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A*Desk, 21/02/2014.

«Crónica de la semana del arte contemporáneo en Madrid (I): Bajo el asfalto de ARCO, las galerías»

Hace unas semanas, las galerías de Madrid renovaron vestuario. A fin de cuentas, el ambiente expositivo alrededor de ARCO fomenta ponerse las mejores galas con vistas a —y en vista de— todos esos visitantes que, además de recorrer los recintos feriales, tengan tiempo y ganas de pasearse por las calles de la ciudad. Febrero es un momento propicio para el deshielo y abundan las exposiciones con cierto riesgo. Las galerías de la calle Doctor Furquet volvieron a hermanarse —es un decir— para inaugurar todas a la vez y, hace escasos sábados, algunas se sumaron a la iniciativa de organizar desayunos para la milieu hípster. Atrapar al público por el estómago es una estrategia viejísima del mundo galerístico, nuevamente parece que exitosa. Mientras tanto, los fantasmas del mercado tiran salvas y vítores de alegría, vendiendo las tripas del zorro antes de haberlo siquiera cazado. Porque el gobierno ha reducido los impuestos creen que las ventas irán a mejor. Ahí aparece el idea de tendero barrigón y marginalista que toda galería tiene en el fondo de sí misma. Como hemos tocado fondo y llevan varios años fuera de la lista los agentes que otrora acaparaban y engullían masivamente el género expuesto, el café y el arte para todos, solo cabe de aquí en adelante ser optimista.

¿Qué propuesta hacen las galerías madrileñas en paralelo a ARCO? Una apuesta política. Abundan las exposiciones cargadas de inteligencia y sensibilidad hacia nuestro urgente momento económico. Es el caso de Capitalismo Anal, la vuelta de tuerca que ha impreso Txomin Badiola a sus movidas de siempre. Jean-Luc Godard, Pier Paolo Pasolini y toda la vasca. Badiola plantea cuales son las relaciones que hay entre lo escatológico y los bienes de capital. «Mierda», «boñiga», «zurullo»: son varias las formas de apelar a lo inapelable. Cualquier diría que componen el cogollo del sistema capitalista. Las escenas impresas de Saló, o los 120 días de Sodoma, de Pasolini, recuerdan la pregunta que subyace a esta exposición de Badiola: ¿cómo ser comunista hoy y no suicidarse en el intento?

No es fácil. Tampoco parece sencillo introducir en el circuito artístico documentos de rebeldía, que también son —benjaminianamente— documentos de urbanidad (carteles, panfletos, etcétera), sin restarles potencial político; pero la galería Espacio Mínimo ha encontrado a un artista nacido en México, Joaquín Segura, cuyo Estado de excepción despliega una panoplia de intervenciones revolucionarias sobre la opinión pública: desde declaraciones de guerrilleros hasta artículos de la gaceta libertaria Tierra y Libertad, de 1907, traducidos a la lengua de signos para sordos. Aquí tenemos el reverso de Thamsanqa Jantjie, el traductor espontáneo que la lio en el funeral de Nelson Mandela vertiendo los discursos de los políticos a un lenguaje imaginario.

Si comparamos la obra de Segura con la de Badiola nos damos cuenta de que en ambos artistas cobra una elocuencia inesperada el pasado. Lo mismo sucede en la intervención que ha realizado el artista Iván Candeo sobre el pladur del espacio Casa Sin Fin: un dibujo de la llegada de Colón a las Indias, golpeando el martillo en las junturas. ¿Título? Identidad y ruptura. Estas tres apuestas artísticas establecen una relación crítica con el pasado, tal vez solo igualada por Prontuario, las fotos de lugares de la Guerra de Independencia Española (1808-1814) que Bleda y Rosa han combinado con textos de la época —ojito con la sintaxis barroca del oficial que informa de la derrota en Trafalgar al alto mando naval español— en la imponente galería Fúcares. Atención también a la colección de pedruscos lanzados en manis, marchas y okupas que recoge Avelino Sala en su Locked-in syndrome, cortesía de Ponce + Robles, donde además se puede ver un vídeo del artista grabando los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en un bolígrafo a modo de chuleta. Un antídoto perfecto contra la carnaza artística de venta fácil que sin duda nos espera en el interior del recinto ferial.

A modo de contrapunto, recomendamos la exposición de Marlon de Azambuja, un artista polifacético y siempre cambiante —basta echar un vistazo a su trayectoria para encontrar varios estilos en un solo artista—, que esta vez se inclina por el formalismo y cuestiona la hechura estructural de su propia obra. En la galería Max Estrella, Brutalismo se llama la exposición y su lema se podría atribuir a Le Corbusier: «La verdad de los materiales —hormigón, ladrillos y piedras— debe mantenerse en todos los edificios, construidos o por construir». Sin embargo, la precariedad de las estructuras arquitectónicas levantadas con gatos de hierro, sumados a los adoquines que suenan bajo las pisadas de los visitantes, quizás hablen de viejos asertos políticos: la inestabilidad de las instituciones pretendidamente puristas y la mentada hasta la saciedad arena que —según decían en mayo del 68— nos espera debajo del asfalto. También bajo el sarcófago comercial de ARCO —¡que nos pillen confesados!— hay material para escarbar y justificar la función del arte, no solo como metacultura del capitalismo, sino también por su potencial opositor desde dentro.