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Sin Permiso, 02/06/2013. 

«Bañistas y charlacanes: Reseña de La gran degeneración, de Niall Ferguson»

Cuando los focos alumbran, las cámaras enfocan y las grabadoras registran, los economistas se suelen poner en evidencia. Apremiados por la atención mediática que se proyecta sobre sus corbatas y hombreras, hemos asistido en los últimos años a un encadenamiento de cagadas memorables, de epic fails gestados por presuntos peritos en economía. Apenas termina de hablar uno y, por culpa de otro, ya sube el pan de nuevo. Cuántas veces habrá repetido David Harvey la anécdota sobre cómo los miembros de la London School of Economics fueron puestos a caer de un burro por la reina de Gran Bretaña. Allá por 2009, Isabel quiso enterarse de por qué los economistas británicos, siendo tan listos y tan expertos, no habían predicho la crisis. Una pregunta que se plantea toda hija de vecina: ¿dónde quedó la capacidad de predicción y prevención de nuestros asesores financieros? Estos contestaron que —por supuesto— muchas personas muy inteligentes se habían dedicado a estudiar los pormenores del modelo económico actual, pero que —por desgracia— habían ignorado sus riesgos sistémicos. De ahí la inopia. Isabel se quedó a cuadros. ¿Cómo se puede estudiar un modelo económico sin tener en cuenta sus riesgos sistémicos? Desde entonces, las metidas de gamba no han cesado. ¿Tiene usted un grado en Administración y Dirección de Empresas? ¿Quiere arruinar su reputación? Pida turno, por favor. El último de la cola es el historiador económico Niall Ferguson.

En un artículo reciente, William K. Black ha analizado la retórica que utiliza Ferguson para calumniar a sus oponentes teóricos. Perífrasis, insinuación e indirecta son las palabras que se requieren para caracterizar las recientes especulaciones psicoanalíticas del historiador. El autor de La guerra del mundo parece haberse arrogado el derecho de charlacanizar a diestro y siniestro entre sus compañeros de disciplina, ya sea oteando síntomas de traumas infantiles en el horizonte, ya sea convirtiendo en una patología la «pluma polémica» de Paul Krugman, ya sea descubriendo túneles secretos entre la sexualidad y el pensamiento de John Maynard Keynes (previamente visitados por otros pensadores conservadores). Claro que todo esto se realiza bajo la pátina discursiva de las corazonadas y de las tentativas en condicional o en subjuntivo. De ahí la importancia del circunloquio como fórmula retórica que no puede faltar en las explicaciones supuestamente científicas de Ferguson, quien se las da de francotirador solitario al mismo tiempo que rebaja sus afirmaciones taxativas con ciertos «quizás», con ciertos «tal vez», que hacen las veces de salidas de emergencia, ideales para esconder la mano tras lanzar la piedra.1

1 Cfr. William K. Black, «“Keynes, maricón”: El menor de los disparates es la última bajeza homofóbica de Niall Ferguson», Sin Permiso, 12/05/2013.

Ahora bien, pensando el ladrón sobre su condición, no podemos ser tan duros con Ferguson, quien ya se psicoanaliza a sí mismo, ahorrándose el dinero del diván en sus escritos. Para más señas, en su último libro, La gran degeneración, encontramos una brillante declaración sobre la estabilidad emocional de nuestro historiador. Ferguson narra cómo la sangre que atraviesa sus arterias entró en ebullición cuando descubrió que la casita en la playa que acababa de comprar —situada en el sur de Gales, ignorante él— daba a un montón de desechos esparcidos por la arena. «En lugar de Bajo el bosque lácteo —la obra de Dylan Thomas ambientada en una imaginaria localidad galesa—, aquello parecía más bien Bajo el cartón de leche. Enfurecido, y quizás [sic] dando muestras de los primeros síntomas de un trastorno obsesivo-compulsivo, empecé a acarrear y llenar bolsas de basura negras cada vez que salía a dar un paseo». Esta historia tiene un final agraciado —colorín, colorado— gracias a la generosa contribución del Club de los Leones (sic), una asociación filantrópica fundada por hombres de negocios retirados de Chicago, que desplegó toda su capacidad organizativa y limpió la costa en un santiamén.

El feliz relato de los bañistas de Gales contiene una moraleja sobre la mentalidad de Ferguson, quien prefiere deshacerse en elogios hacia la sociedad civil británica del pasado, antes que denunciar la ausencia de regulación gubernamental en materia de desechos marítimos. Nuestro historiador confía ciegamente en las intenciones bondadosas del entramado onegeinista que, desde mediados de los años ochenta, satisface por cuenta propia las funciones sociales de un Estado del bienestar en retirada completa. «Curar antes que prevenir», es su máxima personal. Más allá de esta anécdota, Ferguson demuestra hasta qué punto está dispuesto a violar los axiomas de la teoría de la racionalidad —dada su escasa aversión a los riesgos sistémicos, especialmente cuando estos afectan a otras personas— cuando arremete en su libro contra la Administración de Drogas y Comida de Estados Unidos («FDA» son sus siglas en inglés): «La justificación que se da a favor de las rígidas normas de la FDA es evitar la venta de un fármaco como la talidomida. Pero la consecuencia no deseada es, casi con total certeza, permitir que mucha más gente muera prematuramente en comparación con el momento en que habrían muerto a causa de los efectos secundarios de haber existido un régimen menos restrictivo». ¿Se han fijado en la valentía desde la barrera, en la llamada de retirada, en la vía de escape que representa ese «casi con total certeza»?

La gran degeneración es un título de traca para un libro de divulgación que pretende petardear los bajos fondos del discurso demagógico en materia económica. Echando más leña a la hoguera, Ferguson se permite algunas filigranas políticas en su «Introducción», gracias a los ya conocidos y machacones comentarios sobre la escasa calidad democrática de ciertos sistemas electorales actuales, construidos bajo otro modelo que no sea el sistema bipartidista estadounidense. «En apariencia, los legisladores de países como Rusia y Venezuela son elegidos en las urnas, pero ninguno de ellos puede calificarse como una verdadera democracia a los ojos de los observadores imparciales, y no digamos ya a los de los líderes de la oposición local», sentencia Ferguson, amalgamando su particular diatriba antichavista con el paralelo moscovita, despreciando las diferencias entre ambos regímenes y dibujando un camino hacia la imparcialidad democrática, ¡qué duda cabe!, cuando se posiciona a favor de las declaraciones partisanas de los opositores venezolanos, que por sus actos en las calles de Caracas los conocemos.

Entrando en materia, La gran degeneración resume las explicaciones principales sobre el desarrollo económico expuestas con mayor enjundia en otras obras por autores como Douglass C. North, Hernando de Soto o Daron Acemoğlu y James A. Robinson.2 La premisa de este «análisis institucional neoclásico» es simple, sencilla y para toda la familia: son los diseños institucionales quienes explican el desarrollo diferencial y coordinado de la economía mundial. Este programa de investigación historiográfico se bautiza a sí mismo como «comparatista», pero resulta sorprendente la ausencia de un estudio profundo sobre las relaciones dinámicas que se dan entre los diversos modelos económicos puestos bajo la lupa analítica. Dichos modelos económicos han tenido concreciones históricas muy particulares, acotadísimas, tales como la Unión Soviética de Stalin, el Egipto de Nasser o la República Federal Alemana de Adenauer, cuyo destino histórico no estaba escrito de antemano en su diseño institucional interno. Las relaciones con el entorno, con otros países y modelos, también fueron influyentes en su desarrollo como sociedad y como Estado. Sin embargo, el antecedente inmediato del sistema económico mundial que hoy existe, el origen de los agravios comparativos es borrado de un plumazo por el enfoque institucional. Hablamos del colonialismo, que ni está ni se le espera en sus análisis histórico-económicos. Si me permiten la analogía, diría que los institucionalistas recuperan en un nivel teórico más abstracto la vieja cantinela sobre la autarquía económica como objetivo político supremo. ¿Por qué, si no, comparan los distintos modelos económicos como si fueran casillas estancas, sin comercio exterior ni relaciones diplomáticas? Reducida a mera contigüidad, coexistencia y contraposición, este tipo de comparaciones históricas redundan únicamente en un fetichismo absurdo del milagro europeo.

2 Cfr. Douglass C. North, Instituciones, cambio institucional y desempleo, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2006; Hernando de Soto, El misterio del capital, Planeta, Barcelona, 2000; Daron Acemoğlu y James A. Robinson, Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, Deusto, Barcelona, 2012.

Otra característica de la vulgata institucionalista contenida en La gran degeneración es la sorprendente conjunción que despliega nuestro historiador en sus páginas, entre la picardía del aprendiz de brujo y la reserva del maestro de la sospecha. A caballo entre el politicastro desmelenado y el economista austríaco, Ferguson establece correlaciones unívocas entre el capitalismo y la democracia, en la estela del demoliberalismo históricamente más ignaro, pero también mantiene sus reservas en materia de economía política, anonadado por la complejidad irreductible de los intercambios mercantiles, ante los cuales solo cabe laissez faire, laissez passer, y que los agentes privados solucionen el entuerto. Apoyado sobre esta forma doble de pensar, Ferguson analiza con detalle cuestiones políticas de actualidad, recetando siempre que puede el bálsamo de Fierabrás del Estado de derecho y echando pestes de cualquier intervención del gobierno que no sea la contemplación pasiva de los sucesos económicos. Nuestro historiador amplía hasta la náusea la letra pequeña de los programas de estímulo tímidamente propuestos por la Administración Obama, llegando a la minuciosidad y el detallismo propio de un colegio de abogados. Así, por ejemplo, se indigna porque la Ley Dodd-Frank legisle en materia de género, forzando a que haya paridad entre hombres y mujeres en las instituciones financieras, algo en lo que, a juicio de Ferguson, el Estado no debería entrometerse. Para él, toda legislación es deficiente salvo la que incrementa el libre albedrío de los agentes privados, pues «no está claro en absoluto cómo obligar a los bancos a tener más capital o a hacer menos préstamos puede ser incompatible con el objetivo de una recuperación económica sostenida».

Sin embargo, cuando toca hablar de las virtudes de la CommonLawanglosajona, nuestro historiador no se queda corto en sus libaciones a las deidades liberales. Ferguson se quita la toga, se afloja la corbata y se sirve una copa, o así nos imaginamos a este caballero andante del liberalismo, mientras sentencia la siguiente boutade antológica, que los editores habrían hecho bien en extractar para la faja del libro: «Pocas verdades son hoy más universalmente reconocidas que la de que el imperio de la ley —en particular en la medida en que sirve de freno a la “codiciosa mano” del Estado voraz— conduce al crecimiento económico». Y ello a pesar de que el aumento del PIB europeo durante el liberalísimo siglo XIX palidezca de vergüenza ante la aceleración exponencial de las economías reconstruidas y protegidas por el paraguas del Estado del bienestar inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. De nuevo, la amalgama entre incertidumbre y revelación que revela Ferguson en su obra, esa síntesis entre las intuiciones reveladas a la conciencia del historiador y las suspicacias despertadas por los gobiernos de todo el mundo, tal vez sugiera algún tipo de disonancia cognitiva partisana en su pensamiento. Tal vez, ojo, solo tal vez. Que él mismo se lo ausculte.