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«Bambi ha muerto: Reseña de Como el ciervo huiste, de Iago Fernández Ferrán»

La primera ventaja que tiene la amistad entre escritores a comienzos del siglo XXI es que, así como los elogios mutuos se suponen de antemano, así también se perdonan las objeciones bienintencionadas. O, cuando por lo menos, no se comprenden conforme a ese esquema caínico que tantos poetastros suscriben, según el cual todas las reseñas negativas son puñaladas por la espalda que alteran el buenrollismo del mundo literario, donde las diversas generaciones mercadean con su propio humo sin demasiados rozamientos entre ellas (para hacer el trabajo sucio, para las objeciones y los insultos, para eso ya están los trols digitales). Y digo esto porque hoy quiero criticar a un escritor amigo, Iago Fernández Ferrán, quien acaba de publicar el libro de relatos Como el ciervo huiste con la salmantina editorial Delirio, cuyo catálogo cuenta con varios libros que llevan mi apellido, como es el caso de Bizarro o El arte de la indignación, que un servidor ha coordinado con gusto infinito. Y, claro, uno quiere llegar a viejo preñado de amistades; pero, ya puestos a elegir, las prefiero curtidas por la inclemente sinceridad del francotirador, antes que reblandecidas y enternecidas a golpe de palmadita en el pompis. Así que allá vamos.

Lo primero que hay que decir de Fernández Ferrán es que pertenece a mi camada generacional. Si en la presentación de su libro en Barcelona no hubo cuarenta menciones despectivas a la posmodernidad, no hubo ninguna. Ambos entendemos cosas distintas, pero en el fondo nos entendemos, cuando hablamos de los posmodernos y nuestras carcajadas rozan el cielo. Fernández Ferrán tiene unos gustos estilísticos muy definidos, que yo comparto por completo. Los escritores viejunos de la tradición castellana están en nuestro haber como los más preciados. De los extranjeros, siempre tenemos presentes a Gustave Flaubert, a William Faulker y a Marcel Proust. Y luego está Roberto Bolaño, que a mí no me hace tilín, mira por dónde; pero sobre el cual Fernández Ferrán tiene una teoría interesante sobre el cruce que se produce en Los detectives salvajes entre el surrealismo y el modernismo mediante la incorporación de fragmentos de realidad que apuntan como índices más allá del texto

—Bolaño es un autor que de posmoderno solo tiene a sus desnortados reseñistas y críticos literarios —le he escuchado varias veces decir a Fernández Ferrán.

Como comprenderá, las expectativas que yo tenía depositadas en Fernández Ferrán antes de la publicación de su libro de relatos estaban a la altura de las de Lehman Brothers antes de octubre de 2007. He esperado su libro como un campesino el agua. He soñado con escuadrones de narradores con mucha caspa en las hombreras. He acariciado sus párrafos, extendiéndose hasta el infinito y más allá. Una vez entre mis manos, sin embargo, la cosa, he de confesar, me ha sabido a poco.

Fernández Ferrán es un tremendo estilista con poca cosa que contar. Quiero decir: el epílogo y los cinco relatos que componen Como el ciervo huiste contienen multitud de historias entrecruzadas, pero estas y los individuos que las protagonizan son apenas el condimento, la guarnición de un torrente sintáctico que permanece inalterado a lo largo del libro. Fernández Ferrán pensará que escribir bien consiste en evitar rimas internas, no en construir personajes entrañables y narraciones adictivas, pero una cosa es ser pulcro y otra que una obra de narrativa no tenga ninguna narración a la vista.

Ya leamos sobre la producción de grafito o sobre las aventuras de una madre soltera, Fernández Ferrán nunca sacrifica un ápice de su capacidad lingüística. Acomete cada frase como si fuera la última. Pone toda la carne estilística en el asador. Acude con sus mejores galas a su cita con el diccionario. Nos regala todas las palabras esdrújulas del mundo. Mucho me temo que el resultado es una colección de flujos de conciencia idénticos entre sí, cuya única coherencia interna es que reflejan la capacidad léxica y sintáctica del autor. Así se puede escribir sobre un embarazo indeseado como si estuviéramos dirigiéndonos, coñac agitado en mano, a una audiencia compuesta a partes iguales por una organización filatélica segoviana y por un grupo de lectura de Gustavo Adolfo Bécquer. Léase este párrafo y reflexiónese sobre su verosimilitud:

Lo hicimos allí mismo; y, ¿en qué crees que pensé, cabrón?, ¿qué cara crees que superponía a la que jadeaba a dos palmos de mis labios, qué manos crees que enmascaraban a las que se cerraban sobre mi cuello y qué torso crees que se solapaba al mío?; pero, sobre todo, ¿qué látigos crees que deseé que estuvieran azotando mi matriz para que volviera a florecer al cabo de nueve meses aquel embrión obsceno?

En la época del sexo escrito a lo Charles Bukowski, con su insufrible mete-saca protocolario, es de mucho agradecer esta floritura del verbo hecho carne; pero qué duda cabe que, cuando Fernández Ferrán asume una voz femenina en primera persona y solo encuentra dos insultos coloquiales («puto» y «cabrón») para hacernos creíble el estado emocional de una madre soltera, silueteada sobre un fondo de «manos enmascaradas», «matrices azotadas» y «embriones obscenos», nos vemos tentados a extraer una de dos conclusiones: o bien 1) Fernández Ferrán no tiene pajolera idea acerca de la mentalidad femenina, o bien 2) el relato está situado, para nuestro desconocimiento, en el siglo XIX, cuando las señoras hablaban y pensaban con ese vocabulario.

Los referentes literarios del narrador le pasan factura. No digo más porque no les quiero destripar la trama; solamente informarles de que aparecen enanos inaugurando fábricas. Con todo y con eso, por muy inverosímil que sea el contenido semántico de Como el ciervo huiste, nunca estará a la altura de su desmesurado continente sintáctico. Para ser un escritor que alardea de hacer matemáticas con las palabras y que dice haber cuadrado cada frase con regla y compás, la opera prima de Fernández Ferrán está llena de libertinaje verbal e incontinencia tecleadora. ¡Esas no son formas de entroncar con el expresionismo literario! El Faulkner de Mientras agonizo, por referirme a una influencia que los dos compartidos, hubiera tirado el agua sucia de la pedantería y la glosolalia para quedarse con el niño de la narración.

La segunda ventaja que tiene la amistad entre escritores a comienzos del siglo XXI es que, con todos los medios de comunicación que tenemos a nuestro alcance, podemos escribirnos en tiempo real por privado. Hace una hora que le mandé a Fernández Ferrán esta reseña. Justo acabo de leer su réplica. Ha montado en cólera. Me ha señalado las expresiones que he malversado, las posiciones estéticas que he mancillado, la historia de la literatura que me he pasado por el Arco de Belén. Fernández Ferrán me echa en cara el haber utilizado la expresión «flujo de conciencia», cuando, en realidad, lo que el ha escrito son «soliloquios», pues los narradores de Como el ciervo huiste afrontan la presencia del lector con distinción y conciencia, limando las asperezas de la subjetividad vivita y coleante, recurriendo a un registro discursivo que ningún cerebro humano puede reproducir en directo. Tiene toda la razón. Cuando yo menciono en esta reseña la autoridad compartida del expresionismo literario, cualquier maestrillo de Literatura en el bachillerato me habría corregido, añadiendo a reglón seguido que los expresionistas no tienen la obligación de ser realistas, que realismo y expresionismo se contraponen. Tiene toda la razón. Como el ciervo huiste no pretende ser un libro verosímil, pero no por ello se deja de echar de menos un mayor desarrollo de los personajes o, al menos, una menor impostura psicológica.

Supongo que los argumentos de Fernández Ferrán son incorregibles. Quizás la única incorrección que puede achacarse a este prometedor pero insuficiente primer libro, escrito con prisas y a lo loco durante los primeros tres meses de 2012, sea su inoportunidad y anacronismo, apostando por la grandilocuencia en tiempos tuiteros y facebookeros (algo que prácticamente roza el suicidio en número de ventas). Quizás los reseñistas estemos de más en un panorama literario como el actual, dominado por el escritor-publicista de su propio libro, a quien los periodistas prefieren entrevistar y malversar sus declaraciones en un titular clickbait, antes que leerse un libro con más de cien páginas. No se engañen, ese es el intervalo de atención lectora que tiene la crítica cultural contemporánea. Quizás yo aquí solo esté repitiendo el juicio de Rafael Conde cuando reseñó Volverás a Región, de Juan Benet:  

El libro, de un interés evidente, sufre por su inconsistencia argumental, por la abstracción de los personajes. Sus páginas están cargadas de moral. Pero estos defectos, comprensibles en una primera novela, no logran borrar el impacto total que causa este extraño libro.

Como le pasa a Conde con Benet, yo me resisto a pensar que el mejor narrador de mi generación en castellano no tenga nada mejor que narrar que las tramas deslavazadas de Como el ciervo huiste. A la espera de su segundo libro, me paso por el forro de los huevos las reseñas a domicilio, redactadas según el manual de instrucciones del autor, y reivindico el derecho a ejercer violencia exegética sobre los textos. Los libros están para violarlos. Si no podemos asaltar la obra de un autor desde un punto de vista distinto al suyo, si no podemos malinterpretar a pierna suelta, entonces apaga y vámonos a tomar una cerveza al Bar Mánchester. Yo no he venido a traer la paz sino la espada. No me pidan, por favor, que me la enfunde.