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Eldiario.es, 07/10/2014.

«Autopista a Murcia y al infierno: Políticas del moderneo estético»

Según Karlheinz Stockhausen, el compositor experimental alemán, el 11-S fue una Gesamtkunstwerk wagneriana: una obra de arte total. Jean Baudrillard interpretó esta declaración en el primer capítulo de su libro Power Inferno. Según Manuel Borja-Villel, el actual director del Museo Reina Sofía, la acampada del movimiento 15-M en la Puerta del Sol de Madrid fue la mejor exposición de arte contemporáneo de 2011. Miguel Ángel Hernández Navarro interpretó esta declaración en su capítulo para el libro colectivo El arte de la indignación.

El interés de los filósofos por el carácter estético de la política se remonta, como poco, a Immanuel Kant hablando de la guillotina jacobina, que en las cercanías de París resultaba aterradora, pero en la distancia prudencial de Königsberg —actualmente Kaliningrado, propiedad de Vladimir Putin— entusiasmaba y resultaba sublime. Con la extensión del sufragio universal, la ideologización de los medios de comunicación y el fenómeno de la campaña electoral perpetua, cuando política y estética se confunden, el interés de los filósofos se convierte en obsesión.

Después de doctorarse en ciencias políticas, Pablo Iglesias no se matriculó en un master de coaching & management & networking, si es que existe semejante aberración curricular, sino en uno de teoría crítica donde la gente tiene cierta idea de Giorgio Agamben y su Homo sacer, de Walter Benjamín y su crítica de la estética fascista, de Jacques Rancière y su reparto de lo sensible, por señalar tres idées reçues del campo estético-político actual, que tal vez no valgan mucho como filosofía práctica, pero sí, desde luego, más que mil talleres de community managing dadaísta.

La mayor parte de estos autores (Agamben, Benjamin, Rancière…) ha llegado a la mesa de novedades editoriales con la pegatina de «La Central recomana» en buena medida a través de la Región de Murcia, cuya ciudad de Cartagena pidió el ingreso en los Estados Unidos durante la revolución cantonal «gloriosa» de 1868 (fun fact for you there), y cuya capital fue calificada por el New York Times como nueva metrópoli cultural española en 2010, gracias a festivales de música como el SOS 4.8, museos de arte contemporáneo como La Conservera y centros polivalentes como el CendeaC, por donde han pasado autores de la talla de Slavoj Žižek, Michel Houellebecq, Gianni Vattimo, Gilles Lipovetsky, André Glucksmann, Michel Onfray, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe o  Simon Critchley

Estos fueron invitados en su mayor parte por el antiguo consejero de cultura, Pedro Alberto Cruz, que entra dentro de la extraña categoría compuesta por los militantes del Partido Popular que suscriben las ideas —o al menos leen con gusto los libros— de maoístas como Alain Badiou y licenciosos como Gilles Deleuze. Pero las contradicciones y sorpresas no terminan aquí: la renta de la Región de Murcia fue una de las que menos aumentó durante el boom económico de la década de los dos mil y una de las que más descendió después del crash de Lehman Brothers. Lo mismo pasa en las provincias de Valencia y Alicante. Cosas del Levante.

En términos culturales, sin embargo, esta provincia ha iniciado ya su Segunda Transición. Haciendo de la necesidad virtud, del presupuesto inteligencia, el CendeaC apuesta con el proyecto D.Nuevo Ensayo por los jóvenes ensayistas nacionales, uno de los principales puntos ciegos de campos académicos como los estudios culturales, dominados hasta tal punto por la intelligentsia globetrotter que todo el mundo prefiere discutir —en sus sueños, por supuesto— con un abuelo cebolleta como Fredric Jameson antes que leer, aunque sea en diagonal, los textos de un chaval de mi edad como puede ser Eudald Espluga, por mucho que el segundo está más dispuesto a entablar discusión que el primero.

En la última edición del SOS 4.8, Iván López Munuera presentó su proyecto de reflexión sobre la revuelta cultural plebeya, una idea que ha tenido diversos nombres durante estos últimos años (fan riots, pop-politics, etc.) y cuyo principal cómplice intelectual a nivel global es Greil Marcus, el primero en trazar el rastro de carmín que lleva desde Tritan Tzara hasta Stewart Home pasando por el punk (una memoria histórica que Servando Rocha —en un nivel local, con menos medios— sigue rescatando desde su editorial La Felguera).

Próximos a esta memoria histórica alternativa, solo que destacando los elementos estructurales que subyacen a la dinámica elitista que consiste en primero ignorar, después rechazar y finalmente mercantilizar la cultura plebeya, tan característica de la tensión que mantiene el mainstream con sus márgenes, los antiguos miembros de Ladinamo, una histórica asociación cultural madrileña, han ganado últimamente una relevancia mediática importante —ya sea en compañía, ya sea en solitario— como los inquisidores del hipsterismo en que se han convertido: ya sea señalando, como hizo Victor Lenore, el desprecio de la Rockdelux por la música pokera; ya sea refutando, como hizo César Rendueles, la lectura del 15-M en clave tecnológica; ya sea recuperando a Kortatu frente a La Movida como emblema ochentero vintage, como hicieron Isidro López y Roberto Herreros.

El problema de este enfoque consiste en tomarse demasiado en serio la existencia del enemigo demoníaco a excomulgar, como si la «CT» —«Cultura de la Transición», para los amigos— no fuera un conejo sacado de la chistera de Guillem Martínez, una proyección determinista retrospectiva que confunde intencionadamente el directo de Alaska en La edad del oro (1984) y su momia en Alaska y Mario (2014); como si la sociofobia no fuera una fantasía benthamita abandonada a partir de la unión de los librecambistas y los conservadores en la esquizoderecha contemporánea, que proclama defender a la familia y al mercado, cuando en realidad solo defiende a la Iglesia y el Estado; o como si los hípsters no fueran cuatro mataos sin voz ni voto en la cultura oficial española, que por suerte —o por desgracia— sigue siendo cosa de sangre, arena y cuernos.