Biblioteca

A*Desk, 01/02/2014.

«Así naufraga el arte técnicamente puntero: Crónica de Polizone, en Medialab-Prado»

Hay barcos que solo valen para estar en tierra firme. Es el caso del Vasa, el buque de guerra que mandó fabricar Gustavo II Adolfo de Suecia. El rey sueco quería añadir a su flota el mayor galeón jamás hecho, armado con sesenta y cuatro cañones y una dotación de treinta marineros y trescientos soldados. Su triste destino fue escorarse y hundirse durante su bautismo a escasos metros del puerto de Estocolmo. ¿El motivo? Llevaba demasiada carga. Los ingenieros calcularon las magnitudes del barco para que tuviera un único puente de cañones. Gustavo II Adolfo pidió doble ración de cañones y mandó esa mala bestia a pique. Si quieres verlo en acción, procede a revisar Piratas del Carine 2. El Holandés Errante que tripula el malo de la peli, mitad hombre, mitad pulpo, es igualito. Mírate ese filme antes de visitar el Museo de Vasa. Entre tú y yo: un museo de barcos es un crimen contra el savoir faire.  

Lo mismo cabe decir de Polizone, la instalación interactiva con que culmina la iniciativa Huésped, propuesta por Intact Project y alojada en Medialab-Prado, cuyo objetivo es utilizar tecnología punta para simular una travesía por el mar. Los creadores advierten a la concurrencia de que asistan listos para contribuir activamente en una «experiencia metacreativa» que involucra la «participación semipresencial» del Matralab (en Montreal, Quebec) y del Arteleku (en San Sebastián, Euskadi). Según Roberta Bosco y Stefano Caldana, tenemos ante nosotros «una apuesta muy atrevida y quizás la obra basada en técnicas de telepresencia más compleja que nunca se haya realizado». Acudo a ver con mis propios ojos esta maravilla, tomando como bandera el espíritu del naufragio con espectador que nos cuenta Lucrecio en De la naturaleza de las cosas:

Es suave mirar cuánto trabajan otros desde tierra
cuánto les sacude el viento la superficie del mar;
no porque la agitación ajena sea contenta y alegre,
sino más bien suave discernir los males que no tienes.

Una vez allí, me doy cuenta de que las buenas intenciones de la interacción fracasan estrepitosamente en el momento en que el público, después de esperar quince minutos de retraso como ovejas en un corral, es incapaz de entender las repetitivas indicaciones de la organización, que insiste en que «Por favor, sitúense detrás del proyector; en ningún caso delante». Aquí podría traer a colación la llamada «ley de zinc de las masas», según la cual dos cabezas piensan mejor que una sola, pero a partir de veinte cabezas la cosa se complica; es como si nadie pensara. Nos convertimos en un encefalograma plano común. Podría traer a colación esa ley, pero no lo voy a hacer porque me la acabo de inventar. Piénsalo: ¿cuándo has oído hablar tú de una ley de zinc? ¡Será de hierro, o de oro, o de bronce! ¿Quién va a escoger el zinc teniendo otros metales a la mano?

A lo que iba: sería cruel y autorrefutatorio llamar «tonto» a un público que me incluye a mí mismo en compañía de multitud de ingleses y alemanes, símbolos vivientes de la distinción y relevancia internacional de este proyecto. Y de no entender ni media papa acerca de lo que está pasando. ¡Peor para ellos! Los hispanoparlantes en la sala escuchamos por Skype a los contertulios euskaldunes y quebequenses quejarse en perfecto castellano de «Los fallos de último momento». Hay que esperar un poquito más. Parece que el programa informático quiere saltarse las diferencias lingüísticas y ponerse a contar cuentos de buques en el idioma de Miguel de Cervantes (quien probablemente los odiaba a muerte —los barcos, digo, por cierto— pues perdió un brazo a bordo de uno y fue secuestrado mientras navegaba en otro).

Por fin termina la espera. La orquesta reproduce la banda sonora de alguna película de terror, los instrumentos de cuerda se columpian sobre notas agudísimas, la percusión oscila entre lo repentino y lo monótono, una voz desgrana una narración cargada de lirismo y segundas personas del verbo. ¡Tú, tú, tú…! ¡Tuyo, tuyo, tuyo…! Nada parecido a Unai Velasco o Miqui Otero, cuyas obras En este lugar y La capsula del tiempo son absolutos clásicos contemporáneos de la literatura tuteada. El estilo que gasta Polizone está más próximo a Carne Cruda, el programa de Radio 3 que tantas veces se tira a la piscina del simbolismo de cantimpalo, regalando a sus oyentes invitaciones e invocaciones del tipo «¡Vive al límite!» o «¡Solo se vive una vez!», que cualquiera pensaría que han sido saqueadas de la cuenta de Twitter de Carlos Salem, el escritor argentino, quien por lo pronto satisface un requisito piratesco o piratil nada baladí: a sus sesenta años de edad, se sigue anudando a la cabeza el pañuelo del capitán Sparrow.

Calvos se deben de haber quedado también los diseñadores de Polizone de tanto que han pensado y excogitado y reflexionado sobre cómo imitar la forma de las olas. ¿Te acuerdas de ese verso de Juan Ramón Jiménez en el que sugiere que el mar es como una sabana blanca que los muertos empujan desde abajo? Pues eso, pero sin el «como». Una sábana blanca sostenida en el aire por un ventilador. He ahí el mar de Polizone. Supongo que el grueso de la financiación de este proyecto tan tecnológicamente puntero se ha destinado a construir el «faro», por llamarlo de alguna manera: un foco de luz controlado por alguien en streaming desde vete tú a saber dónde. Si no, que me expliquen qué hace ahí ese tío ahí, con ese parche en el ojo, siendo retransmitido a través de una webcam desde la otra punta del planeta. El público entra en pánico. A la orquesta le falta una guitarra. La sustituyen por una batucada. Como oyen. ¡En mala hora aceptamos los palillos chinos que los ujieres de Medialab repartieron entre el público! En un principio solo valían para fingir que estabas remando, pero ahora hay que seguir el ritmo de la música y golpear unos pasamanos de acero. Imagínate la cara que está poniendo ahora mismo el cabeza de familia al que sus hijos, tirándole de la manga de la camisa, le preguntan con impaciencia:

—Pero, papá, ¿dónde está el barco?