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::salónKritik::, 23/02/2014.

«Crónica de la semana del arte contemporáneo en Madrid (y IV): ¿Alternativas a ARCO?»

No las busquen en ART MAD. El salón de los rechazados que parecía apuntar maneras hace años, y figuraba en todas las porras como eterno opositor a la corona feriante y mercantil, se ha vuelto en esta edición pasto de las excursiones de instituto que van a confirmar a los chavales los prejuicios asentados sobre el arte actual, que según dicen murió con Antoni Tàpies o se sobrevivió a sí mismo y sigue zombi como Miquel Barceló. ¿Algún pintor fuera de la edad de jubilación, por favor? Haberlos, haylos. Pero son tan malos que merecen sufrir el formato expositivo de moda en ART MAD, que consiste en acumular movidas hasta la claraboya, no menos de cinco piezas por metro cuadrado, como si aquello fuera una Wunderkammer y sus clientes, nobles que comprasen la obra al peso.

En algo aciertan los expositores, no se crean. Algunos tienen la cortesía de colaborar con Intermon Oxfam. En general, todos los One Proyect, que simplifican la exposición mostrando a un solo artista o bien aciertan con nuevas apuestas —no es mi rollo, pero hay que reconocer la solvencia de Anna Taratiel y su trabajo abstracto-espacial: entrar en el espacio CiS Art es como toparse con un oasis de seriedad galerística en mitad de ese berenjenal—, o bien arman una sala del terror para niños a mitad de camino entre el Oceanográfico de Valencia y una disco nada más encienden las luces de fin de fiesta. Peores bichos he visto yo «nell mezzo del cammin di nostra vita», pero nunca peor escultura que la que tienen montada en la galería Fontanar: Océano Plástico, una reflexión sobre los desechos marinos mediante la cual Javier Ayarza aspira a convertirse en el Ben Clark del circuito escultórico y se queda en Charles Bukowski, poeta de lo patético.

¿Alternativas? Buscadlas en el propio ARCO. Allí tenéis, pared con pared, las galerías Dan, Levi, Malborough, Leandro Navarro y Guillermo de Osma, que son tan alternativas que llevan al espectador de vuelta al Museo Arqueológico solo con pisar esos suelos bien acolchados y ver esa iluminación ultratenue. A diferencia de años previos, esta vez nadie puso techo a su stand, ni siquiera los que llevan a Miró como joven promesa; craso error, porque en verdad todos buscamos cobijo en el amplio seno del modernismo. Hablando de senos, ¿esperan que critique el Congress Topless de Yann Leto? No caerá esa breva. Me decía Eugenio Merino, otro que tanto monta: «Lo raro sería que no hubiera sexo en ARCO». Vivimos más obsesionados que los victorianos con infringir el noveno mandamiento mosaico («No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno») y sin embargo nuestros artistas hablan de todo menos de follar.

Ahora en serio, espacios que mantienen ciertas formas: a) Max Estrella, que es como una domus romana que recibe en el pórtico de entrada con un Carlos León poderoso y geométrico (el ostium), que tiene la salita de estar llena de Marlon de Azambuja (el atrium) y que ofrece como refrigerio la frescura que destila la traducción de la escala de grises en intensidad sonora, cortesía de Almudena Lobera (el impluvium); b) Ángeles Baños, que sabe combinar el detallismo con lo vendible, las maquetas de casas en lugares como Michigan u Ohio, hechas por Ignacio Bautista, con la geo-pop-política, factura de Manuel Antonio Domínguez, cornado todo ello por la Depression View de Daniel Martín Corona (una cartografía psicológica de profundis); c) ADN, que cojea igual que yo del pie izquierdo, y que no requiere ulteriores comentarios, porque aquí estoy siendo parcial con lo que me gusta en términos ideológicos, salvo comentar que trayendo a Nuria Güell, Adriana Melis y Carlos Aires, el dueño de esta galería muestra ser único en no avenirse a componendas desideológicas metaferiales. Ahí queda dicho.

No se puede decir lo mismo de otros, y aunque sea habitual callar de lo que no puede hablarse, reconocer a los buenos y otorgar ante los malos, hay varias galerías que merecen un tirón de orejas. Yo llevo yendo a esta feria desde antes de tener edad de razón y hay peña que «antesmolaba», expositivamente hablando, pero que este año no tiene su PA (Progresa Adecuadamente): α) Espacio Mínimo sorprende con fotografías de gente en apuros y con monadas high tech (un video de un juego de manos que parece encarnar el espíritu trilero de lo contenido en IFEMA, donde te la clavan by the face); β) Nogueras Blanchard incurre en la bobada, en un grafiti sobre lienzo con el título de Philosopher —quien juega con Platón se quema, ¡vaya si se quema!— y un chasis rollo fluxus con un láser verde sobre la pared; γ) Helga de Alvear pierde la noción del espacio propio, su stand toma unas dimensiones que ni los establos de Augias, donde caben desde metales abollados hasta obra gráfica con rótulos cínicos y un Thomas Ruff (#CristoMal).

A nivel individual descuella sobre el conjunto, varias cabezas por delante en la carrera, el performance de Héctor Zamora, documentado para la galería Luciana Brito, donde unos peones de la construcción se lanzan entre sí ladrillos, formando circuitos de cadenas humanas cerradas, con formas geométricas de divertido atletismo y cuyo título, Material Incostancy - Istambul, incorpora una reflexión sobre las últimas revueltas populares exitosas. Pienso de inmediato en Gamonal, Burgos, donde los manifestantes violentos estaban peleando por el mismo objetivo que inició las revueltas en Taksim, Estambul. En ambos casos se trataba de parar las obras de especulación inmobiliaria arrojando sobre los perros policía el material de construcción de la infamia. En otras palabras: manifestarse contra una construcción en marcha lanzándole los ladrillos de la obra a los antidisturbios que vienen a reprimir la revuelta ciudadana.

Y para que luego no digan «Pero Ernesto, es que eres el mamporrero de los izquierdistas en el mundo del arte», aquí tienen mi granito de arenisca, mi contribución personal a esa otra burbuja especulativa: la de la pintura y la obra gráfica. Hubo mucha —y mala hasta decir basta— en ARCO, pero ahí va una listilla razonada de cuadros vistos en la feria que, de tener dinero, yo colgaría en la Hacienda Castro Córdoba a juego con las cortinas: 1) Iceberg, de Santiago García, porque el título de esta pieza vale tanto para su forma como para su fondo, pues en ella solo vemos la puntita de un proceso de trabajo por estratos que parece inofensivo pero, en verdad, esconde un talento salvaje para la sorpresa y la catástrofe (en la galería Moisés Pérez de Albéniz); 2) Jacques Lacan,de Dora García, porque en mi casa todos son felices lectores de Lacan salvo yo, que tengo en nada la retórica del analista parisino y, sin embargo, aprecio en silencio a Dora García, una suerte de vade retro dentro de mi familia, y ello a pesar del dicho «Ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos» (en la galería ProjesteSD); 3) 41 ways, de Nacho Martín Silva, porque plantea una inflexión sugestiva a partir de la Lección de anatomía de Rembrandt, convirtiendo en una suerte de tribunal público la refutación primigenia del empirismo —en el cuadro original, los discípulos miran el libro que el cadáver tiene a sus pies, en el borde del cuadro, paradigma de abstracción filosófica, en vez de verificar los hechos brutos que el maestro indica— y parcelando muchísimo la escena de modo que cada una de las cuarenta y una vías o formas de acceso a la verdad tengan su propio ambiente pictórico y, si se me permite esta cuña plebeya, su propio filtro de Instagram (en la galería Nuble).

¿Y las ventas? ¿Qué tal han ido? ¿Cómo saber quién vende cuánto? Bastaría con que dejasen de mascullar «Estamos petándolo», como me han dicho varios amigos y conocidos que trabajan de becarios en las galerías a modo de espías y agentes dobles —¡vigila tu espalda, galerista!— y empezasen a mostrarme una contabilidad que fuera transparente y justificase reclamar reducciones sectoriales de impuestos cuando todos sabemos cómo se compraba antes de la crisis. ¡Ay de esos años dorados en que había coleccionistas que tenía tachada la palabra «factura» de su diccionario y todo lo demás se lo llevaba la Fundación Coca-Cola! Y no digo más, que sobre este tema ya sentó cátedra Eduardo Arroyo:

La culpa en primer lugar la tenemos nosotros, los artistas, seres sonámbulos y disciplinados, sin dignidad ni ética ni orgullo. Sí, nosotros —repito—, porque si no nos respetamos a nosotros mismos, cómo vamos a pretender que un híbrido de ministerio nos respete. Nosotros, metidos en un ridículo Erasmus autonómico y tardío, subvencionados aunque no mucho. Asistiendo impasibles a bajezas, prebendas y corruptelas varias, únicamente preocupados por sacar tajada de un esqueleto. […] Y para guinda, ARCO a la cabeza de todo este desaguisado, con sus pequeñas parcelas de poder y sus inútiles mundanidades. Feria obnubilada, sin rumbo, desnortada, crecida en la idea de ser la primera gran cita del arte mundial después de Basilea, sin comprender aún que la verdadera protagonista de la feria es Madrid, que siempre encantará a provincianos y extranjeros porque se pueden emborrachar a buen precio y hacerse servir una paella —pongamos por caso— a las dos de la mañana.1

1 Eduardo Arroyo, «De IVA y vuelta», El País, 25/01/2014.

Yo solo puedo añadir que he visto buenas piezas de Mateo Maté en la MY solo cabe añadir que yo he visto buenas piezas de Mateo Maté en la galería MaxWeberSixFriedrich (alemana, natürlich) y en la NF (del Reino de España, ¿de dónde, si no?). A mí me gusta más La arqueología del saber que exponen en NF. Periódicos esculpidos formando montañas. Pero quizá el lector prefiera reflexionar sobre la especulación que hay montada alrededor de los bienes artísticos. En tal caso, si lo que le interesa es la relación de equivalencia que hay entre Kunst y Kapital, que comparten algo más que la «K», entonces su galería es la MaxWeberSixFriedrich, donde se exponen paisajes de Maté pintados con la paleta de los uniformes militares de camuflaje. Como dijo René Descartes: «Avanzo enmascarado» (Larvatus prodeo).