usanos). Frente a la hipótesis de Pierre Bourdieu acerca de una houellebecquiana ampliación del campo de batalla capitalista a todas las esferas de lo social (hipótesis con la que en ocasiones coquetean las sugerencias de Sánchez Usanos en este libro), pensadores como Gilles Lipovetsky vienen a señalar la existencia de relaciones sociales que no se rigen por la lógica de la renovación y de la competencia mercantil (la amistad, por ejemplo). «La comercialización de las formas de la vida no comporta en absoluto la descalificación de los valores afectivos y desinteresados. Lejos de ser una antigualla, la valoración del amor es el correlato de la autonomía individual», escribe Lipovetsky en La sociedad de la decepción.

Así las cosas, este libro de conversaciones —que, por la amplitud de los temas tratados, aspira a ser una sucinta introducción al pensamiento posmoderno— no da lugar, quizás por su escasa extensión, a una revisión realmente incisiva de los postulados implícitos en su discusión. A la escasa voluntad autocrítica del pensador estadounidense se suma las más que tibias objeciones del discípulo español, quien, a medio camino entre la apología de los esquemas conceptuales jamesonianos y la resignación acerca de la situación actual, interviene siempre desde un marco de complicidad y complacencia. Allí donde las preguntas rebasan cierto espectro de complejidad, el entrevistado simplemente rehúye la pugna, mostrando una escasa capacidad de «pensamiento de directo» (por recoger la definición del crítico según José Luis Brea). Léase la amplia e interesante pregunta en la que Sánchez Usanos sugiere una posible fusión entre el género literario y el estrictamente filosófico. «Bajo ese entramado de citas presentes […] en cada casi obra literaria parece subyacer una especie de sistema», afirma el español. A lo cual el estadounidense no tiene nada que decir salvo sugerirle a su interlocutor que ponga aquello por escrito. Y rapidito, añadiríamos nosotros.

En estas páginas, Jameson se reafirma en aquella teoría epistemológica que subraya, como consecuencia de la multiplicación de los discursos históricos y su confusión con los géneros literarios, la constitución de un estadio de escepticismo colectivo radical. «No terminarás creyendo en los nazis simplemente por ver todas esas películas», afirma hablando de la industria cinematográfica montada alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Pero este juicio no hace justicia al prestigio comunicativo que siguen detentando los diferentes medios de comunicación. Cabe puntualizar que, a pesar de la elevada conciencia que la sociedad tiene acerca de la manipulación informativa, ello no supone una oclusión de la memoria colectiva, sino más bien una fragmentación de ella. Dependiendo de las elecciones y de las preferencias individuales, cada uno puede configurarse una «historia a la carta», perfectamente consistente, sin fisuras, acudiendo a medios de ideología afín. Es más: ahora mismo, cuando cada vez son menos los testigos presenciales del Holocausto, probablemente no tengamos otra certeza sobre él que no sea estrictamente fílmica.

Con todo, el diálogo no está exento de potentes apuestas teóricas. Véase el «paradigma espacial» que Jameson invoca para analizar el carácter arquitectónico de tantos y tantos fenómenos actuales. El atentado de las Torres Gemelas, por ejemplo: toda una «declaración de urbanismo», según el estadounidense. En otro momento de extraña lucidez, este teórico de la posmodernidad pone en conexión los análisis de la esquizofrenia en el Anti-Edipo, de Gilles Deleuze y Félix Guattari, con la utopía marxista del trabajador desespecializado, y lo hace planteando una crítica a la figura del sujeto autoritario en la obra sociológica de Theodor W. Adorno. Así, Jameson afirma la posibilidad de que el así denominado «sujeto fragmentario contemporáneo» se encuentre  más cerca que nunca de la realización efectiva de aquella célebre y utópica cita de Karl Marx acerca del comunismo pleno, donde uno puede ser «un cazador por la mañana, un pescador por la tarde y un crítico después de cenar».

De este modo, Jameson subvierte la ideología biempensante actual que considera este fenómeno como algo patológico: la muerte del sujeto, la disolución de la identidad en un nodo de actividades heteróclitas y desconectadas, de creencias contradictorias entre sí. Pero aquí Jameson probablemente solo se esté guardando las espaldas. Él, un catedrático de literatura comparada en cuerpo y mente que, por unas horas, dialoga acerca de la posmodernidad con profundas convicciones marxistas. Acuérdate del chiste: «¿En qué se parece un poeta a un superhéroe? En que ambos tienen dos profesiones». ¿No será este caso extensible a todos los pensadores de convicción revolucionaria dentro de una sociedad sin fronteras ni alternativas teóricas?